Plural
ADRIÁN
No le he hablado a nadie de Naiara. No quiero un interrogatorio por parte de mis amigos. No estoy listo para dar respuestas que ni yo mismo tengo. Siento que, si hablo de ella con alguien, dejaría de ser algo mío, en el sentido más platónico de la palabra.
Me gusta mucho Naiara, no como las mujeres que conocí antes de ella.
Con ella me siento distinto. No quiero convertirla en uno de mis ligues, tampoco la veo como una amiga.
Es algo más y quiero saber cuánto más es.
Quiero verla cada día. No me he atrevido a escribirle de nuevo y ya han pasado casi tres días.
Solo le mandé un mensaje la mañana siguiente de nuestra «no-cita» para que guardara mi número, después de eso, no hemos vuelto a hablar.
Echo de menos sus enormes ojos, que se enfade conmigo y verla dormir.
No puedo sacarla de mi cabeza desde que apareció en urgencias.
No entiendo qué me sucede con ella, me intimida estar cerca de ella y, al mismo tiempo, soy adicto a cada mirada que me regala.
Debería estar durmiendo por el doble turno que me ha tocado hacer en el hospital, pero no soy capaz. Saco el móvil y miro su foto de WhatsApp. No puedo esperar más, necesito volver a verla y mis dedos teclean un mensaje sin darle más vueltas.
Hola, rarita. ¿Cómo te gusta el café?
Tecleo el mensaje sin pensar y le doy a enviar sin releerlo.
Soy idiota. No volveré a llamarla así nunca. Va a pensar que soy gilipollas, y con razón. Tengo que buscarle un mote bonito.
No tarda ni dos minutos en responder y me sorprendo sonriendo al móvil como un bobo.
Naiara : Me gusta el café vienés, con canela.
Yo: ¿Te tomas el café conmigo? Como médico debo revisar que controles el estrés.
Me arrepiento de escribir esa porquería. La única razón por la que lo hago es tener una excusa para que no me rechace. No quiero que crea que me interesa como paciente. Sé que si le digo lo que me pasa por la cabeza cuando la veo o pienso en ella, se asustaría y no la volvería a ver.
Naiara: No puedo. Estoy por el centro y tengo una reunión importante en una hora.
Yo: ¡Perfecto! Yo también estoy en el centro. Daremos un paseo hasta tu reunión importante mientras nos tomamos el café. Mándame tu ubicación.
Miro el móvil, está en línea, pero no me envía nada.
Me aferro a la esperanza de que esté pensándoselo.
Entro en una de las mejores cafeterías del centro de la ciudad y, como un regalo del destino, recibo un mensaje que abro en menos de un segundo.
El mapa me indica que está a dos calles de donde me encuentro.
Suspiro y disfruto unos segundos de una sensación muy parecida a la ilusión.
Le pido a la dependienta los cafés, media docena de moscovitas y cuatro carbayones para llevar.
Después de pagar, salgo de la cafetería con actitud optimista. Paro delante de una tienda y, en el reflejo del cristal, me peino con los dedos y aliso el jersey con la mano hasta que creo estar presentable para verla.
Llego a la misma calle en la que se encuentra y, entre la gente, la veo casi al final.
Ella no me ve, habla con alguien por teléfono.
Mierda, lleva el pelo atado. Está preciosa, pero cuando lo lleva suelto tengo la excusa perfecta para tocarla.
Ella está de espaldas y espero a menos de un metro a que termine su llamada.
Parece discutir con alguien por un pedido que no ha llegado cuando lo esperaba.
Huele a cereza, igual que la noche en que la conocí.
Se da la vuelta, inquieta, y sus ojos se clavan en mí.
Su cara de mal humor desaparece y sonríe con una de las sonrisas más bonitas del mundo.
Es la primera vez que me deja conocer sus hoyuelos, tan perfectos como toda ella.
Hace un gesto para que le dé un momento y asiento, paciente.
—Hola, encanto —la saludo cuando cuelga el teléfono.
Puede que no sea original, pero en cuanto he visto sus hoyuelos, he pensado en lo mucho que me encanta. Es mejor que llamarla rarita.
—¿Ya no soy la rarita? —pregunta.
—¿Quieres serlo? —Me muero por saber con qué mote prefiere quedarse.
