El yate #2
—¿Qué os ha pasado? No he visto llorar a mi hermana desde que murió nuestro padre.
—Se ha acostado con tu madre —me resume ella.
—¡¿Perdona?! —replico un poco alterado.
—Solo una vez. Hace un año más o menos. No conocía a Tatiana —aclara él.
—Nos hemos enterado hoy los dos de que Verónica es vuestra madre —añade Naiara.
Ignoro el tonito de Naiara e intento ser lo más comprensible que puedo en este momento.
—¿Ha roto contigo?
—Me ha pedido un tiempo para pensar.
Asiento. Pedirle que le dé su espacio es muy obvio.
No estoy seguro de que Tatiana lo perdone.
El hecho de que no corte con él de raíz significa que lo quiere más de lo que ha querido a nadie.
Eso puede ser un plus o no. Lo único que sé es que nadie ni nada hará que se apresure.
Tatiana hablará con él cuando tenga una respuesta clara.
Naiara consuela a su hermano y hago mutis por el foro para darles intimidad.
Al volver a mi asiento, veo que a mi postre le falta una parte. Valentina me aparta la mirada, culpable y le hago cosquillas. Su postre es distinto del resto; tiene un trozo de tarta de color rojo y blanco. Desentona con el resto que están servidos, eso sí, tiene la elegancia del resto de platos.
—¿De dónde has sacado eso?
—Naiara ordenó a uno de los camareros que le sirviera eso a la niña. No es del catering —responde mi madre con una sonrisilla.
—¿Me das un trocito para probarla?
Mi hija corta un centímetro escaso y suelto una carcajada. No quiere compartir mucho; le encanta. No necesito nada más, esa migaja de su postre sabe a las chucherías favoritas de Naiara. ¿Lo habrá hecho ella?
—Nai mola mucho —dice mi hija cuando se termina la tarta.
Le sonrío. «Un montón», pienso. Le limpio con la servilleta de tela la boca y sus ojos se abren, expresivos.
—Aquí está las más guapa de la fiesta. ¿Te ha gustado la tarta?
La voz de Naiara me pone nervioso. No estoy preparado para su presencia. Soy incapaz de no quedarme embobado con ella cuando ha tenido ese detalle con mi hija.
—Estaba riquísima.
Ella sonríe y, por primera vez desde la discusión en la cocina, clava sus ojos en los míos.
—¿Podemos hablar un momento en privado? —me pregunta en un susurro.
Asiento como un idiota. Si su presencia me ha pillado desprevenido, esto mucho más. Mi madre no dice nada. Se pone a jugar con la niña como si quisiera que nada me impida no ir con su organizadora de eventos favorita.
La sigo en silencio sin quitarle la vista de encima. Me recreo en su presencia, aprovechando que lidera el camino. Es impresionante. Me lleva a un lugar donde apenas hay gente, entre la cocina y la salida de los camareros. Se da la vuelta y me mira; está nerviosa.
—Tú dirás —la animo a continuar.
—Lo siento, no quise hablarte como lo hice. Puede que tu broma no me haya hecho gracia, pero no tengo derecho de enfadarme de la manera en que lo hice —dice en un hilo de voz.
No es capaz de aguantarme la mirada, agacha la cabeza.
Sé que le cuesta admitirlo, y verla avergonzada me gusta menos que sus fríos reproches. La punta de mis dedos se posa bajo su barbilla para que levante la cabeza.
—Todos cometemos errores —le hablo en un murmuro íntimo.
Cuando conecta su mirada con la mía de nuevo, tan cerca, hace que el corazón me vaya a mil.
Quiero besarla.
—No estoy conociendo a nadie ni tengo novio. Estaba empeñada en que conociera a su hijo y no me apetecía.
Ahora, mis ganas se multiplican por mil. Pero si la beso ahora, se va a pensar que solo lo hago por esa información que me acaba de dar. Y quiero que entienda que, cuando la bese, significará algo más. Mucho más.
—¿Y te apetece seguir conociéndolo? —Su respuesta es una afirmación silenciosa de su preciosa cabecita.
No oculto mi sonrisa, es suya. Mi mirada capta algo pequeño movido por la brisa del mar.
Al mirar hacia arriba encuentro muérdago.
Bajo la mirada y noto la inquietud de Naiara.
La única forma de controlarme y no devorar su boca es cogiendo su mano.
Lo hago sin dudar y dejo todas mis ganas en un beso sobre el dorso de su mano—.
¿Has cenado o solo has comido tarta de Pikotas?
Ella sonríe, con hoyuelos incluidos. Una especie de felicidad se me fija en el pecho cuando me permite verlos.
—Sí, he cenado en la cocina. —Da un paso atrás, exigiendo su espacio—. Pero tengo que seguir trabajando un poco más.
Respeto su espacio personal, no le suelto la mano y ella no parece incómoda ni quiere apartarla.
—Sé que tienes tu propio camarote, pero si te apetece, pásate por el mío y vemos alguna película cuando acabe la fiesta.
—Solo si es una de zombis o de Disney —dice antes de irse.
Su piel es tan suave. El roce de la yema de sus dedos en los míos son la octava maravilla del mundo. Me quedo un momento allí solo, recreándome en la forma en la que nuestras manos se han separado.
Tras un par de bailes con Valentina, nos escabullimos del evento en cuanto la veo bostezar.
Nada más entrar en el camarote, mi hija se descalza y se tira sobre la cama.
