CAPÍTULO 37 YELENA
Desperté en un lugar que no reconocía, con la cabeza hecha polvo, la boca seca y una presión en el pecho que hacía que sintiera cada respiración como si hubiera tragado plomo fundido.
Intenté juntar los recuerdos de lo sucedido.
Los disparos, el accidente, Matteo desplomado sobre el asiento. La sangre.
Me incorporé demasiado rápido y la habitación giró. Una punzada me atravesó las costillas, arrancándome un gemido y haciéndome apretar los dientes.
«Mierda».
Me llevé las manos al vientre. Por lo poco que recordaba, me había golpeado bajo las costillas con el borde de la ventanilla cuando caí en el asiento después de ser embestidos. Si le hubiera pasado algo a Jane… Lo sabría, ¿verdad?
Inspiré hondo, obligándome a bajar la camiseta. No podía dejar que el pánico me dominara. Tenía que mantener la calma, aunque por dentro lo único que quería era gritar.
No recordaba mucho después de subirme al vehículo de Yuri.
Lo último que vi fue a Matteo tirado en el asfalto y luego…
un pinchazo en el cuello. Me llevé las manos a la cara.
Mierda, ni siquiera sabía si Yuri había cumplido su parte del trato.
Solo podía rezar por que mi padre hubiera llegado a tiempo.
Respiré hondo y eché un vistazo a mi alrededor. Lo primero era evaluar el terreno en el que me encontraba para trazar una estrategia.
El techo era alto, con molduras clásicas que parecían sacadas de una revista.
Las paredes estaban pintadas en tonos neutros, sin cuadros ni adornos que pudiera utilizar como arma, y unas cortinas gruesas cubrían las ventanas, impidiendo que la luz entrara del todo.
El aire olía a madera encerada y a un perfume floral demasiado fuerte.
Si no fuera porque cada músculo me dolía, habría jurado que todo aquello era un sueño, seguro que por culpa de la droga que me administró Yuri.
Quizás podría utilizar las cortinas para bajar por la ventana o para estrangular, en caso de ser necesario.
Un crujido resonó al otro lado de la puerta, seguido de unos pasos marcados por unos tacones que se acercaban cada vez más.
Segundos después, escuché una cerradura y la puerta se abrió.
El aire me abandonó de golpe al reconocer a la mujer del parque con la que choqué ese día.
Nunca olvido una cara. Era alta y delgada, con la espalda recta y el mentón en alto.
Parecía mayor, aunque no más que Polina o Valentina, y llevaba el pelo perfectamente recogido en un moño canoso impecable.
Sus ojos me atravesaron, fríos, con ese brillo familiar que me recordaba a Yuri.
—Tú…
—Ya era hora de que despertaras —me cortó, mirándome de arriba abajo con superioridad.
Mis puños se cerraron con fuerza.
—Quizás si no me hubierais drogado habría despertado antes —repliqué.
La mujer no se inmutó. Alzó una ceja con hastío antes de acercarse a la cama y dejar un vestido a los pies.
—Ponte esto. Yuri quiere verte.
—Dile a Yuri de mi parte que le jodan. El trato era venir sin oponer resistencia, no dije nada de verle la cara después. Puede meterse el vestido por el culo si eso lo hace feliz. Quién sabe, quizás lo excite tanto como drogar a la gente.
Los labios de la mujer se tensaron en una fina línea.
Alzó aún más el mentón y, sin decir una sola palabra, se giró sobre sus talones y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.
Un segundo después, escuché el sonido de la cerradura.
Bien. Por lo menos tenía claro que estaba atrapada en esas cuatro paredes.
—Mejor, márchate —dije con un suspiro para luego hundirme en la cama.
No podía creer que aquella mujer fuera la misma del parque. ¿Cómo no me di cuenta? Por supuesto que Yuri tendría a alguien vigilando, y qué mejor forma de hacerlo que a través de alguien que no llamaría la atención.
Dejé escapar una exhalación profunda y me miré las manos.
Ya no había sangre ni rastros de hollín o gasolina.
Me habían lavado, curado las heridas y cambiado de ropa.
Tal vez ella, o puede que alguien más. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Si Yuri se había atrevido a ponerme una sola mano encima, se la cortaría y se la haría tragar sin trocearla primero.
Pero ese era el menor de mis problemas. Tenía que encontrar la manera de salir de ahí, y no podía hacerlo con las manos vacías.
