Nacidos en sangre CAPÍTULO 47 MATTEO
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CAPÍTULO 47 MATTEO

Yelena estaba acurrucada en el asiento del avión con la cabeza apoyada en mi regazo.

Su respiración era lenta, constante, aunque todavía irregular en los bordes, como si su cuerpo no supiera si ya estaba a salvo.

Le había puesto mi chaqueta por encima en cuanto se sentó, y no tardó en quedarse dormida.

Pasé los dedos por su pelo dorado con suavidad. Mi pulgar rozó el pequeño moratón de su mejilla casi curado, pero ahí estaba. Otro recordatorio más de los que ese bastardo había dejado sobre ella.

Desvié la mirada.

Bastian estaba sentado en el sillón frente a mí, hablando por teléfono.

Asentía con gesto tenso mientras Salva le daba un informe desde Nueva York.

Alguien tenía que mantener las cosas en movimiento mientras nosotros estábamos fuera; si algo salía mal en nuestra ausencia, nuestro padre nos lo haría pagar caro.

Para esas cosas estaba Salva. Siempre ha sido el más frío después de Bastian. El más político.

Bruno y César ocupaban el sofá del centro, conversando con Viktor y Aleksei mientras tomaban vodka.

Enzo ocupaba una de las mesa con los ojos fijos en la pantalla del portátil mientras Harvey le explicaba algo que me sonaba a chino.

Tecnología. Códigos. Lenguaje de otro mundo. Uno que a mí no me importaba.

Volví a mirar a Yelena. Tenía las comisuras de los labios seca y había perdido bastante peso en esas dos semanas, pero se negó a recuperarse en casa de Olga.

Quiso regresar de inmediato a Nueva York con los demás.

El médico la vio apenas la sacamos de la mansión de Yuri.

Un hombre mayor, serio, con ojos grises que no hizo preguntas.

Dijo que había sufrido un desgarro grave.

Que su cuerpo estaba débil a causa de las drogas y la pérdida de sangre, y que era un milagro que hubiese aguantado todo lo que ocurrió.

Un puto milagro.

Mi mano se cerró con fuerza en el reposabrazos del asiento, esta vez clavando la mirada en el vendaje de sus muñecas y subiendo luego a la marca que rodeaba su cuello.

Si hubiese llegado antes… Si hubiese sido más rápido…

No habría tenido que pasar por todo ese infierno.

Pero no lo fui. Fui incapaz de alcanzarla a tiempo. Y eso me perseguirá siempre.

Deslicé detrás de su oreja un mechón que le caía por el rostro y me incliné ligeramente hacia ella. Su aliento cálido chocó contra mi muñeca. Cerré los ojos un segundo. Solo uno.

Ella seguía aquí. Y yo haría todo lo que estuviera en mis manos para que jamás volviera a pasar por algo parecido. Porque Yelena no era solo la mujer a la que había jurado proteger.

Era todo mi mundo.