—Prefiero el nuevo —me responde. Se adelanta y coge uno de los cafés, el que no es el suyo. No me da tiempo de sacarla de su error cuando da un sorbo y se le nota en la cara que no le gusta. Su cara de asco es adorable—. Americano sin azúcar, para ti.
Me da mi café como si le doliera tenerlo al lado y saca algo del bolsillo de su abrigo. Parece un caramelo. Cuando logro ver el envoltorio sé exactamente lo que es. Ya lo he visto antes.
—¿Pikotas de cereza? ¿Cuántos años tienes? ¿Cinco? —bromeo. Se mete el caramelo en la boca y proceso el motivo por el que huele a cereza. Alza las cejas y me da el envoltorio. Sus enormes y preciosos ojos se posan en las bolsas que llevo y me hace espabilar—. ¿Quieres?
—Perdona, Doctor Sabiondo. No sabía que mis chuches favoritas tuvieran un rango de edad para poder comerlas —me dice con una ironía que me fascina.
Me río y cuando empieza a caminar, con su café vienés en la mano, la sigo y me pongo a su lado.
No quiero estar más de un palmo lejos de ella.
Revisa las bolsas y escoge una moscovita—. ¿Cuántos años tienes?
—Treinta y dos.
Sé que tiene veinticinco años, lo miré en su historial médico. Solo miré la fecha de nacimiento y su nombre completo. Naiara Alonso Alcaraz. Omito esa información para evitar que me etiquete como un acosador en potencia.
—¿Has insistido en tomarte el café conmigo para seguirme en silencio? Eso es bastante más de psicópata que tu persecución en la discoteca.
Tiene razón y la única respuesta que puedo darle es una sonrisa mientras pienso en algo que no sea admirarla.
—¿Podemos jugar de camino a tu reunión?
—No picaré dos veces. No volveré a tirarme al agua y no pienso ir empapada a la reunión —me advierte.
—Nada de natación hoy —respondo, divertido. Ella me da un suave empujón con su hombro y le aparto la mirada para poder concentrarme—. ¿Jugamos a qué crees más probable?
—Vale, pero empiezo yo —dice, cogiendo otra moscovita—. ¿Qué es más probable: que un apocalipsis zombi acabe con la humanidad o que la inteligencia artificial lo haga?
—Ojalá fuera un apocalipsis zombi, pero estoy seguro de que la inteligencia artificial.
—Sí, la verdad es que nosotros estamos más preparados para los zombis, ¿verdad?
Asiento, casi hipnotizado. ¿Acaba de hablar en plural? Joder, me encanta.
—¿Que vayas todos los días al gimnasio o que cenes pizza cada noche?
— Pizza cada noche —responde sin pensar. La miro con incredulidad y ella suelta una carcajada que suena como mi melodía favorita. Me encanta que se ría y ser yo quien le haga reír, mucho más—. ¿Qué? Como más de lo que crees. No me juzgues, solo es una temporada estresante.
—Cierto. Tu misterioso trabajo —bromeo mientras cojo un carbayón para mí. No quiero las moscovitas, son suyas desde que eligió la primera—. ¿Eres camella o algo ilegal?
Naiara se detiene y me mira. Creo que está barajando la posibilidad de decirme la verdad o pensando en decirme otro trabajo irreal. Da un paso cerca de mí y me recreo en su olor.
—Casi. Organizadora de eventos —susurra como si fuera información confidencial.
—Si trabajas en algo que requiere organización, no debería ser tan estresante, ¿no?
No me imagino a Naiara siendo un caos, por mucho caos que me provoque sin saberlo.
—Cuando tu clienta mira con lupa cada movimiento que haces y falta menos de un mes para Navidad, sí.
—¿Tan mala es?
Los temas laborales no se tocan en las citas, pero no es una cita y yo quiero saberlo todo de ella. Todo.
—Verónica Soriano no es mala, es… irritante —dice hastiada.
Contengo una sonrisa en cuanto reconozco ese nombre.
Esto va a ser divertido—. No tengo queja de lo que me paga, pero la mayor parte del tiempo me saca de quicio.
En las últimas cuarenta y ocho horas me ha llamado con la intención de cambiar, dos veces, la zona del photocall .
Hemos cambiado cuatro veces las velas de las mesas y, lo último, pretende cambiar todas las servilletas de tela de color champán y sustituirlas por otras de color rosa.
