Nada como tú (Serie Nada 1) La no-cita #2
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La no-cita #2

No sé si está confundido o intenta darle la vuelta a la situación para ponerme nerviosa. La camarera vuelve con lo que él ha pedido para los dos. Su presencia me da tregua y espero a que se vaya para responder.

—Curiosidad. Estás muy bien vestido y muy guapo, como si tuvieras una cita —comento con una sonrisa que oculto en una mueca despreocupada.

Mi única intención es hacerle un cumplido indirecto, pero no quiero que se ponga chulito por ello. Adrián me mira pensativo y me esfuerzo por poner mi cara de póker.

—Pues no, Naiara. Solo he quedado contigo —contesta demasiado serio.

Oculto mi sonrisa dando un trago a mi taza de chocolate.

No soy pretenciosa. Ninguno nos conocemos lo suficiente, pero no negaré que me gusta saber que solo ha quedado conmigo.

Aunque solo sea por esta noche—. Ahora me toca preguntar a mí.

¿En qué trabajas? Me he quedado con la curiosidad de saber qué tipo de empleo te ha llevado a no comer y desmayarte en plena calle.

Su pregunta me pilla por sorpresa. No esperaba que llevara la conversación a un plano donde me recuerda su interés médico.

No estoy dispuesta a tener una charla con Adrián, el médico de urgencias.

No quiero que me vea como una paciente ni hablar de nuestros respectivos trabajos.

Quiero conocerlo y divertirme mientras lo hago.

—Soy astronauta. Estoy acostumbrada a un ambiente sin gravedad, suelo caerme a menudo. Problemas de estar tanto tiempo en la NASA —respondo, inventando mi propio juego.

—Tiene sentido, los astronautas son un poco raritos. No vas a contarme a qué te dedicas, ¿no? —responde, entrando al juego sin dudar.

Le sonrío a pesar de que me acaba de llamar rarita. ¿Es algo bueno o malo? Me gusta que entre al juego, pero los adjetivos que me dedica me confunden.

—Me encantaría responderte, pero no puedo.

—Voy a arriesgarme a preguntar algo obvio. ¿Por qué no puedes?

—Me has hecho una pregunta muy personal. Muy usada en primeras citas. Y esto es una no-cita, ¿recuerdas? —contesto con una mueca divertida.

—Vale, evitaremos las típicas preguntas —dice con una sonrisa que esconde algo que me muero por saber—.

Solo hay una regla: responder sin pensar.

¿Lista? —Asiento, aunque no me gusta la prisa por dar una respuesta ni la incertidumbre de no saber qué saldrá por su boca.

A pesar de ello, entro de cabeza a su juego.

Si quiere jugar, jugaremos con todas las consecuencias—. ¿Rojo o blanco?

—Rojo. Una pregunta cada uno, ¿verdad? —pregunto y él asiente con una mirada de curiosidad—. ¿Género musical favorito?

Empezamos el juego mientras comemos los churros con chocolate y noto sus ojos bajando hasta mi boca. Es solo un instante. Compruebo que no estoy manchada de chocolate antes de pensar lo que no es. No hay chocolate fuera de lugar; me ha mirado la boca. Es una buena señal, ¿no?

«Relájate, Naiara».

— Jazz . ¿Dulce o salado?

A mí también me gusta el jazz . Mucho. Me lo inculcó mi madre, era su género musical favorito.

—Dulce. ¿Perros o gatos?

—Perros. —Espero que no odie a los gatos—. ¿Viajar al pasado o viajar al futuro?

—Al pasado —respondo, sin poder evitar pensar en mis padres—. ¿Tener siempre calor o tener siempre frío?

—Tener siempre calor. —Su respuesta me hace poner una mueca, me gustaría que fuera team frío, como yo—. ¿Qué te gusta de mí?

—Tus ojos. —No miento, tiene unos ojos azules preciosos. No esperaba que soltara ese tipo de preguntas. Lleva un buen rato mirando mi boca y no puedo pasarlo por alto más tiempo—. ¿Quieres besarme?

—No —dice tajante, tenso.

«¿No?».

Adrián se levanta como un resorte y deja un billete de veinte euros sobre la mesa.

Me quedo paralizada. No sé qué hacer ni que decirle.

Sale de la cafetería sin una explicación y siento que he dicho o hecho algo que lo ha ofendido.

Me guardo mi orgullo herido por su negativa respuesta, cojo mis cosas y salgo tras él. No quiero irme. No quiero que se vaya.

En la calle, vuelvo a la realidad cuando una ráfaga de viento frío me da en la cara. Adrián se aleja de la cafetería por el muelle. Apresuro el paso para alcanzarlo, pero camina bastante rápido.

—¡Hey! ¡Espera! —le pido, pero me ignora—.

¡Adrián, para! ¡Por favor! —Sigue sin hacerme caso y me siento una idiota sin saber por qué huye así de mí.

Corro hasta alcanzarlo y me pongo delante de él—.

Puedes irte si quieres, no te retendré. Pero contéstame antes, por favor.

¿Qué he hecho o he dicho para que huyas de mí?

Es por la pregunta, ¿verdad? No pasa nada.

No te estaba pidiendo que me besaras ni nada.

Se queda mirándome en silencio y sin moverse.

«Joder, he hablado demasiado. Seguro que le parezco una desquiciada».

