Nada como tú (Serie Nada 1) La reunión
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La reunión

NAIARA

Las advertencias a mi hermano el día anterior no sirvieron para nada.

Al final, estuve de fiesta hasta las tantas de la madrugada y, a pesar de no haber bebido en exceso, tampoco me dediqué a quitarme la sed con botellines de agua.

Los cócteles ayudaron a que pasase por alto el estar encerrada en una discoteca en la que no cabía un alfiler.

Saco fuerzas de donde no sabía que las tenía y salgo de mi habitación en busca de algo que mitigue el intenso dolor de cabeza. Isaac ya está en la cocina preparando algo de picar.

—Las fiestas no te sientan nada bien, menuda cara tienes. Podrías pasar el casting para trabajar de zombi en The Walking Dead.

—Yo no quería salir, ¿recuerdas? Es culpa tuya —lo acuso, responsabilizándole de mis pintas y de la resaca.

—Claro, es culpa mía que no sepas beber. ¿O vas a decirme que te obligué a eso también?

—Shhh… Habla más bajo. Me va a estallar la cabeza.

Sé que estoy siendo injusta, pero no estoy dispuesta a admitirlo. Demasiado temprano para una disputa. Rebusco en las estanterías un ibuprofeno y un vaso para tomarme la pastilla mágica. Tengo tanta sed que acabo bebiendo dos vasos más de agua fría.

—Por cierto, Nai. No te lo tomes a mal, pero tienes que relajarte.

—¿De qué hablas ahora? —pregunto, confusa.

—Quería llevarte de fiesta para que te divirtieras, no para que te avinagrases más de lo que ya estás.

—Me divertí —aseguro.

—No, no lo hiciste. Hace tiempo yo tenía una hermana simpática, ahora no sé dónde se ha ido. Ayer me dejaste alucinado y no para bien. No eras así. Tú no eres tan…

—¿Tan… qué, Isaac? Déjate de misterios, no estoy de humor.

—Tan cínica, tan zorra… Anoche lo fuiste con aquel pobre hombre —recuerda mi hermano.

Ni siquiera pienso en ello hasta que Isaac saca el tema.

Y lo peor es que tiene razón. Podría haberlo rechazado de otra manera.

Ni mi hermano ni el tal Adrián son culpables de mi mal humor ni de mis problemas.

Podía excusarme en que me agobia el hecho de estar sobreviviendo y sin ahorros, o admitir la verdad.

Suelto un suspiro de resignación y asiento.

—Me pasé un montón con Adrián, en el fondo no era tan pesado. Incluso me hacía cierta gracia.

—Si sabes hasta su nombre —recalca con una sonrisa. Lo que no sabe es que él no sabe el mío y yo no voy a darle esa información para que pueda seguir martirizándome—. En condiciones normales, ese hombre estaría aún en tu habitación. ¿O vas a negarlo?

Los ojos azules de Adrián, clavados en mis piernas, aparecen en mi mente. En condiciones normales, tal vez me habría acercado yo a él. No voy a negar que me parecía atractivo. Pero darle vueltas a lo que podría haber pasado no tiene sentido, es una pérdida de tiempo y energía.

—No lo sé, Isaac. Fui una insoportable y él iba demasiado borracho. ¿Qué más da? Lo más probable es que no lo vuelva a ver —respondo, o más bien, pienso en alto.

—Si os encontráis otra vez y se acuerda de ti, creo que cambiaría de dirección solo para evitarte. Después del ridículo que hizo por ti…

—No me hagas sentir peor, por favor —le interrumpo.

—Tendrías que haberlo visto cuando te fuiste. Se bajó de la tarima destrozado. Se fue de la discoteca con la ropa en la mano. No me gustaría estar en su pellejo.

—Comprendido, hermanito. La he cagado. Deja de torturarme, ¿quieres?

No me siento nada bien y no tiene nada que ver con la resaca.

Para evitar que mi hermano siga martirizándome con lo que hice, vuelvo a mi habitación a compadecerme de mí misma.

¿Había sido cruel por tratarle mal desde el principio, solo por estar agobiada y pagarlo con él?

