Nada como tú (Serie Nada 1) Error 404 doble check azul #2
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Error 404 doble check azul #2

Es la primera vez que le miento. Ni a Gia ni a Ariadna les he hablado de él.

Sé que, si lo hago, querrán conocerlo y dirían cosas delante de él que no quiero que sepa.

Ellas me conocen y no quiero que sus comentarios fastidien mi amistad con él.

Que yo me muera por besarlo y él no quiera, no significa que lo quiera fuera de mi vida.

Ni siquiera yo sé con seguridad qué me pasa con él; no quiero arriesgarme.

—Como vuelvas a coger el móvil para revisar el trabajo, te lo quito —me advierte.

Gia se mete en el probador de al lado para cambiarse y, mientras yo hago lo mismo, siento mi móvil vibrar. Ni siquiera lo miro, sé que es él. Quiero que me trague la tierra. Cuando termino de vestirme, me quedo en el probador solo para ver su mensaje.

El corazón me va a mil cuando abro su chat.

Encanto, deberías llevártelos todos. Aunque el rojo es mi favorito.

Un cosquilleo en la boca de mi estómago se apodera de mí y relee su mensaje. Mi parte insensata baraja mandarle la foto del conjunto rojo, solo para él. No lo haré, es la peor decisión que puedo tomar. Así que, decido ser sincera.

¡Qué vergüenza! No era para ti, era para mi amiga Ariadna.

Ariadna y él son los primeros chats que tengo en el móvil.

Otro mensaje:

¿Estás segura?

No lo tengo cara a cara y, aun así, me pone nerviosa. «No quiere besarte. Deja de hacerte ilusiones», pienso.

Yo: Segurísima. ¿Insinúas algo?

Adrián: No, tranquila. Jugaremos a fingir que no me has mandado nada por error y que yo tampoco he visto nada.

Yo: Perfecto.

¿Por qué me afecta tanto? ¿Cómo es posible que no quiera nada conmigo? ¿Por qué tontea cuando no me lo espero? No puedo enfadarme con él porque me confunda. ¿Será otro de sus juegos?

Gia entra en mi probador y, con rapidez, bloqueo el móvil.

—¿Ahora es cuando me dices que estás chateando con un proveedor?

—Solo estaba…

—No me mientas, Nai —me interrumpe—. ¿Quién es? Tienes cara de estar haciendo sexting …

—No es nadie y no estoy haciendo sexting . No digas tonterías.

Sí que lo es. Es alguien.

Gia me mira en silencio, hace una mueca y asiente. No quiero mentirle, tampoco hablarle de Adrián. ¿Qué le voy a contar? Solo somos amigos. No es nada tan jugoso como ella cree que es. Ojalá lo fuera.

—Ya me lo contarás cuando…

—En serio, Gia, ni me he follado a nadie ni estoy haciendo sexting con nadie. Solo es un amigo. —Esta vez la interrumpo yo. No quiero seguir mintiendo y tampoco quiero un interrogatorio—. Un amigo sin derecho a nada —puntualizo, más desanimada de lo que pretendía sonar.

—Vale, vale —dice levantando las manos en señal de rendición—. Ya me lo presentarás.

¿Se lo presentaré? El móvil empieza a vibrarme sin parar en el bolsillo de atrás de mi pantalón.

Una llamada. Gia está echando un vistazo en las ofertas de la tienda, pero no quiero hablar con él estando con mi amiga.

Cojo el bodi negro de encaje y el conjunto de lencería rojo con liguero incluido.

Y sí, el último me lo llevo porque él ha dicho que es su favorito.

Él nunca me lo verá puesto ni me lo quitará, por muchas ganas que tenga de que lo haga.

No en la vida real. En mis fantasías, puede que sí.

—¿Por qué no te llevas el dorado? Te queda perfecto —le pregunto a Gia cuando observo que no lo lleva entre sus elegidos.

—Ya tengo uno igual —me aclara mientras nos acercamos a la caja—. Por cierto, el veintisiete de diciembre me han invitado a una fiesta temática. Dime que vendrás —me pide casi en una súplica.

—Supongo que sí. —Para ese día ya habré dejado el estrés laboral de lado y tendré más dinero del que tengo ahora—. ¿Cuál es la temática?

—Personajes de películas. Ya he hablado con Ariadna para que me guarde el disfraz; voy a ir de Beetlejuice. Ella está entre Once de Stranger Things y Hermione. Cuando te lo pienses, avísala, para que te encargue el disfraz en la tienda.

Tener una mejor amiga trabajando por horas en una tienda de disfraces es un plus, tanto a la hora de reservarnos los disfraces como a la de pagar menos por ellos. Ariadna tiene descuento por trabajar allí, y lo hace extensible para Gia y para mí.

Casi tres horas de tiendas con Gia es agotador, y necesario. Mi madre solía decir que Ariadna, Gia y yo éramos amigas cactus, no hacía falta que quedásemos cada día para que nuestra amistad se mantuviera viva.

Siento una nueva vibración en el bolsillo de atrás de mis vaqueros justo cuando me estoy despidiendo de Gia en mi portal. Cuando las puertas del ascensor se abren, miro el móvil: un par de llamadas de Adrián y un mensaje.

¿Estás molesta por lo que te he dicho antes? Solo bromeaba.

Ojalá poder charlar con mi madre para hablarle de Adrián. Ella siempre acertaba y daba los mejores consejos. Me quedo en el portal para llamarlo y evitar que mi hermano escuche nuestra conversación. No llega ni al segundo toque cuando me atiende la llamada.

—Hola, encanto —me saluda la voz de Adrián a través del teléfono.

—Dos llamadas y un mensaje. Estás rozando la condena por acosador —bromeo.

—Sabes que podría devolverte ese golpe bajo, ¿verdad?

—No sé de qué me hablas. —Claro que lo sé y por suerte no le he hecho videollamada, mis mejillas me delatarían. Fingir que no ha pasado nada es la mejor opción—. Estaba de compras con mi amiga.

—Cuando quieras nos vamos de compras los dos —dice en tono divertido.

—En tus sueños, Doctor Sabiondo —respondo antes de soltar una carcajada más nerviosa que divertida.

Hay un dato que me cruza la mente en ese instante; él siempre me busca.

Agradezco no tenerlo delante para que no me vea morderme el labio.

Tengo que hacer algo para que no crea que paso de él.

Necesito verlo para estar segura de que mi error no va a afectar a nuestra amistad—.

Si no tienes planes mañana por la mañana, podríamos quedar.

—Me encantaría, pero mañana ya he quedado.

—Otro día, supongo.

En cuanto esas palabras salen de mi boca, me doy cuenta de lo desilusionada que ha sonado mi voz. Unos segundos de silencio. No quiero incomodarlo y busco algo con lo que disimular. Demasiado lenta.

—Nai, que haya quedado mañana no es incompatible con que te eche de menos.

Su respuesta despierta nuevas cosquillas en la boca del estómago. A su vez, me da miedo que solo nos veamos cuando a él le apetezca. Empiezo a pensar que lo más práctico es dejarlo estar. Es evidente que no estamos en el mismo punto, por muy bonitas que sean sus palabras.

—Claro. Ya hablaremos, Adrián. Me tengo que ir.

Y antes de que pueda decir nada, cuelgo el teléfono.

No quiero que diga nada que pueda crearme falsas ilusiones.

Lo mejor que puedo hacer es mantener la distancia y aclarar mis ideas.

Desearía que nuestra amistad fuese tan fácil como la que tengo con Sergio.

Ni siquiera encuentro una razón lógica a mi decepción. Es ridículo.