Nada como tú (Serie Nada 1) Los amigos no duermen juntos #3
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Los amigos no duermen juntos #3

—Los cebos artificiales están bien, pero las lombrices vivas son mil veces mejores. Las cañas pesan demasiado para pescar truchas. Tienen que ser más ligeras para sentir cuando muerden el anzuelo —les explico.

Los tres me escuchan como si estuviera dando una charla sobre pesca. Miran sus cañas, las sopesan y sus caras reflejan decepción, concentración y un ligero desánimo. A mí me parecen tiernos.

—En resumen —dice Fidel—. No vamos a pescar nada.

—Podemos intentarlo —digo para que no se desanimen. Luis es el primero en intentarlo. Al ver cómo hace el lance, añado otra razón más se suma a la lista de cosas que hacen mal—. No me cojas manía; haces el lance demasiado cerca.

—Te puedo coger lo que tú quieras, preciosa, menos manía —bromea Fidel, y Adrián vuelve a tensarse.

—Por lo que veo, ligar se te da igual de bien que pescar —replico en tono divertido.

Adrián y Luis sueltan una carcajada. Fidel sonríe y se lleva una mano al corazón, fingiendo estar herido con mis palabras.

Luis recoge su caña. Tomo prestada la de Adrián para hacer un lance y enseñarles cómo deben hacerlo.

Me hace feliz corregirles, igual que mi padre hacía conmigo.

Los chicos lo repiten y, esta vez, lo hacen a la perfección.

Recojo la caña de Adrián y se la devuelvo.

—Pensé que yo era el enchufado de la maestra de pesca —dice con una mueca de falso fastidio.

—Si no quieres aprender… —digo, cogiendo la caña de nuevo.

—No tan rápido, encanto.

Se adelanta para ponerse detrás de mí y sus brazos me rodean en busca de su caña. En cuanto siento su pecho pegado a mi espalda, no opongo resistencia. Ahora, la que está tensa y en guardia soy yo.

La mirada de Fidel se queda fija en mí. No dice nada, ni un solo comentario fuera de tono ni una broma, e intuyo que se ha dado cuenta del significado de mi reacción.

Mis esfuerzos por disimular la atracción que siento por Adrián no valen de nada a ojos de un psicólogo.

Es un inconveniente tenerlo al lado cuando intento adaptarme a la relación de amistad que su amigo quiere tener conmigo.

Por suerte, el momento se rompe cuando empiezan a contar anécdotas, sobre todo de los ligues de Fidel, quien tiene para escribir un libro sobre sus andanzas de casanova moderno.

Luis se interesa por mi afición a la pesca y le cuento, de forma superficial, que me la inculcó mi padre.

No quiero contarles cosas tan personales ni tristes, prefiero abrirme más con Adrián.

Sé que, tarde o temprano, acabara volviéndose en mi contra, pero no me importa.

El guarda forestal me habla de su novia Paula; el amor que le tiene se nota en cómo le brillan los ojos al hablar de ella.

Luis es un buen tipo. No es el típico que quiere aparentar delante de sus amigos.

Cuatro truchas es el resultado de una tarde entera pescando con ellos, riendo y bebiendo cervezas. Luis y Adrián se encargan de los peces y de los cebos artificiales. Fidel y yo llevamos las cañas y la basura con las latas de cerveza vacías.

—¿Puedes venir a mi tienda un rato? —pregunta Fidel.

Luis y Adrián, que van un par de pasos más adelantados que nosotros, lo miran con desconfianza. Asiento y les hago un gesto para que no se preocupen. Mi instinto me dice que no tiene nada que ver con intentar tontear conmigo.

—¿Vas a psicoanalizarme? —bromeo cuando entro detrás de él a la tienda.

—Prefiero besarte. —Se acerca a mí dispuesto a convertirme en una de sus presas, pero no estoy dispuesta a dejar que se salga con la suya. Le hago una cobra digna de un récord Guinness—. Lo sabía —dice en tono triunfal.

—¿Qué coño haces? ¿Y de qué hablas?

—Te gusta Adrián —suelta en tono acusatorio, como si fuera algo ilegal.

—¿Tan creído te lo tienes que solo aceptas un no por respuesta si me gusta tu amigo?

Mierda, lo sabe. Y si no lo sabe, el reciente ardor en mis mejillas, se lo confirma.

No voy a admitirlo.

Apuesto a que irá corriendo a contárselo y yo no tengo dónde esconderme.

Estoy en las montañas con tres hombres; a dos los acabo de conocer y uno de ellos es el que me gusta.

¿En qué momento pensé que esto sería buena idea?

Quiero chasquear los dedos y volver a la seguridad de mi piso, con mi hermano.

Fidel alza una ceja. No me cree.

—Tú no me engañas, he visto cómo has actuado toda la tarde. Te gusta Adrián y te mueres de miedo de que alguien lo note ¿O me lo vas a negar? Todavía estás a tiempo...

Su forma de conseguir una respuesta por mi parte es repetir la jugada.

Esta vez, mis nervios me hacen verlo a cámara lenta.

Su estrategia es presionar para que confiese.

Sería fácil besarlo para que me dejase en paz, sin embargo, mi cuerpo no está de acuerdo.

