Nada como tú (Serie Nada 1) Desconectar. O no
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Nada como tú (Serie Nada 1)

Nada como tú (Serie Nada 1)

Por Marivi Castro

© inepub.com

Desconectar. O no

ADRIÁN

En el hospital siempre suele reinar el caos, en muy rara ocasión se disfruta de cierta tranquilidad.

Sin embargo, este día parece ser la excepción.

Siempre se agradece alguna que otra jornada así; hay compañeros que lo llevan mejor que otros.

Por mi parte, al ser casos tan puntuales, no termino de adaptarme tan rápido, y lo más común es que no me quede quieto en mi consulta.

La mañana pasa volando gracias a las citas que ya tenía organizadas.

Solo me queda terminar con Cristina, una niña de diez años que ya ha estado varias veces en la consulta, aunque no por un mismo problema.

La primera, cuando era un bebé, por otitis.

La segunda y la tercera por vacunas y fiebre alta.

Y ahora, sus padres me están contando que lleva varios meses sin dormir bien.

—Creo que tiene insomnio. Duerme fatal y por la mañana le cuesta bastante salir de la cama. Si no estamos constantemente encima de ella, llegaríamos tarde al colegio todos los días.

—¿Da problemas a la hora de acostarse? —pregunto, mientras la niña nos mira muy atenta.

—Alguno sí que nos da. Le tenemos que dar una chuchería para que se meta en la cama, si no, no lo conseguimos.

Si no estuviera acostumbrado, me habría echado a reír. ¿A quién se le ocurre dar azúcar a un niño para dormirlo? Ni siquiera necesitan estudiar seis años de medicina para saber eso, es de sentido común.

—¿Hace alguna actividad extraescolar o ejercicio?

—Sí, unas cuantas. Natación los lunes, miércoles y viernes. Ajedrez y karate toda la semana.

—¿El ajedrez y el karate cuadran a una hora cercana a la que le dan la cena?

—Sí… En karate está de siete a ocho de la tarde. Le damos la cena a las nueve más o menos. Intentamos que se acueste antes de las diez.

—Ahí está el problema, señora Robles. Le recomiendo que no haga ninguna actividad física ni que mantenga el cerebro tan despierto después de las seis de la tarde. Si sigue teniendo insomnio, entonces vuelva con ella por la consulta.

—Gracias, doctor Escribano.

—Y el azúcar no es bueno para conciliar el sueño.

No podía no decírselo, aunque sea evidente.

Cristina me mira con el ceño fruncido, eso no le ha gustado tanto. Su madre me hace una mueca como si le hubiese echado la bronca, pero le sonrío con amabilidad para que no se martirice. Por obvio que sea, sigue siendo mi trabajo recordarlo.

—Pero doctor, es que saben muy ricas —se queja la niña.

—Eso es verdad, Cris —admito mientras camino hacia ella y me agacho para ponerme a su altura—.

Pero tú no quieres que te duelan los dientes para seguir comiéndolas, ¿verdad?

—La niña niega con resignación y la boca torcida.

Eso nunca falla—. Si se te caen los dientes, ¿cómo vas a morder este chupachups de fresa?

En cuanto saco el chupachups del bolsillo de mi bata blanca, a Cristina se le ilumina la cara, sonríe y, antes de que pueda robármelo de la mano, la esquivo.

Es contraproducente ofrecerle el caramelo cuando acabo de decirle a la madre que controle el azúcar, pero ni soy su padre ni es tarde para que se lo coma.

Después de todo, la que decidirá cuándo se lo comerá es la madre.

—¿Me prometes que vas a tomar menos chuches? Como me cuenten tus papás que no cumples tu promesa, la próxima vez no hay regalito —le advierto con diversión.

—Lo prometo, doctor —dice la niña con una mano levantada como si fuera un juramento oficial. Después de darle el chupachups y antes de que crucen la puerta de mi consulta, la niña le dice a la madre—: Cuando sea más mayor me casaré con el doctor. Es muy guapo y muy bueno conmigo.

No puedo evitar sonreír. Cada uno de mis pacientes consigue sacarme una sonrisa por una u otra razón, pero las niñas suelen ser mucho más cariñosas.

Antes de cerrar la puerta, noto a la madre algo más tranquila de lo que estaba al entrar.

Siempre me alivia saber que los padres no se van dándole demasiadas vueltas a la cabeza, sobre todo cuando se trata de algo tan inofensivo.

Cristina es la última paciente de la mañana, así que después de verla abandonar la consulta de la mano de sus padres, me dedico a actualizar historiales y a tareas administrativas.

Pese a que termino pronto, aún me quedan varias horas más de trabajo.

Una de ellas, para almorzar. Salvo en raras ocasiones, suelo comer solo en la cafetería del hospital.

Me gusta disfrutar ese tiempo tranquilo, sin prisas y, al terminar, unos minutos de lectura.

Unos días leo el periódico, otros, algún libro de mi autor favorito, Bukowski.

Me ha dado tiempo a leer un par de capítulos de La máquina de follar antes de tener que volver al trabajo, pero como no me queda nada pendiente en mi consulta, bajo a urgencias. Apenas son las cuatro de la tarde, pero allí siempre están hasta arriba y, cuando puedo, les echo una mano.

