De karma y reencuentros #2
—Quiero pedirte perdón. Aquella noche no estaba…
¡Ahhh! ¡Joder, Adrián! —se queja al sentir el primer pinchazo inesperado.
Tal vez sí que seguía un poco dolido por aquella noche, pero que acabe de gritar mi nombre, me gusta.
Me detengo en cuanto grita. Qué guapa está cuando la pillo desprevenida con la aguja, por cruel que suene—. Avísame, por favor. Me vas a matar…
—Ha sido un pinchacito de nada. No estabas muy… ¿qué? —la invito a terminar la frase, aunque ya la he perdonado en cuanto ha pedido disculpas—. Aguanta, voy a seguir —le advierto.
No continúo con los puntos hasta que ella me mira a los ojos y asiente, indicándome que está lista para seguir. Su forma de tensar la mandíbula, como si eso le apaciguase el dolor, me parece dulce. O tal vez haya sido su adorable disculpa.
—Aquella noche no era buena compañía para nadie y la pagué contigo.
No lo digo porque estés cosiéndome la frente, es en serio —me aclara al mismo tiempo que suelta una pequeña broma—.
No debí tratarte así. Sé que no puedo justificarme por el hecho de no tener un buen día…
Ni un buen mes, en realidad. De verdad, lo siento muchísimo.
Su voz, sus palabras e incluso sus ojos parecen sinceros.
No sé si su visita a urgencias es casualidad o karma, pero ya no le guardo rencor.
Me obligo a no bajar la mirada. Tengo tantas ganas de besarla que me siento como un idiota.
Quiero probar sus labios y decirle que le perdono todo, pero no puedo olvidar el lugar en el que estamos.
—Acepto tus disculpas —zanjo.
—Espera un momento. No sigas…
—Solo me quedan dos puntos. Y estás aguantando como una campeona.
—No, en serio. Me estoy mareando un poco… —dice.
Un segundo después, tengo que sujetarla para que no se desestabilice. Con una mano sujeto la aguja con la que estoy cosiendo su herida y con la otra le agarro el brazo para que no se caiga. Le soplo con suavidad la frente para que el dolor disminuya.
—¿Estás bien o llamo a una enfermera para que me ayude? —pregunto un par de minutos después, dejando que se recomponga.
—Un poco mejor ahora —susurra con debilidad.
Sin perderla de vista, hago que apoye su otra mano en mi otro muslo. Me apresuro a terminar de coserle la herida. No me lleva más de dos minutos acabar de coser, extenderle algo de crema cicatrizante y cubrirle los puntos con una gasa.
—Listo. Ya puedes devolverme la circulación de las piernas —le digo con una sonrisa.
—Perdona, yo no…
Empieza a disculparse de nuevo, aparta las manos con rapidez y con un adorable rubor en sus mejillas, pero le quito importancia con un simple gesto.
—Túmbate un rato en la camilla y descansa un poco. Tienes que contarme el resto de la historia de cómo has terminado aquí mientras te mantengo bajo observación —le informo y le tiendo mi mano para ayudarla a recostarse.
—¿Cuánto tiempo más voy a seguir aquí? —pregunta, mirando el reloj que lleva en su muñeca—. Es tardísimo y tengo que seguir trabajando. Necesito volver a la tienda a encargar unas nuevas bolas de Navidad.
—El que sea necesario. Relájate, Naiara. El trabajo puede esperar.
—No, no puede. Es importante. Al menos, tráeme mi móvil para poder solucionar algunas cosas por teléfono —pide, nerviosa. Parece un animal acorralado, pero no puedo dejar que se vaya así. Está demasiado débil—. Por favor, Adrián. Es muy importante.
El sonido de mi nombre saliendo de su boca me vuelve loco.
—Te traeré el móvil, pero quédate un rato tranquila en la camilla.
No es una petición, es una orden médica en toda regla. No sé qué tipo de trabajo tiene, pero el estrés que demuestra no es bueno. Sobre todo, cuando ha acabado en urgencias a causa de este.
El móvil lo tiene incautado por los técnicos de la ambulancia que la han traído. Según el informe, no lo soltaba y no se tranquilizó hasta que ellos se lo requisaron. Tengo curiosidad por saber si su trabajo es tan importante o solo es adicta a ese aparatito.
