El momento perfecto #2
Valentina se aferra más a mi pierna, y le dice su nombre refunfuñando, muy rápido. Miro a Naiara y me encojo de hombros. Ella sonríe y le quita importancia. Se acerca y se pone en cuclillas; busca contacto visual con mi hija.
—¿Hacemos un trato, Valentina? Si me dices cuántos años tienes, comparto esto contigo. ¿Qué te parece?
Miro casi con la misma curiosidad que mi hija lo que Naiara rebusca en su bolso, hasta que saca una bolsa llena de chucherías. Cuando bajo la mirada para ver la reacción de mi hija, se suelta de mi pierna y le sonríe a la propietaria de las golosinas.
—Tengo cinco años.
Naiara le enseña una gominola con sabor a Coca Cola, pero antes de dársela le hace un gesto para que le dé un beso en la mejilla. Valentina, que no se resiste al poder de los dulces, se acerca y le da un sonoro beso.
—Buena táctica —le susurro a Naiara, que me regala una mirada triunfal.
No descarto usar la misma estrategia para conseguir un beso de Naiara.
—No hace falta que me llames como te ha dicho tu padre. Es más fácil Nai.
—Vale, Nai —le responde.
Nunca hemos hablado sobre el tema niños, pero no hace falta; me queda claro que se le dan bien. Al menos se ha ganado a mi hija en menos de diez minutos. Si soy sincero, esa cualidad en ella me parece tan dulce como sexy .
—¿Por dónde empezamos? ¿Qué animales quieres ver primero? —pregunta ella.
Naiara parece cada vez más cómoda con la situación. Después de que mi hija le confiese su amor por los pingüinos y nutrias del acuario, agarra de la mano a Naiara.
Al llegar a las nutrias, las dos se acercan a verlas, dejándome unos pasos atrás.
—Qué bonitas… —dice mi hija con esa inocente admiración que le caracteriza.
—¿Sabías que las nutrias duermen en el agua cogidas de las manos para no separarse? —le cuenta Naiara.
—¡Cómo mola!
—¿A ti también te gustan las nutrias? —pregunto.
—Son preciosas. Vengo siempre que puedo. ¿Sabías que tienen una pareja para toda la vida? ¿A qué son románticas?
Se le ilumina la cara mientras me cuenta lo que sabe de esos animales, me fascina oírla hablar con tanta ilusión.
—Es la primera vez que pienso que los animales pueden ser románticos —admito.
Más que los datos, disfruto la forma en que ella los da.
Me gusta cuando habla de lo que le gusta, su forma de tratar a Valentina y cómo me está mirando ahora.
Pienso en besarla. Un coraje repentino me hace dar un paso más cerca de ella, pero Valentina rompe el momento cuando tira de la mano de Naiara.
—Vamos a ver los pingüinos, Nai.
Las sigo de cerca mientras me recompongo. Fantaseo con sacarla del acuario, al primer lugar privado que encuentre, para que me explique mejor su último dato sobre las nutrias.
Las contemplo a las dos, embobadas con los pingüinos.
Tan hipnotizado como ellas con esos animalillos.
Están cogidas de la mano. Es la primera vez que veo a mi hija así de cariñosa con otra persona que no sea de la familia.
No quiero romper esta especie de vínculo que están creando.
Con disimulo, saco un par de fotos a traición con mi móvil.
Ninguna se entera de lo que acabo de hacer.
La imagen de ellas dos juntas me parece perfecta.
Casi al final de la visita, Tatiana aparece de la mano de mi futuro cuñado, con los labios despintados e hinchados.
Él está despeinado. No hace falta ser un genio para saber que han follado.
Siento celos de no ser yo quien se escapa con Naiara.
En ese instante, decido dejarme llevar. ¿No es eso lo que siempre me aconseja ella?
—¿Podrías llevártela a comer? —le pregunto a Tatiana.
Naiara me mira con cara de sorpresa. No sé si por las pintas que tienen o por la petición que acabo de hacerle a mi hermana.
—Valen, ¿quieres venir a comer una hamburguesa con nosotros?
Mi hija me mira con cara de ilusión. Niños y comida rápida, siempre es un match .
