CAPÍTULO 41 YELENA
Seguía sin tener noticias de Matteo, y eso me estaba matando. Yuri se negaba a darme cualquier tipo de información, y conseguir que Irina soltara algo era más difícil que hacer que el gorila de la puerta desarrollara una conciencia.
Llevaba más de una semana encerrada ahí; unos once o doce días, si no había contado mal.
Dirigí la mirada hacia la cámara en la esquina superior del cuarto.
No pensé que Yuri se atreviera a vigilarme incluso cuando iba al baño, pero después de que ese día me confirmara que lo hacía, lo comprobé en cuanto tuve la oportunidad.
Estaba convencida de que había jugado conmigo al liberarme la primera vez, solo para ver lo que hacía. Era un maldito gusano rastrero.
Hundí la cabeza en el agua y aguanté la respiración.
Después de unos días encadenada a la cama volví a comer la maldita sopa que me dejaba drogada y sin energía, pero comprendí que no me soltaría hasta que siguiera sus reglas.
Odiaba tener que esperar a que apareciera Irina para pedirle ir al baño; la cabrona no tenía suficiente con vigilarme a través de una cámara y me obligaba a mantener la puerta abierta.
No me quedó otra, tampoco podía matarme de hambre sin poner más en peligro a Jane de lo que ya estaba. Me preocupaba que la falta de alimento la afectara de alguna forma. Tampoco podía decir nada sobre ella porque me aterraba lo que Yuri pudiera hacer si se enteraba.
Salí del agua tomando una bocanada de aire. Al abrir los ojos, di un respingo al ver a Irina ahí parada, con esa cara de perro viejo y la barbilla bien alta.
—¿Tienes algún fetiche con espiarme en el baño? No te pega —le espeté, apartándome el pelo mojado de la cara.
—Yuri quiere que cenes con él.
Alcé una ceja.
—¿Va a venir a hacerme compañía a esta pocilga de habitación? Qué considerado.
Los ojos de Irina se estrecharon. Resoplé. Bien, se haría como él mandaba.
Quité el tapón de la bañera para que fuera vaciándose, agarré el champú sólido que tenía en una de las esquinas de la bañera y terminé de lavarme el pelo.
Cuando acabé, me puse en pie y tomé la toalla del perchero que tenía atrás.
No me importaba que me viera desnuda, ya lo había hecho cada vez que se plantaba en la puerta del baño para vigilarme.
Me envolví en la toalla sin apartarle la mirada ni un segundo, demostrándole que no me intimidaba en absoluto.
—¿Me vas a dejar salir o has echado raíces? —le espeté. Irina se hizo a un lado alzando más el mentón. Cómo me irritaba.
Nada más poner un pie fuera de la bañera, dio media vuelta y desapareció por la puerta. Alcé una ceja, girándome ligeramente en su dirección. ¿Por fin se largaba? Qué milagro.
Chasqueé la lengua al verla regresar segundos después, esta vez con un secador de pelo y un par de cepillos. Estiré la mano para agarrar el secador, pero lo alejó de mí. No sé qué se pensaba que iba a hacer con eso, como mucho atizarle a la cabeza.
—Siéntate ahí, tengo que prepararte. —Señaló la tapa del váter con un gesto leve de la barbilla.
Me ahorré los comentarios y la obedecí sin rechistar. Mejor que pensaran que habían logrado doblegarme, eso me daría algo de ventaja.
Juraría que Irina disfrutó de lo lindo cada vez que el cepillo se atascaba en mi pelo.
Si no me arrancó el cuero cabelludo, fue porque el universo decidió darme un respiro.
Además, llegó a quemarme un par de veces con el maldito secador, y el recogido que no había pedido me estiró tanto la piel que por un momento pensé que me estaba practicando una lobotomía estética.
Por no hablar de que parecía querer sacarme un ojo con la máscara de pestañas al maquillarme.