Espero los resultados de su analítica para tardar más tiempo en volver al box, así me aseguro de que descanse y no se ocupe del móvil.
Al volver, Naiara está dormida en la camilla. Me quedo embelesado por un instante al verla tan tranquila, tan en paz y tan hermosa. Salgo de allí y cierro la puerta, ordenando a la primera enfermera que veo que nadie entre para no molestarla.
Me queda un paciente más antes de ir a comer, pero no he terminado con Naiara, así que le pido el favor a un compañero para que se ocupe de mi último paciente.
Después, vuelvo al box (con su teléfono en el bolsillo de la bata) y abro la puerta con cuidado.
Sigue dormida como un bebé. No quiero despertarla, así que me pongo a leer bien todo su informe.
Estudio su caso y a ella, alternando. Su desmayo, su forma de respirar, el corte en la cabeza, la longitud de sus pestañas…
Cómo sonríe cuando está profundamente dormida. Joder, parezco un puto psicópata.
«Basta, Adrián. Estás trabajando. No la mires más. Para. Deja de mirarla. Ahora».
Cuando se despierta, aparto la mirada para que no me pille contemplándola y me pongo en pie.
—¿Cuánto tiempo he dormido? —pregunta con una vocecilla dulce y adormilada.
—El que necesitabas. Un par de horas.
—¿Y mi móvil?
—Te lo daré cuando me asegure de que estás bien. Ahora, quítate la chaqueta y dame el brazo, te voy a tomar la tensión —le pido, aprovechando que se está incorporado en la camilla.
—Eres un médico muy pesado, lo sabes, ¿verdad?
Su acusación es divertida, sin maldad. Asiento y sonrío mientras busco el tensiómetro. Sé que después de tomarle la tensión tengo que dejarla ir y no puedo retenerla más tiempo. Solo se ha disculpado y hemos hablado como médico-paciente, pero no quiero que se vaya tan rápido.
—Naiara, tienes la tensión por los suelos. ¿Sueles tener estos hábitos alimenticios? Estás demasiado estresada y delgada —puede que haya sonado más preocupado de lo normal, pero es porque lo estoy.
—En realidad, como bastante bien. La delgadez es genética, pero reconozco que he adelgazado un par de kilos por el estrés de estos meses —confiesa.
—Los análisis están bien, excepto por lo baja que tienes el azúcar —le informo, quitándole el tensiómetro y colocándolo en su lugar para no estar tan cerca de ella—. Como médico, tengo que pedirte que, antes de irte, te tomes un zumo de naranja y comas algo en la cafetería del hospital.
No puedo obligarla, pero es mi deber recomendárselo. Necesita comer y subir un poco más el azúcar o volverá a sufrir otro desmayo. Me haga caso o no, tengo que dejar que se vaya. La he retenido más tiempo de la cuenta y no estoy siendo profesional.
—Espera, ¿estás invitándome a comer contigo? ¿Es una nueva y rarita forma para ligar conmigo?
«¿Qué?».
No hay rastro de broma en su voz ni en su rostro.
—¿Para que vuelvas a pedirme un desnudo en mi lugar de trabajo?
No cometeré el mismo error dos veces —suelto sin pensar y me arrepiento al instante.
¿Qué cojones estoy diciendo? Es una paciente, no puedo hablarle así.
Soy gilipollas—. Es una forma de evitar que vuelvas más tarde por sufrir otro desmayo —aclaro, tal vez demasiado serio y tenso.
No pretendo sonar tan capullo, pero tengo que aclarar que no es mi intención ligar con ella en mi puesto de trabajo.
Me aclaro la garganta y le devuelvo el móvil—.
Visita a tu médico de cabecera cada semana para que te revise los puntos y come bien. Puedes irte cuando quieras.
Naiara sale del box sin más, con un «adiós» muy frío y su móvil en la mano. Supongo que me lo merezco. Aunque quiero, no la detengo porque no me parece apropiado en mi horario laboral. Lo que sí hago es terminar de archivar los casos de los pacientes que he atendido antes de salir a comer.
De camino a la cafetería pienso que, después de haber sido tan estúpido con ella, seguro que se ha ido sin hacer caso a mi consejo.
En cambio, cruzo la puerta de la cafetería y la veo en el fondo de la sala, comiendo.