—¿Puedo ir, papá? Porfi…
—Está bien, pero no comas demasiado que te entra sueño y tienes que hacer las tareas del cole —advierto.
Valentina da un saltito y me abraza. Me regala un cariñoso y largo beso en mi mejilla.
Cuando se aparta hace una mueca de molestia, no le gusta que le pique mi barba de dos días—.
¿Te vas a despedir de tu nueva amiga? —le susurro, con los ojos clavados en Naiara.
Valentina se revuelve para que la suelte y se acerca a Naiara, que se agacha en cuanto ve que quiere un abrazo. No le da un beso, pero que le pida un abrazo es más de lo que esperaba. Ha salido perfecto sin planearlo. Me parece increíble la manera tan genuina en la que han conectado.
—¿Comemos juntos? —pregunto a Naiara cuando estamos solos.
Sé que es precipitado y demasiado espontáneo para su gusto, pero no puedo evitar sonreír cuando la veo asentir. Me siento afortunado por su positiva respuesta.
—Tu hija es adorable —comenta.
—Tú sí que eres adorable.
Ella no le da importancia a lo que acabo de decir, puede que hasta piense que solo lo digo por gratitud o amabilidad. Lo cierto es que lo digo con toda la verdad e intención, ella es adorable haga lo que haga.
—¿Dónde me vas a llevar a comer?
Tengo dos opciones: llevarla a mi casa y cocinarle o llevarla a mi sitio favorito. No sé cuánto tiempo podré estar con ella, así que opto por la más sensata.
—A la sidrería Sobiñagu; es mi favorita. ¿Vamos?
Le ofrezco mi brazo y Naiara se agarra con tal naturalidad que parece que lo hemos hecho mil veces, aunque sea la primera.
Para mí, a pesar de ser improvisada, esto es una cita en toda regla.
No lo verbalizo por dos motivos: no quiero asustarla y sé que no podré besarla.
Todavía no, pese a que me muero por hacerlo.
Quiero hacerlo a su modo, y besarla sin que se lo espere podría estropearlo todo.
Le abro la puerta del copiloto de mi coche. Sé que debo ir centrado en la carretera, pero no puedo evitar echarle algún vistazo cuando no me ve. Quizás sea una tontería, me gusta que esté ahí y no me importa que me vea como un amigo. Mis intenciones nada tienen que ver con convencerla de nada.
—Ya que es tu sitio favorito, pide tú.
—¿Alguna alergia que deba saber o algo que aborrezcas?
—Como de todo. Lo único a lo que soy alérgica es a los crisantemos, pero ni pienso comérmelos ni son mis flores favoritas.
—¿Y cuáles son tus favoritas?
—Los tulipanes.
Nota mental: regalarle tulipanes en algún momento.
El camarero se acerca para traer el pan y tomar nota de lo que vamos a comer. Pido pulpo a la brasa y el cachopo asturiano.
—Y croquetas caseras —añade ella.
No me gusta que el camarero me mire como si yo tuviera que darle el visto bueno a lo que ella acaba de pedir. Le hago un sutil gesto y él, con cara de póker, la mira y asiente.
—¿Qué queréis beber?
—¿Sidra? —me pregunta ella.
Los dos queremos lo mismo. Le sonrío y miro al camarero para asegurarme de que lo esté apuntando. Espero un momento a que se retire para centrarme en ella.
—Supongo que tendrás muchas preguntas.
—Sí, pero no las voy a hacer. No por ahora. —No sé si eso es bueno o malo, pero no tarda en aclararme su respuesta—. Si quieres contarme algo, hazlo porque te nace, no por obligación.
No me apetece hablar sobre la madre de Valentina, pero no permitiré que Naiara tenga dudas sobre lo que significa para mi hija y para mí.
—Poco después de que Valentina naciera, su madre se fue. Nunca se ha preocupado por ella ni la ha querido.
—¿Tú la quieres?
—Claro que la quiero. Valentina es lo mejor que me ha pasado en la vida —respondo sonriente.
Naiara se ríe y niega con la cabeza.
—Me refería a la madre de Valentina.
