Error 404 doble check azul
NAIARA
El estrés que tengo con el trabajo no es el mismo que tenía hace un par de semanas.
No desde que conozco a Adrián. Los quince o veinte minutos que pasé con él la semana pasada, en las mañanas, actuaron como un bálsamo.
El café vienés y las moscovitas —que siempre terminaba regalándome— ayudaban.
El principal motivo tenía nombre y apellidos, los ojos azules y unos labios que tenía prohibido besar.
El fin de semana también trabajé, muy a pesar de la insistencia de mi hermano mayor en que volviera a salir.
Quise adelantar trabajo por si a Adrián le daba por seguir con nuestra rutina.
Me escribió el sábado para interesarse por mis planes de fin de semana.
Supongo que cuando le dije que seguiría trabajando, ni siquiera intentó proponerme un plan.
Mejor, si lo hubiera hecho, le habría dicho que sí.
Los lunes por la mañana son igual de odiosos para los que somos autónomos, así que decido trabajar desde casa.
Nada de reuniones un inicio de semana. Salem y Luna están acurrucados a mi lado; él a mi derecha y ella a la izquierda, como mis escoltas gatunos.
Mi hermano parece especialmente contento.
Jamás lo he visto limpiar la cocina con tan buen humor.
Estoy revisando los pedidos que están de camino para la decoración del yate, pero me muero por saber qué lo tiene así. O quién.
—¿Por qué estás tan contento?
—¿Y por qué no?
—Porque estás haciendo una limpieza profunda a la cocina el peor día de la semana y con una sonrisa.
Isaac sonríe más. Se da cuenta de que no tiene manera de inventar una excusa creíble.
—¿Te acuerdas de la chica que era lesbiana?
—¿Era? —pregunto.
—Hace poco abrió un salón de tatuajes y me planté allí. Hablamos hace unos días y… estamos juntos.
—¿Es tu novia?
Juntos puede significar mil cosas y antes de hacerme ilusiones, quiero estar segura de que es lo que creo que es.
—Sí, pero no me pidas que te la presente aún. Quiere ir despacio —me advierte sin borrar la sonrisa de ilusión de su cara.
No voy a ser yo quien le pinche la burbuja en la que está. Mi hermano es feliz y eso me hace feliz a mí. No necesito saber nada más.
—Me alegro mucho por ti.
Extiendo los brazos para que él se acerque a celebrar la nueva noticia.
Me levantaría si no fuera porque tengo el portátil entre las piernas y dos animalillos acurrucados a mis lados.
Isaac no se queja, está feliz, se nota en su sonrisa, en su mirada y en la forma en la que se acerca a mí.
Me abraza con una fuerza que demuestra lo ilusionado que está de su nueva relación.
La última que tuvo fue con veinte años (la cual no duró ni un año) y ahora tiene treinta.
Solo descanso para comer con mi hermano, quien no deja de repetir lo contento que está. Me cuenta que ha estado pensando en presentarse a las oposiciones para bombero.
Empieza una relación, quiere un trabajo estable… Todo me lleva a pensar que está madurando y que, cuando menos me lo espere, me pedirá que me busque otro piso. Más presión añadida a la que ya tengo para lograr independizarme.
Llevo más de cinco años intentando despegar para poder ser una buena organizadora de eventos, y con buena me refiero a no tener que hacer malabares para poder pagar mi parte del alquiler y la cuota de autónomos.
Joder, debería buscarme algo más estable y menos arriesgado.
¿Y si después de la cena de Navidad sigo igual? Solo de pensarlo me estoy agobiando. Cuando termine este trabajo, empezaré a preparar mi plan B.
El resto del día, he estado ajustado el presupuesto de Verónica para poder tener un par de todo lo que usaré como decoración. Después de desmayarme y cargarme parte de los adornos, ando con pies de plomo. No puedo permitirme otro fallo como ese.
El timbre suena cuando me empiezan a picar los ojos de estar tantas horas delante del portátil. Isaac abre y una Gia llena de energía pasa sin que la invitemos; tampoco lo necesita.
—Hola, bombón —saluda a mi hermano, dándole un repaso visual sin cortarse. Es algo habitual y los dos estamos acostumbrados.
Siempre tontea con mi hermano. Nunca se han acostado, pero siempre le vacila con la posibilidad de estar juntos. Es (casi) la versión femenina de mi hermano mayor.
—Dentro de poco tendrás que controlarte. Se ha echado novia —le informo desde el sofá, frotándome los ojos para desprenderme del cansancio.
—Nai, ¿quieres que lo publiquemos en prensa? —me recrimina Isaac.
—Gia es como nuestra hermana. Es justo que lo sepa.
—Más hermana tuya que suya —puntualiza ella—. Hasta que no se case, mantendré la esperanza. Te esperaré, rubio.
Gia y yo nos conocemos desde el primer día que pisamos la clase de infantil.
Desde entonces, nunca nos hemos separado.
Coge a Luna con delicadeza y se sienta a mi lado.
Luna no se inmuta, la conoce y vuelve a su posición, acurrucada, solo que esta vez sobre el regazo de Gia.
