Nada como tú (Serie Nada 1) Los amigos no duermen juntos #4
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Los amigos no duermen juntos #4

Suelto sus manos y le sonrío como única respuesta. He tenido ganas de besarlo antes, pero no tantas como tengo ahora. No ha dudado en mostrarse vulnerable conmigo. De una forma emocional, es más valiente que yo.

Solo cuando sale Adrián, me acuerdo de mi móvil y leo el mensaje de Sergio: «¡Ya era hora de que te tomaras un descanso! Disfruta de tu finde. Al volver hablaremos. ¡Un beso!».

Rememoro la primera vez que me habló de Laura.

Lo chocante que nos resultó a los dos tener esa primera charla, incluso siendo ya mejores amigos.

El cambio de pareja a ex y, después, a mejores amigos, no es fácil.

Es un camino lleno de conversaciones incómodas que refuerzan la amistad.

Y, supongo que, antes de confesarle mis sentimientos a Adrián, debería contárselo a las chicas y a Sergio.

—Quiere disculparse contigo. —Su voz aparta mi atención del móvil y se paraliza en sus ojos azules—. ¿Le dejo pasar?

La figura de Fidel está detrás de Adrián. Al preguntarme, antes de darlo por hecho, me hace sentir menos intimidada por su amigo. Las palabras a las que recurre y cómo las usa me hacen sentir segura y asiento.

—Naiara —me llama Fidel en voz baja. Adrián se aparta para dejarlo pasar y nos da espacio. No entra, tampoco se aleja de la entrada de la tienda. Su protectora presencia hace que se instale en mi pecho una agradable calidez—. Lo siento. No pensé que te fueras a sentir así. Me he pasado —admite.

—Sí, te has pasado —recalco. Suspiro, antes de elegir bien las palabras—. No me psicoanalices cuando ni yo misma sé si es buena idea —añado en un tono más bajo para que Adrián no me escuche.

Casi al unísono, abrimos los brazos y nos perdonamos (los dos) en un amistoso abrazo. Empezamos de cero.

—Tu secreto está a salvo conmigo. Si sirve de algo, creo que es una idea brillante —imita mi tono, controlando la posición de Adrián.

Me hace reír por su forma de confirmar que, a sus ojos, Adrián y yo sí somos una buena idea.

Ojalá poder leer su mente para saber que le ha dicho sobre mí—. De verdad, lo siento mucho.

Fidel estrecha un poco más nuestro abrazo y pillo a Adrián mirándonos. No finge no mirar; me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa.

—¿Ya os habéis hecho amiguitos? —bromea.

Fidel me suelta y me guiña un ojo.

—Sí, ya es más amiga mía que tuya —responde Fidel.

No le falta razón. Los amigos no se atraen de la forma en la que Adrián me atrae a mí.

—Ni confirmo ni desmiento —respondo, sonriendo.

Luis aparece en la entrada, junto a Adrián, y nos mira como si fuéramos dos niños perdonándose a los treinta segundos de pelearse.

Un rato después, en vista de que no para de lloviznar, decidimos descartar nuestra primera idea de cenar los bocatas juntos.

Y como no cabemos todos en la tienda más grande —la de Adrián—, él y yo estamos cenando solos dentro de ella, a la luz de una pequeña lámpara.

Lo único que le falta a esto para considerarse un ambiente romántico es dejar de ser amigos, pero todo no se puede tener en esta vida.

Eso sí, nada impedirá que antes de irnos, desayunemos los cuatro juntos.

Adrián está masticando con la boca cerrada cuando sus labios se curvan en una sonrisa y sus ojos me observan disfrutar de mi sándwich de pollo con pimientos asados.

—¿Qué es tan gracioso? —pregunto.

—Tu sándwich te delata.

—¿Perdón?

—Has puesto todos los ingredientes en un orden especifico y le has quitado la corteza. Organizada y tiquismiquis, como tu sándwich.

Me sorprende que haya sacado esa comparación y, también, me fastidia no poder decirle que no es cierto. Pan de molde, pechuga de pollo a la plancha, pimientos asados, rúcula y un poco de mostaza. El suyo es de jamón y queso fundido.

—Pensaba que Fidel era el psicólogo —replico en un intento de contraataque. Miro el suyo intentando criticar algo. Hay poco que analizar; es un bocadillo de jamón y queso, sin más—. Para lo complicado que eres, tu sándwich es de lo más normalito.

