Nacidos en sangre CAPÍTULO 43 YELENA
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CAPÍTULO 43 YELENA

La luz se coló por las cortinas y volvió a desaparecer una vez más.

No sabía cuánto tiempo llevaba encerrada en aquella habitación.

El cuerpo me dolía de estar en la misma posición demasiado tiempo.

Las muñecas y los tobillos aún me ardían por el forcejeo, pero no había vuelto a intentar soltarme desde que Yuri se marchó.

Tenía las malditas articulaciones entumecidas y la espalda rígida.

La puerta se abrió con un chirrido bajo, pero no me molesté en girar la cabeza para comprobar quién era. Escuché los tacones de Irina acercarse a la cama. Era la segunda vez que entraba desde que Yuri me dejó atada a la maldita cama. La escuché dejar algo sobre la silla que había a mi lado.

—Abre la boca —ordenó. La miré de reojo—. O abres la boca o te meteré la comida a la fuerza. Tú eliges.

—Que te den, zorra —musité con la voz rasposa de haber estado callada tanto tiempo.

Hubo un momento de silencio.

Sus dedos se cerraron como un cepo sobre mi mandíbula. Me giró el rostro con brusquedad. Sostenía un pirozhki en la otra mano. Forzó mi boca con una presión dolorosa hasta que se abrió, y me empujó el maldito panecillo caliente de golpe, haciendo que casi me atragantara.

Cerré los dientes con fuerza y se lo arranqué de un mordisco, escupiéndolo lejos. Luego me volví hacia ella y, sin pensar, le hundí los dientes en la mano.

El chillido de Irina fue tan agudo que rebotó en las paredes. Retrocedió, derribando la silla sobre la que había dejado la bandeja. Los cubiertos y la comida cayeron al suelo con un golpeteo metálico.

El gorila de la puerta asomó la cabeza.

—¡Yo lo he intentado! —espetó Irina, con la cara roja de furia y el dorso de la mano apretado contra el pecho. Me aseguré de clavarle bien los dientes. Que se llevara algo de mí, aunque fuera una marca. Dio media vuelta y salió de ahí haciendo resonar sus tacones con furia.

El gorila me lanzó una mirada fugaz. Alcé el mentón, sosteniéndosela sin parpadear. Luego cerró la puerta.

El aire escapó de mis pulmones de golpe, dejando caer todo mi peso sobre el colchón. Estaba agotada.

Cerré los ojos e intenté rendirme al cansancio, esperando que al volver a abrirlos todo hubiera acabado, pero el sueño no llegaba.

Si movía la pierna un centímetro, podía tocar la bandeja metálica que Yuri había ordenado dejar ahí, al alcance de mi vista.

No tuve fuerzas para mirarla. Temía que si lo hacía, si me permitía procesarlo, cualquier esperanza de salir de aquel infierno se hiciese añicos.

Tampoco me permití pensar en Matteo, en cómo reaccionaría cuando se enterase o tan siquiera en si seguía vivo.

Estaba segura de que Yuri me había mentido. Eso quería creer.

Una explosión sacudió la casa. El estruendo vibró en mis huesos y me hizo alzar la cabeza de golpe en dirección a la puerta.

Durante un segundo, todo quedó en pausa, hasta que el sonido de la conmoción se filtró a través de las paredes. Se escucharon las voces apresuradas de los hombres de Yuri lanzando órdenes en ruso, carreras, el chirrido de una puerta golpeando contra el marco al cerrarse de golpe.

«Es ahora o nunca».

Tiré de las correas con toda la fuerza que no tenía, ahogando un gemido al sentir el ardor lacerante que se clavaba en mi piel. Me detuve un instante, jadeando. Respiré hondo y forcé el movimiento de nuevo, conteniendo un grito cuando la fricción quemó mis muñecas.

Mi mano se escurrió lentamente hasta quedar libre. La piel estaba en carne viva, manchada de sangre y comenzando a inflamarse, pero no era el momento para preocuparse por ello.

Fruncí los labios, permitiéndome un segundo para recuperar algo de fuerzas y dejar que la sangre volviera a circular con normalidad por mi brazo.

Con un esfuerzo que me pareció sobrehumano, alcé la mano libre para desatar la otra correa.

Abrí el cierre con movimientos lentos, sintiendo el hormigueo que me recorría el brazo.

Cuando logré liberarlo, tuve que darme un par de segundos para que la sangre circulara de nuevo.