Está agotada. Así que me toca hacer virguerías para cambiar su vestido de princesa Disney por su pijama.
La meto en la cama y la arropo. Pongo el canal Disney a un volumen bajo; ella ya está totalmente dormida.
Dejo un hueco en la cama, a mi lado, por si Naiara decide venir.
Dos horas después, reviso el móvil y no tengo ningún mensaje de ella.
Tal vez se haya arrepentido y no aparezca.
Sin embargo, un par de tímidos y suaves golpes suenan en la puerta.
Se me acelera el corazón, ilusionado. Es ella; lo sé.
Sin hacer mucho ruido, salgo disparado a abrirle la puerta.
Mira por encima de mi hombro y hace una mueca.
—¿Te he despertado? —pregunta en voz baja.
Lleva una bolsa de deporte en la mano en la que puedo ver cómo sobresale algo de ropa.
—No, estaba esperándote.
Entra, deja los tacones al lado de la puerta y va directa al cuarto de baño.
No me sorprende que distinga tan bien las habitaciones.
Conociendo a mi madre y el perfeccionismo de Naiara, dominará de memoria cada rincón del yate.
La espero en la cama. Ella no tarda mucho en volver con un pijama muy navideño.
—Feliz Navidad. —Como si fuera algo rutinario, le doy un fugaz beso en la frente. Ella me mira, tensa. ¿Qué cojones estoy haciendo?—. ¿Qué película quieres ver?
Intento disimular como puedo, aunque sea de forma penosa.
—Me da igual.
Su maquillaje no me impide notar su cansancio. Y el hecho de que le dé igual qué ver solo puede significar una cosa.
—Te vas a quedar dormida, ¿verdad? —le pregunto, sonriendo.
—Puede. —Arruga su nariz de forma adorable en una mueca de disculpa—. Es que estoy muerta. Lo siento.
—Entonces, a dormir —le digo con una normalidad que pretende que no huya de mi camarote.
Le paso un brazo por los hombros y no tarda en acurrucarse a mi lado. Es la tercera vez que dormimos juntos, la segunda si lo filtramos por elección propia. Y quiero que sean muchas más.
Unos golpes en la puerta me despiertan. Valentina y Naiara están profundamente dormidas. Salgo de la cama sin hacer ruido y sorteo el cuerpo de Naiara. Me invade una eterna sonrisa por la imagen tan bonita que tengo de las dos.
Al abrir la puerta, encuentro a mi madre acompañada de un hombre desconocido. La luz del día casi me ciega. Tengo la esperanza que no sea su último ligue.
—Es el dueño del yate —dice, sacándome de mis suposiciones antes de verbalizarlas—. Tienes media hora para salir del camarote —me avisa.
Echo un vistazo a mi reloj de muñeca. Son casi las diez de la mañana.
Joder, es tarde incluso para lo dormilona que suele ser Valentina.
Asiento y me despido con un gesto. Cierro despacio la puerta y me acerco a Naiara.
No quiero despertarlas, están tan hermosas dormidas…
Guardo esa imagen en mi mente, en el lugar más privilegiado.
Le acaricio el pelo y susurro su nombre cerca de su oído; me impregno con su maravilloso olor.
—Hay que volver a la realidad, Bella Durmiente —murmuro cuando abre un ojo a duras penas.
—¿Hablabas con alguien o lo he soñado? —Su voz de recién despierta me resulta provocadora y dulce.
—Era mi madre y el dueño del yate.
Se incorpora como un resorte y me agarra la muñeca para ver la hora en mi reloj. Abre los ojos como un precioso búho.
—Mierda, es tardísimo —se queja sin levantar la voz y se escurre fuera de la cama despacio, con la mirada clavada en Valentina.
Adoro su forma de cuidar que mi hija no se despierte, hace que la vea más dulce y buena de lo que ya creo que es.
Coge sus cosas y va directa al baño. Ahora la parte difícil: despertar a la marmota de mi hija.
Valentina gruñe en mi cuarto intento. Me hace reír cuando intenta incorporarse y se vuelve a dejar caer.
La cojo en brazos para despegarla del colchón y empiezo a hacerle cosquillas con la intención de que mantenga los ojos abiertos.
Entonces, ve a Naiara salir del cuarto de baño y se activa.
Salimos los tres del camarote con la hora justa. Naiara me ha ayudado a vestir a mi hija, de lo contrario, habríamos tardado el doble. Mi madre nos espera a unos metros de la puerta.
—Buenos días, pareja —dice, tan oportuna como siempre.
—Perdona, Verónica. No me ha sonado la alarma —se disculpa, avergonzada.
—Se la quité yo cuando se quedó dormida con el móvil en la mano. Estaba agotada —admití.
—¡Adrián!
A pesar de su queja, me mira y sonríe con timidez. Su sonrisa podría hacerme caer rendido a sus pies en cualquier momento. Mi hija no se despega de ella ni le suelta la mano.
—¿Necesitas que te acerque? —pregunto a mi madre.
—No, no te preocupes. He quedado con una amiga ahora.
—Entonces voy a llevar a la Bella Durmiente a casa.
Me despido de ella con un cariñoso beso.
Movido por la envidia sana al ver a mi hija con ella y con el corazón bombeando entre el miedo y la ilusión, agarro su mano y salgo del yate con ella.
Naiara no se aparta, ni expresa ningún tipo de aversión a mi atrevimiento.
Lo que sí hace es que parezca algo natural entre los dos y eso me hace un poco más feliz.