Nacidos en sangre CAPÍTULO 40 MATTEO
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CAPÍTULO 40 MATTEO

Ahí estaba el hijo de puta, plantado frente a mí. Me daban ganas de arrancarle la jodida lengua y metérsela por el culo antes de dársela de comer por lo que había dicho sobre Yelena en el parque.

—Entonces… —Viktor puso una mano sobre su hombro.

Sus nudillos se volvieron blancos, pero el cabronazo no mostró un solo signo de dolor.

Estaría sorprendido si no fuera porque estaba demasiado ocupado imaginando mil maneras de destrozarlo sin llegar a matarlo, solo para oírle pedir perdón a Yelena durante días hasta que por fin me sintiera satisfecho y accediera a poner fin a su sufrimiento—.

Dijiste que siempre sabes dónde está mi hermana.

El idiota lo miró de reojo. No había sido difícil traerlo hasta aquí.

Lo único que tuvo que hacer Viktor fue decirle que Yelena estaba ingresada y que había preguntado por él.

El cabrón llegó en cuestión de horas, arrastrándose como el patético perro que era.

Tenía suerte de que aún estuviera en cama, aunque no por gusto; Bastian y César se turnaban para que no moviera el jodido culo de ahí, pero mis fuerzas comenzaban a volver.

Era cuestión de tiempo que las recobrara y entonces le arrancaría las jodidas pelotas por haberse follado alguna vez a Yelena.

—Matteo —susurró Bastian a mi lado. Debía de notarse demasiado lo que pasaba por mi cabeza.

—¿Cómo encontraste a Yelena? —inquirí con frialdad.

—Vamos, Graves, si nos lo dices, te podrás ir, solo queremos encontrarla —dijo Viktor en tono conciliador.

Le lancé una mirada. Y una mierda se iba a ir como si nada. Viktor alzó las cejas cuando nuestros ojos se cruzaron e hizo un gesto con la cabeza hacia el cabrón. Vale, solo intentaba engatusarlo, era consciente, pero, aun así, me revolvía la sangre.

—¿Y debo fingir que esto no ha sido una encerrona? Te recuerdo con quién estás hablando, Viktor. He hecho la vista gorda durante mucho tiempo, pero eso se ha acabado.

«Stronzo di merda . Te estás cavando tu propia tumba».

—Tú mismo. —Viktor se encogió de hombros y le metió un puñetazo en las costillas que lo hizo doblarse; luego lo agarró del pelo, obligándolo a enderezarse—.

¿Algún problema, Graves? He hecho la vista gorda durante mucho tiempo —dijo en su mismo tono— por Yelena.

Pero eso se ha acabado. Siempre me has caído mal.

—Que te den, Viktor. —Se soltó de él con una llave, empujándolo a un lado.

En cuanto se giró para salir por la puerta, Salva y Bruno ya estaban ahí plantados mientras César bajaba la persiana metálica de la habitación.

Enzo seguía trabajando en el ordenador con Harvey, tratando de dar con alguna otra pista que nos llevara hasta ella.

—Será mejor que hables —intervine—. Este hospital es nuestro. Nadie va a venir a ayudarte si decidimos despellejarte vivo aquí mismo.

Desde la cama, vi cómo el cuerpo de Graves se tensaba y sus puños se cerraban con fuerza por la rabia.

—Si lo prefieres, llamamos a Boris —lo amenazó Viktor, esbozando una sonrisa peligrosa.

Graves ladeó la cabeza y miró a Viktor por encima del hombro.

—Le puse un localizador en uno de sus anillos —dijo tras un largo silencio—. Lleva un chip pasivo que se activa al recibir la señal. Es experimental, pero ha funcionado.

Y luego los sociópatas somos nosotros. El hijo de puta le había puesto un jodido rastreador a mi mujer sin que ella tuviera ni puta idea y no parecía tener el más mínimo remordimiento.

Me rechinaron los dientes.

Ese cabrón no la había querido proteger. Solo quería tenerla bajo control, incluso después de que ella lo mandara a la mierda.

—Bien, me alegra que hayas decidido colaborar. —Viktor se acercó de nuevo a él con cara de pocos amigos. Juraría que casi estaba tan cabreado como yo—. Ahora, dinos, ¿cómo la encontramos?

Graves lo miró de reojo con media sonrisa de suficiencia.

—Tendré que volver a la base para activarlo. Una lástima. Si la queréis a ella, entonces tendrás que dejar que me marche.

«Hijo de…» .

Me levanté de la cama con la energía recobrada.

Un fogonazo me atravesó la sien y el tirón en el abdomen casi me hizo caer de nuevo, pero no me detuvo.

Bastian y César saltaron contra mí y me agarraron cada uno de un brazo para frenarme antes de que lo alcanzara y le estrellara su patética cabeza contra el suelo hasta abrírsela en dos.

—No es un problema. —Viktor me echó una mirada de reojo, asintiendo para que me tranquilizara—.

Maxim estará encantado de acompañarte. ¿Sabías que antes de unirse a la bratva era general de brigada?

Un par de puestos por encima del tuyo, si no me equivoco.

Le encantará hacer una visita y recordar los viejos tiempos.

La cara de Graves palideció un instante. Estaba jodido. No tenía forma de librarse de nosotros. Porque después de admitir que había estado espiando a Yelena vete a saber desde cuándo, ni ellos ni yo íbamos a dejarlo pasar.