No hay mucha gente a esas horas de la tarde, pero, aunque estuviera llena, la vería entre la multitud. Imposible no verla, es una preciosidad.
Cojo mi comida y, mientras la pago, le pregunto al chico de la caja si la chica morena ya ha pagado la suya.
Chasqueo la lengua cuando me dice que sí.
Demasiado tarde para invitarla. Me siento en una mesa más alejada de la suya, pero desde mi posición puedo verla de frente.
Ella no ha levantado la vista. No me ve.
Empiezo a comer sin quitarle la mirada de encima, intentando averiguar la razón de por qué me siento tan atraído por ella.
Levanta la vista con rapidez y me pilla de lleno.
Sonrío nervioso y, como fingir que no la miro sería otra metedura de pata, tomo la determinación de acercarme y tener unas palabras con ella.
—¿Puedo sentarme contigo hasta que termines de comer?
—Puedes sentarte donde quieras, trabajas aquí. Pero ahórrate la conversación, no me apetece hablar.
Su respuesta es más compasiva de lo que espero. Podía mandarme a la mierda y yo lo aceptaría de buen grado.
—Eso me lo he ganado. Si no quieres hablar estás en tu derecho. Hablaré yo. —Ella solo se encoge de hombros. Sigue mirando su plato y comiendo como si yo no existiera—. Me he comportado como un gilipollas. Y no me refiero solo a la mala contestación que te he dado antes.
—Ah, ¿no? ¿Entonces a qué? —pregunta una Naiara curiosa.
—La noche en la que te conocí. Estaba borracho y me puse bastante pesado. Te pido perdón por lo borde que he sido antes y lo baboso que fui aquella noche.
—Todo olvidado —contesta y me sonríe.
Es la primera vez que la veo sonreír tan abiertamente. Tiene una sonrisa arrebatadora. No puedo irme sin intentar volverla a ver.
—Me arrepiento de mis formas —le aclaro.
Ella se había disculpado y yo debí hacerlo en el box, pero me parece menos incómodo hacerlo aquí.
Es como si no contase como horario laboral—.
Si no hubiera estado tan borracho, no hubiese sido tan brusco, pero desde luego que quería invitarte a una copa.
Sigo pensando que eres la chica más guapa que he visto en mucho tiempo.
En realidad, en toda mi vida. Pero si digo eso, por muy cierto que sea, quedaré como un cretino. O peor, como un baboso, y yo no quiero que ella piense eso de mí.
Naiara para de comer y levanta la vista. Me intimida la forma en la que me mira en ese instante.
—Dime, Adrián. ¿Lo interpreto como una recomendación médica, una opinión subjetiva o vuelvo a meter la pata al creer que estás ligando conmigo? No sé qué esperar contigo, la verdad. Eres bastante confuso.
—¿Qué tal si lo descubrimos tomando un café otro día? —le propongo.
—¿Me estás pidiendo una cita?
—Es una invitación a descubrir lo que puede ser.
—Entonces, no es una cita.
Joder, claro que es una cita. Pero me da miedo decírselo por si me rechaza o sale corriendo. No quiero volver a meter la pata. Quiero conocerla.
—Es una… ¿no-cita? —¿Qué coño…? Cada vez que abro la boca, meto la pata. Es mejor ir al grano o acabará tirándome algo a la cara—. Te voy a apuntar un día, hora y sitio. Si quieres vas, si no, pues no.
Como si no quisiera con todas mis fuerzas que se presente.
Parezco un crío indeciso. Saco un bolígrafo del bolsillo y apunto en una servilleta el nombre de una cafetería cerca del muelle, el sábado a las ocho de la tarde.
En dos días. Me niego a esperar una semana para volver a verla.
Se la entrego a ella, que me mira con sus ojos muy abiertos, casi parece divertida.
¿Sabrá lo nervioso que me pone?
Cojo el resto de mi sándwich, el botellín de agua y me levanto. Antes de irme, me armo de valor y me inclino, demasiado cerca de lo que pretendo, para susurrarle:
—Piénsalo. Me gustaría mucho que fueras.
Antes de que pueda abrir la boca, me voy. No estoy preparado para que responda. Prefiero que me dé plantón en el lugar que la he citado. A segundos de cruzar la puerta de la cafetería, me doy la vuelta para mirarla una vez más. Por si es la última.
Ojalá no me deje tirado el sábado.