Sin duda. ¿Podría haberle dicho que no se tropezó con mi mejor versión?

También, pero no lo hice. ¿Había sido una auténtica cabrona por humillar a Adrián?

Por supuesto. Solo recordarlo hace que me sienta como la peor persona del universo.

Solo sé su nombre, sin apellido. Si tuviera algo más, lo buscaría para disculparme y enmendar mi actitud de mierda.

La mejor opción es resignarme, pasar página y no volver a cometer el mismo error. Decido dejar de preocuparme por el pasado reciente y centrarme en el futuro que está a la vuelta de la esquina: la reunión.

Llego cinco minutos antes al restaurante. Me gusta observar a la gente y la forma en la que caminan mis posibles clientes; suele darme una pista de si la reunión irá bien o no. Recuerdo que se ha acostado con mi hermano y me obligo a no pensar en ella como una amante de Isaac. ¡Menuda imagen!

Por un momento, dejo de observar para repensar si he hecho bien en aceptar esta reunión con Verónica. Dudo, y la idea de irme antes de que aparezca la mujer cruza por mi mente. Miro mi reloj, pero hay algo que me impide huir: recordar que será un trabajo muy bien pagado.

—¡Hola, cielo! No te habré hecho esperar demasiado, ¿no? —dice una voz chirriante y acelerada.

«¿Cielo? Qué profesional…».

Me levanto como un resorte para presentarme y al voltearme veo a una mujer con el cabello rubio platino, ropa de colores chillones y nada combinada.

Demasiado extravagante. Soy observadora y sus capas de maquillaje (también colorido) no esconden el atisbo de su belleza natural.

Sigo sin recordarla y me extraña no hacerlo de alguien tan… llamativa.

—Acabo de llegar —miento con la mejor de mis sonrisas. Me ahorro recriminarle que llevo casi quince minutos esperándola—. Me gusta venir antes de tiempo. ¿Comemos antes? No sé tú, pero me muero de hambre —le propongo.

Durante la comida no hablamos de ningún tema importante.

Verónica quiere saber qué tal me va. O ver por sí misma si estoy muy hundida por la pérdida de mis padres.

Evito profundizar. Si hay algo más incómodo que estar a su lado, es hablar de un tema tan personal con ella.

Desvío el tema con educación y ella no insiste. No pretendo contarle mis penas.

A excepción de su vestuario y su tono de voz —que me pone de los nervios—, no parece ser de esas mujeres que intentan sonsacarte todos los trapos sucios. Cuando llegamos a los postres, descubro que no tiene tan mal gusto como parecía a primera vista.

—¿Te parece si pasamos a los asuntos que nos ocupan?

«¡Por fin!».

—Por supuesto, Verónica. Cuéntame qué es lo que tienes en mente y, sobre todo, explícame más sobre el evento —le pido.

—El evento será en menos de dos meses —me anuncia como si fuera tiempo de sobra. Debe de verme la cara de preocupación porque antes de poder interrumpirla se apresura a continuar y me aclara más detalles—. Tranquila, no dependerá todo de ti. Soy diseñadora de interiores, te ayudaré en lo que pueda.

—Un momento, Verónica. Si el evento es en dos meses y se hace dentro, no comprendo para qué me necesitas si podrías encargarte tú sola.

Puede que ese comentario juegue en mi contra porque necesito el dinero, pero no le encuentro sentido. Se supone que ella es diseñadora de interiores.

—¡Ay, perdona! Soy parte de la entidad que quiere hacer el evento, así que contratar mis servicios sería como organizar mi propia fiesta de cumpleaños. Y no está bien visto en un evento solidario.

—Solo por curiosidad… ¿Qué te ha llevado a buscarme a mí?

—He pedido referencias y todos coinciden en que cuidas mucho los detalles y eres muy profesional. Sé que no has hecho eventos como este, pero Gijón no es una gran ciudad y hay pocas oportunidades para…

—Acepto —la interrumpo.

Lo cierto es que me gusta mucho que se informe y tenga en cuenta mi trabajo.

No parece una mala persona y no voy a basarme en su estridente manera de vestir para aceptar el trabajo.

La he juzgado bastante más de lo que me gustaría admitir.

