CAPÍTULO 42 YELENA
—Ha estado a punto de sufrir un aborto.
La palabra «aborto» sacudió mi mente, obligándome a abrir los ojos. La luz me cegó al instante y tuve que entrecerrarlos hasta acostumbrarme. Sentía la cabeza latirme con fuerza; cada músculo de mi cuerpo me dolía de una forma extraña.
Moví los ojos con lentitud. No recordaba nada después de perder la consciencia, pero ya no estaba en el comedor, sino en una habitación amplia, tendida en una cama que no reconocía.
—Posiblemente por estrés.
Alcé la cabeza, notando mi propio pulso retumbar contra los oídos. Había un médico a los pies de la cama, con una bata blanca impoluta y el pelo gris peinado hacia atrás.
—Tanto ella como el bebé están bien. Solo necesita reposo absoluto, al menos unos días hasta recuperarse —añadió el médico.
Dejé caer la cabeza de nuevo y solté un suspiro de alivio. Estaba bien. Jane aún estaba bien.
—Quíteselo.
Mi mirada voló hacia Yuri, de pie a un lado de la cama. No podía estar hablando en serio. Tenía que ser una broma. Quizás hablaba de algo que no era capaz de ver desde mi posición.
—¿Cómo dice? —El médico parpadeó, desconcertado.
—¿No me ha oído? —La voz de Yuri se deslizó con una frialdad que me heló el pecho—. Creo haber sido muy claro.
—¡No! —Me incorporé de golpe. Dos manos ásperas me empujaron de vuelta antes de que pudiera moverme un centímetro más.
—Atadla. No lo pondrá fácil.
—¡Quitadme las manos de encima! —chillé, forcejeando por soltarme.
Una mano voló en mi dirección y me giró la cara de un golpe seco. El ardor me recorrió la mejilla y la visión se me nubló un instante mientras un regusto metálico inundaba mi boca.
La cama crujió bajo el peso de sus hombres.
Pateé y me revolví con la poca fuerza que me quedaba, pero no sirvió de nada.
Uno me hundió la rodilla en el estómago, inmovilizándome y haciendo que el aire saliera disparado de mis pulmones, mientras el otro me atrapaba los brazos por encima de la cabeza y me sujetaba hasta que las correas frías se cerraron en mis muñecas. Después pasó lo mismo en los tobillos.
Apreté los dientes con fuerza, notando cómo me temblaba la mandíbula, y le eché una mirada cargada de odio a Yuri.
—Voy a matarte por esto —siseé con la voz temblorosa.
Él ni siquiera me miró. Sacó su arma de debajo de la americana y apuntó al médico.
—Hágalo. Ahora.
Los ojos del médico se desorbitaron del pánico, fijos en el cañón que lo apuntaba directo a la frente. No se movió. Se quedó ahí, completamente congelado por la amenaza de Yuri.
Sacudí la cabeza, dirigiéndole una mirada suplicante al doctor.
—No lo haga. No lo haga, por favor.
—Hágalo o me buscaré a otro —lo amenazó con esa calma escalofriante, quitando el seguro del arma.
La nuez del médico subió y bajó con un trago seco. El sudor resbalaba por sus sienes y sus manos temblaban sobre la bandeja, haciendo que los instrumentos tintinearan con un eco metálico que me atravesó entera.
—Podría ser peligroso —balbuceó—. No tengo acceso a los medios adecuados… Podría causarle…
—No estoy pidiendo su opinión, Sergeev —lo interrumpió Yuri, presionando el cañón de la pistola en su sien.
El médico apretó los labios y asintió temblando, con el rostro pálido y los dedos rígidos sobre el instrumental. Bajó la mirada a la bandeja, despacio. El sonido metálico del bisturí al ser tomado hizo que cada músculo de mi cuerpo se tensara.
—No, por favor… —Mi voz apenas salió.
El filo brilló un instante bajo la luz de la habitación y noté que mi garganta se cerraba.
—¡No puedes hacerme esto, Yuri!
Yuri me dirigió una mirada. Nunca antes había visto algo tan sombrío en sus ojos. Algo que me dejó los pelos de punta.
—Puedo y lo estoy haciendo, querida . —Aumentó la presión de su arma contra la sien del médico, haciéndole inclinar la cabeza con terror.
—Lo siento —murmuró el médico con la voz quebrada.
Yuri apartó su arma sin dejar de apuntarlo. La cabeza del hombre bajó, pero aún podía ver el cabello grisáceo asomar entre mis piernas.
—¡No lo haga! —supliqué.