Ella le echa un vistazo a mi ordenador, después a mí y niega con desaprobación antes de quitármelo.
—Estaba trabajando —me quejo, y me abanico con la mano para refrescar el ojo derecho, que empieza a escocer un poco.
—Ya no. No he venido hasta aquí para verte trabajar. Nos vamos de compras.
—¿Ahora?
Apago el portátil, sin quitárselo. Es mucho más cabezota e insistente que yo.
—Bombón, tráeme el colirio antes de que tu hermana se quede sin párpado de tanto rascarse —le pide a mi hermano y él la obedece. Se alían contra mí para conseguir que tome un poco el aire—. ¿Hace cuánto que no echas un polvo?
—Cuatro o cinco meses —responde mi hermano por mí, dándole el colirio a Gia.
—¿No íbamos a ir de compras?
Ella me hace un gesto para que eche la cabeza hacia atrás y, aunque refunfuño, me dejo caer contra el respaldo del sofá.
Hay gente que nace con un don, por pequeño que sea, y el suyo es que la obedezcan.
Solo lo usa en caso de ser necesario y en su trabajo.
Llevaba dos años de profesora sustituta, entre infantil y primaria.
Se le dan genial los niños y, después de todo, ¿no tenemos todos un niño interior?
—Claro que vamos. Hay que encontrarte algunos conjuntitos sexis que te motiven, antes de que se te regenere el himen y vuelvas a ser virgen.
Mi hermano suelta una sonora carcajada ante el comentario de Gia, ella le guiña el ojo y yo resoplo. Son igual de imposibles.
—Joder, Gia. Eres la reina de la elegancia.
Deja a Luna en el sofá y se pone en pie, haciendo caso omiso de mi queja. Aunque tengo que admitir que, en esencia, tiene razón. Me echa una mirada impaciente, de las que consiguen ponerme en acción, y voy directa a mi habitación.
El colirio empieza a aliviar el picor de ojos mientras opto por una camisa ajustada básica, unos vaqueros rectos y unas botas planas.
La comodidad es primordial para ir de compras con ella.
Con todo el dolor de mi corazón, cojo cien euros de la mesita de noche de mi habitación.
No pienso gastar más dinero hasta que Verónica me pague la otra mitad.
—¿No has llamado a Ariadna?
Ariadna es mi otra mejor amiga. Entre semana, trabaja como profesora de yoga en un gimnasio del centro y, algunos fines de semana, saca dinero extra en una tienda de disfraces.
La conocimos en el instituto y, desde entonces, hace el papel de mediadora entre nosotras cuando no nos ponemos de acuerdo.
—Sí, pero tiene turno de tarde.
Antes de cruzar la puerta, Gia le tira un beso al aire a mi hermano.
Cuando salimos del portal, se agarra de mi brazo y me lleva a la primera tienda de lencería.
Me hace probarme conjuntos imposibles, de colores chillones o que no dejan nada a la imaginación.
Le sigo el juego un rato, consigue que me divierta y me olvide del trabajo.
No tardamos en escoger lencería que sí nos pondríamos.
—Me han hecho fija en el colegio que solicité. Empecé el lunes. Quería contártelo hace semanas, pero estabas en modo huraño.
Suelta la noticia después de ponerla al día con el trabajo navideño de Verónica, mientras me hago otra foto con el bodi de encaje que me estoy probando.
—¿Es bueno? Quiero decir… ¿Estás a gusto en el nuevo colegio?
—Estoy con los de primaria. Los tengo dominados y saben ir solos al baño. ¿Qué más puedo pedir?
—¿Y tus compañeros? —pregunto en una mezcla de interés y preocupación.
Ama su trabajo, pero se le dan mejor los niños que los adultos.
Su forma de ser suele chocar con gran parte del profesorado.
Tienen la falsa creencia que un profesor tiene que parecerse lo máximo posible a una monja de clausura, y Gia es muy de redes sociales y de no esconder parte de su vida.
Muy moderna para ser la típica maestra. Una ventaja frente a los niños y algunos de los padres.
Una desventaja de cara a los profesores antiguos.
—De momento, bien. Hay un par de la época prehistórica, pero puedo manejarlos —dice animada.
—Si se meten contigo, me llamas y… —selecciono las fotos que me he hecho para enseñárselas a Ariadna.
Ya que no ha podido venir, no quiero que se pierda nada y que me ayude a elegir.
Se las envío junto a un mensaje pidiéndole ayuda.
Después de mandarlo, me doy cuenta de la metedura de pata que acabo de cometer—, ¡mierda!
La cara me arde de la vergüenza y mis dedos deciden ser torpes en este momento.
Selecciono las fotos y el mensaje para borrarlos, pero el doble check azul aparece y sé que es demasiado tarde.
Se lo he mandado a Adrián sin querer. Ya no hay fotos ni mensaje.
Espero que no le haya dado tiempo a cargar las fotos.
Salgo del chat como si me ardieran los dedos.
Nota mental: no mandar mensajes mientras estoy hablando con Gia.
—¿Qué pasa? —pregunta Gia, levantando la vista de su móvil.
—Nada, otro proveedor que se retrasa —miento.