Nacidos en sangre CAPÍTULO 38 YELENA
82%

CAPÍTULO 38 YELENA

Volví a tirar la sopa por el retrete. Me moría de hambre, una fruta no era suficiente para saciarme, pero no podía permitir que siguieran drogándome.

Necesitaba estar fuerte y en pleno uso de mis facultades si quería escapar de ahí; al menos todo lo fuerte que me permitían un par de manzanas al día.

Suspiré y apoyé las manos sobre el lavabo. Tenía que encontrar la manera de salir de esa habitación y mandar un mensaje para que pudieran localizarme. Para que pudiera localizarme.

Cerré los ojos, ahogando el nudo que se formaba en mi pecho.

Seguía sin saber nada de Matteo; si había sobrevivido o si estaría buscándome.

Estaba muy malherido cuando tuve que dejarlo allí a su suerte.

La sola idea de que hubiera muerto me daba ganas de vomitar la manzana, o quizás fueran las náuseas. Lo que fuera, no ayudaba.

Me limpié la boca y me observé en el maldito grifo, porque Yuri también había visto arriesgado colocar un espejo. Por lo menos no me había vuelto a molestar en tres días y me había quitado el maldito grillete esa mañana.

Regresé a la cama y esperé a que Irina regresara a por la bandeja.

El día anterior había descubierto su nombre de casualidad, cuando el gorila le dijo que Yuri la buscaba.

Por ese aire de superioridad que se gastaba, era parte de la familia o alguien importante del servicio, puede que el ama de llaves.

Cuando escuché sus tacones al otro lado, me levanté de un salto y me escondí a un lado, lista para darle otro puñetazo.

Necesitaba que el gorila volviera a entrar y, esta vez, le robaría el arma.

La puerta se abrió y mi puño voló directo a su cara. Una mano rápida lo frenó.

Mis ojos se abrieron al ver a Yuri. Llevaba un traje oscuro y el cabello rubio perfectamente recortado.

Su mirada se clavó en mí, fría, vacía.

—Sigues igual de terca —dijo.

—Y tú sigues igual de imbécil —espeté con la voz rasposa. Eran las primeras palabras que pronunciaba tras mandarlo al diablo a través de Irina.

No pareció alterarse. Ni una pizca de tensión en su postura, ni un destello de molestia en su expresión. Yuri era frialdad pura.

—Podrías ahorrarte la energía, querida —sugirió con tono pausado. Entró en la habitación sin soltar mi puño. Le dejé creer que estaba tan débil como esperaba, permitiendo que me llevara hasta el centro de la habitación con él—. Vas a necesitarla.

Irina pasó a nuestro lado y recogió la bandeja, giró sobre sí misma con la cabeza bien alta y salió de la habitación dejando la puerta abierta. El gorila se plantó bajo el marco, alerta a cualquiera de mis movimientos.

—Si crees que me voy a quedar aquí sin dar guerra —dije llevada por la rabia—, es que eres más estúpido de lo que pensaba.

—Claro que pelearás. Es lo que haces, después de todo. —Hizo una pausa. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo con una lentitud que me revolvió el estómago—. No debí ordenar que te soltaran tan pronto, todavía estás alterada.

El gorila entró en la habitación. No aparté los ojos de Yuri cuando se acercó a mí, ni tampoco cuando sentí sus manos arrastrándome de vuelta a la cama. Me empujó para que me sentara. Era ahora o nunca.

Con un movimiento rápido, agarré el arma de su cinturón y disparé a su cabeza.

El hombre me miró impasible.

—¿Creías que dejaría un arma cargada a tu alcance? —inquirió Yuri.

Giré la cabeza hacia él, apretando el arma con más fuerza. El cabrón se estaba burlando de mí.

El gorila me arrebató el arma de las manos sin esfuerzo y me dio un empujón para que volviera a sentarme en la cama. Apreté los dientes con fuerza al volver a sentir el frío del metal alrededor de mi tobillo.

—Eres un bastardo —le espeté a Yuri, mirándolo con todo el odio que era capaz de reunir.

—Te dejaré un par de días más para que recapacites, querida . Hablaremos después. —Se giró hacia la puerta, pero se detuvo antes de cruzar el umbral y me miró—. Te aconsejo que dejes de tirar la comida y empieces a comer o mandaré a alguien que lo haga por ti. Y te aseguro que no será agradable.

Mis dientes se apretaron hasta doler. Sentí la bilis subir por la garganta. Me estaba espiando incluso en el maldito cuarto de baño.

Iba a arrancarle la cabeza a ese hijo de puta.