Cuando estoy nerviosa hablo sin parar. Puede que ni siquiera tenga sentido lo que suelto por la boca, pero lo único que quiero es que no huya de mí.

De pronto, se encarama a la barandilla y se tira al agua del puerto antes de que intente detenerlo.

Me aproximo al borde y me apoyo en el acero inoxidable que me separa del mar para observar dónde está.

¿Por qué demonios se ha tirado? Espero a que asome la cabeza, pero no sale del agua.

Miro alrededor, por si está en otro sitio, pero tampoco lo encuentro.

En la salida tampoco está. Me pongo nerviosa.

¿Y si se ha golpeado con una roca dentro del agua?

¿Y si se ahoga? No puedo quedarme sin hacer nada. ¿Cuánto tiempo ha pasado?

Sin pensar, dejo mi abrigo, guantes y gorro en el suelo y me tiro al agua.

El agua está congelada. Buceo, buscándolo; está demasiado oscuro y no hay ninguna sombra que me dé una pista.

Nado a la superficie para coger oxígeno.

Antes de volver a sumergirme, lo veo a unos metros, mirándome y partiéndose de risa.

No me hace ninguna gracia. Las risas de los curiosos se unen a la de Adrián y me ponen de peor humor.

Quiero insultarlo, pero no digo nada. Nado hasta la salida, empapada y congelada, y camino para recoger mis cosas.

—Espera, Naiara. No me negarás que ha sido divertido, ¿verdad? —dice Adrián, que aparece delante de mí con una sonrisa en la cara. No le contesto. Lo esquivo y sigo andando. Se ha pasado de la raya—. ¿Estás enfadada de verdad?

Encima insiste. ¿Qué coño le pasa a este tío? Merece una bofetada. No soy así y no servirá para mitigar mi enfado.

—¿Y yo soy la rarita? —le recrimino e intento calmarme. No me gusta que me haga sentir como si no pudiera controlar la situación—. Mejor lo dejamos aquí.

—No digas eso… —dice bajando el tono de su voz—. Vale, reconozco que mi huida ha sido rara. Perdóname, por favor.

—Quiero irme a casa. Déjame en paz —exijo, esquivándolo de nuevo.

Adrián vuelve a plantarse delante de mí y para en seco para rodear mi cuerpo.

—Estás temblando —se justifica y me quita el abrigo de la mano para ponerlo sobre mi espalda. Frota sus manos por el abrigo y siento un poco menos de frío—. No sé por qué me he comportado así. Tienes toda la razón en mandarme a la mierda.

—Madura y espabila, Adrián —murmuro sin moverme.

A pesar de estar igual de empapado que yo, su cuerpo emana calor y me refugio entre sus brazos para no morirme de frío.

—Entiendo que estés cabreada conmigo. —Su tono es suave, bajo e íntimo—. Me pones nervioso. Perdóname si soy un desastre esta noche. Hace mucho tiempo que no… quedo con una mujer. No así.

Adrián es guapo y atractivo, me resulta difícil creer que no tenga citas o no-citas con otras mujeres. Y no me importa. Lo que me importa es que se está disculpando y preocupando por mí al no dejar que me congele. Me convierte la cabeza en un auténtico caos, pero me gusta tenerlo cerca.

—Será mejor que busque un taxi.

—No nos van a llevar. Estamos empapados.

—No había pensado en eso. Busco el móvil con la intención de recurrir a mi hermano.

Adrián pone la mano encima de la pantalla y clava su mirada en la mía—.

No tiene por qué terminar aquí la noche.

Tengo un amigo que vive al final de la calle y se ha ido de fin de semana con su novia.

Siempre llevo encima una copia de las llaves de su casa.

Podemos ir y ver una película mientras usamos su secadora.

Me da información que no quiero saber, imagino por qué tiene la copia de las llaves.

No sé si la casa de su amigo es donde lleva a otras mujeres, pero antes ha dicho que no quiere besarme.

Razón suficiente como para no pensar mal.

Sus ojos esperan mi respuesta sin saber lo mucho que me altera cuando me mira con tanta atención.

—Está bien, me muero de frío —acepto sin más juegos de por medio.

Sus dedos apartan de mi cara un empapado mechón de mi cabello y me estremezco. Deja un beso en mi frente que no sé cómo interpretar.

—Mira el lado bueno. El agua del mar es muy buena para curar heridas —susurra y pasea la yema de sus dedos por los puntos de sutura de mi frente.

Cuando hace esas cosas, me confunde. Camina a mi lado y me rodea con un brazo para evitar que me convierta en un cubito de hielo.

No mentía cuando decía que estaba cerca, solo hemos andado cinco minutos.

Me abre la puerta y enciende las luces, después me invita a pasar primero.

Adoro a su amigo en el instante en el que siento la calefacción por todo el espacio.

La casa es muy acogedora y bonita. No es muy habitual una decoración tan elegante en la casa de un hombre.

Puede que la novia haya tenido algo que ver. Sea como sea, me gusta.

—Tu amigo tiene muy buen gusto. ¿Tu casa tiene el mismo estilo? —pregunto con verdadera curiosidad.

—A Luis le encanta la decoración. Mi casa es un completo desastre. ¿Decepcionada?

—No me creo que vivas en un lugar caótico.

—¿Por qué no?

—La forma en la que vistes. No te ofendas, pero eres un poco… pijo. No es algo malo, cada uno tiene su estilo.