Nacidos en sangre CAPÍTULO 46 MATTEO
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CAPÍTULO 46 MATTEO

Maxim apareció con los explosivos, sujetándolos como un niño con sus juguetes.

—¿Volamos la puerta o mejor tocamos el timbre? —bromeó.

—Hazlo de una puta vez —gruñó Bastian, sin perder de vista la entrada.

Maxim se inclinó y comenzó a pegar los explosivos alrededor del marco. Se notaba que había hecho eso cientos de veces. En cuanto estuvo listo, nos hicimos atrás.

—¡A cubierto!

Nos refugiamos tras los pilares más cercanos. La explosión hizo saltar por los aires la entrada con un rugido ensordecedor. Una oleada de calor y astillas ardientes barrió la nieve a nuestro alrededor.

—¡Joder, Maxim! —protestó Viktor, sacudiéndose restos de madera carbonizada de la chaqueta—. ¿Era necesario volar medio maldito muro?

—Nunca está de más —replicó él, cargando su rifle con una carcajada seca antes de disparar contra los primeros guardias que se asomaban desde el interior.

El fuego cruzado convirtió el vestíbulo en un puto infierno de plomo y sangre.

Las balas rebotaban en las paredes, arrancaban trozos del suelo y perforaban cuerpos que no tenían dónde cubrirse.

Los gritos se mezclaban con el silbido constante de las ráfagas, y el olor a pólvora impregnaba cada rincón.

Le disparé a uno antes de girarme y abatir a un enemigo que corría hacia nosotros con un cuchillo en la mano y una pistola en la otra. La bala le perforó el pecho, haciéndolo caer de espaldas y empapando la alfombra de sangre.

—¡Ve a buscar a mi hermana! —El rugido de Viktor apenas se distinguió entre el estruendo de los disparos y los gritos, pero no me lo tuvo que decir dos veces.

Me lancé escaleras arriba, con Bastian y César pisándome los talones y cubriéndome las espaldas mientras Enzo y Bruno se quedaban abajo cubriendo las escaleras.

La mansión era un puto campo de batalla.

Los disparos resonaban en el aire, mezclados con los gritos agonizantes y el sonido sordo de los cuerpos desplomándose sobre la madera pulida.

Cada vez que alguno de los hombres de Yuri aparecía frente a nosotros, apretaba el gatillo derribándolo y, si tenía la suerte de sobrevivir, Bastian o César terminaban el trabajo.

El pasillo superior estaba en silencio. Un silencio denso, antinatural. Mis sentidos se agudizaron de inmediato. Bajé el ritmo, afianzando el agarre sobre la Glock mientras me deslizaba por la pared con cautela.

Dos enemigos aparecieron desde una puerta lateral. No tuvieron tiempo de reaccionar. Bastian derribó al primero con un tiro entre ceja y ceja. César no dudó en volarle la tráquea al segundo con una ráfaga precisa que lo dejó desplomado a nuestros pies.

Un tercero surgió más adelante, cubriéndose torpemente detrás de una estatua.

Un error de novato. Me incliné sobre una cómoda, ignorando el tirón de mi piel donde la herida de bala no había terminado de cerrar, e hice estallar en pedazos la estatua con varios balazos.

Su cuerpo se estampó contra la pared, dejando un reguero oscuro en el papel tapiz.

Seguimos avanzando, sorteando los cadáveres que dejábamos a nuestro paso, hasta llegar a una puerta abierta. Una mancha de sangre a medio limpiar marcaba el umbral.

Detuve mis pasos, observándola. No era reciente.

El pecho se me comprimió. Como Yuri se hubiera atrevido a ponerle una sola mano encima a Yelena…

Hice un gesto a Bastian y César para que cubrieran los lados y entré con el cañón del arma en alto.

Las luces estaban apagadas, pero la luz de los focos del exterior se filtraba por una rendija de las cortinas, iluminando la estancia.

La cama deshecha ocupaba el centro. Las sábanas estaban cubiertas de sangre seca.

Encima del colchón había una bandeja quirúrgica e instrumental médico con restos oscuros.

Un vacío inexplicable me recorrió por dentro hasta instalarse en mi pecho. Bajé el arma, incapaz de apartar los ojos de aquella bandeja.

—Matteo, hay que moverse. —La voz de Bastian llegó desde la puerta.

Asentí sin mirarlo. Di un paso atrás, pero mis ojos seguían anclados a la bandeja. Solo cuando logré soltarme de esa imagen, giré sobre mis talones y salí al pasillo, con la escena grabada en la retina y esa sensación extraña acompañándome.

Una puerta se abrió de golpe al otro lado del pasillo y una ráfaga de aire helado se coló en la mansión.

Mi visión se tornó roja cuando vi a Yuri aparecer con un cinturón de munición colgado de un hombro y su mano aferrada al cabello de Yelena con una brutalidad que me hizo querer arrancarle el brazo de cuajo.

La otra mano sostenía una pistola que apuntaba directo a su sien.

Ninguno de los dos pareció reparar en nosotros.

