Nacidos en sangre EPÍLOGO MATTEO
100%

EPÍLOGO MATTEO

—¿Qué te parece una luna de miel en Italia? —Apoyé los antebrazos sobre la isla de la cocina mirando a Yelena. Se había teñido unas mechas rojas hacía poco y no podía gustarme más.

—¿En Italia? —Su voz sonó distraída. Tenía los ojos fijos en la pantalla del móvil; deslizaba el dedo por la superficie mientras que con la otra mano acariciaba la cabeza de la rata, encajada contra su cuerpo.

—Mi padre quiere enviar a Bastian por negocios. Si es así, tendré que acompañarlo. No quiero dejarte sola.

—¿Y planeas convertirlo en nuestra luna de miel?

—¿Crees que mi padre nos permitiría tener una? —pregunté con ironía. Ambos sabíamos la respuesta.

Yelena soltó una pequeña risa nasal y sacudió la cabeza.

—Cierto. Además, me muero por ver la cara de fastidio de Bastian cuando me vea aparecer con las maletas. ¿Alguna vez cambia esa expresión de yunque oxidado?

—¿Ves? Solo hay cosas buenas en torno a ese viaje.

Crucé la distancia que nos separaba y me hundí en el sofá a su lado.

La rata alzó la cabeza y dejó entrever sus diminutos y ridículos dientes.

Le devolví el gesto y volvió a agachar la cabeza con un quejido.

El pecho de Yelena vibró con una risa baja.

Esa cosa nunca me apreciaría, y no le había hecho nada.

Joder, si me gustaban los perros. ¿Por qué ese bicho demoníaco la tenía tomada conmigo?

Pensaba hacerme con un gran danés solo para que se la tragara de un bocado.

Deslicé un brazo alrededor de su cintura y la atraje con facilidad hasta que quedó encajada contra mi cuerpo.

Mi mano encontró su cabello en una caricia distraída, enredando los dedos en las hebras doradas mientras ella seguía concentrada en la pantalla.

El resplandor azul iluminaba su rostro, resaltando la curva de sus labios y la línea suave de sus pómulos.

—Harvey sigue buscando centros de reproducción asistida. Dice que solo le sale publicidad sobre fecundación in vitro , pero es un poco caro.

—¿Te gastaste más de cuatrocientos mil dólares en muebles rosas y eso te parece caro?

—Habría gastado más, pero se me acabaron las ideas. Y no solo fue en los muebles. Pero sí. Aunque podamos pagarlo, me parece caro, y más para la gente normal. —Hizo una pausa y alzó el móvil para que pudiera leerlo—. Este lugar tiene buenas valoraciones. Podríamos probar ahí.

Bajé la vista. Otro nombre más en la lista.

Otro intento por reparar lo que ese malnacido de Yuri le había hecho.

Habían pasado un par de meses desde que Yelena se recuperó del todo, pero todavía estábamos atrapados en el mismo círculo vicioso.

Semanas de médicos, especialistas y respuestas que no queríamos escuchar.

Bajas probabilidades. No imposibles, pero casi.

Lo único que nos ofrecían era una esperanza vacía que no llevaba a ninguna parte.

No lo aceptaba y no lo iba a aceptar nunca. Y yo tampoco. Porque rendirse nunca había sido una opción.

—Si quieres ir ahí, iremos —dije, besándole la parte alta de la cabeza.

Ella soltó un suspiro y bajó el móvil.

—Por probar…

No terminé de escucharla porque ya le estaba quitando el teléfono de las manos y lanzándolo a un lado del sofá.

—Matteo. —Me fulminó con la mirada, pero ni siquiera se molestó en apartarse de mí.

—Lo conseguiremos —dije con una certeza inquebrantable, atrapando su barbilla entre mis dedos para que no me evitara—. Si no es ahí, será en otro lugar.

Su sonrisa fue breve, torcida, y no me gustó.

—Quizás deberíamos hacernos a la idea.

Mi mandíbula se tensó.

—Ni se te ocurra decir eso. —Mi voz salió más dura de lo que pretendía.

Yelena me miró en silencio; no dejó que la conversación tomara el rumbo que ambos sabíamos que podría tomar. En su lugar, presionó un dedo contra mi entrecejo, relajando la línea profunda que se había formado ahí.

—¿Me traes una galleta? —preguntó, cambiando de tema con esa facilidad descarada.

Entrecerré los ojos, sabiendo exactamente lo que estaba haciendo. Y funcionó. Resoplé y me incliné para besarla en la frente antes de levantarme.