Me incorporé con dificultad sobre mis antebrazos y me hice hacia delante para alcanzar mis tobillos. Mis ojos se detuvieron.

La sangre seguía ahí, seca, manchándome la cara interna de los muslos.

Tuve el impulso de tocarme el vientre, pero me obligué a detenerme. No podía. No si quería seguir adelante.

Evité mirar la bandeja a mi lado y bajé los pies de la cama, soltando un suspiro al notar la alfombra bajo mis plantas.

Yuri debía estar muy seguro de sí mismo para no haber mandado a nadie a que me vigilase después de esa explosión.

Eso, o lo que estaba pasando al otro lado era peor de lo que imaginaba.

La esperanza absurda de que fuera Matteo el que había venido a por mí cruzó mi mente sin remedio.

Aún quería pensar que lo que Yuri había dicho era mentira, pero ese psicópata no habría dudado en disparar a Matteo y faltar a su palabra.

No sé por qué pensé que cumpliría su promesa cuando accedí a marcharme con él a cambio de su vida.

Debí ganar más tiempo hasta que mi padre llegara. Debí hacer algo más…

No. No ganaba nada lamentándome ahora.

Me puse en pie con dificultad, tragándome el quejido que se formó en mi garganta cuando una oleada de ardor me recorrió por dentro.

El maldito tanga de encaje que Yuri había dejado junto al vestido seguía en el suelo, manchado de sangre.

Apreté los dientes, me agaché y lo recogí, tambaleándome un instante cuando el mundo giró bajo mis pies.

Me obligué a respirar hondo mientras me lo ponía, con las manos temblorosas y la mandíbula apretada.

Mis ojos se detuvieron en un brillo metálico que asomaba bajo la cama.

Fruncí el ceño y me agaché de nuevo, esta vez con más cuidado.

Extendí la mano y saqué despacio un objeto de debajo de la bandeja de la comida.

Un tenedor. Uno de los que Irina había tirado junto a la bandeja cuando salió hecha una furia.

Solté una risa baja, ronca. Irónica. El destino, a veces, tiene un sentido del humor retorcido.

Lo apreté entre los dedos y me acerqué a la puerta con pasos silenciosos. Coloqué la mano sobre el pomo y respiré hondo. Podía permitirme estar rota entre esas cuatro paredes, pero, en cuanto cruzara esa puerta, esa debilidad tendría que desaparecer.

Abrí la puerta de golpe. El guardia al otro lado se giró justo a tiempo para ver cómo mi puño se estrellaba contra su garganta.

Se atragantó con un sonido húmedo, llevándose las manos al cuello mientras su cuerpo se doblaba por el impacto.

Le quité el arma del cinturón con un tirón rápido y, sin dudarlo, le estampé la culata en la sien.

Prefería no llamar la atención con un disparo. Cayó como un saco de cemento.

Eché un vistazo al pasillo, asegurándome de que no hubiera nadie cerca. Los gritos sonaban lejanos, diría que incluso fuera de la propiedad.

Me agaché junto al hombre mientras comprobaba el cargador rápidamente y luego tanteé sus bolsillos.

—Bien —susurré al dar con un par de cargadores y un juego de llaves que no dudé en llevarme.

Volví a ponerme en pie y sentí el escozor entre mis piernas. Las rodillas aún temblaban por el esfuerzo. Sabía que Yuri tenía un arsenal de armas en alguna habitación. El muy idiota me lo mostró en una de nuestras visitas, pensando que así podría ganarme. Ahora solo tenía que dar con él.

Me adentré en el pasillo, comprobando habitación por habitación, con cuidado de no ser descubierta. Al llegar a las escaleras, me escondí tras una columna y eché un vistazo. Había varios hombres apostados en el piso inferior con Yuri al frente, listo para disparar en cuanto esa puerta se abriera.

Me agaché, apretando los dientes al sentir la punzada de dolor que me recorrió las piernas. Tenía que llegar al otro lado.

Atravesé el rellano de las escaleras evitando hacer el menor ruido. En cuanto llegué al otro lado me incorporé con esfuerzo, apoyando la mano en la pared para estabilizarme. Tenía que darme prisa y localizar esas armas para ayudar a mi padre y a los demás a entrar en la casa.

Seguí recorriendo habitaciones, tanteando las puertas, revisando cada una con el corazón acelerado y el estómago revuelto. Entonces, una puerta no cedió.