Mis dedos se afianzaron en la Glock. Apunté a su cabeza de forma automática. Mi mirada descendió sola por el cuerpo de Yelena en busca de heridas. Entonces vi la mancha oscura que bajaba por su vestido.

El mundo entero pareció cerrarse en ese puto detalle. La imagen de la bandeja quirúrgica sacudió mi mente. Levanté la vista hacia ella con una pregunta silenciosa, sintiendo que esa opresión en el pecho me estrangulaba con más fuerza.

Las pestañas de Yelena temblaron cuando sus ojos se encontraron con los míos. Un instante bastó para que se empaparan y, aun así, no dejó que una lágrima cayera.

Mi mandíbula se tensó hasta el punto de crujir. Iba a matarlo. Pero no de cualquier forma. Iba a hacerlo lento. Iba a arrancarle las costillas una a una antes de despellejarlo vivo. Haría que deseara la muerte y luego se la negaría.

Al vernos, Yuri se detuvo a una distancia prudente. Nuestras miradas se encontraron. Mis fosas nasales se abrieron y cerraron con violencia mientras la sangre me martilleaba las sienes.

—Llegas tarde —dijo con un acento marcado.

Yelena soltó una carcajada amarga.

—Te va a matar —le escupió, con una rabia que me hizo querer besarle la boca allí mismo—. Y lo pienso disfrutar.

—Ten cuidado, querida —murmuró Yuri, tirando de su cabello hasta que su rostro quedó pegado al de él—. A estas alturas deberías saber que no me gusta que me desafíen.

El latigazo de furia que me recorrió desde los pies hizo temblar la culata del arma en mis manos. Iba a matarlo.

—Contrólate —susurró Bastian a mi espalda.

Mi dedo se tensó sobre el gatillo. Tenía razón. Si disparaba ahora, Yuri apretaría primero. No podía permitir que me afectara. No con el arma tan cerca de su cabeza.

Inspiré hondo por la nariz, luchando contra el rugido de sangre que me llenaba los oídos.

—Te daré una oportunidad —dije con una calma que no sentía—. Suéltala y haré que tu muerte sea rápida.

Yuri esbozó una sonrisa torcida, fría. Presionó el cañón contra la sien de Yelena hasta casi hundírselo en la piel.

—Si aprietas el gatillo, lo único rápido aquí será el agujero en su cabeza. ¿Verdad, querida?

Tiró de Yelena con brusquedad, inclinando su cabeza hacia atrás, forzándola a arquearse contra él. El gemido ahogado que salió de sus labios me cortó en dos. Mis nudillos se crisparon alrededor de la Glock, pero me forcé a mantenerme inmóvil a pesar del temblor que me recorría.

Los dientes de Yelena se apretaron con fuerza sin apartar los ojos de Yuri.

—Deberías hacerle caso, Yuri —siseó. Una de sus manos comenzó a moverse con lentitud—. He visto lo que es capaz de hacer con solo un bisturí. Créeme que no quieres averiguarlo. —Hizo una pausa, dirigiéndome una mirada rápida antes de volver a mirarlo a él—. Pero te daré una pista.

Algo brilló en su mano. En un movimiento rápido y brutal, Yelena hundió un tenedor en la entrepierna de Yuri.

El rugido que salió de su garganta fue tan animal que reverberó por las paredes. Su cuerpo se retorció de dolor y su agarre se aflojó un segundo. Yelena le retorció el brazo, se liberó y lo empujó contra la pared.

Apreté el gatillo, destrozándole la rodilla de un balazo.

Yuri cayó al suelo con otro grito y el arma se le escurrió de la mano. Intentó alcanzarla, pero Yelena lo interceptó con una patada y la pistola salió volando por el pasillo.

—¡Yelena!

Se tambaleó hacia la barandilla, chocando de espaldas contra la madera. Solté el arma sin pensarlo y corrí hacia ella, dejando que Bastian y César se encargaran del resto.

La rodeé con mis brazos, atrayéndola hacia mí, sintiendo el latido errático de su corazón contra mi pecho.

Su cuerpo estaba helado y temblaba con un frenesí antinatural en mis brazos.

—Ya no está… —murmuró.

El ruido de la guerra a nuestro alrededor se apagó de golpe.

Busqué sus ojos, pero Yelena mantenía la cabeza baja.

Estaba allí, en mis brazos y, al mismo tiempo, parecía estar en otra parte.

La presión en mi pecho se volvió insoportable.

No dije nada. Porque, si lo hacía, si abría la boca en ese instante, sentía que algo dentro de mí se rompería de una forma en la que ya no habría vuelta atrás.

Me limité a asentir, apretando la mandíbula hasta casi destrozarme los dientes. Los ojos me ardían.

Apoyé la frente contra la suya. Su aliento tembloroso se mezcló con el mío y, por primera vez desde que todo empezó, deseé desaparecer de ese lugar con lo único que me importaba: ella.

—Vámonos a casa —murmuré con voz ronca.

Porque lo único que importaba ahora era sacarla de allí. Porque, si no lo hacía, iba a quedarme atrás y destrozar hasta el último vestigio de ese lugar con mis propias manos.

—He puesto explosivos —dijo.

Quizás no tendría que hacerlo yo mismo, después de todo.