Nacidos en sangre CAPÍTULO 45 YELENA
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CAPÍTULO 45 YELENA

Nuestros hombres comenzaron a desplegarse como sombras tras Matteo.

Cada vez que uno de los matones de Yuri intentaba disparar en su dirección, una bala le volaba la cabeza antes de que pudiera apretar el gatillo.

No dejé de vigilarlo ni un segundo. Cada movimiento lo cubría yo, disparando antes de que el enemigo pudiera siquiera alzar el arma.

Poco a poco, los hombres de Yuri empezaron a retroceder, arrastrándose hacia el interior de la mansión.

Eché un vistazo fugaz hacia el hueco de la escalera.

El frío me había entumecido las manos y sentía los labios agrietados por la helada.

Además, el dolor y el cansancio acumulado me pasaban factura, pero no podía permitirme pensar en eso ahora.

Solo era cuestión de tiempo para que Yuri apareciera, y estaría preparada.

Cuando vi que Matteo y los demás estaban a salvo, dejé el francotirador apoyado contra la pared.

Volví a comprobar el arma que le había robado al hombre de Yuri. Tenía tres balas; el idiota no se había molestado en reemplazar el cargador. Saqué uno nuevo y lo deslicé en su lugar con un clic. No aparté la mirada del hueco de la escalera mientras lo hacía.

El chirrido de la puerta hizo eco al abrirse. Me puse de pie de inmediato y me oculté tras un saliente.

Los pasos apresurados de alguien crecieron con cada segundo.

Levanté el arma, lista para disparar en cuanto viera quién entraba.

Otra detonación sacudió el edificio. Tuve que apoyarme en la pared para no resbalar con la nieve. Escuché una maldición por lo bajo. Era Yuri. Afiancé mi agarre sobre el arma.

En cuanto su rostro apareció por el hueco de la escalera, disparé.

La bala le rozó la mejilla, dibujando una línea roja antes de poder ponerse a cubierto. Disparé de nuevo, obligándolo a refugiarse tras una chimenea.

—¡Suelta el arma, querida! Tienes las de perder —bramó desde su escondite, con la voz entrecortada por la adrenalina.

—Eso solo lo diría alguien desesperado —repliqué, disparando de nuevo para provocarlo.

Se hizo el silencio. Bajo mis pies, el suelo temblaba de forma intermitente, retumbando con los disparos que procedían de las plantas inferiores.

Tenía que volver a bajar. Ahí arriba no era de ninguna utilidad.

Eché un vistazo rápido hacia el hueco de la escalera y comencé a moverme despacio, dando pequeños pasos, con la mirada fija en donde Yuri se ocultaba y el cañón del arma apuntando.

—¿Sigues ahí? —pregunté en voz baja, sin obtener respuesta.

Fruncí el ceño. Ya debería haber intentado atacar o huir. Me detuve un instante y me asomé. Mis cejas se juntaron aún más. No parecía haber nadie.

En una fracción de segundo, Yuri cayó a mi espalda, deslizándose desde el tejado que tenía detrás.

Me giré con rapidez y disparé en su dirección, pero él fue más rápido. Se abalanzó sobre mí, enganchándome por la cintura y arrastrándome al suelo con todo su peso. El golpe me arrancó el aire de los pulmones y mi arma salió despedida, deslizándose hasta perderse cornisa abajo.

«Maldición».

Giré la cadera con fuerza, enganchando su pierna para hacerle una palanca mientras que con mi otro brazo le luxaba el hombro hacia atrás.

Yuri soltó un gruñido y, por un instante, logré voltearlo, quedando yo encima.

Lancé un rodillazo contra sus costillas, pero lo bloqueó con el antebrazo y estampó su frente contra la mía.

Chispas blancas estallaron en mi visión.

Antes de que pudiera recuperar el control, me agarró de la muñeca y me retorció un brazo en una llave que me obligó a girar sobre mi propio eje.

Apreté los dientes y rodé con él, liberando mi brazo con un movimiento seco. Lancé el codo hacia su mandíbula. El impacto resonó en un crujido sordo que lo hizo gruñir. Aproveché para buscarle el cuello con las piernas, cerrando el triángulo.

Se incorporó, llevándome con él aún enganchada a su cuello, y antes de que pudiera afianzar la llave, me lanzó contra el suelo con una brutalidad que me sacudió entera. Un pitido agudo me estalló en los oídos y los destellos blancos devoraron mi visión.

—Te lo advertí —gruñó, apretando los dientes mientras sus manos se cerraban en torno a mi cuello.

Seguí forcejeando, recurriendo a la desesperación cuando la técnica no fue suficiente. Mis uñas se clavaron en su rostro, arañando desesperada. Yuri soltó un gruñido cuando conseguí alcanzarle el ojo y una mancha de sangre comenzó a formarse sobre su párpado.

Su cara se contrajo cargada de furia y su expresión se volvió demoníaca.

Me levantó del cuello y volvió a estamparme contra el suelo. El golpe me dejó sin aire. Pateé, forcejeé, pero me tenía atrapada bajo su peso.

—Me estás… ahogando —jadeé, buscando con desesperación el oxígeno que no llegaba. Mis manos luchaban contra las suyas, cada vez más débiles.

—Lo siento, querida . —Una sonrisa helada le deformó la boca—. Has demostrado que no puedo fiarme de ti.

Sus dedos se apretaron con más fuerza. Mi visión se tornó borrosa. Infinidad de motas oscuras comenzaron a formarse a mi alrededor y mis ojos se cerraron lentamente.

De repente, la presión en mi garganta cedió y mis labios se abrieron de golpe, buscando el aire del que me había privado.

Una mano grande y fuerte me agarró del brazo, obligándome a ponerme en pie.

Cuando mi vista pudo enfocar, seguía siendo Yuri.

Y ahora el cañón de su arma apuntaba directo a mi cabeza.