¡En Navidad! Y no rosa suave, no. Rosa chicle.
Por ahí no paso. Con lo elegante, caro e impresionante que es el yate.
Habla rápido, se desahoga y yo no pienso decirle que está hablando de mi madre.
El rosa chicle y el yate me lo confirman totalmente.
Con todo lo que dice de ella, me la imagino alejándose de mí por vergüenza y yo no quiero que se vaya.
No me lo tomo personal. Sé lo imposible que se pone mi madre cuando quiere que las cosas salgan bien y, también, que no está pasando por su mejor momento.
Igual que sé en qué evento está trabajando Naiara porque estoy invitado, junto con mi hermana.
Me muero por ver su cara cuando me vea en el yate.
—¿La reunión es con tu clienta?
—Sí, necesito recordarle que prometió no interferir en mis decisiones. Comprendo la importancia del evento benéfico y me parece muy honorable que se enfoque en conseguir todo el dinero posible para el área de oncología infantil. Pero no puede seguir así, me está volviendo loca.
Su cabeza está tan centrada en su trabajo que no se para a cuestionarse si yo estoy invitado al evento. Después de todo, sabe que soy pediatra.
—Te queda tiempo libre hasta la reunión y no voy a permitir que sigas estresada. ¿Seguimos jugando? —propongo.
—Si ahora vas a jugar a lanzarte al mar de nuevo, paso.
—No volverá a pasar. ¿Te apuntas?
Le doy la opción de elegir si pasar o no de mí. Después de todo, el juego me lo acabo de inventar y su única función es conocerla mejor.
Ella asiente y se adelanta.
—Continúo yo —anuncia, sonriente—. ¿Que te conviertas en una persona organizada o que sigas un estilo de vida más espontáneo?
—Me gustaría ser más organizado. Mi estilo de vida y mi trabajo me obligan a ser más espontáneo. —Siento que su pregunta es una mezcla de interés y algo menos bueno que no sé descifrar—. ¿Que te rías sin querer en un momento serio o que llores por nada?
—Que me ría —responde después de dar otro trago a su café—. ¿Que te gastes tu dinero en cosas que no necesitas o que lo ahorres todo?
—Esa es difícil… Diría que ahorrar. Nunca he gastado en algo que no necesito, lo gasto en otras personas.
—Por la sonrisa que pone creo que le ha gustado mi respuesta.
Mientas Naiara coge otra moscovita, reúno todo el valor que tengo en ese momento y le lanzo una nueva pregunta—.
¿Que te equivoques en el amor o que pierdas las llaves de casa?
—Jamás he perdido las llaves de casa. —Su respuesta me dice que no solo es tan organizada en su trabajo, también en su vida personal.
Pensar en que ha tenido mala suerte en el amor me hace odiar a todos sus ex.
Mira el reloj y da un largo trago a su café—.
Gracias por el café y las moscovitas, pero tengo que irme.
Ojalá tuviera más tiempo para poder despedirme de ella sin que estos malditos nervios me influyeran. Tengo que decirlo; ahora o nunca.
—Sé que estás muy ocupada, pero esta semana tengo las mañanas libres... ¿Te parezco muy acosador si te propongo que nos tomemos el café estos días? Juntos…
Joder, el corazón me va a mil y creo que he dejado de respirar. Es tarde para enmendar mi torpeza. No quiero volver a coger aire hasta que me responda. Por su silencio y su forma de mirarme, sé que se lo está pensando.
—Depende. ¿Vas a venir con moscovitas todos los días?
—Por supuesto —le respondo—. Ten, quédatelas. —Le ofrezco el resto de las moscovitas. La forma en la que las ha disfrutado ha convertido un día normal en un buen día—. ¿Mismo sitio y misma hora?
Naiara asiente y me regala una sonrisa con hoyuelos. Cuando empieza a alejarse, no puedo evitar quedarme mirando su forma de caminar, sus piernas y ese trasero que partiría todos los cuellos de la ciudad. Se gira y yo disimulo dando el último trago a mi americano.
—Doctor Sabiondo, me gusta nuestro nuevo juego —dice como despedida.
«Nuestro». Me encanta cuando usa el plural de esa manera. Café vienés y moscovitas. Lo registro y lo guardo en mi cerebro, junto a sus chucherías preferidas, sus enormes ojos y todos los detalles que tienen que ver con ella.