Nacidos en sangre CAPÍTULO 44 MATTEO
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CAPÍTULO 44 MATTEO

—¿Estáis listos? —La voz de Harvey sonó a través del comunicador. Permanecía en uno de nuestros SUV, monitoreando la operación desde la distancia.

La nieve crujía a cada paso bajo nuestras botas y el aire cortante se filtraba por las rendijas del equipo táctico que Ivanov nos había proporcionado antes de tomar el avión, mordiendo la piel que quedaba expuesta.

—Listos —respondí con un tono neutro, sin apartar la vista de la mansión.

El rastreador que Graves había instalado en el anillo de Yelena nos llevó hasta la jodida Rusia.

Tardamos más de lo que me habría gustado en encontrarla, pero por fin habíamos llegado.

Todavía me molestaba la maldita clavícula y los puntos de sutura tiraban de mi piel con cada movimiento brusco, pero me negaba a que mi mujer pasara un jodido día más en las garras de ese bastardo de Vasilyev. Dos semanas habían sido demasiado.

Fijé la vista en la mansión aislada en medio de la nada. Las luces exteriores proyectaban un resplandor frío sobre la fachada de piedra.

—Bien —continuó Harvey—. Tengo el control de las cámaras. Tenéis quince minutos hasta que el bucle se repita y alguien se dé cuenta de que estamos dentro.

—Siempre he preferido ir de frente —susurró Viktor.

Alcé una mano y las sombras a mi alrededor comenzaron a moverse.

Nos deslizamos entre la maleza. A pocos metros, dos guardias conversaban junto a una de las puertas traseras con las manos metidas en los bolsillos, resguardándose del frío; demasiado relajados y cómodos en su rutina como para imaginar lo cerca que estaban de morir.

Viktor me hizo un gesto con la cabeza y yo asentí en respuesta.

Se escurrió entre los árboles hasta deslizarse detrás de uno de ellos y, en un solo movimiento, su cuchillo le abrió la garganta de lado a lado mientras el otro aún estaba terminando de exhalar una nube de vaho.

Un susurro húmedo, un espasmo y el cuerpo se desplomó en la nieve, tiñéndola de rojo.

El otro guardia apenas tuvo tiempo de girarse antes de que mi cuchillo se hundiera bajo su mandíbula, cortando el grito antes de que naciera.

César y Bruno los arrastraron hasta las sombras mientras nosotros removíamos la nieve con las botas para ocultar cualquier rastro de sangre.

—Entrada despejada —murmuró Viktor por el comunicador.

Enzo sacó el dispositivo de apertura electrónico que Harvey había preparado. Abrió el panel de seguridad con cuidado y conectó un cable del dispositivo al monitor.

—Lo tengo —susurró Harvey a través del comunicador tras un minuto que me pareció eterno—. Entrada en treinta segundos.

Esperamos. Un pitido suave indicó que la cerradura había cedido. Empujé la puerta de acero con cuidado. Soltó un pequeño chirrido al abrirse, pero nada que llamase la atención.

Nos deslizamos dentro en una línea fluida. Más adelante, otros dos hombres patrullaban el jardín con linternas y, apostados en los alrededores de la casa, encontramos a varios hombres más.

Nos pegamos al suelo, deslizándonos entre la maleza cubierta de escarcha. Evitamos los puntos de luz, ayudándonos de las sombras para sincronizar cada movimiento con la dirección en la que los guardias miraban.

Un sonido corto y agudo sonó a unos metros de nosotros. Giré la cabeza justo a tiempo para ver el destello de horror en los ojos de uno de los hombres de Ivanov. El calor de la detonación chocó contra nuestros cuerpos, lanzándonos hacia un lado, reverberando en la inmensidad del bosque.

El sigilo se había terminado.

—¡Joder! Tienen un inhibidor. —La voz de Harvey llegó a través del comunicador, distorsionada por la interferencia—. ¿Estáis todos bien?