Cuando salí del cuarto de baño, el vestido plateado de la primera vez estaba sobre la cama. Tomé una bocanada de aire, preparándome mentalmente para enfrentarme a la compañía no deseada de Yuri. Me deshice de la toalla tirándola sobre la cama y me incliné para recogerlo.
El vestido era largo, tipo cóctel, con un cuello halter que se ceñía a mi garganta y dejaba los hombros al descubierto.
La tela era suave y ligera, con un brillo sutil que irradiaba la luz al moverse.
Pero lo que de verdad captó mi atención era la maldita raja en el lateral que dejaba ver el muslo con cada paso que daba.
Siempre me han gustado este tipo de vestidos, pero no para llevarlos en presencia de Yuri.
Empujé la lengua contra la cara interna de mi mejilla.
No sé qué pretendía vistiéndome de esa forma y obligándome a cenar con él.
¿Creía que iba a doblegarme por ponerme uno de esos vestidos con los que disfrazaba a las mujeres que tenía bajo su control?
Chasqueé la lengua. La llevaba clara. Quizás no podía salir de ahí por mi propia cuenta, pero pensaba aguantar lo que hiciera falta hasta que Matteo llegara.
El pecho se me encogió al pensar en él.
Necesitaba saber que seguía con vida. No sé cómo, pero necesitaba saberlo.
Me llevé la mano al vientre. Si hubiera sabido que esto pasaría, le habría contado mucho antes a Matteo que estaba embarazada.
Suspiré y bajé la mirada. Era capaz de suplicarle a Yuri si hacía falta con tal de saber si había sobrevivido.
Un ruido detrás de mí me llamó la atención. Bajé la mano y giré la cabeza, encontrándome con Irina.
—Estoy lista —dije, alzando la barbilla.
Salí de la habitación acompañada por Irina.
En seguida reconocí la mansión en la que me encontraba.
Había estado aquí antes, cuando mi padre aún hacía negocios con los Vasilyev, antes de que Yuri comenzara a interesarse por nuestro territorio en Nueva York para extender su asquerosa red de tráfico sexual.
Fue entre esas paredes donde conocí a Yuri cuando tenía trece años.
La primera vez que lo vi ya me dio mala espina, sus ojos no dejaban de atravesarme, como si por ser una mujer fuera indigna de sentarme a la mesa junto a ellos.
Y como mi padre nos había criado para no retroceder ante el enemigo y mirarlo a los ojos de frente, eso fue lo que hice.
Nunca pensé que plantarle cara ese día haría que se obsesionara conmigo.
Entré al salón principal, guiada por Irina y escoltada de cerca por el gorila de dos metros. Yuri estaba sentado al frente de la larga mesa del comedor. Sus ojos se cruzaron con los míos, fríos e impasibles.
Irina se hizo a un lado y me acerqué a la mesa hasta detenerme en el asiento que había preparado junto a Yuri. Un movimiento en mi periferia me indicó que alguien se había adelantado a retirarme la silla. Uno de sus guardias.
Ladeé la cabeza, fingiendo que miraba a su hombre por encima del hombro.
Había una puerta lateral, y el brazo de otro hombre asomaba al otro lado.
Volví mi vista al frente, pero antes me detuve en el que aún sostenía la silla, esperando a que tomara asiento.
Era enorme; llevaba un arma en la cadera y otra bajo la chaqueta.
La del pantalón era la más accesible. Podía alcanzarla.
Me senté mirando de reojo la puerta que había detrás de Yuri como si en realidad lo mirase a él.
También estaba custodiada por otro de sus hombres.
Quizás podía fingir un mareo por culpa de las drogas y aprovechar que vinieran a socorrerme para robar una de las armas, porque estaba segura de que esas sí iban cargadas.
—Ni lo pienses —dijo Yuri.
Me mordí la lengua.
—Solo me preguntaba para qué quieres tanta vigilancia si lo que querías era cenar conmigo.
