El yate
ADRIÁN
Desde el fin de semana de la acampada no he vuelto a ver a Naiara.
Hace ya diez días. Cuando le proponía quedar, ella tenía algún tema de trabajo.
Y la única vez que ella lo propuso, yo tenía reunión con la nueva maestra de Valentina.
Quien, para mi sorpresa, resultó ser Gia, una de mis exfollamigas.
Yo no tenía ni idea de que era profesora de primaria, ni ella de que yo tengo una hija.
Los dos fingimos no conocernos para que el momento no fuera incómodo. Un acuerdo silencioso.
Pero volviendo a lo importante: Naiara. Sabía cuándo la volvería a ver y me moría de ganas de ver su cara cuando supiera que soy el hijo de su clienta.
Por otra parte, mi madre aprovechó cada ocasión de las últimas dos semanas para hablarme del evento y de su admiración por la organizadora que contrató.
No fue muy sutil cuando me propuso presentármela.
Decía que era una buena chica y eso era lo que yo necesitaba.
No llegué a contarle que ya la conocía. Lo justo es que las dos se sorprendan por igual.
Localizo a mi madre en la barra, tomándose una copa con la mismísima Naiara. Mi progenitora se ha hecho el quinto cambio de look en lo que va de año. Se ha cortado la melena y se ha teñido de pelirroja para el evento benéfico.
Naiara va como una alta ejecutiva americana; una falda negra ajustada le llega hasta las rodillas, tacones negros, blusa blanca y el pelo recogido en una perfecta coleta baja. Siempre está preciosa.
—¿De verdad? Puede que me haya precipitado con el flequillo —comenta, atusándose este—. Mi hijo está a punto de llegar. Te lo presentaré.
—Te lo agradezco, pero será mejor que le presentes a otra de las asistentes. Estoy conociendo a alguien y me gusta mucho.
«¡¿Qué?!».
Eso es todo lo que capto de su conversación antes de que mi madre note mi presencia, incluso sin haber llegado hasta ellas.
«Estoy conociendo a alguien y me gusta mucho».
¿Naiara tiene novio? Mierda.
—Buenas noches, mamá. Estás preciosa.
Por el rabillo del ojo, mientras doy los dos besos de costumbre a mi madre, percibo a Naiara observarme con los ojos muy abiertos. Se aferra a una carpeta.
—Ella es…
—Naiara, lo sé —interrumpo a mi madre—. Ya nos conocemos.
—¿Cómo?
—¿Adrián es tu hijo? —dice ella.
Mi madre nos mira a los dos, asimilando que ya era amigo de la mujer que pretendía presentarme. Naiara parece sorprendida y… molesta. Pero ¿por qué?
—No os dije nada porque me moría por ver la cara que poníais —les digo a las dos, con la mirada clavada en Naiara.
De los tres, yo soy el más sorprendido. Naiara está conociendo a alguien. No sé desde cuándo. La noticia es como un jarro de agua helada. He llegado tarde. Un camarero nos interrumpe y susurra algo en el oído de Naiara, que hace que cambie el gesto a uno de preocupación.
—Disculpad, me necesitan.
Naiara habla más para mi madre que para mí y, cuando emprende el camino, pasa a mi lado como si yo no existiera. El olor floral de su pelo me hace cerrar un segundo los ojos y, cuando los vuelvo a abrir, mi madre me mira con una sonrisa. Me ha pillado de lleno.
—Sabía que te gustaría —dice con el tono triunfante de madre que no se equivoca. Me da la llave de mi camarote y, en ese momento, aparece mi hermana con Isaac y Valentina—. Está al lado de su camarote —me susurra antes de ir directa a por su nieta.
El hermano de Naiara parece tan sorprendido como ellas hace un par de minutos.
El rostro de mi madre se paraliza, cuando Tatiana le está presentando a Isaac como su novio.
Apostaría que ella ha tomado la decisión unilateralmente porque él tiene una reacción similar.
Habrá pensado que se ahorra una charla con nuestra madre tipo «mamá, ahora soy bisexual» y, de paso, no da la opción a Isaac a cuestionarse si quiere conocer a más familia.
Pero los caóticos dictámenes de mi hermana pequeña no son asunto mío.
Sin embargo, mi mente se centra en la forma de irse de Naiara.
Mi cuerpo sabe qué hacer y me lleva al lugar más lógico donde puede estar un camarero: la cocina.
No debería colarme en el backstage del evento.
Nadie me detiene porque conocen a mi madre y conocían a mi padre.
Encuentro a Naiara al lado del lavaplatos con un delantal, las mangas blancas de su blusa remangadas y fregando copas de cristal con un cuidado extremo.
Antes de acercarme, me quito la chaqueta del traje y busco un delantal para mí. Doblo las mangas de mi camisa blanca con cuidado hasta los codos. Ella nota mi presencia y me ignora deliberadamente.
—¿Por qué pareces tan enfadada conmigo? ¿Estás así por lo de mi madre o es otra cosa?
Joder, espero que no esté así de distante como una forma de alejarse de mí a causa del hombre que está conociendo.
—Si vas a ayudar, hazlo en silencio.
Su voz es tajante, evita el contacto visual conmigo. Empiezo a enjabonar la primera copa de cristal.
