Nada como tú (Serie Nada 1) Los amigos no duermen juntos #2
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Los amigos no duermen juntos #2

—¿No te has traído tienda, Naiara? —pregunta Fidel sin dejar de montar la suya a unos metros de nosotros. Antes de que me dé tiempo a responder, añade—: Si quieres, puedes dormir conmigo.

—Me lo pensaré —respondo en tono divertido.

—Tengo que preguntar —dice Fidel con la mirada clavada en Adrián. Después, me mira a mí—. No os habéis acostado ni nada, ¿no?

Ojalá. Una sola palabra. ¿Y si la pronunciase en voz alta? ¿Qué pasaría? Lo más probable es que estropease nuestra amistad, pero ¿tan malo sería?

—Somos amigos, te lo he dicho.

Adrián responde con un tono muy poco amable, casi enfadado. Está tenso. Mientras, intento ocultar mi risa lo mejor que puedo.

—Ya lo has oído —añado.

No miento ni admito nada. Espero que vea que yo solo me adapto a lo que Adrián quiere que seamos: amigos. Confesarle que me gusta sería egoísta y no quiero hacerle sentir incómodo.

—¿Cómo de soltera estás del uno al diez? —insiste Fidel.

Luis le tira con un objeto que no logro distinguir para que se calle.

—Supongo que diez.

—Interesante.

Si me preguntara cómo de soltera estoy en mi mente, sería diferente.

Suelto una carcajada por la cara de cazador que me pone Fidel.

—¿Luis es el de la casa ordenada? —le pregunto en un susurro a Adrián para cambiar de tema y que se destense.

—Sí. Oye, si te está molestando Fidel… —dice demasiado rápido.

—Tranquilo, es perro ladrador y poco mordedor —le interrumpo.

Me arrepiento al instante de cortarle. Tal vez, si lo dejase terminar, podría aclararme un poco las ideas.

Ninguno volvemos a hablar mientras montamos las tiendas.

Luis y Fidel lo hacen sin problema, pero Adrián es un poco caótico con el orden de levantar la estructura.

El ligero viento helado se lo complica un poco más.

Lo ayudo en silencio, sin necesidad de ponerlo más nervioso de lo que ya parece.

Su sonrisa tímida de agradecimiento rivaliza con la belleza del lugar.

Hemos tenido suerte y no ha nevado en los últimos cuatro días, aun así, parte de la hierba mojada conserva pequeños restos de escarcha.

El crujido de esta bajo mis botas hace que recuerde a mi padre frotándose las manos, ordenándome que me metiese dentro de la tienda y usara el termo de café como calefacción improvisada.

Pero no quiero ponerme sentimental delante de dos hombres que apenas conozco e inspiro una bocanada de aire frío que me llena los pulmones.

Asturias, paraíso natural, a menos que vivas en el centro. La diferencia entre el aire de Gijón y Somiedo es abismal.

Terminamos antes que sus colegas porque somos dos y nos estamos compaginando bastante bien.

Entramos para preparar el interior e, incluso con la entrada abierta, tengo la sensación de que el espacio es muy…

íntimo. La tienda de Adrián es para una persona y no puedo evitar desear que caiga la noche para estar pegada a él.

Como Luis predijo, en ese instante comienza a llover y tenemos que quedarnos dentro hasta que amaine un poco. Una parte de mí quiere salir de la tienda y meterse en la de Fidel, por si eso le provoca alguna reacción. Al pensarlo dos veces, me parece una opción patética y la descarto.

—¿Luis es meteorólogo?

Intento que vuelva a ser él mismo, no alguien parecido que no habla desde que Fidel intentó vacilarme.

—Podría serlo. Es guarda forestal —responde con una sonrisa en los labios.

La lluvia golpea con fuerza la tela de nuestra tienda.

Adrián y yo colocamos nuestros sacos de dormir y nos sentamos sobre ellos.

Mientras hacemos tiempo, me cuenta un poco sobre sus amigos.

Me habla de una tal Paula, la novia de Luis, a la que han conocido hace poco.

Ambos creen que están hechos el uno para el otro.

Lo que me lleva a pensar que, si ella no está en la acampada, ¿qué significa que yo sí esté aquí?

¿La novia de Luis no podía venir? ¿Será que yo soy una amiga y nada más?

Descarto la etiqueta de novia porque Adrián no ha dado muestras de que quisiera besarme en ningún momento.

¿Estoy en la zona de amigos con los que tontear por aburrimiento?

No entiendo por qué soy la única mujer de la acampada.

Después, me advierte sobre Fidel y lo casanova que es con todas.

Me sorprendo un poco al saber que es psicólogo y, cuando me doy cuenta de por qué, me siento un poco hipócrita.

Si no es justo que los compañeros de Gia la juzguen por su personalidad, no debería juzgar a Fidel por la mezcla de su profesión y actitud extrovertida.

Rebusco en mi bolsa la chaqueta y el poncho impermeable.

—¿Quién es Sergio? —Su repentina pregunta me sorprende. Me giro hacia él y me hace un gesto señalando mi móvil—. Te está llamando.

Pongo el móvil en silencio antes de responderle.

—Mi mejor amigo.

—Si quieres hablar con él… —comienza a decir, pero yo ya he empezado a teclear un escueto mensaje explicándole que estoy fuera y que lo llamaré a la vuelta.