—Irina me ha comentado que no te encuentras bien últimamente —respondió, ignorando mi comentario. Bien, al menos eso me confirmaba que la persona detrás de las cámaras en el cuarto de baño no era Yuri, sino su ama de llaves, lo que no quitaba que me siguiera pareciendo un psicópata pervertido.
—No sé cómo esperas que me encuentre si me drogas en cada comida. —Había intentado contener las náuseas, pero no pude evitar vomitar en alguna ocasión. Que Yuri siguiera utilizando drogas para reducirme me venía perfecto como excusa—. Tengo el estómago revuelto cada vez que me despierto.
La mirada de Yuri se ensombreció, pero me mantuve firme en mi sitio.
Hizo un gesto con la mano y dos mujeres con un uniforme ridículamente corto aparecieron por la puerta del lateral portando una bandeja cada una.
Las manos de la que se acercó a dejarle el plato a Yuri temblaban.
Alrededor de sus muñecas se distinguían las huellas amarillentas de unas ataduras recientes.
Aparté la mirada, concentrándome en el plato que la otra mujer había dejado para mí.
Un corte de carne roja servido ya en trozos, como si fuera una niña pequeña.
Deslicé mis ojos por la mesa; lo único que tenía a mi alcance era un tenedor. Ningún cuchillo a la vista, más que el que Yuri ya tenía en su mano.
—No lleva nada. Espero que no me decepciones, querida .
La bilis subió por mi garganta como cada vez que usaba esa palabra para referirse a mí. No era su querida , ni ahora ni nunca.
—Confío en ti, Yuri. —Pinché un trozo de carne y me tragué lo que en realidad quería soltarle.
Tuve que contener el gemido de placer al notar la explosión de sabor al probar el filete.
Después de sobrevivir los últimos días a base de esa sopa insípida y fruta, esto me parecía de otro mundo.
Lo cierto es que me moría de hambre, más de lo normal.
Comimos en silencio hasta que llegó el segundo plato. No quería darle motivos para desconfiar de mí, al menos no más de lo que ya lo hacía. Al ver el plato de rassolnik frente a mí, mi nariz se arrugó con asco. Tenía que ser una maldita broma. Yuri comenzó a comer, pero yo no.
—Come —dijo sin dirigirme siquiera una mirada.
—No tengo más hambre.
Alzó la vista del plato, clavándome esos ojos fríos capaces de helar el alma de cualquiera.
—He dicho que comas.
Mis puños se cerraron con fuerza sobre mi regazo.
—¿Y si no lo hago? ¿Me meterás en el sótano con todas esas mujeres con las que traficas?
—No tientes a tu suerte, querida . Empiezas a agotar mi paciencia.
Apreté los labios y agarré la maldita cuchara para llevármela a la boca. El mismo sabor insípido de siempre, y posiblemente la misma droga.
—¿Qué va a ocurrir ahora? —inquirí tras tragarme otra cucharada—.
Creo que al menos me debes una explicación.
No sé lo que pretendes hacer conmigo ahora que me tienes aquí encerrada.
Y tanto tú como yo sabemos que mi padre debe de estar moviendo cielo y tierra para encontrarme.
Es cuestión de tiempo que dé con este lugar.
—Y lo estaré esperando. —Yuri agarró la servilleta de tela y se limpió los labios con toda la parsimonia del mundo.
—¿Por eso me has traído aquí?
—Veo que has reconocido la casa de invierno de mi familia.
—Cómo olvidarla, fue donde te conocí.
Un brillo oscuro atravesó su mirada, como si mis palabras fueran justo lo que esperaba oír. Sentí la garganta seca y me humedecí los labios, incómoda por haberle dado lo que quería sin proponérmelo.
—Mi padre la vendió antes de morir para que ni mi hermano ni yo la heredáramos, y yo maté al hombre que se la compró. Ahora es mía, aunque no a efectos legales. No hasta que llegue a un acuerdo con tu padre.