En cuanto me acerco a la recepción para que me pongan al día, veo a Luis y Fidel, mis mejores amigos. Hablan con Elena, la recepcionista. Apuro el paso para acercarme, aunque de un primer vistazo no parecen tener nada urgente.

—Hola, chicos. ¿Ha pasado algo? —pregunto, inquieto.

«Lo normal, un médico poniéndose en lo peor antes de tiempo. ¿O no?».

—¡Hombre, ya está aquí el ermitaño del año! —exclama Luis.

—Nada grave, tranquilo. Hemos venido a hacerte una intervención.

Hace diez minutos hemos hablado con tu jefe y, como nos ha dicho que tienes diez días de vacaciones pendientes, te vamos a secuestrar —anuncia Fidel con su expresión de proclamarse ganador sin darme opción a inventarme cualquier excusa para zafarme de ese «secuestro».

—Estáis como cabras… Pero todavía me quedan un par de horas para salir. Así que os tocará esperar.

—¡Ni lo sueñes! Ya está todo arreglado. Nos han chivado que no tienes más pacientes. Así que, ¡nos vamos! —zanja Fidel.

—La próxima vez que aparezcan estos dos piezas por aquí, llama a seguridad, Elena —le advierto a la recepcionista, guiñándole un ojo con complicidad.

Los tres vamos a tomarnos unas cervezas a un bar del centro, y nada más entrar por la puerta, me llega un mensaje de WhatsApp de Tatiana, mi hermana pequeña.

¡Diviértete! No te preocupes por nada. Aprovecha que tienes el piso libre, llévate a alguien a casa y folla como si no hubiera un mañana. ¡Vive!

Con ese mensaje no necesito ni cuestionar la participación de mi hermana en la «intervención» de mis amigos.

Puede que…, no, en realidad los tres tienen razón, paso demasiado tiempo con la misma rutina que solo incluye trabajo y casa.

Lo único que puedo hacer es seguir los consejos que me dan, unos en forma de mensaje y otros con una cerveza en la mano.

A mis treinta y dos años, el orgullo y el ego los dejé atrás hace tiempo. Sé dejarme llevar de vez en cuando, aunque esta vez hayan usado un método más tajante para espabilarme.

No puedo seguir encerrándome en casa ni en mí mismo.

Después de las primeras cervezas, Luis y Fidel proponen recorrer la ciudad en busca de alguna actividad cultural, cenar por ahí y salir de fiesta hasta las tantas.

En un intento de remendar lo mal amigo que soy con ellos, acepto.

Nos damos una hora de tregua para pasar por nuestras respectivas casas antes de salir de fiesta; necesito una ducha y cambiarme de ropa para seguirles el ritmo.

Tal como me enseñó Tatiana hace años, y sigue haciendo, me pongo unos pantalones negros con una camisa azul Birdlip —palabreja salida de la boca de mi hermana— y unos zapatos Santini a juego, regalo de ella.

Los chicos y yo quedamos en encontrarnos delante de la Galería Gema Llamazares.

No conocía el lugar, pero, nada más entrar en la exposición, nos encontramos con el trabajo de artistas jóvenes que se están abriendo camino en el mundo del arte y lo hacen pisando fuerte.

No soy un experto, pero sé lo que me gusta y lo que no: para mí, el arte siempre se mide en sensaciones.

Las texturas y demás aspectos técnicos se los dejo a los especialistas.

Aunque a Fidel no le entusiasma ese tipo de muestras, a Luis le gusta, y yo salgo completamente enamorado de la galería.

Ahora, después de la exposición, nos vamos de vinos y charlamos de todo un poco, sobre todo de las últimas películas que hemos visto.

—¿Habéis visto No te preocupes, querida ? El tráiler de la película está hasta en la sopa y tiene una pinta buenísima —dice Fidel, casi emocionado.

—La semana pasada fui a verla con Paula, un día después del estreno, y es un asco —reprocha Luis.

La mala crítica de mi amigo no deja a Fidel desilusionado, más bien todo lo contrario.

Los dos son muy diferentes en cuanto a gustos cinematográficos.

Si Luis odia una película, a Fidel le encanta.

Su cara de ilusión solo es comparable a la que pone cuando encuentra una película que nos gusta a los tres.

—No la he visto, pero me interesa más saber quién es esa tal Paula. ¿Tan mal amigo soy como para perderme el notición de ver a Luis sentar cabeza? —pregunto con la mirada clavada en Fidel para que resuelva mi duda.

—Sabes lo mismo que yo —responde, tan sorprendido por la noticia como yo. Me siento aliviado con su respuesta, sabiendo que no me darán ningún trofeo por ser el peor amigo del año—. Cuenta, Luis. ¿Quién es esa Paula? —le insta Fidel.

—Una amiga. Una tontería —dice, intentando desviar la atención, pero sin darse cuenta le otorga más importancia por esquivar el tema.

—No nos tomes por idiotas. Lo único que queremos saber es que estás bien, hombre —digo para que no le dé tanto reparo hablarnos de la mujer en cuestión.

Fidel asiente, sumándose a mis propias palabras y, seguramente, conteniendo alguna pregunta fuera de lugar sobre la susodicha.