—¿De las que has quemado o las que he logrado salvar de ti?

—Solo se han quemado un poquito.

—Están carbonizadas.

—Tú tráeme una.

—Más te vale que las quieras de verdad, principessa , o haré que te las comas todas, incluso las quemadas.

Yelena sonrió, encogiéndose de hombros con fingida inocencia, mientras yo caminaba hacia la cocina sin dejar de pensar en todo lo que habíamos perdido… y en todo lo que aún pensaba recuperar.

Fui a la cocina y abrí el tupper de galletas que habíamos hecho anoche.

Estaban… mejor que en el primer intento, sin duda; al menos ya no parecían cemento con incrustaciones de azúcar y chocolate.

Aunque, cubiertas de coco, seguían teniendo un aspecto algo dudoso.

Dejar a Yelena a cargo de la mezcla fue una pésima idea.

Cogí una y me la llevé a la boca, pero me detuve a mitad del mordisco al verla tocarse el vientre de nuevo.

Mi mandíbula se tensó.

Dejé el tupper de cualquier manera y me lancé de vuelta al sofá, hincando una rodilla a su lado con una rapidez que la hizo soltar un leve grito de sorpresa. La rata gruñó, pero la ignoré.

—¿Qué haces? —rio, mirándome con diversión.

Gruñí sin responder y moví la cabeza en dirección a su mano, que aún reposaba sobre su abdomen. Sonrió con suficiencia y se inclinó hacia adelante para darle un bocado a la galleta.

Mis brazos se cerraron alrededor de su cuerpo y, antes de que pudiera reaccionar, la levanté con facilidad y la lancé sobre mi hombro como el día de nuestra boda.

—¡Matteo! —exclamó, entre sorprendida y divertida, retorciéndose en vano.

—Mejor ahorra fuerzas, principessa —mascullé, palmeando su trasero con una sonrisa depredadora, aún con la galleta entre los dientes mientras la puta rata comenzaba a ladrarme otra vez—. Las vas a necesitar.

Me hundió las uñas en la espalda en un intento de hacerme soltarla, pero su risa la delataba.

Atravesé el salón sin darle oportunidad de escapar y, al entrar a la habitación, la lancé sobre la cama. Sin darle tiempo a recomponerse, me coloqué sobre ella.

—Las galletas me han dado hambre, principessa —ronroneé y dejé caer la galleta mordida de mi boca, sin preocuparme por dónde aterrizaba.

—Deberíamos quitarlas de la dieta —murmuró con una sonrisa traviesa.

Me incliné más, atrapando su barbilla entre mis dedos mientras mis labios rozaban los suyos.

—Mmm… No. Pero aún hay que mejorar esa receta para poder comer más de una sin que se caiga ningún diente.

Yelena entrecerró los ojos, dedicándome una mueca de reproche que solo consiguió hacerme sonreír aún más.

No le di oportunidad de replicar.

Mi boca se apoderó de la suya en un beso lento y profundo, saboreándola y exigiendo más. Deslizó los dedos por mi cabello, aferrándose con más fuerza cuando mis manos comenzaron a deshacerse de la ropa que nos separaba.

Deslicé mi lengua por su labio inferior antes de morderlo con suavidad, saboreando el jadeo que escapó de sus labios cuando nuestras pieles se encontraron sin barreras. Su cuerpo se arqueó bajo el mío y mi agarre en su cintura se intensificó, sintiendo el calor que se extendía entre nosotros.

La miré unos segundos, recorriendo cada curva con mis ojos, observando cada estremecimiento bajo el toque de mis dedos y grabando en mi memoria la forma en que su pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas.

—Siempre tan ansioso —murmuró con una sonrisa que intentaba parecer burlona, pero la delataba el deseo en sus ojos.

Mi mano descendió lentamente por la línea de su vientre y Yelena se tensó bajo mi caricia. Atrapé su muñeca y guie su mano hasta nuestro punto de contacto.

—No pienses en nada más —le susurré contra los labios—. Solo en esto. Solo en mí.

Sus pupilas se dilataron. Entré en ella con un movimiento lento, sintiendo cómo su cuerpo me recibía con la misma hambre con la que yo lo buscaba. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un jadeo.

—No.

Llevé una mano a su mandíbula, obligándola a mirarme mientras comenzaba a moverme dentro de ella con un ritmo profundo y muy lento.

—Ojos en mí, principessa .

Porque ese momento era nuestro. Solo nuestro. Y nadie nos lo volvería a arrebatar.