Nada como tú (Serie Nada 1) La no-cita #3
18%

La no-cita #3

Aunque si tengo en cuenta las idas y venidas que tiene, puedo llegar a entender su caos y el caos que provoca a su alrededor.

—¿Gracias? Creo… —dice. Los dos nos reímos a la vez—. Cogeré algo de ropa mientras pongo a secar la nuestra. Al fondo a la derecha está el baño, puedes quitarte ahí la ropa. Estaré en la puerta de enfrente.

¿Ni un intento de que me quite la ropa en la misma estancia que él? Qué decepción.

Me voy al baño con la intención de no darle demasiadas vueltas.

Está claro que no quiere nada conmigo. Tengo toda la ropa empapada y ver la ducha me tienta.

Necesito agua caliente. Cojo la ropa mojada, escondiendo mi ropa interior entre los pantalones y el jersey y asomo la cabeza por la puerta. Adrián está esperando.

—¿Puedo darme una ducha? —pregunto mientras le doy la ropa.

—Claro. Usaré el otro baño.

«¿Dos baños? Joder, su amigo debe de ser rico».

Jamás he apreciado una ducha caliente como en ese instante.

Una parte de mí fantasea con la posibilidad de que él abra la puerta y se meta en la ducha conmigo.

Me pregunto cómo se sentirán sus dedos por mi piel o la forma en la que me besaría.

Y, aunque mi mirada no se aparta de la puerta, Adrián no aparece.

Tengo que parar. Estoy excitada solo de pensar en algo que no va a pasar.

«Esto no es por él, es por el tiempo que llevo sin tener sexo».

Salgo de la ducha, me seco el pelo y me pongo un albornoz que encuentro en el armario que hay al lado del lavabo.

Salgo al pasillo y Adrián está en el mismo sitio, esperándome.

Lleva unos pantalones de pijama grises que le quedan de vicio y una camiseta blanca de algodón que deja ver un torso y unos brazos definidos, perfectos.

Su pelo negro está húmedo y huele a gel de ducha cítrico.

Me lleva al salón, tan impresionante como el resto de la casa.

Allí, el calor se nota mucho más, es acogedor.

La televisión está prendida y hay una manta enorme sobre el sofá.

¿Habrá puesto la calefacción mientras yo estaba en la ducha?

Me acomodo en el sofá y él se sienta a mi lado, sin dejar más de dos o tres centímetros entre nosotros. Coge la manta y nos tapa. Se asegura de que no tengo frío y alcanza el mando de la televisión para elegir una película.

—¿Prefieres una romántica? —pregunta.

—Soy más de zombis e intrigas, pero cualquiera que escojas está bien —respondo.

—¿Segura? Voy a poner Resident Evil . Te lo advierto.

—Me encantan todas las pelis de Resident Evil .

—¿Ves cómo eres rarita? —bromea y acorta el escaso espacio entre nosotros. Pone la película y deja el mando sobre la mesilla de al lado del sofá—. ¿Tienes frío?

—Un poco —miento.

Adrián pone su brazo alrededor de mis hombros y me acerca a su cuerpo.

Al menos, he conseguido que me acerque a él.

No hablamos más. Él parece concentrado en la película.

Yo la miro, sin dejar de pensar en por qué no intenta nada.

Por momentos, su mano acaricia mi hombro.

A veces, también mi brazo, y lo hace de forma distraída.

¿Cómo puedo prestar atención a la película si me está acariciando así?

Es frustrante que para él no tenga el mismo efecto que tiene en mí.

La película avanza y yo me acurruco a su lado sin más intención que mantener el calor. La calefacción está bien, pero Adrián es una estufa humana y estoy muy cómoda, tanto que no pienso en dobles intenciones cuando me abraza.

En algún momento, me debí de quedar dormida.

En la televisión hay otra película con voz muy bajita.

Los dos estamos tumbados en el sofá. Supongo que él me ha acomodado mientras dormía.

Lo siento pegado a mi espalda y veo su mano descansar sobre mi costado, como si temiera que me fuera a caer al suelo.

Siento su respiración tranquila y no me muevo por si está dormido.

Entonces, veo cómo mueve los dedos de su mano y me giro con cuidado.

