Nacidos en sangre CAPÍTULO 36 MATTEO
79%

CAPÍTULO 36 MATTEO

—Matteo.

La voz de Yelena llegó lejana, borrosa. Mi cuerpo pesaba, me dolía cada músculo y en lugares que ni siquiera sabía que existían dentro de mí.

—Por favor, Matteo, abre los ojos.

Era como si tuviera la cabeza llena de cemento. Intenté levantarla, pero todo me daba vueltas. Mis ojos estaban pegados y notaba algo resbalar por la sien.

—Voy a sacarte de aquí.

Algo cálido me agarró. Unas manos. Las de Yelena. Un pinchazo en el abdomen me arrancó un gruñido y luego un roce áspero me arañó las piernas, seguido de una sensación abrasadora. Choqué contra una superficie fría y dura, y sentí cómo me arrastraban sobre el suelo rugoso.

De repente, el calor desapareció. Traté de mover los labios, de pedirle que volviera.

—Matteo, abre los ojos, por favor. —La voz de Yelena sonó más cerca, desesperada.

Mis ojos lograron despegarse. Un halo dorado se desdibujaba frente a mí. La sensación cálida volvió, esta vez en mi rostro. Algo húmedo me golpeó las mejillas y sentí un temblor contra el pecho. El halo dorado reposó sobre mí y luego volvió a alzarse frente a mi rostro.

—Yelena… —murmuré. Me costó un esfuerzo sobrehumano alzar un brazo.

La mano de Yelena tomó la mía y la llevó a su mejilla. Mi palma se empapó. Estaba llorando.

—Estoy aquí. Aguanta, por favor.

Mis ojos volvieron a cerrarse. Me costaba respirar, cada intento me ardía en el pecho, pesado, asfixiante.

—¡No! —El grito de Yelena me obligó a abrir los ojos de nuevo. Ya no estaba conmigo.

Unas figuras oscuras la levantaban en el aire. La vi retorcerse, luchar. Las figuras se detuvieron de golpe y vi a Yelena parada frente a ellos.

—Estoy harto de este jueguecito, querida. Vas a venir conmigo, ahora —dijo una voz que no reconocí. Grave, con un acento ruso muy marcado.

—Antes prefiero morir —masculló Yelena.

—Suponía que dirías eso.

Las sombras volvieron a moverse en su dirección. Un disparo retumbó en el aire, seguido de un alarido masculino. Intenté ponerme en pie, pero mi cuerpo no respondía. Mis ojos se cerraron de nuevo.

«Mierda, ahora no».

—¿Os he dicho que la apuntéis? —bramó la voz.

—No pienso ir contigo.

—Lo harás. O ese italiano tuyo se desangrará en el suelo para nada. Tú eliges.

Silencio.

—Si voy contigo, ¿prometes no matarlo?

«NO».

—Prometo no matarlo ahora .

Escuché un forcejeo. Golpes, gruñidos.

—¡Espera! —La voz de Yelena salió desgarrada—. ¡Déjame despedirme, por favor!

—Metedla en el coche.

—¡No! ¡Matteo!

Más golpes, gritos. Otro disparo. Gemidos de dolor.

—¡Basta! —La voz me sacudió entero, haciendo eco en mi cabeza—. Si te dejo despedirte, ¿me das tu palabra de que dejarás de oponer resistencia?

Silencio de nuevo.

—Sí.

Escuché unos pasos acercarse a mí y sentí el cuerpo de Yelena avalanzándose sobre mí, envolviéndome en ese maldito y dulce olor a coco que tanto me gustaba. Sus manos me recorrieron el rostro con desesperación.

—Matteo… —Sentí sus labios rozar los míos—. Matteo, abre los ojos, por favor.

Mis pestañas se agitaron y logré abrir los párpados de nuevo. Su mirada avellana me atravesó tras una capa de lágrimas.

—No vayas, principessa —logré decir. O quizás solo lo pensé.

—Te vas a poner bien —susurró en mis labios. Mis ojos volvieron a cerrarse solos—. No te duermas. Aguanta, por favor. Aguanta y ven a por mí. —Su mano agarró la mía y algo frío tocó mi palma. No era un arma, sino algo más pequeño—. Te quiero…

Una sensación cálida se asentó en mi pecho.

Me quería. Yelena me quería. Quizás era solo un sueño. Debía serlo. Seguro que estaba muerto. Debía de ser eso. El coche que nos había embestido había acabado conmigo y mi cerebro solo estaba jugando mientras se apagaba lentamente, torturándome una última vez antes de volver a caer en la oscuridad.