Nada como tú (Serie Nada 1) Obsesiones absurdas
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Obsesiones absurdas

NAIARA

—¡Isaac! —exclamo para llamar su atención.

—Perdona, pensaba en mis cosas —se disculpa.

Y tanto. Lleva un rato con la mirada perdida y parece más distraído de lo normal. Le he contado cómo fue la reunión y que acepté el trabajo, y en ningún momento ha hecho comentario alguno, ni bueno ni malo.

—¿No es un pelín madura para ti? No te pega nada.

Siempre lo había visto con chicas de su edad, pero jamás con alguien tan mayor. Verónica le saca como veinte años.

—Sí.

El hecho de que mi hermano use monosílabos es otro motivo más por el que debo preocuparme.

—Las mujeres que te traes a casa no son tan mayores como Verónica.

—¿Cómo ha ido la reunión? —pregunta.

Vale, ahora sí que me preocupa de verdad.

—Te lo he dicho. Ha ido bien y he aceptado el trabajo. ¿Se puede saber qué te pasa? Y no me pongas ninguna excusa —le advierto antes de sentarme a su lado.

Me desquicia que no se haya enterado de nada de lo que le he contado, pero dejo a un lado las malas contestaciones porque me interesa saber qué le ronda por la mente.

—No tiene importancia.

—Eres mi hermano favorito, claro que me importa lo que te pasa.

—Soy tu único hermano —puntualiza.

No me frena que intente restarle importancia y lo miro con impaciencia.

Luna y Salem saltan al sofá. La primera se tumba sobre el regazo de mi hermano, y Salem, en el mío, con su gatuna mirada clavada en Isaac. Sin contar la muerte de nuestros padres, es la primera vez que muestran cariño a mi hermano.

—Luna te está delatando —insisto.

—Me he encaprichado de una tía que no me conviene —confiesa.

Se pasa una mano por la cara con gesto derrotado y sin atreverse a mirarme a los ojos.

Eso sí que no me lo esperaba.

Me suelta la información como si de arrancar una tirita se tratase; rápido y conciso. Oculto una carcajada lo mejor que puedo. El cazador cazado. Mi hermano, el mujeriego, con una mujer en la cabeza.

—¿Por qué crees que no te conviene?

No solo tengo curiosidad, también quiero entender por qué razón está tan pesimista. El hecho de que mi hermano tenga una vida sexual activa no implica que no merezca ser amado. Es mujeriego, no un capullo.

—Porque es lesbiana y hace tres meses que no me contesta los mensajes.

Vaya putada. Por mucho que quiera ayudarlo, no sé qué decirle. Lo quiero mucho, pero cambiar la orientación sexual de alguien para verlo feliz es imposible.

Entonces caigo en la cuenta de un pequeño detalle; Isaac no es de los que se encaprichan sin motivo. ¿O sí?

—¿Te has…?

Me da miedo formular la pregunta y me callo, intentando buscar una forma menos directa de preguntárselo. Es más fácil hacerlo cuando la chica en cuestión es solo sexo para él.

—Sí, follamos una noche —responde, evitando que vuelva a intentar formular una pregunta inacabada—. Los dos estábamos borrachos.

—No la conozco, pero te conozco a ti. No te hubieras acostado con ella si estuviera muy borracha.

O eso espero. Mi hermano hace una mueca, como si recordase el momento exacto y me estuviera dando la razón.

—No, pero…

No puedo evitarlo y suelto una carcajada. Salem me mira y vuelve a enroscarse sin salir de mi regazo. Isaac frunce los labios y me mira ofendido, pero no se queja.

—Para una que te gusta y es lesbiana. Qué buen ojo tienes —me burlo con cariño.

—No tiene gracia —replica, acariciando a Luna como si fuera su mejor amiga en ese instante.

—Un poco de gracia sí que tiene. Te recuerdo que las lesbianas no se acuestan con hombres —comento divertida y, sobre todo, sincera.

Isaac parece reflexionar en cuanto escucha mi teoría sobre la posible bisexualidad de la chica en cuestión.

Me muero por conocerla. Me interesa saber qué tiene para que mi hermano esté pensando tanto en ella.

