Mi hermano va primero
NAIARA
No han pasado ni veinticuatro horas desde que Adrián me llevó a casa la mañana de Navidad.
En la que, tras cruzar la puerta de mi piso, vi a mi hermano destrozado, llorando en el salón.
Y, antes de acercarme a consolarlo, redacté un breve mensaje a Adrián contándole la situación y proponiéndole no vernos una temporada.
Me costó muchísimo, pero la presencia de Adrián solo le recordaría que Tatiana lo ha bloqueado.
Su respuesta no tardó en llegar, pero no pude leerla hasta que Isaac dejó de llorar para mutar en un hombre derrotado y triste.
Entiendo que quieras estar con él. Espero que lo que me pides no signifique que dejemos de hablar o que uses a Isaac como excusa para alejarte de mí. No voy a permitir que eso pase, encanto.
Después de ese mensaje, Adrián y yo nos hemos transformado en un par de adolescentes que se mensajean a cada rato.
Y yo, siempre a escondidas. Incluso ahora, que uso el cuarto de baño como excusa para leer su último mensaje tonteando, y sonrío como una idiota con la certeza de que lo que pasa entre nosotros es mutuo.
Un mensaje nuevo llega a mi móvil cuando salgo de mi guarida adolescente, y, al ver que es de Verónica, me sorprendo.
Hola, N. Me gustaría quedar un día, hay algo que tengo que hablar contigo.
Ya me había ingresado la otra mitad del pago por el evento, no teníamos nada pendiente.
No quiero ponerme en lo peor, pero pensar en posibles quejas de algún invitado me crispa los nervios.
La preocupación y la necesidad por mantener la perfección y evitar manchas en mi trabajo hace que le responda al instante.
Hola, Verónica. ¿Ha pasado algo? ¿Algún inconveniente con el trabajo que he hecho?
Ella responde igual de rápido.
No, tu trabajo es perfecto. ¿Podemos comer un día de la próxima semana y lo hablamos cara a cara?
Acepto por dos razones. La principal: quiero disculparme con ella desde que Adrián me hizo saber que no pasaba por una buena racha.
Todavía me siento mal por haberla juzgado.
Y la segunda: me muero de curiosidad por saber qué tiene que decirme.
Quedamos el cuatro de enero. Antes quiero (y necesito) descansar, estar con Isaac y asistir a la fiesta temática con Gia y Ariadna pasado mañana.
Hace casi cinco meses que no salimos las tres juntas y es surrealista que vayamos a hacerlo el día de los Santos Inocentes.
Cruzo los dedos para que la fiesta temática no sea una inocentada.
Isaac pasa su tristeza estudiando, una forma muy útil, si me preguntan.
—¿Quieres que te haga un examen sorpresa?
Los momentos en los que no está envuelto en la tristeza, se encierra en los apuntes que le dejó un amigo para las oposiciones a bombero. Triste pero productivo.
—Tú no sabes francés —dice con una mueca que pretende pasar por una fugaz sonrisa.
Me acerco y echo un vistazo a sus apuntes por encima de su hombro.
—Con español e inglés tengo suficiente. ¿Desde cuándo te piden francés para ser bombero?
—Los idiomas suman puntos para la oposición, son pruebas opcionales. Quiero presentarme para ser de los mejores. Si lo voy a hacer, lo haré bien.
Isaac siempre ha sido muy competitivo en el tema laboral. Si hubiera estudiado finanzas, sería un tiburón en el sector. Aunque siempre le han gustado más los trabajos que requieren de buen físico.
—Me gusta tu actitud, pero no puedes estar tanto tiempo estudiando. Se te va a freír el cerebro.
—No me apetece salir —responde con el nivel de desgana al máximo.
—Isaac, te quiero. Solo te diré una cosa: ponte a ti en primer lugar. No puedes aislarte del mundo esperando una respuesta de Tatiana.
Omito la posibilidad de que nunca llegue la respuesta que ansía.
—¿Y qué hago? No quiere escucharme ni verme. Yo…
Me duele verlo así. No tenemos la misma sangre, pero él lo es todo para mí.