Adrián levanta tanto las cejas que parecen tocar la mitad de su frente, lugar donde se le marcan un par de bonitas arruguitas. El azul de sus ojos parece brillar y su boca se entreabre.

—No sé qué te hace pensar que soy complicado. Soy igual de simple que mi bocata.

Ninguno de los dos lleva razón y los dos la tenemos.

Él podrá conocerse muy bien a sí mismo, pero ignora el caos mental que me provoca.

Sí, por su culpa. Porque él no quiso besarme, aunque me trate como si quisiera hacerlo.

Por esa razón no dejo de darle mil vueltas a cada palabra, cada gesto o la forma en la que me ha protegido de su amigo.

O, como ahora, que clava sus ojos en mi frente, en un silencio íntimo, y sonríe al notar que ya no tengo los puntos de sutura.

Mientras nos preparamos para dormir, me protejo los pies con doble par de calcetines gordos. El frío es peor por la noche.

—Ese ruidito… ¿Te están castañeteando los dientes? —pregunta Adrián un par de minutos después de apagar la lámpara.

—Un poco.

—Eso es un sí —confirma él con un tono divertido. Su respuesta me hace recordar a mi madre. Ella siempre decía que no existe solo un poco; o es sí o no. Adrián enciende la luz de la lámpara y se incorpora—. Métete aquí.

—No te preocupes, entraré en calor pronto.

«No insistas. No soy de piedra».

—No seas cabezota. Te vas a congelar y mi saco es más amplio.

Me siento como el Gato con Botas en Shrek ; debo mantenerme serena, pero ya es tarde.

Finjo hastío por no poner una sonrisa bobalicona y salgo de mi saco, corriendo para meterme en el de Adrián.

Intento quedarme lo más apartada posible de su cuerpo.

Es imposible que el saco se estire más y no consigo ni un palmo completo de distancia entre nuestros cuerpos.

Adrián lo sabe y me detiene de la forma más sexy que puede; deja su mano en mi espalda y aprieta hasta que mi pecho queda totalmente pegado al suyo.

Puedo sentir su respiración muy cerca de mis labios.

Deseo acortar los escasos centímetros que separan nuestras bocas.

—¿Contento?

—Mucho —replica sonriente antes de apagar la luz. Disfrazo mi acercamiento en un silencioso contraataque, arrimando mis pies a los suyos—. Joder, tienes los pies congelados.

—Eso te pasa por mandón —replico, ahogando un suspiro por lo a gusto y calentita que estoy pegada a su cuerpo.

—A menos que seas la mujer de hielo, no creo que puedas dormir con los pies tan fríos.

Adrián envuelve sus pies sobre los míos y suspiro al sentir la calidez.

Es una estufa humana. Joder, creo que desprende calor hasta por las pestañas.

Así de cerca lo tengo y, como no soy una esfinge, cierro los ojos para evitar caer en la tentación.

Ojos que no ven, deseo que se aguanta. O algo así.

Me quedo dormida en algún punto entre su calor corporal y su respiración contra mi boca.

Las cosas han cambiado. La primera vez que dormimos juntos no contó. No fue una elección de los dos. Ahora sí era una decisión consciente de ambos. Y, aunque no ha pasado nada entre nosotros, para mí es un motivo más para ser sincera y valiente con él.

Por la luz que entra en la tienda, sé que es de día. Noto una presión extraña entre el muslo y la rodilla. Me doy cuenta de que seguimos en la misma posición, pero ni sus manos ni sus pies hacen contacto conmigo. Levanto la cabeza y encuentro a Adrián despierto, con la cara roja como un tomate.

—Lo siento —dice mientras me froto los ojos—. Es algo que no puedo controlar cuando me despierto.

Su justificación acompañada de su cara de circunstancia me hace caer en la cuenta de lo que le pasa.

—Tranquilo. —La que tiene que tranquilizarse soy yo, que, al saber la procedencia del bulto, me entran unas ganas tremendas de besarlo.

De liberarlo y de dejar a mi cuerpo hablar por mí.

A la hora de la verdad, no me atrevo. Me aparto para dejar de sentir esa dulce presión y se me escapa una fugaz sonrisa al notar su incomodidad en aumento—. Erección mañanera. Lo entiendo.

«Ojalá fuera por mí», pienso.