Un evento como el que me propone es raro de encontrar en mi provincia y no puedo permitirme el lujo de escoger proyectos de este calibre.

—¿Así? ¿Sin más? Ni siquiera me ha dado tiempo a darte una cifra.

—Necesito una lista de lo que no quieres en el evento y otra con las alergias de todos los invitados a la cena.

—No pensaba dejar a mi suerte las peculiaridades con los alimentos que tuvieran los asistentes.

Un solo fallo podría hundirme y yo necesito que ese evento sea mi lanzadera profesional—.

Me gustaría ver el yate y los espacios donde tendrá lugar el evento.

Verónica rebusca en su bolso y me entrega unos documentos. Al echarles un vistazo, me encuentro con que la lista de alergias de los invitados ya la tiene preparada. Me gusta que haya tenido la iniciativa de llevarla a la reunión.

—Te enviaré la otra lista por correo electrónico. Si te viene bien, podemos ir a ver el yate en cuanto pague nuestra comida. ¿Algo más que necesites saber o pedir?

Me deja caer que estoy invitada, lo que me confirma que no es ninguna tacaña.

—Sí. Confío en que entiendas que necesitamos organizarlo en tiempo récord, así que es mejor que pueda tomar decisiones sobre la marcha si no estás disponible.

Dos meses para organizar una cena de Navidad solidaria en un yate es muy poco tiempo. Sobre todo, cuando necesito que sea perfecta. Esa cena tiene que convertirse en el punto fuerte de mi trabajo para poder aspirar a trabajos mucho mejor pagados.

—No te cuestionaré a menos que haya algo que sepa que no va a gustar —me aclara ella.

No esperaba que fuera a dejarme totalmente sola, pero me gusta saber que no interferirá en mis decisiones.

Las dos estamos poniendo nuestros límites y, que ella lo haga sin hacerme de menos, me hace respetarla más—.

El alquiler del yate y los patrocinadores ya están a mi cargo.

Jamás he visto un yate tan grande, lujoso y con el espacio tan bien aprovechado. Ni siquiera en foto. Es impresionante. Con un salón enorme, la mayoría de los camarotes parecen suites del mejor hotel de la ciudad y una cocina amplia, perfecta para un equipo de catering.

La corta visita también resulta muy provechosa en cuanto a ideas.

Hacemos juntas un brainstorming sobre la marcha.

Trabajar con ella es menos complicado de lo que creía.

Las ideas que aporta como diseñadora de interiores son elegantes, pero un pelín anticuadas para usarlas en el superyate.

No puedo evitar comparar su exterior extravagante con sus ideas, es un contraste peculiar.

En mi mente preparo una lista de lo que tengo que hacer: diseñar el menú, contratar a un catering , diseñar y enviar invitaciones, decoración navideña, música en vivo, fotomatón, crear un momento para los discursos y agradecimientos, equipo de limpieza, hacer una lista de materiales de repuesto y camareros suplentes por si hay alguna baja de última hora… Y algo más se me ocurrirá.

—¿Qué te parece el sitio?

—Alucinante —respondo sin ocultar mi impresión.

—Tendrás tu propio camarote y un lugar en la mesa para cenar.

—El camarote no lo rechazaré, pero cenaré en la cocina cuando pueda. Siempre hay algo que hacer o supervisar.

Verónica no me lo discute y, si lo hiciera, no me habría convencido. Un evento como este no es cualquier cosa. No solo basta con organizarlo, hay que supervisar cada minuto de esa noche y eso implica mucho más trabajo.

Salimos del yate y ella me cuenta que ha contratado un capitán de barco. Me ofrezco a acercarla a su casa, pero rechaza mi oferta diciendo que ha quedado con unas amigas para ir de compras. No puedo evitar imaginármelas, tan excéntricas, ricas y coloridas como ella.

«Verónica. ¡Qué personaje!».

Es complicado pillarle el truco, pero, al final, me resulta divertida, a su manera.

—Perfecto. Muchas gracias por la oportunidad, Verónica. En dos días te mandaré la propuesta y el presupuesto por correo electrónico —digo antes de estrecharle la mano.