Nada como tú (Serie Nada 1) La no-cita
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La no-cita

NAIARA

¿Cómo se supone que debo ir vestida a una «no-cita»? Nunca he tenido una. Estos dos últimos días no he podido concentrarme más de diez minutos en una sola tarea sin que Adrián, con sus ojos azules, su bata de médico y sus gafas de pasta a lo Clark Kent, se pasee por mi mente.

Tengo dos teorías que me rondan la cabeza desde que propuso que quedásemos. La primera me hace pensar que solo es una forma de vengarse por lo que le hice. La segunda es una pregunta: ¿y si no se presenta?

Pero lo que sí tengo claro es una cosa: quiero ir. No me importa si hago el mayor de los ridículos. Tengo muchas ganas de verlo, de estar con él y de saber de qué va eso de la «no-cita».

Todavía no se lo he contado a mi hermano porque tenía la cabeza hecha un lío y, si se lo hubiese dicho, habría pasado estos dos días influenciada por cualquier opinión que me pudiese dar.

Con la ropa de medio armario encima de mi cama y a una hora de la no-cita, no sé qué ponerme y necesito ayuda.

—Isaac. Coopera, es urgente —lo llamo desde mi habitación. Los segundos son una eternidad y no quiero llegar tarde—. ¡Isaac! ¡Ven ya!

—¿Qué pasa? ¿A qué viene tanto grito? —pregunta, entrando con una calma que me saca de quicio—. ¡Joder! ¿Limpieza de armario?

—He quedado y no sé qué ponerme.

—¿Con quién?

Primera confesión inminente.

—Con Adrián. —La cara de mi hermano es un poema, no sabe de quién le hablo—. ¿Te acuerdas que me echaste la bronca por haber sido una zorra con un chico?

Isaac abre la boca y sonríe. Asiente y, varios segundos después, me mira con los ojos entrecerrados. Siempre lo hace cuando se da cuenta de que le falta información.

—Echa el freno, hermana. ¿Cómo has quedado con él?

¿Lo has vuelto a ver y no me has dicho nada?

—Más que curioso parece un policía interrogándome.

Le explico todo lo que omití el día que me vio con los puntos.

No sabía que Adrián era médico ni que, por casualidades de la vida, me reencontré con él en urgencias.

Me divierte la forma en la que mi hermano presta atención, como si le estuviera contando una película—. ¿Una no-cita? ¿Esa tontería qué es?

—No lo sé. Supongo que él se ha inventado ese término —contesto con resignación y, sí, un poco desesperada porque tenía la esperanza de que mi hermano me iluminase con ese término. Cualquier cosa que saliera de su boca arrojaría un poco más de luz en la oscuridad que me encuentro.

«Dichosa no-cita».

Isaac me mira reflexivo durante un segundo y después dirige su mirada al montón de ropa que he dejado sobre mi cama.

—La otra noche tenía pinta de ser mayor que tú, aunque no lo parezca. Esos jueguecitos son una chorrada.

—Solo espero que no sea una falsa cita en la que no se presente solo por venganza. Sería bastante cruel y retorcido.

—Nai, no seas tonta —dice mientras rebusca entre mi ropa de forma distraída—. La no-cita es una chorrada que se ha inventado para protegerse. No quiere llamarlo cita porque está acojonado, y entiendo por qué.

—¿Acojonado? ¿De qué? No digas tonterías, Isaac.

—De que vuelvas a humillarle o a tratarlo mal. Puedo equivocarme, pero ese tío está coladito por ti.

—No exageres, ni siquiera me conoce.

—A algunos tíos no nos hace falta tener horas de charlas profundas para saber si una chica vale la pena. A veces solo… se nota. Si quiere jugar a que no es una cita, síguele el juego. Ponte esto.

Me da unos vaqueros pitillo, unas botas sin tacón, un jersey fino de color verde oliva, un abrigo, guantes y gorro. Un look que jamás me pondría para una cita, pero que con el frío que hace me viene muy bien.

—¿Estás seguro? —dudo.

—Si le gustas de verdad, le va a importar una mierda cómo vayas vestida. No te maquilles. Y si quiere una cita, que se deje de juegos y la pida sin rodeos.

—Está bien. Confío en ti.

—Mañana me cuentas. Y no la fastidies otra vez —me pide, recordándome la noche en la que fui una cabrona con Adrián.

Lo que no estoy dispuesta a sacrificar es el perfume, por mucho juego que se traiga entre manos.

La nueva teoría de mi hermano me preocupa un poco.

¿Y si a Adrián le van esos juegos siempre?

No puedo adivinarlo ni tampoco sé qué pasará hasta que no tenga esa no-cita.

Pero si mi hermano está en lo correcto, ¿quiero que sea una cita?

La última cita que tuve fue cuando salía con Sergio, y de eso han pasado un par de años.

A las ocho menos diez ya estoy esperando en el muelle, junto a una plaza.

El sitio en concreto está menos iluminado que el resto; hay un par de farolas estropeadas.

Durante los diez minutos que quedan hasta las ocho, me pongo los auriculares inalámbricos y reproduzco la lista de Spotify con canciones de Sinatra.

El jazz me ayuda a controlar mis nervios e impaciencia y, así, evito buscarlo con la mirada para no parecer demasiado interesada.

El conjunto elegido por mi hermano es perfecto para el frío que hay a finales de noviembre.