Un brazo reventado cayó a mi lado con un golpe sordo. Me incorporé a medias, con un pitido atroz taladrándome la cabeza. Todo era humo, polvo y sangre caliente en el aire. El hombre que había pisado la trampa ya no existía. Solo quedaban trozos.

—¿A ti qué te parece? —gruñó Viktor por el comunicador.

—¡Cubríos! —bramó Bastian. Su orden se perdió entre la metralla y la ráfaga de disparos que reventó el jardín como si fuera una maldita zona de guerra.

Los hombres de Yuri no tardaron en aparecer.

Brotaron de la mansión como un enjambre rabioso, disparando a quemarropa hacia la verja donde nos encontrábamos.

Nuestros refuerzos quedaron atrapados al otro lado, sin posibilidad de avanzar.

Los primeros intentos por cruzar terminaron con cuerpos derrumbándose en el suelo, tiñendo de rojo la nieve que ahora relucía bajo los focos que iluminaban el jardín con una intensidad cegadora.

Estábamos jodidos y en clara desventaja.

—¡Matteo! —gritó Bastian desde unos metros más allá. Me hizo una señal rápida con el brazo, apremiándome a que me cubriera.

Corrí agachado hasta el árbol más cercano y me pegué contra el tronco mientras mi hermano abría fuego para cubrirme de los disparos que silbaban a nuestro alrededor.

Disparé a ciegas desde mi posición, maldiciendo por lo bajo. Casi no podíamos ver a los hombres de Yuri por culpa de los malditos focos que se habían encendido en la fachada; solo percibíamos sombras fugaces entre el resplandor.

Bajé la cabeza un segundo y cambié el cargador con un movimiento limpio.

Al alzarla de nuevo, noté que algo había cambiado en el ambiente.

El ritmo de los disparos desde la mansión se alteró.

Un hombre gritó algo al otro lado del jardín.

Un segundo después, una figura cayó al suelo como una marioneta con los hilos cortados. Luego otro, y otro más.

—¡Francotirador! —rugió alguien desde las filas de Yuri.

Los disparos desde la mansión se interrumpieron y el estruendo se transformó en un silencio espeso. Los hombres de Yuri se replegaron contra las coberturas y las sombras que se dibujaban bajo los focos desaparecieron de nuestra visión.

—No os mováis —ordenó Viktor por el comunicador. Su voz sonó tensa, controlada.

Nos mantuvimos ocultos en nuestras posiciones.

Uno de los hombres de Yuri, lo suficientemente estúpido o desesperado, se lanzó en un sprint torpe hacia una cobertura disparando hacia nuestras posiciones, en un intento de abatir a uno de los nuestros. Una bala lo alcanzó en plena sien y su cuerpo se desplomó en el suelo.

Me incliné lo justo para mirar hacia la parte alta de la mansión.

A simple vista, no había nada, solo el perfil recortado del tejado contra el cielo nocturno. Pero algo brilló. Un destello breve. El reflejo del metal en la terraza superior. Un segundo después, otro hijo de puta mordió el suelo.

Una sonrisa lenta y peligrosa curvó mis labios.

—Tenemos que avanzar —murmuré sin apartar la vista del tejado.

—¿Te has vuelto loco? —Bastian me lanzó una mirada tensa—. ¡Tienen un puto francotirador!

—No —repliqué, girando el rostro hacia él—. Lo tenemos nosotros.

No esperé su aprobación. Salí del escondite con el arma en alto, sintiendo cómo la adrenalina me quemaba bajo la piel. Las balas volvieron a silbar a mi alrededor, pero cada malnacido que intentaba alcanzarme caía antes de apretar el gatillo. Uno por uno. Preciso y letal.

—Y yo que pensaba que venía a salvarte, principessa —murmuré por lo bajo, sin poder borrar la sonrisa de satisfacción que me tensaba el rostro.