Luna se mueve y se va a la ventana. Mi hermano se pone en pie y busca su móvil. Hace una llamada y pone el altavoz.

—Hola, Elena. Soy Isaac, no sé si te acordarás…

«Elena». Me quedo callada y lo miro con curiosidad. ¿Me pedirá consejo durante la llamada?

—Pues claro que me acuerdo de ti. Lo que me sorprende es que tú te hayas acordado de mí —responde la chica con el reproche bien marcado en su tono de voz.

—Imposible olvidarme de ti con los ojos azules tan bonitos que tienes. Perdona, es que he estado liado.

Descarto a la chica lesbiana barra bisexual. Él dijo que hacía tres meses que lo ignoraba, así que no puede ser la misma.

—¿Quieres salir este viernes? —pregunta la tal Elena sin rodeos.

—Cuando tú quieras, preciosa.

La chica pone la hora y el sitio. Su plan no es romántico.

Le regalo una mueca de desilusión a mi hermano y él me devuelve una mirada egocéntrica.

Si ha llamado a otra para zanjar el tema con la chica que realmente le gusta, quien lo va a sufrir es él.

También yo, porque no quiero verlo mal. No puedo recriminarle su forma de no pensar y esconderse en el sexo vacío con Elena o cualquier otra.

Cada uno se consuela como puede. Con esa llamada me deja claro que el tema de la chica que le importa se ha acabado y no me queda más remedio que respetar su decisión.

—Si necesitas hablar en cualquier otro momento, estoy aquí —le digo cuando cuelga la llamada.

Sergio se presenta en casa un par de horas antes de la cena e Isaac anuncia que se va a dar una vuelta.

La sutileza de mi hermano brilla por su ausencia, se le nota mucho que no soporta a mi visita sorpresa.

Sergio es mi exnovio y, por raro que suene, mi mejor amigo desde la muerte de mis padres.

Trae Pikotas de cereza; mis chuches favoritas.

Tiene toda la pinta de ser un chantaje para que salga de casa, pero no lo es.

Dice que solo es un detalle, porque llevo semanas desaparecida. Eso es verdad.

La cuota de autónomos está cerca y con mi parte del alquiler rozo los números rojos. Salir con mis amigos o sobrevivir: prioridades. Algo imposible de comprender si trabajas para otros.

Ponemos una película de fondo mientras él me informa sobre las novedades sociales.

Me cuenta que, a Laura, su novia desde hace un año, le quedan unos meses para terminar la carrera de periodismo y, como él trabaja como redactor en la televisión local, está deseando enchufar a su chica.

Aunque no se lo digo, creo que es un error.

Pasan mucho tiempo juntos, pero trabajar en el mismo sitio que tu pareja nunca acaba bien.

—Me alegro de que hayas conseguido un buen trabajo. Ya era hora de que remontaras —dice Sergio—. Si te pagan bien, hasta puedes volver a salir —añade valiéndose de un sarcasmo amable.

—Directa captada —respondo, y él sonríe a mi gesto exagerado de resignación.

Aunque le cuento que he aceptado el trabajo, omito mi curiosidad por Verónica. Sergio no profundiza, me conoce lo suficiente para saber cuándo hacerlo y cuándo no. Que haya pasado de ser mi ex a ser uno de mis mejores amigos no significa que tenga que contarle todo.

Poco después de terminar la película, le pregunto si quiere cenar con mi hermano y conmigo.

Rechaza la oferta porque ya ha hecho planes con Laura; cena romántica.

Lo acompaño a la puerta justo cuando Isaac está de vuelta.

Sergio se despide de él y mi hermano le hace un gesto con la cabeza, más que una despedida parece un desprecio.

—No lo habrás invitado a cenar, ¿no? —me pregunta en cuanto cierro la puerta.

Mi hermano, a veces, es demasiado cristalino. Nunca le ha gustado Sergio, ni como novio ni como mi amigo.

—Sí, pero tiene planes con Laura —le explico mientras voy a por el portátil para empezar a hacer el presupuesto para Verónica—. ¿Podrías mirarlo a la cara cuando lo saludas? Es incómodo.

—No, no me gusta. No me creo su amistad hacia ti —dice contundente.