Me obligué a incorporarme de nuevo, con el cuerpo aún entumecido, la cabeza dándome vueltas y el pinchazo insistente en las costillas que apenas me dejaba margen de movimiento.
Alcancé la ventana y corrí las cortinas unos centímetros. Mi idea de escapar terminó ahí mismo, con esos barrotes de acero incrustados en el marco. Además, las cortinas eran demasiado gruesas y largas como para usarlas de soga.
Chasqueé la lengua contra el paladar y me di la vuelta, escaneando la habitación una vez más.
Abrí el armario del fondo, buscando algo con lo que defenderme.
Vacío. Ese monstruo de madera que ocupaba más de media pared no contenía más que polvo.
Lo cerré de un portazo y crucé hacia la puerta del otro lado de la habitación solo para comprobar que era un cuarto de baño.
Había una bañera con patas y una manguera colgaba de la pared, firmemente encajada en un soporte metálico.
Tiré de ella, pero ni siquiera se movió.
Resoplé y dirigí la vista al lavabo incrustado sobre un mueble de dos puertas. Al abrirlo solo encontré varias pastillas de jabón dentro de bolsitas de tela. Ni un bote de plástico del cual arrancar un trozo. Yuri me conocía demasiado bien.
Regresé a la cama. Tendría que esperar a que me trajeran la comida para hacerme con un cuchillo o un tenedor. Si sabes cómo y dónde clavarlo, un tenedor puede ser mortal.
No sé cuánto tiempo pasó cuando la puerta se abrió de nuevo. La mujer del parque volvió a entrar, esta vez con una bandeja de comida que dejó sobre la mesilla junto a la cama. Luego volvió a marcharse sin dirigirme la palabra.
Mis ojos se deslizaron hacia el cuenco de rassolnik que había dejado junto a una manzana. Genial, tenía que ser una cuchara.
Me quedé observando la comida de reojo. No me fiaba. Me habían drogado antes y podían hacerlo de nuevo, pero necesitaba comer. No por mí, sino por Jane.
Dejé escapar un suspiro pesado. No sabía cuánto tiempo había pasado desde la última vez que comí algo, y lo cierto era que estaba hambrienta.
La luz aún se filtraba a través de las cortinas, por lo que debía ser de día y, con suerte, solo habían pasado unas horas.
Alargué la mano y agarré el maldito cuenco.
No estaba mal, pero la de Polina le daba mil vueltas. Al menos no llevaba pollo.
Cuando empezaba a pensar que podía ser comestible, una pesadez extraña se instaló en mi cuerpo. Intenté levantar la cabeza, pero mis párpados se volvieron demasiado pesados. No estaba equivocada, la maldita sopa llevaba algo. La dejé a un lado y me terminé la fruta.
Intenté luchar contra el sueño, pero fue en vano. Poco a poco el sedante que le habían echado fue haciendo efecto y acabé quedándome dormida de nuevo.
Cuando mis ojos volvieron a abrirse, era de noche y la habitación estaba en penumbra.
Sentía el cuerpo más pesado que antes, pero logré ponerme de pie con dificultad, arrastrándome con ayuda de la pared hasta el interruptor.
Justo en ese instante, la puerta se abrió y la mujer entró con la misma frialdad de antes.
Se detuvo en el umbral nada más verme y nos quedamos mirándonos unos segundos.
No lo pensé. Cerré la mano en un puño y lo lancé directo a su rostro. La mujer soltó un alarido al recibir el impacto y se llevó las manos a la nariz.
—Eso por drogarme —le espeté, apartándola a un lado.
En cuanto intenté dar un paso hacia la salida, unas manos enormes me atraparon por los brazos y me levantaron en el aire. Me revolví con todas mis fuerzas mientras me llevaban de nuevo al interior, pero mi cuerpo seguía demasiado débil para oponer resistencia.
El gorila me lanzó contra la cama. Solté un gemido de dolor al golpearme la espalda con las baldas bajo el colchón. Lo siguiente que sentí fue el frío del metal alrededor de mi tobillo.
Quise gritar al ver que me había esposado, pero me contuve, observando cómo el hombre se llevaba del cuarto a la mujer con la nariz sangrando.
Ya sabía dos cosas: que Yuri quería mantenerme sedada para que no diera problemas y que un gorila de dos metros, posiblemente armado, custodiaba mi puerta. Ahora solo me faltaba encontrar la manera de robarle el arma y salir de allí.