Está muy despierto. Me mira y me quedo embobada por cómo nace la sonrisa en su cara. Qué guapo es.

—Así que eres de las que se duerme viendo películas —susurra con una sonrisa encantadora.

En realidad, no. Jamás me he dormido viendo una película. Es la primera vez que me pasa.

—¿Qué hora es?

—Las tres de la mañana.

—¿¡Qué!?

He dormido cuatro o cinco horas. ¿Por qué no me ha despertado?

—¿Tenías hora de llegada?

—No, pero…

—Tranquila —me interrumpe—. Puedes seguir durmiendo.

—¿Has dormido tú?

—Un poco.

Creo que miente, ha esquivado mi mirada al responder.

No sé qué hacer. Quiero seguir despierta, a su lado.

Estoy tan cómoda que pensar en alejarme de su calor corporal me da pereza.

Es raro que me quede a dormir en casa de su amigo.

Sobre todo, cuando creo que esa casa es su lugar para tener sexo y conmigo no lo quiere tener.

—Llamaré a un taxi.

—Voy a por la ropa y te acompaño a casa.

Mierda, había olvidado que estaba en albornoz.

Mientras él se levanta y juega a ser contorsionista para no moverme de mi sitio, me reviso la única prenda que llevo puesta.

Todo está en su sitio, sin ningún descuido que pueda avergonzarme.

No tarda en volver con mis cosas secas y veo que están dobladas, con la lencería encima de todo.

Siento cómo el calor se expande por mi rostro.

Sin atreverme a pronunciar palabra, se las arrebato con rapidez.

No soy capaz de mirarlo a la cara, pero percibo una sonrisa divertida y fugaz en su boca.

—Cámbiate aquí. Iré a cambiarme al cuarto de baño.

En cuanto cierra la puerta, me apresuro a ponerme la ropa interior. Prefiero que me vea en bragas a desnuda. Lo último sería muchísimo más incómodo. Con el resto no me doy tanta prisa porque aprovecho para llamar a un taxi y, aunque no sé el número de la casa, sí sé la calle.

Adrián llama a la puerta cuando me estoy poniendo los calcetines.

—Pasa.

Cuando abre la puerta, ya está vestido. Agarra mis botas, que están al lado de la puerta, y me las acerca.

Me gusta su amabilidad. Me ayuda a ponerme el abrigo.

Me pongo los guantes y el gorro de lana, y se acerca a mí.

Me abrocha la cremallera con lentitud, me deja paralizada por cómo lo hace y la forma en que me mira.

Su mano llega hasta mi barbilla. No la llega a tocar y me contengo para no besar sus dedos.

—Gracias —logro pronunciar en un hilo de voz.

—No hay de qué —murmura mientras sus manos acomodan mi pelo y mi gorro con delicadeza.

Me aparto, nerviosa, y aclaro mi garganta.

Espero que termine de colocar el salón de su amigo y, después, me acompaña a la salida.

No hay nadie en la calle, solo las luces de un coche acercándose: el taxi.

Adrián me abre la puerta para que entre primero y, antes de que me mueva al otro asiento para que entre, cierra la puerta y rodea el taxi para entrar por el otro lado.

¿Este tío de dónde ha salido? Le doy mi dirección al taxista y los tres vamos en silencio los doce minutos que tarda en llegar a mi edificio.

Saco mi cartera para pagarle el viaje al taxista, pero Adrián me lo impide.

—Yo pago —dice con determinación.

Salgo del taxi y, mientras busco mis llaves, Adrián le pide un momento al conductor. Sale del vehículo y se acerca.

—Naiara, espera —me pide Adrián cuando estoy abriendo el portal. Me doy la vuelta, lo veo con su móvil en la mano y su mirada clavada en mí—. ¿Me das tú número?

No quiere besarme ni acostarse conmigo, pero sí quiere mi número de teléfono.

No lo entiendo. ¿Me ha metido en zona de amigos?

Aunque no comprendo qué quiere de mí, asiento porque yo quiero volver a verlo.

Me ofrece su teléfono y le apunto el mío bajo el nombre de Nai Rarita.

Cuando se lo devuelvo, suelta una carcajada que retumba en toda la calle y en mi corazón.

—Te llamaré. —Y me suena a promesa.

«Eso espero», pienso.