Tiré de las correas como una loca. Sentí cómo la piel de mis muñecas se desgarraba bajo la presión, pero ni siquiera eso me detuvo. Me arqueé y me sacudí como un animal salvaje atrapado en una trampa, con el corazón golpeándome tan fuerte que pensé que iba a romperme el pecho.
—No puedo hacerlo si se mueve. Podría desangrarse —balbuceó el médico sin levantar la vista.
El peso de uno de los hombres me aplastó contra el colchón.
—Sedadla —ordenó Yuri, sin siquiera tomarse la molestia de mirarme.
—¡No! —grité, con tanta fuerza que la voz me raspó la garganta.
Sentí una punzada en el brazo, seguido de una sensación helada que se deslizó por mi brazo, serpenteando bajo la piel.
Después llegó la pesadez. No lo suficiente como para desvanecerme, pero sí para robarme el control.
Mi vista se volvió borrosa y los pensamientos se enredaron unos con otros en mi cabeza.
Intenté mover la mano, los dedos, cualquier cosa… Nada.
Una línea ardiente se abrió paso bajo mi piel, propagándose como fuego líquido mientras todas las terminaciones nerviosas parecían estallar simultáneamente.
Mis labios se abrieron, pero no salió ningún grito de mi garganta.
Estaba despierta, lúcida, pero atrapada en una prisión de carne que ya no obedecía.
«Jane».
Las lágrimas rodaron por mis mejillas en silencio, mientras el mundo a mi alrededor se diluía, cubierto por una capa espesa y distante. Las voces, los pasos, el roce del látex… Todo parecía venir de muy lejos, como si ya no ocurriera en mi cuerpo, sino en una realidad a la que no pertenecía.
El tintineo del metal sobre la bandeja me devolvió a la superficie. Abrí los ojos. El techo ya no parecía techo, sino una masa de sombras líquidas que se doblaban sobre mí.
—Ya he terminado… —dijo el médico con una voz apenas audible, arrastrada por un arrepentimiento que no me servía de nada.
Dejé caer la cabeza a un lado, observando la figura borrosa e inconfundible de Yuri.
Parpadeé varias veces hasta que conseguí fijar su rostro.
Sus ojos estaban clavados en el médico, en silencio.
Lo más seguro es que estuviera sopesando si merecía la pena dejarlo con vida o no.
No sabría decir si me alegraría de que lo matase por haberme hecho aquello.
Después de todo, él solo era una víctima más del jodido psicópata de Yuri.
—Márchese.
Dejé salir el aire, aliviada. Definitivamente, esperaba que el hombre se salvara a pesar de lo que había hecho. Por lo menos, su acto le había valido de algo.
El médico asintió de inmediato. Intentó quitarse los guantes de látex, temblando y errando cada movimiento.
Al cruzar su mirada con Yuri, decidió irse con ellos puestos.
Por desgracia para él, no llegó lejos. Yuri solo necesitó una mirada hacia uno de sus hombres y un disparo retumbó fuera de la habitación, seguido del sonido de un cuerpo al desplomarse en el suelo.
Cerré los ojos, notando que otra lágrima se deslizaba por mi mejilla. El silencio que le siguió fue absoluto, como si el mundo contuviera la respiración. Cuando volví a abrir los ojos, Yuri me estaba mirando con la misma expresión impasible y fría de siempre.
—Ahora eres completamente mía .
Mis dientes rechinaron al oírlo. ¿De verdad creía que lo que había hecho me volvía suya?
Lo miré con un odio que me caló los huesos. Me dolía el cuerpo entero, pero aún me quedaban fuerzas para eso. Para odiarlo. Para prometerme que no iba a olvidarlo jamás y que le haría pagar por cada segundo de ese infierno.
Le escupí sin dudarlo, y su bofetada llegó con tanta violencia que me volvió el rostro. El sabor metálico de la sangre inundó mi paladar de nuevo, mezclándose con las lágrimas que no habían dejado de fluir. Me forcé a respirar, a mantenerme firme dentro del temblor que me recorría.
—Nunca seré tuya —siseé—. Si crees que alguna vez te perdonaré lo que has hecho, es que eres un puto psicópata. Me das asco.
Yuri ni parpadeó.
—Dejaré que reflexiones un rato. Te vendrá bien.
Se giró hacia la puerta, pero, antes de marcharse, echó un vistazo a la bandeja de metal. Sabía lo que hacía. Quería que dirigiera mi mirada hacia la bandeja, que me quedara con esa imagen de lo que era capaz de hacer si no lo obedecía.
No le di el gusto. Lo observé sin pestañear hasta que la puerta se cerró detrás de él y me dejó a solas en esa habitación.