CAPÍTULO 34 YELENA
Matteo se veía tan malditamente tranquilo y yo sentía que el corazón se me iba a salir por la boca. Nunca he tenido miedo de mi padre, pero ahora me asustaba dejarlos a solas.
El plan era claro: un matrimonio de conveniencia, aguantar lo justo y luego deshacerme de Matteo.
Entonces, todo volvería a la normalidad.
Y yo acababa de decirle a mi padre que no quería dejar a nuestro enemigo.
Porque eso era Matteo. El enemigo. La alianza solo era una tregua para acabar con Yuri, nada más.
Y yo lo había olvidado mientras vivía felizmente bajo su techo.
Matar a Matteo significaba una guerra con los Lombardi. Yo volvería al cuartel y podría olvidarme de todo lo que había pasado y estaba por pasar mientras mi padre y sus hombres se hacían cargo aquí.
Solo que ya no podía.
—Claro… —Asentí y di un paso atrás, incapaz de apartar la mirada de Matteo.
—Y Yelena —añadió mi padre, sin dejar de observar a Matteo como si ya midiera la forma más limpia de arrancarle la cabeza—. El pelo.
Fruncí los labios a la vez que mis ojos se cerraban despacio. Mis pies se movieron solos hacia la puerta, obedientes, mientras me pasaba las manos por el cabello revuelto.
Debería haber hablado con mi padre antes, o al menos con Viktor, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. Tampoco les había puesto al corriente de cómo iban las cosas últimamente, después de todo, mi papel era el de hacer de esposa y esperar hasta tener luz verde para acabar mi misión.
Mierda. Iba a matarlo. Mi padre rara vez me llama por mi nombre.
Pegué el oído a la puerta nada más salir. No se escuchaba nada. Supongo que eso era algo bueno; significaba que no le había pegado un tiro o que… ¿Y si lo estaba asfixiando? He visto a mi padre partirle la tráquea a un hombre con sus propias manos, podría volver a hacerlo.
Parpadeé varias veces, intentando borrar la imagen de Matteo ahogándose con su propia sangre, y llevé una mano al pomo, dispuesta a entrar.
—¡Yelena, Polina te busca! —gritó Kiril desde el piso de abajo.
«Mierda. Mierda. Mierda. Justo ahora».
Presioné la lengua contra el interior de mi mejilla y detuve el movimiento de mi mano. No, mi padre no podía matar a Matteo después de decirle aquello. Sacudí la cabeza para sacarme esa idea absurda, pero el nudo en el estómago seguía ahí.
«Él nunca me haría eso. No puede. ¿Verdad?».
Inspiré hondo, solté el picaporte y me obligué a mover un pie y luego el otro.
Me dirigí a la cocina. El aroma de las hierbas y la mantequilla caliente me golpeó apenas crucé el umbral, un contraste cruel con el nudo que me oprimía el pecho. Polina estaba junto a Boris, dándole los últimos toques a la cena. Al verme, Boris murmuró algo inaudible y se escabulló enseguida.
—¿Me buscabas? —pregunté tras aclararme la garganta, cruzándome de brazos.
—Quiero que me ayudes con esto, mi niña —dijo sonriendo, mostrándome un papel con algo escrito en cirílico—. Es una de las recetas que me pediste.
Cierto, la había llamado hacía unos días pidiéndole algunas.
Obviamente, no le dije que sería Matteo quien acabaría cocinándolas…
Si seguía vivo para entonces. Por desgracia, Polina se había formado una idea equivocada y ahora pensaba que de verdad me interesaba la cocina, aunque fuera por mero aburrimiento.
—¿Qué tengo que hacer? —Suspiré, alargando la mano hacia un blini con smetana de la bandeja preparada en la encimera.
En cuanto la crema agria tocó mi paladar, tuve que contener un gemido.
No recordaba que los aperitivos de Polina estuvieran tan buenos.
Casi resultaba obsceno que algo tan simple pudiera arrancarme ese placer.
Quizás, si me entretenía con esto, la imagen de Matteo siendo destripado por mi padre con el cuchillo de caza de mi estantería desaparecería de mi cabeza.
—Corta la cebolla en juliana y dórala en esa sartén con un poco de mantequilla.
—Señaló con la cuchara de madera antes de regresar a su salsa para darle unas vueltas—.
No la quemes, solo que quede doradita. Luego añades el pollo en tiras.
Y que no esté frío, sácalo de la nevera, eso arruina la cocción. Venga, que no tenemos todo el día.