Resbalo al apartarme y caigo de culo. La situación es surrealista y agobiante.

Al sentirme atrapada, mi reacción es soltarle una sonora bofetada en la mejilla.

—¡Basta! ¿Se te ha ido la cabeza por completo?

La bofetada no es premeditada, no la disfruto.

No ayuda que me ponga entre la espada y la pared.

Es una situación que me oprime el pecho.

Adrián entra en la tienda y, al vernos tan cerca, repasa nuestros rostros.

No sé cómo lo verá desde fuera, pero no quiero quedarme a descubrirlo.

Me escurro para poder salir de ahí lo antes posible.

—¡¿Qué cojones le estás haciendo, gilipollas?! —le grita.

La mano de Adrián agarra la chaqueta de Fidel y yo sigo mi camino.

No sé a dónde ir, no dejo de caminar lo más lejos posible de las tiendas de campaña.

No me siento atacada, más bien presionada, intimidada y agobiada.

Como si quisiera entrar en mi alma sin permiso y obligarme a verbalizar algo para lo que no estoy preparada.

Me da igual que tenga razón, no tiene derecho a hacerme algo así.

Me escondo detrás del coche de Adrián. Tomo asiento en la hierba mojada y abrazo mis piernas. Joder, espero que no esté yéndose de la lengua y contándole su teoría. ¿Cómo coño salgo de esta?

—¡Nai!

La voz de Adrián me llama, pero no me atrevo a responder.

Sigue lloviendo y todo es mejor aquí, sin enfrentarme a la verdad ni a posibles acusaciones de su amigo.

Quiero llamar a Isaac y que venga a por mí, sin tener que dar explicaciones a ninguno de los tres.

Maldigo en voz baja al darme cuenta de que me he dejado el móvil en la tienda de Adrián.

El poncho impermeable me mantiene seca, el frío me cala los huesos.

Unos pies se acercan y, en cuanto me ven, apuran el paso.

Es Adrián. No puedo decir que me sorprenda, no es el mejor escondite del mundo. No tengo mucho dónde elegir.

—¿Estás bien? —Su tono de preocupación se hace más intenso cuando se acerca y se arrodilla ante mí. No tengo ni una pizca de valor para mirarlo a los ojos. No hasta tener la suficiente información—. ¿Te ha hecho algo?

—No —respondo, como si acabara de despertar de un trance.

Joder, lo que menos quiero es que se enfade con uno de sus mejores amigos por mi deseo de mantener algunas de mis verdades bajo llave—.

No me ha tocado ni un pelo, se ha acercado más de la cuenta y yo solo le he dejado claro dónde están los límites —aclaro antes de que tache a su amigo de depravado sexual.

Su mirada quiere saber más y, sin embargo, reconoce mi estado de nervios porque no hace más preguntas.

—¿Vienes a la tienda o quieres quedarte aquí un rato?

Sus opciones no incluyen que tenga que volver a tratar con sus amigos. Una parte de mí quiere agarrarle la mano y tirar de él para que se siente a mi lado.

—Iba a llamar a mi hermano para que me sacara de aquí —confieso—, pero supongo que volver a la tienda es mejor opción.

Adrián me mira a los ojos y pone sus manos en mis rodillas. Su acercamiento me lleva a pensar en las palabras de Isaac y en la suposición de Fidel. Tal vez, si fuera sincera, las cosas podrían salir mal, pero ¿si salen bien?

—Si no quieres estar aquí, yo mismo te llevaré a casa. No voy a dejar que estés en un lugar donde no te sientas cómoda.

Sé que es sincero. No hay un ápice de doble intención, broma o amabilidad forzada.

Razones por las cuales le ofrezco mi mano para que me ayude a levantarme.

Él es un lugar seguro y cómodo para mí. Sé que debo decírselo, aunque no ahora, esperaré a que nadie fuerce la situación.

La sonrisa que pone cuando nos encontramos de pie me confirma que debo buscar el momento perfecto.

Si voy a abrirle mi corazón, será cuando no haya nadie más alrededor.

A medida que nos acercamos, veo a Luis y Fidel discutiendo a pocos metros de donde Fidel tiene instalada su tienda.

No es mi culpa y, aun así, siento una carga sobre mis hombros.

Abro los ojos como platos al ver que de la comisura de los labios de Fidel brota un fino hilo de sangre.

La pregunta resbala por mi lengua y la sostengo hasta que estamos dentro de la tienda de campaña.

—¿Le has pegado? —pregunto después de quitarme el poncho impermeable y dejarlo en la entrada.

—Sí, creí que se estaba propasando contigo —admite, sin aguantarme la mirada como suele hacer. Está arrepentido y avergonzado—. No debí hacerlo y le debo una disculpa. Yo no soy así.

Parece sentirse abatido y es normal, se ha peleado con su mejor amigo por mí. Por muy buena intención que haya tenido, no puedo evitar sentirme culpable. Si admitiera la verdad, podría haberlo evitado.

—Lo siento, no quería que discutierais por mi culpa.

—No sé qué te ha dicho ni lo que hablasteis, pero no es culpa tuya. —Me doy cuenta de que me ha cogido las manos y las está acariciando mientras me habla—. ¿Te importa si voy un momento a arreglar las cosas con él?