Me incliné sobre la cerradura y saqué el manojo de llaves que le había quitado al hombre de Yuri. Una a una, fui probándolas hasta que escuché ese suave clic. El sonido más satisfactorio del mundo.

La puerta se abrió con un leve chirrido. La sonrisa se extendió en mi rostro al ver los expositores de armas perfectamente ordenados bajo las luces cenitales, como si me estuvieran esperando. Casi me reí del alivio.

Agarré un cinturón táctico y coloqué el tenedor en uno de los bolsillos.

Mi mirada se deslizó por las estanterías hasta detenerme en una caja metálica y mal cerrada.

Al abrirla encontré unos explosivos con un temporizador sin conectar.

Eché un vistazo alrededor y una sonrisa tiró de mis labios.

Si hacía estallar ese lugar, sería un auténtico desastre.

Me senté en el suelo con dificultad, con las piernas cruzadas y el arma apoyada contra el muslo. En apenas unos segundos, mis dedos ya estaban ensamblando los componentes. El pitido suave del temporizador se activó con un clic. Cuarenta minutos. Ni más, ni menos.

—Perfecto —susurré.

Coloqué los explosivos cuidadosamente. Me levanté, tomé un par de granadas de mano que había visto al lado de la caja y me las metí en los bolsillos del cinturón con movimientos mecánicos y rápidos, actuando por instinto. Seguro que Maxim se alegraría de verlas, eso si llegaban a él.

Estaba a punto de girarme para salir cuando algo en la pared me hizo detenerme. Mis ojos se clavaron en el rifle de francotirador que descansaba en su propio expositor. No lo dudé y lo agarré, llevándome también la munición correspondiente.

Volví a salir de la habitación con la pistola en una mano y el rifle colgando de mi hombro. Solo necesitaba encontrar una salida. Una ventana, una puerta, un maldito balcón que me dejara ver el exterior.

Seguí avanzando por el pasillo hasta dar con una puerta diferente.

La llave encajó tras el segundo intento y se abrió con un crujido sordo.

Había unas escaleras en forma de caracol que subían, y el frío se colaba por algún punto más arriba.

Sin pensarlo, comencé a subir los escalones.

Tras incontables giros, el viento me golpeó el rostro. Había salido al tejado.

La nieve crujió bajo mis pies. Hacía un frío del demonio para ir con ese ridículo vestido sin mangas, pero no podía quedarme atrás.

El rugido de las balas atravesaba la noche y el eco de las explosiones vibraba en cada uno de mis huesos.

Tuve que agacharme y arrastrarme para no perder el equilibrio y acabar deslizándome al vacío.

Me detuve al encontrar un lugar donde podía ver a la perfección la batalla que se libraba en el jardín.

—Aquí está bien —murmuré para mí. Me arrodillé para descolgar el francotirador del hombro y lo apoyé sobre el poyete del tejado.

Cargué el arma, la preparé y acerqué un ojo a la mirilla. Barrí el terreno. Necesitaba encontrarlo. A él . Porque si Matteo estaba muerto, algo en mí también lo estaría.

Vi a Viktor y a Maxim agazapados tras unas estatuas marcadas por los impactos. A Boris, Roman y Kiril ocultos tras el muro del jardín. A varios de los chicos de mi padre moviéndose entre las sombras.

Pero no a Matteo. No estaba.

Tragué saliva, tragándome también el nudo que amenazaba con estrangularme por dentro.

Dirigí el rifle hacia los hombres de Yuri que se escondían cerca de la mansión y comencé a disparar.

A uno lo desarmé de un tiro en la mano y, cuando gritó, le volé los sesos sin pestañear.

Otro cayó como un saco de carne al recibir una bala en el cuello.

Cuando los tenía a tiro, les disparaba uno a uno a sus cabezas, hasta que escuché gritos y los hombres de Yuri empezaron a replegarse, cubriéndose como las malditas ratas que eran.

Todo se quedó en silencio. Esperé, disparando cada vez que uno de los hombres de Yuri se asomaba, hasta que un movimiento al otro lado del jardín me obligó a detenerme.

Una silueta emergió entre los escombros. Apunté en su dirección, lista para disparar.

Mis labios se entreabrieron en una exhalación temblorosa y las lágrimas comenzaron a brotar sin freno, empapándome las mejillas.

—Matteo…