Obedecí a regañadientes.
Agarré un pepinillo encurtido del plato al pasar en dirección a la nevera y me lo metí de golpe en la boca. Saqué el maldito pollo y volví a agarrar otro pepinillo de vuelta a los fogones.
¿Qué mierda se suponía que sentía por Matteo? No lo tenía claro aún. Las últimas semanas habían sido… Comencé a cortar la cebolla y, sin pensarlo, agarré una rodaja con los dedos y me la llevé a la boca.
Eché la cebolla mal cortada a la sartén y dirigí una mirada hacia la puerta, esperando verlo aparecer vivo y con una de sus sonrisas arrogantes tatuada en la cara. ¿Era normal que me doliera el pecho al no tenerlo delante sano y salvo?
Mis ojos se deslizaron hacia Polina. Tarareaba una vieja canción rusa mientras terminaba de untar mantequilla y removía esa salsa brillante.
Parecía sacada de una postal de esas que mandan desde un sitio tranquilo, donde no hay secretos ni amenazas.
Mi mente, sin embargo, seguía a kilómetros de esa cocina, o a unos metros, mejor dicho, en la habitación en la que había dejado a Matteo a su suerte mientras yo devoraba otro encurtido.
Polina dejó un plato de caviar con pan negro y mantequilla a mi lado.
Me metí uno entero en la boca; apenas mastiqué antes de engullir.
El sabor salado se mezcló con el ácido del pepinillo y la cebolla todavía en mi lengua, pero me dio igual.
Necesitaba otro. Era como si mi cuerpo me rogara llenar ese vacío que no paraba de crecer al pensar en Matteo.
También estaban sus pesadillas. Sin darme cuenta, acabé con otro panecillo, esta vez acompañado de un encurtido.
Era imposible quedarme tranquila hasta saber que se había calmado del todo y conciliaba el sueño de nuevo.
Otro panecillo más. Y si no esa maldita manía de hacerme sentir como si el mundo entero fuera más soportable solo con él cerca.
Eché el pollo a la sartén y me llevé otro bocado de pan con caviar. Si Matteo no aparecía por esa puerta en diez minutos, subiría yo misma. Alargué la mano hacia el cuenco con los pepinillos. Ojalá Polina hubiera dejado más en la despensa, porque había vaciado prácticamente el plato yo sola.
No podía negar que con Matteo las horas se me pasaban volando. Siempre tenía algo en mente, y no solo hablo de sexo, ahí ya me había quedado claro que éramos compatibles al cien por cien, porque en mi vida nadie me había hecho sentir como lo hacía Matteo.
Dios, necesitaba otro blini .
—Si sigues así, mi niña, no quedará nada para la cena —dijo Polina.
Ignoré la advertencia y me lo metí entero a la boca, casi sin masticar.
Con Matteo era posible no hacer nada o solo hablar y que anocheciera sin ser conscientes de la hora, porque había comenzado a llegar antes de que el sol se pusiera y solo llegaba tarde si era por algo urgente.
Miré a Polina otra vez, tan ajena a mi cortocircuito emocional que casi me dio envidia. Removía su salsa con un ritmo sereno, sin saber que yo me estaba volviendo loca por dentro a cada vuelta.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —solté con un hilo de voz que no reconocí como mío. Debía de ser culpa del ácido de los encurtidos.
—Sabes que sí.
Me pasé la lengua por los labios, de repente secos, y fingí que la cebolla necesitaba toda mi atención. De hecho, debería haberla sacado, estaba negra.
—¿Tú quieres a Boris?
Polina soltó una carcajada. Una pregunta estúpida, supongo; al fin y al cabo se casó con él por propia voluntad, y tras unos meses de insistencia por parte de Boris que nos llevaron a todos locos.
Él perdió la cabeza por ella en cuanto Polina puso un pie en casa de mi padre buscando trabajo.
Quizás se sintió obligada. ¿Podía ser? ¿Tal vez yo también me sentía obligada a querer a Matteo por estar casada con él, aunque fuera temporal?
Eso justificaría el caos interno de mi cabeza.
—Depende del día. A veces me dan ganas de atarlo a una silla y lanzarlo por el balcón.
La imagen me arrancó una sonrisa floja. Yo también había fantaseado con hacerle algo así a Matteo. Peor, incluso.
—Pero ¿lo quieres?
—Claro que sí.
Fruncí los labios y me llevé otro panecillo a la boca.