Unas cuantas canciones más de Sinatra hacen que mire la hora en el móvil. Las ocho y diez. Ya debería haber venido. Miro alrededor, quizás no me ha visto, pero no lo veo y decido esperar un poco más. Debí darle mi número o pedirle el suyo.

A dos minutos para que den las ocho y veinte empiezo a ponerme nerviosa. Puede que le haya surgido algo y no pueda venir. O que se haya vengado dejándome plantada. Fly me to the moon suena y la canto mentalmente para distraerme.

Las ocho y media. Saco el móvil y busco el chat con mi hermano. Ni siquiera sé por qué sigo esperando. Quito la música y empiezo a escribirle un mensaje a Isaac.

No ha aparecido. Te dije que se vengaría. Me voy ya. No debería…

De repente, todo se funde a negro y siento unas manos cubrir mis ojos. No me da tiempo a reaccionar.

—Sí que he aparecido —susurra en mi oído.

Me aparto cuando siento sus suaves labios sobre mi mejilla.

No me gusta que juegue con tanta ventaja.

—Sí, media hora tarde —recrimino.

—Y tú has estado esperándome cuarenta minutos —responde Adrián con demasiada confianza en sí mismo.

—¿Cómo sabes que…? Espera, ¿me has hecho esperar todo este tiempo? ¿En serio?

No me gusta su juego. Si sabe el tiempo que llevo esperando es porque él ha estado el mismo tiempo observándome. No sé qué pretende, pero lo único que ha conseguido es cabrearme.

—¿No deberías… qué? —pregunta.

Ignora mi pregunta y apunta de nuevo al mensaje que no he llegado a mandar a mi hermano.

—No debería haber venido. Además, es de pésimo gusto fisgar las conversaciones ajenas —respondo, dejando salir mi molestia en un suspiro.

—Estás preciosa cuando te enfadas —dice con una sonrisa.

Lo miro e intento entender la razón de querer quedar conmigo cuando le ha importado una mierda hacerme perder el tiempo.

Niego en silencio y me doy la vuelta, dispuesta a volver a mi casa—.

Espera, Naiara. No te vayas. Hay una razón para que te haya hecho esperar.

—Ah, ¿sí? ¿Cuál? Porque me muero por oírla —respondo sin molestarme en esconder mi enfado.

—Quería saber cómo te lo tomarías y hasta qué punto estarías dispuesta a esperar.

—¿Con qué fin? —pregunto, llegando al límite de mi paciencia.

—Para poder decidir si esto es una cita o no.

¿Esa es su excusa? No puedo evitar soltar una carcajada irónica.

—Te habrías ahorrado la media hora. No es una cita. A las citas se llega puntual.

—Vale, pues es una no-cita. En la no-cita está permitido llegar hasta media hora tarde. Y puede empezar ahora, si tú quieres —propone, buscando mi mirada.

Lo miro mal, con el ceño tan fruncido que duele, pero Adrián sonríe como si me pidiera compasión. No insiste, espera mi respuesta. Irme o empezar la no-cita.

Mi ego me grita que me vaya y mis pies quieren dar un paso más cerca de él. Ya que estoy aquí, no puedo irme sin saber cómo sería el resto de la noche. Alguien tiene que comportarse como un adulto y, visto lo visto, ese alguien tengo que ser yo. Suspiro, resignada.

—¿A dónde me vas a llevar? —pregunto.

—¿Te parece si cambiamos el café por chocolate caliente y unos churros? —pregunta, sonriente—. Aquí al lado hay una cafetería muy acogedora.

—Me apetece mucho —digo, luchando por no sonreír ante su incipiente ilusión.

Espero que empiece a enmendar sus cagadas. A un chocolate caliente no hay quien se resista, sea la hora que sea y, sobre todo, con el frío que hace.

—¿Te he dicho ya que estás preciosa?

—No te ha dado tiempo.

—Lo estás. Mucho. Vamos dentro, bastante frío te he hecho pasar ya.

De gilipollas a chico adorable en un segundo.

¿Cómo es capaz de hacerlo? Con cualquier otro ya estaría en mi casa.

Lo máximo que he esperado a alguien han sido cinco minutos.

Adrián me provoca curiosidad y aún no sé por qué.

Me descoloca, me confunde y cuando creo pillarle el truco, vuelve a sorprenderme. Justo como el día en urgencias.

Me abre la puerta del local como si fuera una cita. No recuerdo que nadie, ni siquiera Sergio, haya tenido ese detalle conmigo jamás. Nada más entrar a la cafetería, me recibe el calor acogedor del lugar. Es muy reconfortante después de tanto tiempo esperando a la intemperie.

No tardo en entrar en calor y, antes de sentarme, me quito el abrigo, el gorro de lana y los guantes. Una camarera se acerca a nuestra mesa y Adrián le pide dos tazas de chocolate caliente y una ración de churros. En ese momento, más iluminados que en el muelle, me fijo en que va muy bien vestido.

—¿Tienes una cita después? —pregunto.

Esta vez quiero descolocarlo yo.

—¿Crees que quedo con más de una mujer en una sola noche? —contraataca.

—Me da igual si quedas con cien mujeres cuando nos terminemos el chocolate caliente. Esto no es…

—¿No te importa que quede con otra mujer? Entonces, ¿por qué estás aquí? —me interrumpe.

Touché.

—Por el chocolate caliente, por supuesto. Y no, no me importa.

—Si no te importa, ¿por qué preguntas si tengo una cita después?