—Ya existías antes de conocerla —le recuerdo. Suelta sus apuntes y sus ojos se inundan de lágrimas contenidas. No puedo verlo así. Aparto su brazo y me cuelo para sentarme en su regazo y abrazarlo—. Entiendo que sea difícil para ella, pero no has hecho nada malo —murmuro en su oído.
Isaac me abraza y se rompe, escondiendo su cara en mi hombro. No puedo evitar sentir su tristeza y unirme. Odio verlo así, él siempre ha sido luz y sonrisas.
—Si no fuera un cerdo no me habría acostado con su madre —solloza.
—No voy a dejar que hables así de ti mismo. —Dejo de llorar con él y lo cojo por los hombros—. Jamás has sido un cerdo. ¿Qué ibas a hacer? ¿Ser cura hasta conocer a Tatiana? No es culpa de nadie. No me hagas abofetearte para que vuelvas a ser tú, porque lo haré —le advierto con diversión.
—No me durarías ni un minuto —replica con suficiencia y con una débil sonrisa.
—Se acabo el francés, las lágrimas y compadecernos —digo antes de ponerme en pie, decidida—. Nos vamos al rocódromo y a tomar una copa. Cita de hermanos.
Isaac se limpia las lágrimas, me mira y frunce los labios en una fina línea.
—Está bien. Con una condición.
—La que sea —respondo al instante.
—No iremos al rocódromo de niños solo porque seas pésima escalando.
Cojo un cojín del sofá y se lo tiro con fuerza a la cabeza, lo esquiva y sonríe. La primera vez que lo veo sonreír desde hace días. Algo es algo. Hace bromas y eso ya es un gran avance.
Me lleva a One Move. Trabajó allí hace un par de años. No me sorprende que elija un lugar seguro para salir. De hecho, es raro que mi hermano no sea amigo de alguien que haya currado con él; se le da genial entablar conversación con desconocidos.
Después de que se ponga al día con tres de sus amigos instructores y yo ya esté equipada, me lleva a la parte más complicada.
Hago mi mayor esfuerzo, aunque es la cuarta vez que tropiezo y tengo que volver a empezar.
Mi kriptonita hace reír a mi hermano. Si tengo que caerme diez veces más para que vuelva a sonreír, lo haré.
—¿Crees que volverá sin que tenga que ir a buscarla? —pregunta cuando estoy a menos de veinte centímetros de alcanzarle.
El esfuerzo y la pregunta me pillan por sorpresa y vuelvo a tropezar. Y van cinco caídas.
—No es justo que me hagas ese tipo de preguntas en estas condiciones —respondo casi sin aliento desde abajo, apoyando mis manos sobre mis rodillas.
Estoy empapada en sudor e Isaac ni siquiera se ha despeinado. Suelta una carcajada y baja en un par de saltos.
—Estás oxidada, hermanita —comenta en tono cariñoso.
Me pasa la toalla y espera a que me recomponga, con una mirada entre el cariño y la burla.
—Me has llevado a lo más difícil, no seas cruel —recrimino.
Me da un abrazo silencioso que no tiene nada que ver con mi queja.
Y, aunque no lo verbaliza, sé que agradece mi intento de animarlo—.
Si no da señales y tú crees que es hora de hablar, entonces búscala.
Si sigue en sus trece, pasa página. Te mereces a alguien que tenga claro que te quiere en su vida.
Sus brazos me aprietan más. Noto que no quiere emocionarse en el rocódromo. Puede que haga amigos muy fácil, pero no con todos se abre emocionalmente.
—Apestas —dice, apartándose de mí. No me quejo. Es su forma de controlar su emoción en aquel lugar—. A las duchas. Todavía me debes una cerveza.
La ducha me renueva por completo. Antes de ponerme el abrigo y encontrarme con Isaac, reviso mi móvil. Hay mensajes nuevos.
Gia: ¿Cómo va el bombón de tu hermano? ¿Ya se le ha pasado el enchochamiento?