—No —respondo al segundo. Sus enormes ojos me miran como si quisiera saber más, pero había dejado claro que no me haría un interrogatorio—. ¿Te gusta acampar? ¿El senderismo?
Noto en su rostro un atisbo de sorpresa por mi cambio de tema. Lo entiende en un segundo, y su sonrisa me anuncia que no insistirá.
—Me gusta bastante, aunque hace años que no lo hago.
El camarero interrumpe nuestra charla para traer las croquetas y el pulpo. Aprovecho la interrupción para pensar cómo proponerle la próxima no-cita. Tengo algo en mente, no sé cómo se lo tomará.
—¿Por qué no lo haces desde hace años? —pregunto interesado.
Naiara está disfrutando de la primera croqueta; por su cara diría que le ha gustado.
—Antes de su muerte, mi padre y yo íbamos una o dos veces al mes. Acampábamos cerca de los ríos o lagos. Él alquilaba una barquita y pasábamos medio día pescando.
Me quedo mirándola unos segundos en silencio, probando el pulpo.
Sonríe de forma melancólica y su mirada se oscurece con tristeza, lo que me hace intuir que la relación con su padre era bastante buena.
Su forma de contarme algo tan personal, que confíe en mí y me abra un poco más su corazón, me conmueve.
—Lo siento.
Nadie merece perder a su padre tan joven.
—Tú no tienes la culpa de la pandemia mundial —dice, mientras me roba un trozo de pulpo con una confianza que me desarma.
—¿Y tu madre…?
—Los dos —me interrumpe.
—Mi padre también falleció de COVID —confieso.
Cojo su mano y le doy un apretón cariñoso, como si pudiera eliminar sus malos recuerdos. Imaginarme a Naiara con un dolor parecido al mío me entristecía. Ella coge una croqueta y me la ofrece.
—¿No quieres probarlas?
—No me gustan las croquetas.
En cuanto le hago esa confesión, me mira como si estuviera loco. No puedo evitar sonreír, sé lo poco habitual que es.
—Sabía que no eras de fiar. ¿A qué clase de psicópata no le gustan? —me acusa en tono divertido.
Que no me gusten las croquetas no significa que no valore que ella me ofrezca la última. Es un vértigo dulce el hecho de que, cada vez, me guste más esta mujer.
—¿Tienes planes este fin de semana? —le pregunto mientras nos sirven el cachopo.
—No, puede que revise los últimos detalles. El evento de Navidad está a la vuelta de la esquina.
Aunque me sirvo después que ella, no como hasta que la veo probar el cachopo.
—Tengo que admitir que ponerle dulce de manzana a un cachopo no lo veía una buena opción, pero está exquisito.
—Era imposible que no te gustase teniendo en cuenta lo mucho que te gusta el dulce.
—¿Lo has pedido por eso?
Asiento, y su forma de mirarme en aquel instante me acelera el corazón. «Vamos, Adrián. Dilo ya».
—Volviendo a la acampada… Este fin de semana iré con dos amigos a Somiedo. ¿Te apetece venir?
—¿Te está afectando la sidra? ¿Qué pinto yo en Somiedo con tus amigos?
Una parte de mí se ilusiona con el doble sentido que le veo a su incredulidad.
La otra, la que más pesa en la balanza, necesita encontrar y exponerle buenos motivos para que no pueda negarse.
Sé que a Luis y Fidel no les importará, aunque no estoy seguro de si hablarían más de la cuenta delante de ella.
—¿Por qué no? Tenemos cañas de pescar, te gusta acampar y también eres mi amiga, ¿no?
Naiara hace una mueca que no sé interpretar, se toma su tiempo y su silencio reflexivo consigue que me inquiete. Apenas respiro por la expectación. Ojalá pudiera leerle la mente.
—Está bien, iré —habla, rompiendo el silencio.
—¿Segura?
Aunque juegue en mi contra, quiero que esté segura, cómoda y, sobre todo, que venga porque quiere pasar más tiempo conmigo.
—Tienes razón, somos amigos. Puedo tener dos amigos más —dice con una sonrisa que no deja ver sus hoyuelos.
Joder, eso no es lo que quiero que crea.