CAPÍTULO 35 MATTEO
Eché un vistazo a Yelena. Estaba sentada a mi lado con la cabeza apoyada en el cristal, absorta en algo que sabía que la rondaba desde que me dejó a solas con su padre.
Por un momento, pensé que Nikolai iba a matarme, o al menos a intentarlo, aunque no le había dado la jodida oportunidad de hacerlo.
No soy estúpido. En nuestro mundo siempre cabe la posibilidad de que quieran quitarte de en medio en cuanto se presente la ocasión, y con los Ivanov no sería diferente.
Lo que nunca imaginé es que fueran a intentarlo a través de Yelena. Pero las cosas habían cambiado.
Me sorprendió que todo se redujera a amenazarme con cortarme la polla si alguna vez engañaba a su hija.
El clásico discursito paternal cargado de testosterona y silencios asesinos.
La sola idea de traicionar a Yelena me daba ganas de arrancarme las entrañas.
Cuando Nikolai se dio cuenta de que iba en serio, casi me asfixia con un abrazo que no vi venir.
Si no quería matarme, lo disimulaba como el puto culo.
Lo que me preocupaba ahora era que Yelena apenas había abierto la boca durante la cena con su familia, y eso no encajaba en absoluto con la dinámica entre ellos.
—¿Estás bien, principessa ? —inquirí. Le agarré una mano y me la llevé a los labios, dejando un beso suave.
—¿Mh? —Giró la cabeza para mirarme, con ese brillo distraído en los ojos—. Ah… Solo estoy cansada.
Apreté los labios. Últimamente lo estaba demasiado. No me gustaba verla así.
—¿Qué quería mi padre? Parecía de buen humor cuando bajasteis al comedor.
—Ya te dije que tu padre te quiere. —dije con media sonrisa, y volví la vista al frente.
Ya era tarde y había oscurecido, pero los focos de los coches de escolta que llevábamos detrás nos iluminaban—.
Quería rivalizar con el amor que siento por ti —bromeé, aunque, en el fondo, era justo lo que había pasado.
Yelena soltó una risa baja.
—A veces puede ser demasiado sobreprotector —dijo. Se pasó la lengua por el labio inferior y volvió a apoyar la cabeza contra el cristal—. Por un momento pensé que iba a matarte por lo que dije.
Cierto, eso de que había decidido quedarse conmigo. ¿Era lo que le preocupaba? ¿Perderme? Sonreí, mirándola de reojo.
—¿Lo de que no puedes vivir sin mí?
Yelena giró la cabeza de golpe para mirarme y luego puso los ojos en blanco, lo que me arrancó otra sonrisa.
—No dije eso.
—Sonó así —repuse.
Resopló y volvió la cabeza hacia la ventanilla de nuevo.
—Jamás me iré de tu lado, principessa . Siempre encontraré la manera de volver a ti, pase lo que pase y estés donde estés.
Giró el rostro, aún apoyada contra el cristal con una curva débil en los labios. Adoraba sus sonrisas, pero esa en concreto fue como si alguien le hubiera hundido un puño dentro y lo estuviera retorciendo.
—¿Lo prometes? —Su voz sonó baja, casi en un susurro.
—Con mi vida.
La expresión en su rostro se suavizó un poco. Era el momento de tener una conversación seria con mi querida esposa.
—¿Hay algo que quieras decirme? —inquirí.
Yelena inspiró hondo y sostuvo el aire, soltándolo después en una exhalación mucho más lenta.
—Estoy embarazada.
Por fin. Creí que nunca se atrevería a decírmelo. Ya me la imaginaba de varios meses llevando sudaderas anchas con tal de que no me diera cuenta, y yo fingiendo que no tenía ni puta idea. Ya me estaba despidiendo de las duchas largas con ella.
—Pensaba que volverías a evitar la pregunta —dije con diversión.
Su boca cayó en picado.
—¿Lo sabías?
—Tenía mis sospechas, pero César me lo confirmó.
—Maldito traidor —siseó, apretándome la mano con fuerza.
—No te enfades con él. Me debe lealtad a mí, no a ti.
—¿Y qué? Igualmente me vengaré de él. —Me soltó la mano para cruzarse de brazos, mirando al frente con ese brillo asesino que me la ponía tan dura—. Solo espera y verás.
Me encanta su lado vengativo.
—Espera… —Sus cejas bajaron de golpe antes de fulminarme con la mirada—. ¿Lo sabías y no has dejado de llenarme el vaso de vodka a propósito para obligarme a que te lo terminara contando? —preguntó indignada.
Mi sonrisa se hizo más evidente, dejando al descubierto los dientes.
—Culpable —admití. Durante la cena había rellenado su vaso de vodka en más de una ocasión, y ella lo había intercambiado con el de su padre ya vacío; suerte que Nikolai tiene una gran tolerancia para el alcohol.
Nadie se dio cuenta. Nadie excepto yo—. Una niña.
—Volví a buscar su mano. La mirada de Yelena se suavizó—.
Me gustaría una niña. Un niño, tarde o temprano, tendría que unirse a nuestras filas —continué—.
Si es una niña, será más fácil mantenerla alejada de toda esta mierda.