Me da igual escribirlo delante de él, no tengo nada que ocultarle.

Adrián parece sorprendido. Después, me pongo el poncho—.

Nai, espera. ¿A dónde vas? —Es la primera vez que me llama Nai y suena tan bien.

.. ¿A quién quiero engañar? Nai, Encanto, Naiara, Piernas o Rarita.

Cualquier versión de mi nombre que salga de su boca, me encanta—. Está lloviendo mucho.

—No he venido para quedarme encerrada en una tienda de campaña. Solo es agua. Vuelvo en un rato, quiero ir hasta el lago —lo tranquilizo antes de salir.

Fidel y Luis también están refugiados en sus tiendas.

¿Qué manera de acampar tienen estos tres?

Un poco de lluvia no hace mal a nadie. Es la primera vez que acepto un plan como este desde la muerte de mis padres y no pienso dejar que mi padre, esté donde esté, vea que no lo disfruto.

Si me he animado a salir de la tienda es por su recuerdo.

Él me enseñó a disfrutar y a adaptarme. Cuando mi padre y yo acampábamos, no importaba el tiempo que hiciese.

Siempre decía que un verdadero amante de la naturaleza tiene que disfrutarla en todas sus versiones.

No me lleva más de seis minutos llegar a pie hasta el lago. Es precioso. Me hipnotiza la forma en la que cae la lluvia sobre el agua. Me hace feliz. En esas cosas pequeñas, el recuerdo de mi padre es más vívido. Alguien me toca el hombro.

—¡Que susto, Adrián! —exclamo llevando mi mano al corazón de manera inconsciente. El ruido de la lluvia ha tapado tanto los pasos de Adrián que me ha hecho pegar un bote por la sorpresa—. Creí que te ibas a quedar en la tienda.

—¿Y dejarte sola? Podría pasarte algo.

—¿Ahora es cuando finges ser el príncipe Disney del lago?

—bromeo. Adrián alza las cejas y me señala lo que hay a menos de cuatro metros de donde estamos.

En el vallado visualizo un cartel que anuncia peligro, advirtiendo la presencia de un toro.

Y ese toro está justo al lado del cartel.

Nos observa con atención. Miro a Adrián y sonrío—.

Principito, si yo fuera tú, me quitaría la chaqueta.

—Joder —dice al darse cuenta, deshaciéndose de la prenda.

¿A quién se le ocurre venir a rescatarme de un toro con una chaqueta roja? ¡Vaya salvador está hecho! Le da la vuelta; el forro de su chaqueta es oscuro. Me giro y el toro deja de mirarnos, pierde el interés en nosotros.

—Te acabo de salvar la vida —me burlo con tono vacilón.

—¿Cómo de caro me costará saldar la deuda? —dice, entrando en el juego.

—La primera vez es gratis —respondo, guiñándole un ojo.

—Pensaba que no te gustaba mojarte sin necesidad —comenta, haciendo alusión a nuestro primer encuentro.

—No es lo mismo.

—No soy idiota, Naiara. Sé que si estás aquí es por tu padre. De otra forma, habrías rechazado el plan.

Mi curiosidad se despierta ante su tono decepcionado.

—No… Bueno, sí, en parte —admito—. No es la única razón.

—¿Hay más razones? —duda.

La lluvia comienza a amainar poco a poco.

«Díselo».

—Me… caes bien —respondo, rozando mi hombro contra su brazo en un gesto cómplice y divertido.

No tengo el valor de admitir que me gusta.

Sus ojos azules buscan verdad en los míos y dejo de sonreír.

Se pone serio y no quiero que dude que él es una buena razón—.

Eres un buen hombre y sé que mi padre estaría contento de que volviera a hacer lo que me gusta con alguien como tú.

Joder, es tan difícil explicarlo sin admitir que me gusta. Su expresión, casi neutra, se transforma en una sonrisa en la que presume de sus dientes perfectos. Aparto la mirada para dejar de desear besarlo en este momento, y Adrián me pasa un brazo alrededor del poncho, acercándome a su cuerpo.

—Gracias por pensar eso de mí —susurra cerca del oído—. Intento serlo, aunque a veces me cuesta un poco.

—Eres humano. —Me acurruco contra su costado un poco más.

Fidel y Luis aparecen con las cañas de pescar y yo clavo mis ojos en Adrián, que tiene una sonrisilla de orgullo. No esperaba que trajeran cañas.

—¿Sabes pescar?

—No somos expertos, morenita —se adelanta Fidel—. Para eso estás tú, para enseñarnos.

—Lo intentamos un par de veces y ninguno de los tres lo hemos hecho muy bien —confiesa Luis—. Menos mal que Adri te ha traído; necesitamos un miembro más en el grupo que controle de pesca.

Es la primera vez que me siento parte de este grupo.

No es lo mismo que sean amables y tengan que aguantarme por ser amiga de Adrián, que involucrarme en actividades que podemos hacer los cuatro.

Me pregunto si habrá sido idea del Doctor Sabiondo o de Fidel y su dominio de la psicología.

Sea como sea, han dado en el clavo. Tras echar un vistazo rápido a sus cañas y los cebos que traen, sé con exactitud el motivo por el cual no pescan como es debido.