Nada como tú (Serie Nada 1) Desconectar. O no #2
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Desconectar. O no #2

—No hay mucho que contar, nos estamos conociendo. Es demasiado lista y guapa para darme alas tan pronto. Así que, yo sigo intentándolo. No sé qué pasará, pero funcione o no, tampoco me gustaría que no formase parte de mi vida. Aunque me tuviese que conformar con su amistad —confiesa.

—¿A eso le llamas «una tontería»? ¡Tú te has enamorado hasta las trancas de esa mujer! —dice Fidel.

Opino lo mismo, pero soltarle eso de la forma en que lo ha hecho Fidel solo conseguirá que Luis se cierre. Está a punto de coger carrerilla para tomarle el pelo, pero antes de que continúe, intervengo.

—Me parece genial. El día menos pensado, caerás, por muy convencido que estés de ser un eterno Barney Stitson. Y te recuerdo que ese personaje se enamoró —le digo para bajarle los humos ante Luis.

Todo el mundo acaba enamorándose alguna vez y, normalmente, cuando menos se lo espera.

—No sé vosotros, pero tantas copas y tanto amor a mí me despierta un hambre voraz. Va siendo hora de cenar. ¿Nos vamos? —propone Luis, menos cortado.

Cenamos en el Gepetto, donde apenas hablamos. Los tres siempre coincidimos en una cosa: cuando estamos hambrientos, nada de charlas. Comer es prioridad.

Tras la cena, Fidel escoge su discoteca favorita del centro: Lanna Club.

Como a media tarde nos pusimos de acuerdo para dejar los coches en casa, nos montamos los tres en el mismo taxi para ir hasta allí.

Algo que me permite tomarme al pie de la letra eso de vivir y disfrutar de la vida.

Porque sí, en mi diccionario, disfrutar de la vida y pillar una buena cogorza van de la mano.

El local está tan lleno que apenas podemos movernos sin tropezar con alguien.

Llegar a la barra a pedir nuestras copas puede considerarse deporte de riesgo.

De los tres, Luis es el más bailongo. A Fidel y a mí no nos gusta tanto —somos dos patos mareados—, así que convencemos a Luis para no alejarnos demasiado de la barra.

Los tres estamos bebiendo demasiado. Cuando me doy cuenta, Fidel ya está flirteando con dos chicas, y Luis se ha aliado con un grupo de féminas que no llegan a los treinta al otro lado de la discoteca.

Acabo de pedir otra copa y, al darme la vuelta para emprender mi zigzagueante camino, tropiezo con una chica.

El choque hace que más de la mitad de su copa se derrame entre el suelo y su vestido negro.

Un vestido ceñido y corto que me deja embobado en el mismo instante que mi mirada se topa con sus morenas y kilométricas piernas.

—¡Genial! ¡Eres un patoso! Me has tirado toda la copa —se queja la chica, desenganchando mi visión de sus piernas para encontrarme con su cara.

Por muy oculta que la tenga detrás de su mal humor y su ceño fruncido, tiene una cara preciosa y unos ojos enormes de color café. No sé si estoy demasiado borracho, pero creo que no he visto a una mujer tan hermosa en toda mi vida.

—Perdona, no te había visto. Déjame que te invite a una copa, ya que te he tirado la tuya. Es lo mínimo que puedo hacer.

La torpeza y el alcohol se apoderan de mí. Creo que he tartamudeado y yo nunca lo hago, ni siquiera borracho.

—Vaya manera de ligar más cutre. ¿Qué tienes, quince años? Tirarle la copa a alguien para poder invitar a esa persona es patético.

—En realidad tengo treinta y dos. ¿Y tú? —No es solo el alcohol, es que hace demasiados años que no ligo. Estoy desentrenado, pero lo intento.

Ella me mira un solo segundo y me ignora.

Mientras se frota su vestido para deshacerse del exceso de su cóctel, me acerco a ella un poco más.

Huele a Negroni y a cereza. No es que sea un experto en bebidas alcohólicas, pero es lo mismo que estoy bebiendo yo desde que he entrado en esta lata de sardinas. Otros lo llamarán discoteca.

—Ha sido un accidente. No lo he hecho con mala intención. Con ninguna intención, en realidad. Solo tendrás que sufrir mi presencia lo que tarde el camarero en servírtelo. Lo prometo.

En cuanto se lo prometo, me arrepiento. Cuanto más la observo, más ganas tengo de retenerla a mi lado y sonsacarle, como mínimo, su nombre. Pero entre que vuelvo a perderme en mis pensamientos, en sus piernas y en esos ojos que parecen hipnotizarme, la chica ya se aleja de mí.

Si en este momento me preguntasen por qué voy a hacer lo que estoy a punto de hacer, no sabría qué responder.

Actúo sin pensar, amparado por esta borrachera que me empuja a hacer lo que, en condiciones normales, no me atrevería.

El caso es que, al verla marcharse, su forma de caminar me seduce.

La sigo. No en plan acosador, o al menos no es ese mi objetivo.

Su mal carácter, sus infinitas piernas, su olor y su manera de caminar actúan como un imán del que no puedo alejarme.

Siento que necesito su perdón… o que vuelva a despreciarme una vez más.

—¡Espera! ¿No me vas a decir tu nombre? —pregunto después de hacerme notar con una torpe palmadita en su espalda.

—No. Deja de seguirme, pareces un psicópata —me acusa, enfurruñada. Lo que me hace verla aún más atractiva—. No hagas más el ridículo y prueba suerte con otra persona. Hay muchas chicas a las que puedes molestar. Si tienes suerte, alguna caerá. Para gustos…

—Por estadística, seguro. El problema es que prefiero conocerte a ti. Me pareces más interesante.