Estaba loco si creía que mi padre llegaría a un acuerdo con él. Lo destriparía vivo en cuanto le pusiera las manos encima, si no lo hacía yo antes.
Tragué saliva y me forcé a mantenerle la mirada. Todavía necesitaba saber algo.
—¿Y qué hay de…? —Mi voz se quebró antes de terminar la pregunta; temía que si la formulaba en voz alta mi mayor temor se volviera real.
—El italiano ha muerto, si es lo que quieres saber —soltó sin un ápice de emoción—. Ahora podemos casarnos.
Mi corazón se saltó un latido. El aire se atascó en mis pulmones como si me hubieran golpeado en el pecho. No podía ser verdad. No. Solo quería quebrarme, como llevaba intentando hacer desde que me arrastró aquí. Intentar romperme para poder controlarme.
—Mientes.
—¿Creías que lo dejaría vivir? —Sus ojos se estrecharon, estudiándome como si fuera una rata enjaulada—. Le disparé en cuanto te quedaste inconsciente.
Un zumbido ensordecedor me perforó los oídos.
Un disparo…
Le había disparado.
La mesa, las paredes, el techo… Todo empezó a cerrarse sobre mí, y la habitación encogió hasta dejarme sin espacio.
—Dijiste que no lo harías —murmuré, incapaz de creer sus palabras.
—Pensé que me agradecerías que acabara con su sufrimiento. Fue un gesto de misericordia, si lo piensas. El dolor por el accidente lo estaba matando, yo solo lo ayudé.
«¿Misericordia?».
La palabra se hincó en mi cráneo como un clavo al rojo vivo.
El suelo comenzó a desaparecer bajo mis pies. Yuri tenía que estar de broma, una broma ruin y retorcida. Intenté tomar aire, pero el nudo en mi garganta me lo impidió.
«El italiano ha muerto».
La frase rebotó una y otra vez en mi cabeza. No podía ser cierto. Matteo… tenía que estar vivo. Seguro que me estaba buscando. Tenía que estar buscándome. Él estaba bien. Mi padre llegó a tiempo. Tuvo que hacerlo.
—¿Va todo bien, querida? Deberías estar agradecida de librarte de ese italiano. Por lo que tengo entendido, no estabas muy feliz con ese matrimonio concertado.
Lo miré de reojo, sin llegar a escucharlo del todo.
Mis manos se cerraron en torno al borde de la mesa. La imagen de Matteo tirado en el asfalto apareció en mi cabeza. Solo. El zumbido se intensificó, la habitación se encogió aún más, aplastándome. Matteo había muerto. Allí. En aquellos almacenes.
« Matteo…».
El ardor subió desde el pecho hasta los ojos y una opresión cruel me cerró la garganta. Me estaba ahogando.
—¡Prometiste que no lo harías! —grité, poniéndome en pie de golpe. Un dolor lacerante me atravesó el vientre. Me doblé sobre la mesa con un gemido ahogado y una mano en la barriga, sintiendo el impacto profundo de la punzada.
Algo cálido y húmedo se escurrió entre mis piernas. Mis ojos se deslizaron lentamente hacia abajo, deteniéndose en la sangre que comenzaba a extenderse por la tela del vestido.
«No…».
—Yuri… —Mi voz apenas fue un susurro que no reconocí como mío—. Yuri, por favor… llama a un médico.
Se limitó a arquear una ceja, observándome con la misma indiferencia de siempre.
—¿Qué clase de truco es este, querida?
Negué con la cabeza, pero el suelo ya no estaba donde lo recordaba. Todo se tambaleaba, como si el aire mismo se hubiera vuelto demasiado pesado.
—No es un truco… —gemí, con la vista cada vez más borrosa—. Estoy embarazada.
Esa palabra pareció tocar algo en él. Sus ojos se entrecerraron apenas y el músculo de su mandíbula se tensó. Luego, con un gesto perezoso de la mano, llamó a uno de sus hombres y le susurró algo al oído que no alcancé a escuchar.