De karma y reencuentros
ADRIÁN
Los diez días de vacaciones me sentaron muy bien. A excepción de la primera noche en la que una chica —que parecía más joven que yo— me hizo sentir que no estaba preparado para volver al mercado. Al menos no de la forma en la que yo quería.
Todos esos días disfruté con mis seres queridos y recuperé amistades que no veía desde hacía meses.
Luis nos presentó a Paula, a quien ahora consideramos «oficialmente» su pareja; muy inteligente y amable. Fidel y yo supimos que no era «una tontería» cuando comprobamos cómo se miraban entre ellos, con amor.
Fidel asumía el enamoramiento de Luis a su manera.
Se consoló teniéndome a mí como compañero de ligues.
Yo quise recuperar el tiempo perdido con ellos y eso implicó salir a ligar con Fidel.
A él le sale más natural que a mí, pero, como solía decir, todo es cuestión de práctica.
Eso o que, por el simple hecho de estar a su lado, las chicas se acercaban sin necesidad de soltar largas charlas banales.
Conocí a tres mujeres preciosas con las que me divertí.
Me acosté con ellas, pero ninguna me despertó el suficiente interés como para tener una cita romántica.
Sé que puedo parecer un capullo, pero a ninguna le mentí.
Fui honesto cuando les dije que no estaba preparado para tener una relación.
Lo que tengo claro es que necesito tiempo para mí; saber qué me gusta y, sobre todo, lo que necesito.
Y eso no incluye engañar a nadie por el camino.
La sensación de libertad que te dan las vacaciones está muy bien, pero nadie (excepto los millonarios, claro) puede vivir en unas vacaciones eternas.
Antes de empezar a trabajar, hace dos días, me propuse no dejar que el trabajo me consumiera ni descuidar la relación con mis amigos.
No quiero volver a dejar de lado a Fidel y a Luis.
Hoy es un día excepcional, me han mandado a urgencias porque están hasta el cuello.
El síndrome postvacacional casi no lo conocía, ni yo ni mis compañeros.
Un día en urgencias te espabila y te pone en activo por muy relajado que vengas de unas vacaciones.
Miro el reloj, ya han pasado casi nueve horas trabajando y casi seis sin comer.
Es media tarde y, aunque la multitud de gente que había a primera hora de la mañana ha disminuido considerablemente, aún queda una docena en la sala de espera.
Los boxes se están despejando para los próximos pacientes y yo reviso la lista de los que esperan a ser atendidos.
He dejado los casos menos urgentes para el final: cortes superficiales y dolores puntuales sin gravedad.
En cuarenta minutos despacho a cuatro de los seis expedientes que seleccioné. Dos personas más y podré escaparme a la cafetería. Necesito comer antes de afrontar las tres horas que me quedan de turno.
Una de las enfermeras me informa de que la siguiente paciente está en el box tres.
Me cuenta que se desmayó en plena calle, que necesita puntos de sutura y que lleva media hora esperando.
Le han puesto tres vendajes temporales, pero la herida no deja de sangrar.
Cuando pregunto si le han dado algo, la enfermera me dice que analgésicos y que la mujer está mareada e inquieta.
No me entretengo más y voy directo al box donde está la paciente.
—Naiara Alonso. ¿Cómo se encuentra? ¿Sigue mareada? —pregunto mientras entro por la puerta, examinando su ficha.
Cuando levanto la vista del informe me encuentro con quien menos esperaba volver a ver. Joder, es preciosa. Vuelvo a mirar los datos de Naiara para disimular mi sorpresa y proceso a quién tengo delante. La escucho murmurar algo que no logro entender y creo que me reconoce.
—Sigo algo mareada —responde en voz baja.
—Aquí dice que ha sufrido un desmayo en plena calle. ¿Ha tenido otros episodios de desmayo recientemente? —pregunto.
—No, es la primera vez.
—¿Cuándo fue la última vez que comió?
—Me he tomado un café en el desayuno. No he tenido tiempo de parar a comer.
Por alguna razón, me imagino preparándole una buena comida y haciéndole un montón de preguntas que no tienen nada que ver con el motivo por la que está en urgencias.
¿Qué cojones me pasa? Tengo que centrarme y no olvidar que es mi paciente, nada más.
Ni siquiera puede ser la chica sin nombre que me retó a quedar como un idiota. Ahora tiene nombre y es precioso.
«Basta, Adrián».
Carraspeo y sigo con las preguntas.
—¿Ha estado bajo mucho estrés últimamente?
—Un poco, sí. Por trabajo.
—¿Fuma o consume cafeína en exceso?
—No fumo y, normalmente, no suelo tomar más de tres cafés al día.
No puedo seguir escondiéndome detrás de las preguntas de rigor por más tiempo.
El vendaje temporal que tiene está empapándose en sangre.
Tengo que centrarme y ser profesional. Cojo el material necesario, el taburete y lo acerco a la camilla donde está ella.
