Los amigos no duermen juntos
NAIARA
¿En qué momento me pareció buena idea aceptar este plan? ¿A quién quería engañar? Debí de mantener mi primera negativa. Después de todo, sigo pensando que no pinto nada en medio del bosque con sus amigos. Un plan perfecto; con demasiadas personas.
Mi hermano me ayuda con la bolsa de viaje. Ayer, cuando le conté que me iba de acampada con Adrián y sus amigos, no dijo nada; parece que ha esperado hasta este momento para hacerlo, como si lo hubiera consultado con la almohada.
—¿Sabes qué creo? —dice de repente. Lo miro con curiosidad, quieta y con la pasta de dientes en las manos.
Sé que comentará algo sobre la acampada por la forma en que se queda mirando mi saco de dormir—.
Puedo equivocarme, pero si yo fuera él, me inventaría algo para no llevar esa tienda de campaña extra.
Le he contado a Isaac lo que pasó la primera vez que quedamos y cree que le gusto, pero no entiendo la opinión de mi hermano. Si le gustase, habría intentado algo.
—Estás enamorado y eso afecta tu objetividad.
—Has dormido con él y no te ha tocado un pelo —me recuerda como si eso fuera una razón que confirma su teoría.
Aunque mi intención es normalizarlo delante de Isaac, a mí también me parece un poco raro.
—En realidad, me quedé frita y al despertar estábamos tumbados juntos —puntualizo. No es lo mismo que si me pidiera dormir juntos—. Solo es amable. Somos amigos.
—No te equivoques, los amigos no duermen juntos —dice apuntándome con un dedo, advirtiéndome de algún peligro que solo él percibe—. ¿Por qué no le dices que te gusta?
—Ya lo sabes. Le pregunté si quería besarme y salió corriendo —respondo con ironía, volviendo a mi tarea: meter las cosas de aseo en la bolsa de viaje.
—Puede que lo haya hecho por mil motivos. Si no sacáis ese tema, no lo sabréis nunca.
—Déjalo, ya. Somos amigos y así es como debe ser.
—¿Hasta cuando vas a seguir fingiendo que lo ves como un amigo? Si sigues así, acabaras enamorándote de él. No quiero que sufras ni partirle la cara por ello. Háblalo con él.
Isaac jamás se ha peleado con nadie, es un trozo de pan.
Mi móvil suena. Es Adrián. Había quedado en llamarme cuando llegara a recogerme a mi portal.
—Me acostumbraré a ser su amiga. No me voy a enamorar de él —aseguro. Intento que suene a promesa, pero mi hermano consigue ponerme nerviosa con sus preguntas y consejos. Suspiro y cojo la llamada—. Ahora bajo —respondo sin florituras. Solo quiero dejar de escuchar el tono de la llamada de Adrián.
Isaac cierra la bolsa de viaje y me da el saco de dormir.
Pretende acompañarme, pero me pongo delante y le pido que me de la bolsa.
No voy a dejar que se presente delante de Adrián.
No cuando podría darle a entender algo que yo no quiero admitir ni a mi propia persona.
Una mueca de fastidio adorna su rostro. Sabe que no admito discusión y, tras darle un abrazo, me voy.
—Hola, encanto —me saluda Adrián con un beso en la mejilla que no me da tiempo a esquivar.
Huele tan bien y me gusta tanto que su barba me acaricie la piel que apenas me percato de que mi saludo es más frío de lo que pretendía.
Coge mis cosas para ponerlas en el maletero de su coche y, cuando me doy cuenta de que estoy esperando a que me abra la puerta, me apresuro a entrar por mí misma.
¿Qué coño hago? Él apura el paso, pero yo ya estoy dentro—.
¿Te pasa algo? —pregunta cuando entra en el coche.
—Nada, cosas de hermanos —respondo, quitándole importancia y sonriendo para que Adrián no indague más de la cuenta—. ¿Y tus amigos?
—Han salido hace unos minutos. Los veremos allí.
Genial. Después de la charla con Isaac, me espera una hora y media de viaje en coche a solas con Adrián.
Justo lo que necesito. Necesito tiempo para sacarme las palabras que Isaac ha dejado rebotando en mi mente y enciendo la radio.
Por el reflejo del cristal, puedo ver que me observa por el rabillo del ojo.
—¿Te gustan los gatos?
No es la mejor forma de romper el hielo, pero no puedo seguir más tiempo en silencio. Solo aumentaría mi nerviosismo.
—No mucho. Los gatos y yo no nos llevamos muy bien. ¿Por qué me lo…?
—Tengo dos —respondo antes de que termine su pregunta.
—¿Cómo se llaman?
—Luna y Salem. —No puedo evitar sentirme incómoda. Siento que, de alguna manera, le acabo de obligar a preguntar por ellos. No tiene sentido que me guste tanto cuando le desagradan los gatos—. No te haré pasar por el sufrimiento de conocerlos —intento bromear.
—¿Son importantes para ti? —Asiento como respuesta y él me lanza una mirada interrogativa que yo esquivo—. Que no me gusten no significa que no quiera conocer a los tuyos.
Trago nerviosa por lo que acaba de decir.
Quiero besarlo y sé que no puedo. Tengo que recordar que solo está siendo amable conmigo.
Si tuviera el valor de seguir el consejo de mi hermano, esto no sería tan duro.