Ahí iba mi verdadera pregunta:
—¿Y cómo lo sabes? —mascullé masticando.
Polina detuvo el movimiento de la cuchara y me miró un segundo antes de sonreír y volver a su salsa.
—Mmmh… Lo sé cada vez que me mira como si no hubiera nada más en el mundo que valiera la pena.
O cuando cuida de mí incluso cuando estoy tan enfadada que podría estrangularlo.
—Dejó escapar una risilla—. Cuando sale huyendo de mis amenazas, pero aun así se gira para asegurarse de que sigo ahí, de que estoy bien.
No sé cómo podría no quererlo si siempre cuida de mí como si fuera lo más preciado de su mundo.
Se acercó y me acarició la barbilla con un dedo, como hacía cuando era niña.
—¿Por qué me preguntas eso?
Me encogí de hombros, tragando.
—Mera curiosidad.
—A mí no me engañas, mi niña. —Su mirada bajó al plato vacío a mi lado—. No me habrías preguntado eso si no sintieras nada por tu marido.
Sentí la garganta seca. La sutileza no es lo mío, y Polina era demasiado directa. Agarré un trozo de pollo ya hecho de la sartén y me lo llevé a la boca, concentrándome en el pedazo antes de hablar.
—¿Y por qué me cuesta tanto demostrarlo? —pregunté, tragando con esfuerzo.
«Creo que ya no me gusta el pollo».
—Porque el amor es como las salsas —dijo, volviendo a su olla—. Necesita tiempo. Fuego lento. A veces se pega al fondo. A veces hierve demasiado. Pero si no lo dejas cocer, no sabe a nada.
Me ofreció la cuchara para que probara la salsa. Solo el olor me golpeó como una bofetada. Un regusto amargo me subió por la garganta y el estómago se me revolvió al instante. La saliva se me acumuló de golpe y me llevé la mano a la boca. No era la salsa, era el sabor del pollo lo que no soportaba.
Corrí al fregadero y vacié todo lo que había picoteado mientras preparaba lo que Polina me había pedido.
Polina puso una mano en mi nuca y me acarició la espalda con suavidad.
—Perdón… Tu salsa es deliciosa, yo solo… —Intenté recomponerme, limpiarme la boca con la manga del jersey—. Llevo con el estómago revuelto desde esta mañana y no he comido nada en condiciones y…
Los ojos me escocían. Una lágrima se me escapó sin pedir permiso. Polina me la secó con el pulgar antes de rodearme con los brazos y atraerme hacia su pecho.
—Ay, mi niña —susurró con dulzura—. ¿Desde cuándo lo sabes?
La miré, con los labios entreabiertos, intentando que el aire regresara a mis pulmones. Era imposible esconderle algo así, nunca había sido capaz de hacerlo, porque con ella siempre me había sentido segura cuando sabía que ninguno de los hombres con los que me había criado podía entenderme.
—Un mes, más o menos —murmuré, sintiendo que se me caían más lágrimas—. Pero no sé si estoy de más tiempo. No sé por qué estoy llorando.
—Las hormonas.
—Odio las hormonas —bufé, sacudiendo los hombros.
—¿Y él lo sabe?
Negué con la cabeza.
—Todavía no… Uno de sus hombres lo sabe, pero si se lo hubiera dicho, Matteo ya habría venido a hablar conmigo. —Me tragué el nudo de la garganta, notando el amargor que me había quedado tras vomitar—. No sé… Nada ha salido como planeamos. No sé qué hacer.
—Eso no importa, mi niña —dijo, acariciándome el cabello—. ¿Qué es lo que quieres hacer tú?
Cerré los ojos. ¿Que qué quería hacer? Lo único que quería era que Matteo apareciera por esa maldita puerta. Vivo. Que mi padre no lo hubiera asfixiado por soltar esa estupidez. Por decir… mierda, por decir que lo quería.
—Quiero quedarme con Matteo… —Mi voz apenas fue un murmullo—. Lo quiero, Polina. Sé que no debería, sé que hay razones para alejarme. Pero no puedo.
Polina se apartó un poco, acariciándome la mejilla como si me viera de nuevo con diez años, y secó otra lágrima que ni siquiera era consciente de que había caído.
—Tu padre…
—Lo sabe.
—Entonces lo entenderá, mi niña. Tú y Viktor lo sois todo para él. Pero ahora tienes que hablar con tu marido. —Me puso una mano en la barriga—. Merece saberlo.