Cuando la miro, noto con claridad lo inquieta que está.
¿Me habrá reconocido o solo es por la herida?
—¿Te importa que me los dé una mujer? Lo digo porque suelen ser más… cuidadosas —me pide con un nerviosismo evidente al verme preparar el instrumental.
—Lo siento, pero mis compañeros están bastante ocupados. Me temo que tendré que ser yo —respondo, observándola.
Sus perfectos labios se juntan en una fina línea y asiente con resignación.
No sé cómo actuar delante de ella. Una parte de mí me dice que le haga caso a mi orgullo y finja no conocerla.
Y la otra parte no puede dejar de pensar que es más guapa de lo que la recordaba.
Rebusco en los bolsillos de mi bata blanca y cojo un caramelo.
—Tómese esto. Es para la hipoglucemia, elevará los niveles de glucosa en sangre más rápido —le informo.
—Y, en mi idioma, ¿qué tengo exactamente?
Me formula la pregunta como si le diera vergüenza. Sus dedos rozan los míos cuando coge el caramelo que le ofrezco y noto que desvía la mirada. Por algún motivo que no entiendo, me parece muy dulce que no se atreva a mirarme a los ojos.
—Un bajón de azúcar puntual —respondo, conteniendo una sonrisa.
Me pongo los guantes de látex y, por el rabillo del ojo, veo cómo se mete el caramelo en la boca.
Tamborilea los finos dedos de su mano libre sobre la camilla.
No sé si lo hace por impaciencia o por inquietud.
Me parece injusto que tenga el prejuicio de que no seré cuidadoso y, a pesar de serlo siempre, quiero serlo diez veces más con ella.
Siento la necesidad de demostrarle que la trataré bien, que no tengo intención de hacerle ningún daño.
Es una locura que esté pensando así, de una forma nada profesional.
—¿Prefiere un poco de anestesia o podrá aguantar? En caso de que se le salten los puntos en las próximas dos horas, con anestesia no se enteraría y podría correr el riesgo de tener otro desmayo.
—Intentaré aguantar —asegura.
Me siento en el taburete, a su lado, y dejo a mi derecha el utillaje médico para darle los puntos. Le quito el vendaje sangrado y lo tiro a la papelera. Empapo un trozo de algodón en suero para limpiarle el corte de la frente y, justo cuando voy a empezar, se echa hacia atrás.
—Espera, espera. Oye, mira… Adrián. No sé si te acuerdas de mí o no, pero…
«Interesante».
Recuerda mi nombre y eso me hace sentir una inesperada ilusión mezclada con esperanza.
—Imposible olvidarte… Naiara —la interrumpo con cierto sarcasmo, tuteándola por primera vez desde que la he visto aquí.
No puedo evitar sonreír abiertamente al ver que abre los ojos como platos—.
Tranquila, no soy un psicópata vengativo.
No uso mi trabajo para torturar a nadie por dejarme en ridículo en público —la tranquilizo.
—Vale, pero ten cuidado, por favor —me suplica.
—¿Puedes apartar la mano? —le pido, esforzándome por no sonreír y que crea que me burlo de ella por haber puesto su mano como barrera.
Aparta la mano en el acto, lo que me hace pensar que ni siquiera se había dado cuenta de su gesto autoprotector.
Está demasiado nerviosa y muy cerca, tanto que puedo ver la existencia de las preciosas pecas que tiene alrededor de su naricita—.
Tienes que tranquilizarte. Mientras te curo puedes contarme cómo te hiciste la herida.
Así te distraes y no piensas tanto en lo que tengo que hacer —le propongo.
No puedo dejar que siga en este estado de nerviosismo. No cuando no ha probado bocado en todo el día, se ha desmayado y tiene un corte que no para de sangrar.
—Me puse nerviosa porque me estaban multando por aparcar en doble fila.
En ese momento, atendía una llamada de trabajo, me mareé y me caí.
La peor parte se la han llevado las bolas de Navidad que había comprado.
Se me han roto todas y ahora tengo que volver a encargarlas —me explica con frustración y aprovecho para limpiar la sangre de su herida.
Lo hago suave y rápido para evitar que lo note o le duela—.
Pero, cambiando de tema, quería hablar contigo —añade, sorprendiéndome a mí.
¿Hablar conmigo? Me muero de ganas por saber qué quiere decirme. Ella no se da cuenta, pero tiene los dedos clavados en mi muslo. Doy por hecho que es su forma de soportar el dolor y no voy a ser yo quien le pida que afloje el agarre. Si eso le hace estar tranquila, lo soportaré.
—¿Sobre qué? ¿Me vas a decir que te pague una copa o me vas a relatar lo mucho que te divertiste a mi costa aquella noche?
Mi intención es interesarme e intentar que la charla que quiere tener conmigo sea lo más larga posible. Sin embargo, otra vez, de mi boca sale lo menos indicado y olvido mi lado profesional y racional.