Que estén sus amigos es lo mejor, menos tiempo a solas con él conlleva que mi autocontrol no flaqueé.
La mejor decisión hasta que se me pase la atracción que siento por él.
La mitad del camino lo pasamos escuchando música y hablando de cosas que no tienen la menor importancia.
Evito mirarlo todo lo que puedo; a veces, es inevitable que me pierda en sus ojos azules.
Es el hombre más dulce del mundo cuando habla de su hija.
Por no hablar del sinsentido que es lo mucho que me atrae su forma de conducir, sus manos o la forma tan suave en la que se mueven las gruesas ondas de su pelo negro.
Me gustaría pasar mis dedos entre ellas.
—¿Jugamos? —propone cuando quedan menos de treinta minutos para llegar, trayéndome de vuelta a la realidad.
—Vale, empieza tú.
—¿Es más probable que no sepas nada o lo sepas todo?
—Que no sepa nada —admito. Omito a conciencia que me muero por saber qué pasa por su cabeza. No quiero ser tan pretenciosa, me bastaría saber qué pensó en el momento que dijo que no quería besarme—. ¿Qué hagas daño sin querer o que te lo hagan?
—Que me lo hagan. —Su respuesta y su expresión me confirma que se lo han hecho antes—. ¿Que rechaces a alguien o que seas rechazada?
—Ser rechazada. —No sé para qué pregunta eso, él mismo me rechazó—. ¿Que tengas citas o encuentros esporádicos?
—Esporádicos —dice con timidez. Su respuesta me decepciona, ninguna de las dos opciones las ha intentado conmigo—. ¿Qué uses apps para ligar o el cara a cara de toda la vida?
—Nunca he tenido apps de ese tipo. El cara a cara, aunque se me da de pena.
¿No es obvio? No sé si pretende hundirme un poco más las falsas ilusiones que me he creado con él, o está ciego para no ver que no se me da nada bien.
—No me creo que se te de tan mal —dice como si tuviera cien hombres detrás de mí.
—Te aseguro que soy penosa.
—Ya somos dos, podemos montar un club. —Lo dudo bastante.
Adrián es de ese tipo de hombres que no tiene que currarse mucho las cosas para que alguien se acerque.
Es guapo, divertido, atractivo, amable, dulce y muy sexy —.
Podemos preguntar a mis amigos. Luis se ha echado novia hace poco y Fidel, bueno, sería muy útil saber cómo hace para ligar con tanta facilidad.
Cuando llegamos, veo a dos hombres esperando en el aparcamiento, supongo que son sus amigos, no nos quitan ojo.
Los dos son guapos y altos, llevan unas mochilas gigantes y el saco de dormir en la mano.
Salimos del coche y vamos directos al maletero.
Me basta con un solo vistazo para no localizar una segunda tienda de campaña.
—¿Y mi tienda? —pregunto.
—La debe de tener mi hermana. —Hace una mueca y me mira con lo que creo que es timidez. Me desvía la mirada y la vergüenza tiñe sus mejillas—. No te preocupes, te quedas con la mía.
—¿Y tú dónde vas a dormir?
La cara de Adrián es un poema. Contengo una sonrisa al pensar que mi hermano estaba en lo cierto. ¿Le gusto o solo ha sido casualidad? Sin poder remediarlo, mi ilusión se eleva de nuevo.
—Compartiré la tienda con Luis o Fidel —responde, rascándose la nuca.
¿Está nervioso o es lo que yo quiero creer? No hay duda de que es la decisión correcta, pero no pienso desaprovechar la oportunidad. Me río, fingiendo una normalidad que ni yo misma me creo.
—No seas tonto, puedo compartirla contigo —digo, dándole una suave palmada en el hombro.
Su expresión cambia por una más aliviada.
—Vamos, te los presentaré —dice mientras cierra el maletero.
No se separa más de un palmo de mí y yo me siento más protegida y segura para las presentaciones.
Llegamos al lado de sus amigos y, tras saludarlos con un medio abrazo cariñoso, dirige la mirada hacia mí por unos segundos—. Chicos, ella es Naiara.
Los dos sonríen. Luis y yo nos estrechamos la mano. Fidel, en cambio, ignora mi mano y me estrecha entre sus brazos, como si me conociera de hace años.
—Fidel.
En la voz de Adrián nace una advertencia.
Una idea brilla en mi mente. Una idea infantil, pero efectiva. ¿Y si entro en el juego de Fidel? ¿Qué pasaría? ¿Se pondría celoso?
—Así que tú eres la que animó a mi colega a hacer un desnudo integral en la discoteca —suelta Fidel con una sonrisa de orgullo en su rostro.
—Sí, supongo que sí. En mi defensa diré que no le insistí ni una sola vez; él solito se animó a hacerlo —bromeo.
No puedo evitar reír junto a sus amigos.
Que lo sepan no me da vergüenza, me parece muy curioso.
¿Les habrá hablado a sus amigos de mí? Le presto más atención a Luis, tiene que saber sí o sí que hemos estado en su casa.
O no. Decido no comentar nada al respecto.
Ya le preguntaré a Adrián cuando estemos solos.
En menos de quince minutos encontramos la mejor zona para acampar. No está muy alejada del lago. Dejamos todo en el suelo. Fidel y Luis se ponen a montar sus tiendas y este último asegura que tiene pinta de que se pondrá a llover en breve. Adrián y yo montamos la tienda sin prisa, en silencio.