Ariadna: Joder, Gia. Menos mal que no está Isaac en el grupo. Eres la reina del tacto.
Gia: Soy la reina de muchas cosas, excepto del tacto. Si estuviera en el grupo se le pasaría la tontería más rápido.
Yo: He logrado sacarlo de casa. Iremos ahora a tomarnos una cerveza.
Ariadna: ¿Y si lo invitas a la fiesta temática? Al menos, se distraerá.
Gia: ¿Puedo unirme? Seguro que consigo animarlo.
Yo: Lo haré.
Ariadna: Cuídalo mucho, Nai.
Gia: En serio, si necesitas ayuda, llámame. Lo sacaré de fiesta hasta que se le olvide el nombre de la tatuadora rompecorazones.
Yo: Gracias, chicas. Y, Ari, llévate a Gia a algún sitio con hombres. Lo está pidiendo a gritos.
Gia envía un sticker guarro como despedida y guardo el móvil antes de salir del vestuario femenino.
Isaac me espera a unos metros de la puerta.
Acabamos en la sidrería Candasu. Pasamos de la cerveza, la sidra es otro nivel.
Pedimos una botella para los dos. Sin duda, soy mucho mejor escanciando que escalando.
Sergio y Laura entran de la mano. No esperaba verlo.
A él, igual que a las chicas, también le dije que me tomaría unos días o semanas para estar con mi hermano.
—¡Qué coincidencia! —dice Sergio, caminando hacia nosotros.
A Laura se le cambia la cara en cuanto me ve, no se molesta en disimular. No le doy importancia. No es la única. Al ver a mi mejor amigo, Isaac pone una sonrisa falsa.
—Es una ciudad pequeña, lo raro sería no coincidir nunca.
No quiero darle bola, conozco lo poco que le gusta a mi hermano estar en su presencia. Isaac siempre va primero. Tengo que hacer esta casualidad lo menos incómoda y más breve posible por Isaac.
—Hoy venimos a celebrar el nuevo trabajo de Lau —nos informa Sergio con orgullo.
Me había contado los avances de su novia en las entrevistas para trabajar en la televisión local. Y esta misma mañana me ha mandado un mensaje confirmando que la han contratado.
—¡Enhorabuena! ¿Cuándo empiezas? —le pregunto a ella.
—Después de Reyes —responde cortante—. Me muero de hambre, cari —le susurra a Sergio como si no la escuchase medio bar.
—Que os aproveche —dice Isaac.
No sé qué le pasa a Laura conmigo, pero está más seca y borde de lo normal. Sergio se despide con la promesa de vernos pronto y ella pone cara de asco. Cuando vuelvo a mirar a mi hermano, tiene una sonrisa sarcástica en la cara.
—¿Te has dado cuenta?
—¿De que te odia? Sí, desde que te conoce —suelta sin anestesia ni nada.
—¿Qué dices?
No creo que me odie, pero lo que es seguro es que no le caigo bien.
—Para ella eres la ex de su novio —explica, ignorando mi cara de hastío cuando intuyo por dónde quiere ir—. Aunque no debería preocuparse por ti, sino por él.
—Ya estamos. ¿Por qué lo odias tanto?
—No tengo pruebas, pero cuando las tenga, te lo diré —responde jugando a ponerse misterioso.
Mirando el lado positivo, no está hablando de Tatiana. Al final, su odio a Sergio es algo bueno. Por ahora.
—Las chicas me han preguntado que si te quieres apuntar a la fiesta temática.
—¿Puedo disfrazarme de lo que quiera? —pregunta, arrugando la frente como cuando reflexiona.
—Sí, siempre y cuando esté relacionado con pelis y series —le recuerdo.
Se encoge de hombros y hace una mueca que suena a un «¿por qué no?» silencioso. Una fiesta y disfraces, justo lo que necesito para ver que mi hermano está volviendo a ser él mismo. A pasitos pequeños, está recuperando su propia luz. Un lugar donde nada ni nadie debe sacarnos nunca.