No es la mejor frase para ligar, pero he sido sincero. No hay nadie en esta lata de sardinas que me llame la atención; solo ella.

—Ah, ¿sí? ¡Vaya! Eres el típico baboso acosador que se empeña en ligarse a la que peor le trata. Qué rarito eres…

La miro y tengo claro que, si ella quisiera, podría echarme a patadas de su lado. Entre las desagradables palabras que me regala, siento que no está tan molesta conmigo como parece.

—¿Quién ha dicho nada de ligar? No te lo tengas tan creído, piernas .

No sé muy bien por qué le he dicho eso, quizás si la provoco y recibo sus insultos estoicamente, no llamará a seguridad.

Aprovechar un rato más a su lado es un buen plan.

—Es obvio que te han gustado mis piernas. No solo por el mote por el que te diriges a mí, también porque no paras de mirármelas. Te empeñas en pagarme una copa y me has seguido hasta la otra punta de este hervidero… es bastante obvio que estás ligando conmigo.

Guapa y lista. Muy guapa. Tanto que ni siquiera puedo encontrar una respuesta digna de ella. Sus enormes ojos me juzgan y me fascinan a partes iguales.

—No estoy yo en condiciones de debatir contigo en este estado —admito con una sonrisa—. Pero supongamos que tienes razón. Vale, lo admito, estoy ligando contigo. ¿Y sabes lo mejor?

—¡Ilumíname! —dice, extendiendo los brazos, sin saber que la que desprende luz es ella. Y no tiene nada que ver con los focos de la discoteca.

—Que te gusta. Hasta diría que también estás interesada en mí. Si no, ¿por qué sigues hablando conmigo? —replico, dando un paso más cerca de ella.

Me ha costado lo mío, quizás algunas eses se me han escapado en mi argumentación, pero he defendido mi puesto todo lo dignamente posible.

O eso creo, porque al terminar de hablar, la chica se da la vuelta.

¿He metido la pata hasta el fondo por pasarme de listo?

Veo de nuevo cómo se me escapa de entre los dedos y contra eso solo puedo tomar medidas desesperadas.

El alcohol, mis meteduras de pata y mi inexplicable atracción por esta chica me llevan a jugar una última carta.

—¿Hay alguna manera en la que pueda conseguir que me perdones por ser un capullo arrogante? Por cierto, me llamo Adrián.

Quiero su perdón y quiero que sepa mi nombre. Hablo rápido, como si solo tuviera un segundo. Una oportunidad antes de que vuelva a desaparecer. Y parece que funciona, porque se detiene y se gira para mirarme.

—Muy bien, Adrián. Te perdonaré y me pensaré lo de la copa si te subes ahí y haces un estriptís —me reta.

Sus ojos se clavan en los míos y su mueca oculta una sonrisilla.

Sopeso un segundo su propuesta y, aunque no se lo digo, creo que ha elegido el estriptís para que no me atreva y deshacerse de mí.

No le respondo, tampoco voy a desaprovechar la oportunidad.

Me subo a la tarima de la discoteca con una determinación que solo te da el exceso de alcohol.

La multitud se queda mirándome y, la mayoría, deja de bailar para prestarme atención.

Buena parte del género femenino me anima y yo me vengo muy arriba.

Saco mi lado payaso para animar al gentío y alguien me pasa un micrófono.

Por unos segundos, me quedo en blanco. Veo a mis amigos desde la tarima.

Por sus caras diría que están bastante sorprendidos.

Y antes de que el sentido común me atrape, la localizo en medio de la pista.

Sus preciosos ojos están muy abiertos, pendientes de mí. No puedo echarme atrás ahora.

—¡¿Lo estáis pasando bien o no?! —grito a la multitud, acercando el micrófono a mi boca.

Todos se vienen muy arriba, entre chillidos, palmadas y ánimos—.

Es la hora del espontáneo. Os haré el mejor estriptís que pueda.

Todo gracias a esa señorita de allí, que me ha retado —explico mientras ponen una música sugerente para que empiece mi show .

Ella niega con cierta resignación y logro ver cómo me sonríe, divertida.

Solo un par de segundos. Los suficientes para darme el valor de ir hasta el final—.

Piernas , esto va por ti —le dedico lo que voy a hacer antes de soltar el micrófono.

Me empiezo a desnudar poco a poco. Quiero ser sexy . No, quiero que ella crea que lo soy. Pero no voy a mentir, la combinación de estar borracho y nervioso puede que convierta mi estriptís en algo más cómico que seductor.

Como me permiten mis nervios, me lo voy quitando todo hasta quedarme en calzoncillos. Mi público —sí, lo siento de mi lado— no para de animarme y me siento más valiente. Solo me quedan los bóxer. Los gritos exigen que no deje ni una sola prenda sobre mi cuerpo.

Mi mirada la busca entre la multitud. No la encuentro y mi intuición me hace clavar mis ojos en la salida. Alcanzo a verla irse de la discoteca. Pienso en salir corriendo a por ella, pero me doy cuenta de que lo que creía una oportunidad solo ha sido una burla.

Soy un auténtico imbécil. Me bajo del escenario como puedo.

Cojo mi ropa, mi desilusión y lo poco que me queda de amor propio y voy vistiéndome a medida que hago mi camino a la salida de la discoteca.

Pero, aunque no voy en su búsqueda, una parte de mí se hunde un poco más en la miseria al no verla fuera del local.

Fidel y Luis me llaman, pero los ignoro.

No quiero darles explicaciones, ni que se burlen ni que me vean derrotado por una mujer.

Una mujer de la que no solo no sé ni su nombre, sino que ha sido la primera que ha llamado mi atención desde hace mucho tiempo. Una razón más que demuestra el mal ojo que tengo para las mujeres.

Paro un taxi de vuelta a casa.

El camino de la vergüenza.