—Creía que no te gustaría la idea.
—No lo hacía. —La sola idea de imaginarme como padre me aterraba.
No quería ser como el mío. No soy una buena persona; torturo, mato, juego con la vida de otros por placer y nunca he sentido el menor remordimiento por ello.
Pero sobre todo me he visto tantas veces reflejado en el cabrón que me dio la vida que me asustaba convertirme en él.
Y tuvo que llegar Yelena para comprender que jamás sería así—.
Una mini tú ayudándote a poner mi mundo patas arriba suena bastante entretenido.
Yelena esbozó una sonrisa amplia y negó con la cabeza.
—Siempre me ha gustado el nombre «Jane».
—Mi padre se volverá loco cuando vea que mi hija no tiene un nombre italiano. Me gusta.
Soltó una carcajada suave echando la cabeza hacia atrás. Me encantaba escucharla reír, y no solo escucharla, sino también verla de esa manera, tan natural como la primera vez que la vi en la foto del informe que nos mandó su padre.
—Supongo que la próxima vez que vea a mi padre tendré que decirle que va a ser abuelo. Te aconsejo un buen chaleco antibalas; lleva eso de envejecer muy mal. Cortó el internet en casa porque me puse a mirar residencias de ancianos con Viktor y los demás.
—Descuida, iré preparad…
Un disparo retumbó contra la carrocería del coche, seguido del sonido de un derrape. Solté la mano de Yelena para agarrar el volante con fuerza mientras lanzaba una mirada a través del retrovisor.
Uno de los coches de la escolta se había salido de la carretera.
Un SUV negro frenó en seco junto a él, levantando una nube de polvo que lo envolvió todo.
Antes de que la tierra se asentara, las puertas se abrieron de golpe y unas sombras negras salieron del vehículo.
El estruendo de los disparos retumbó al instante, sacudiendo los cristales.
—Es Yuri —dijo Yelena, abriendo la guantera del coche. Había guardado otra arma y varios cargadores nada más subir, por si acaso, pero esperaba no tener que usarlos.
—¿Cuántos hay?
Yelena se mantuvo en silencio unos segundos, observando por el retrovisor.
—Tres, parecen blindados.
Maldije. Tendría que haber tomado prestado uno de los coches de Bastian, no el maldito Maserati.
Nuestros escoltas abrieron fuego, desviando la atención de las balas que venían hacia nosotros. Teníamos que sacarlos de la carretera y perderlos antes de que nos arrinconaran. Pero estábamos en medio de la nada.
—¡Gira ahí! —Yelena señaló una carretera que salía tras unos setos.
—Mierda —escupí, y pisé el acelerador con brusquedad. A lo lejos aparecieron unas estructuras de cemento. Unas malditas fábricas, ideales para perderlos de vista.
Miré por el retrovisor. Uno de los SUV nos seguía, perseguido por un coche de escolta que trataba de alcanzarlo entre disparos. ¡Joder! Sabía que no era buena idea ir a casa de Nikolai.
—¡Por la izquierda! —gritó Yelena en cuanto entramos a las fábricas.
Giré en esa dirección. El coche patinó al deslizarse por una superficie mojada, pero logré enderezarlo antes de chocar contra el hormigón del edificio.
—¡Sigue conduciendo! ¡Yo nos cubro! —Yelena abrió la ventanilla y, antes de que pudiera detenerla, se quitó el cinturón y sacó medio cuerpo fuera con el arma en la mano y comenzó a disparar a las ruedas.
—¡Yelena!
—¡Pide refuerzos!
El sonido de las detonaciones llegó con más fuerza, impactando contra la parte trasera del coche. Solté una maldición; no tenía sentido discutir con Yelena en esos momentos.
Marqué el número de Bastian desde el panel GPS del coche pero solo comunicaba. Por la hora que era, debía de estar asegurándose de que el último cargamento saliera del puerto sin incidentes. Tras unos pitidos, colgué y probé suerte con César.
—¡Contesta, joder!
Miré a Yelena un segundo; su pelo se revolvía por el viento mientras disparaba hacia atrás con la mirada afilada y la mandíbula tensa.
El estallido de un neumático retumbó entre los almacenes, seguido de un chirrido. Por el retrovisor vi que el SUV que nos perseguía derrapaba y se estrellaba contra un muro.
Yelena volvió al asiento y abrió la guantera para tomar otro cargador.
—¡Ponte el jodido cinturón, Yelena! —bramé, echándole un vistazo rápido para cerciorarme de que no estaba herida.
—¡Sigue conduciendo! ¡Hay que perderlos! —Cambió el cartucho a la velocidad de la luz y volvió a asomarse por la ventanilla.
—¡Yelena!
Maldije en voz alta y finalicé la puta llamada. Esta vez marqué el número de Salva. ¿Dónde coño estaban todos?
—¡Matteo! —La voz de Salva sonó al otro lado, interrumpida por los disparos al otro lado de la línea.
Joder, los estaban…
Un vehículo embistió por el lateral, arrastrándonos por la calle que quedaba a nuestra derecha. El mundo se volvió ruido, metal crujiendo, vidrio estallando en mil pedazos.
Y entonces todo se volvió negro.