—Estás preciosa —murmuro, rompiendo el silencio. Ella me mira como si quisiera romperme una de las copas en la cabeza—. Te lo iba a decir antes. Huiste demasiado rápido.
Uso mi sonrisa con la esperanza de que su mala leche disminuya, pero parece que solo la eleva.
—¿Te parece gracioso? Porque a mí no.
Vale, al menos sé que es por haber omitido que estaba trabajando para mi madre. Pero ¿tanto para ponerse así? Siento que hay algo más.
—No entiendo por qué estás tan molesta —confieso.
Ella suspira. Se detiene para apuntarme con el estropajo de manera amenazante.
—Este evento era mi única oportunidad de despegar y dejar las fiestas de cumpleaños. Gracias por arruinármela.
Percibo con claridad un ligero tono de tristeza en su voz. No me gusta que esté así por mi culpa.
—Ahora estoy más perdido que antes. Exactamente, ¿cómo se supone que te la he arruinado?
—Hombre, pues si no le has dicho a tu madre todo lo que he dicho de ella, es cuestión de tiempo. Y, si Verónica se lo toma a mal, jamás me recomendará.
—¿De verdad crees que le diría tu opinión sobre ella?
—No lo sé. No es la primera vez que omites información.
Golpe bajo. Me lo merezco, aunque lo de Valentina no es lo mismo. Sin embargo, no estoy dispuesto a permitir que crea que le haría algo tan ruin.
—Mi madre puede ser irritante como jefa. En eso estamos de acuerdo. El resto solo son tus suposiciones. No la conoces ni sabes por lo que está pasando —explico.
Ella me mira con los ojos muy abiertos, casi no pestañea. La broma me está saliendo cara, así que opto por la sinceridad total
—Sí, y te dije que podía llegar a entenderla porque es un evento importante.
—No solo va del típico evento de beneficencia que hacen los millonarios.
Mi padre era oncólogo infantil, también lo ha hecho en su honor —le resumo para que comprenda un poco mejor las razones por las que mi madre se pone tiquismiquis.
Naiara enmudece por la sorpresa—. Lo siento.
No quería incomodarte, estabas estresada y decidiste desahogarte conmigo sin saber que yo soy su hijo.
¿Qué hubieras hecho si te lo dijera? ¿Salir corriendo?
—Nunca lo sabremos, no me has dado la opción.
Suspiro, intentando calmarme ante su frialdad. No me gusta que me hable así. Es como si usase su enfado como un arma para imponer distancia entre nosotros. Me gusta, sí, pero eso no significa que vaya a decirle a todo que sí cuando no está siendo razonable.
—No voy a permitir que sigas acogiéndote a la excusa de que omito cosas. Ya te he explicado el tema de Valentina. Me parece injusto. Sobre todo, cuando me tengo que enterar de casualidad que estas conociendo a alguien, o que tienes novio.
Sé que no puedo echarle en cara algo así, tampoco que ese dato me pone celoso.
Ella no parece inmutarse, lo que me saca más de quicio.
Me quedo un par de minutos, dándole tiempo y ayudando con las copas.
El silencio que impone me duele lo suficiente para recoger mi orgullo, terminar con la copa que tengo en la mano y retirarme con el mismo silencio que ella me regala.
Los camareros ya están sirviendo la cena cuando tomo asiento entre mi madre y mi hija. Mi hermana e Isaac están justo enfrente, hablando en voz muy baja. Las arrugas de la frente de Tatiana me indican que está enfadada o decepcionada. Están discutiendo.
—¿Qué les pasa a estos dos? —murmuro la pregunta a mi madre.
—No es el momento para cotilleos.
Esto sí que es raro. Mi madre sin querer cotillear.
No le doy importancia. He tenido suficiente con la discusión con Naiara como para meterme en la de otros.
La cena transcurre a la perfección a pesar de las pocas palabras que han cruzado Isaac y Tatiana.
Por suerte, Valentina anima bastante el ambiente sin ser consciente de ello.
Antes de los postres, mi hermana se retira y capto una lágrima escapando de su ojo izquierdo.
La primera y última vez que la vi llorar fue con la muerte de nuestro padre.
—Quédate con Valentina, por favor —se lo pido a mi madre y ella no pone inconvenientes.
Isaac y yo casi salimos detrás de Tatiana al mismo tiempo. Antes de que alguno de los dos la alcancemos, ella se encierra en su camarote. ¿Qué cojones está pasando? Él ni siquiera intenta entrar o llamar. Me acerco a la puerta y la golpeo con los nudillos un par de veces.
—¡Déjame en paz! —grita desde dentro.
—Soy Adrián, déjame pasar —lo intento de nuevo.
—¡No! Dejadme sola los dos —exige.
Si no quiere hablar conmigo es porque está enfadada y es grave.
Me doy la vuelta y localizo a Isaac a varios metros.
Está apoyado en la barandilla, con el móvil en la mano y parece atormentado.
Necesito saber su versión. Naiara aparece con cara de preocupación por el lado opuesto del yate, llegando antes que yo.
—No me digas «te lo dije» —le advierte en un gesto serio.
Ella nota mi presencia y su hermano se gira. Cuando me ve, hace una mueca que me transmite tristeza.