Nacidos en sangre CAPÍTULO 39 MATTEO
84%

CAPÍTULO 39 MATTEO

Bip.

Bip.

Bip.

Tenía la boca seca y me dolía todo el cuerpo.

Un latido sordo y persistente me quemaba en un costado, punzante, como si alguien hubiera decidido reemplazar mis huesos por magma volcánico.

La cabeza me pesaba como el infierno, envuelta en una bruma densa que hacía que cada pensamiento se arrastrara, lento y confuso.

Bip. Bip. Bip.

Me concentré en el pitido. Agudo. Constante. Intenté abrir los ojos, pero mis párpados seguían pegados. Forcé el movimiento poco a poco hasta que la luz blanca se abrió paso y tuve que entornar los ojos por la molestia en las retinas. Todo era blanco y aséptico, y olía a desinfectante.

Gruñí al hacer un esfuerzo descomunal para girar la cabeza hacia la figura de mi izquierda. Tardé unos segundos en enfocar a Bastian, que ya se había puesto en pie y se acercaba a la cama.

—Dime que no estoy… en un jodido hospital —murmuré con la voz ronca. Joder, me ardía la garganta.

Bastian me miró con una sonrisa torcida casi imperceptible y ojos cansados.

Me acercó una botella de agua con una pajita de mierda para que bebiera.

Lo habría apartado si no hubiera sido por cómo me miraba, con las ojeras marcadas bajo los ojos y un maldito brillo de preocupación.

No recuerdo haberlo visto así desde que éramos niños y mi padre disfrutaba pagando conmigo los platos rotos.

—Te dislocaste la clavícula, sufriste una conmoción y tuvieron que operarte de urgencia por un balazo. Si Nikolai no hubiera llegado a tiempo, estarías muerto.

—Yelena…

—La están buscando.

Cerré los ojos. El recuerdo de lo que sucedió me golpeó con fuerza. Los disparos, los coches, las voces. Cazzo . Se la habían llevado. Ese hijo de puta se la había llevado y yo no hice nada para impedirlo. Intenté incorporarme, pero Bastian me frenó poniendo una mano sobre mi pecho.

—Has estado una semana en coma y estás recién operado, Matteo. Necesitas recuperarte antes.

—Me importa una mierda. —Le aparté la mano y volví a moverme, presionando los labios con fuerza al notar que los puntos tiraban como si me desgarraran por dentro. Un pitido resonó en mi cabeza, taladrándome las sienes, y mi visión se volvió oscura.

Bastian dio un paso atrás, pero se mantuvo lo suficientemente cerca como para agarrarme cuando me fui hacia delante de cabeza.

—¿Ahora vas a hacerme caso? —inquirió sosteniéndome.

Resoplé y volví a tumbarme con su ayuda. Odiaba que tuviera razón. Pero no por dársela, sino porque no podía esperar a estar en condiciones para salir en búsqueda de Yelena. Ella… No, ella no. Ellas me estaban esperando.

—¿Cómo me encontrasteis? —inquirí. Joder, necesitaba más agua, pero me negaba a volver a beber de la jodida pajita.

—Nikolai me llamó. Yelena llevaba un reloj con un localizador. Lo activó cuando os atacaron y te lo dejó antes de que se la llevaran.

—¿Qué?

Traté de incorporarme un poco más. El tirón en los puntos me arrancó un gruñido.

«Cazzo» .

—Uno de sus hombres está intentando rastrearla a través de las cámaras. Yuri nos tendió una emboscada y…

—Estábamos en medio de la nada, ¿qué cámaras? —lo corté.

Bastian dejó escapar un suspiro.

—Están en ello. El hombre de Nikolai cree haber dado con uno de los vehículos. Creemos que se separaron para desviar la atención. —Hizo una pausa—. Es posible que tomaran un avión. La casa de Nikolai está lejos de cualquier aeropuerto, a la fuerza tuvieron que regresar a la ciudad.

Volví a cerrar los ojos. Me sentía impotente ahí tumbado, incapaz de hacer un solo movimiento, de ir a buscarla por mí mismo.

Tenía que encontrarla antes de que fuera tarde.

No sabía qué planes tenía Yuri en mente, pero estaba convencido de que Yelena no se lo pondría fácil, y no podía permitir que le pusiera un jodido dedo encima.

Como se atreviera a tocarla, le arrancaría la puta cabeza a ese desgraciado con mis propias manos.

Dije que la encontraría allá donde fuera, y eso era justo lo que pensaba hacer.

—Yelena está embarazada —dije, volviendo a abrir los ojos. La expresión de Bastian no cambió, lo cual solo podía significar que lo sabía.

—Polina. —Fue lo único que dijo.

Asentí. Tenía sentido. Yelena confiaba plenamente en esa mujer. Puede que se hubiera criado sin una madre presente, pero por lo que me había contado sobre ella y lo que había visto con mis propios ojos en esa cena, Polina era como una abuela para Yelena. Si alguien lo sabía, esa era ella.

Me froté los ojos con una mano.

—Supongo que nuestro querido padre no habrá mandado ningún refuerzo —dije con un tono de desprecio que no me molesté en ocultar.

Negó con la cabeza.

—Ha aumentado la seguridad de los cargamentos y le ha ofrecido a Nikolai algunos hombres como refuerzo. —Hizo una mueca; Nikolai no debía estar muy contento—. Estamos solos en esto. Los demás están afuera, esperando mis órdenes.

—¿Ha venido siquiera?

La expresión de Bastian se endureció. Claro que no iba a venir. No sé ni por qué preguntaba. Quizás pensé que al menos se interesaría por el estado del hijo al que había estado a punto de perder. Iluso de mí.

—¿Qué ha dicho? —quise saber, por si el dedo en la herida no era ya suficiente.

Mi hermano me sostuvo la mirada en silencio. No quería decírmelo; sin embargo, sabía que no iba a dejarlo pasar.

—Que eres mi problema —contestó al final.

El músculo de mi mandíbula se tensó.

Asentí. Algún día se lo haría pagar. Ahora debía centrarme en dar con Yelena.

Tenía que encontrarla antes de que fuera tarde.

Quizás nosotros seis no fuéramos suficiente, pero sabía que Nikolai movilizaría a toda la jodida bratva con tal de encontrar a su hija.

Joder, movilizaría un puto ejército si fuera necesario.

Cerré los ojos.

«Eso es».

—Creo que ya sé cómo dar con ella.