CAPÍTULO 33 YELENA
Pasamos una hora ahí abajo. Matteo terminó cubierto de sangre hasta los codos, pero habíamos conseguido la información que queríamos sin que perdiera el control.
Sin embargo, cabía la posibilidad de que Gianluca hubiera mentido para que Matteo acabara con su vida de una maldita vez. Por esa razón no lo mataron.
Me llevé una mano al cuello y noté que el pulso se me había acelerado. Mierda. Ojalá esa información fuera falsa, porque entonces no serviría para dar con Yuri y todo seguiría como hasta ahora.
—Te habría encantado, Boris. Una pena que Polina te tuviera secuestrado. —Viktor soltó una carcajada.
No es que me hiciera especial ilusión verlo; lo último que me apetecía era ver a un desconocido comiéndose su propia polla. Aunque reconozco que me daba cierta curiosidad malsana cuando mi hermano se lo contó a los demás con tanto detalle.
—Voy a buscar a Matteo —dije.
Me aparté del grupo antes de que notaran lo que pasaba por mi cabeza.
A esas alturas, Matteo ya debería haber salido de la ducha. Subí las escaleras y atravesé el pasillo que llevaba a mi antigua habitación. Al abrir la puerta, todo seguía exactamente igual que cuando me fui, como si el tiempo no hubiera pasado.
Matteo salió en ese momento del cuarto de baño con una toalla en la cintura y peinándose el cabello hacia atrás con los dedos. Dios, no importaba cuántas veces lo hubiera visto, ese gesto tenía la capacidad de hacerme olvidar cómo se hablaba.
Mis ojos hicieron lo que les dio la gana. Lo recorrieron lentamente, bajando por su pecho hasta esas gotas que se deslizaban con provocación por los abdominales y desaparecían justo al borde de la toalla.
Sí. Podría habérsela quitado con los dientes sin ningún tipo de vergüenza.
—En vez de quedarte ahí plantada mientras me violas con la mirada, principessa —dijo con ese tono juguetón que me quemaba por dentro—, podrías venir y usar esa boca para algo productivo.
Le dediqué una sonrisa lenta y socarrona mientras cruzaba la habitación hasta él.
—Tentador… —Enredé los brazos alrededor de su cuello—. Pero tendrá que esperar.
Matteo chasqueó la lengua y me colocó las manos en la cintura, acariciando mi piel por debajo del jersey de esa forma que sabía que encendía cada célula de mi cuerpo.
—Esperaba algo más acorde con tu fachada de principessa de la bratva . —Sus ojos recorrieron mi habitación y luego volvieron a fijarse en mí—. Un museo de muñecas, quizás. Como mucho, peluches con armas de plástico.
—¿Decepcionado? —Deslicé las manos por su pecho desnudo, sintiendo el calor de su piel todavía húmeda.
Mi habitación era todo lo contrario a lo que alguien esperaría de la hija de un pakhan. Se acercaba más a lo que se esperaría de un hijo. Las únicas cosas femeninas que tenía eran por Polina, y ella apareció cuando yo tenía diez años.
—¿De ti? Nunca.
Me atrajo más contra su cuerpo, hasta que no quedó espacio entre nosotros.
—Y aun así sigues sin dejar que el apartamento recupere su decoración original —murmuró a escasos centímetros de mis labios.
—Siempre quise una habitación de princesa. —Puse un puchero que no engañaba ni a una ameba.
Matteo sonrió de esa forma que me hacía perder la compostura, y rozó sus labios con los míos.
—Entonces quizás deberíamos buscar un castillo.
Sus labios presionaron contra los míos, abriéndome suavemente. Gemí contra su boca y, en respuesta, me atrajo con más fuerza, hasta que cada curva de mi cuerpo quedó moldeada contra el suyo.
—Quería hacerte el amor entre tus osos de peluche —susurró con voz rasposa—, pero parece que voy a tener que conformarme con la exposición de armas, munición y los pósteres de películas de acción y explosiones.
—Hizo una pausa—. Y rezar por que esa granada que tienes en la estantería no decida explotar.
—Es una réplica.
—Menos mal.
Solté una risa entre el siguiente beso, que llegó más salvaje y urgente que el anterior.
Me aferré a su nuca mientras él me hacía retroceder. El colchón tocó la parte posterior de mis rodillas y caímos sobre él. Matteo no me dejó ni un segundo. Me siguió, cubriéndome con su cuerpo, con la toalla colgando peligrosamente de la cadera.
—¿Alguna otra sorpresa, principessa ? —susurró mientras sus manos se colaban bajo mi jersey.
Mi pecho subió y bajó demasiado rápido.
«Mierda».
—Mi padre quiso que estudiara italiano. Ya sabes, por eso de estar preparada para cualquier amenaza —solté, fingiendo indiferencia. Matteo alzó las cejas y detuvo su mano antes de alcanzar el sujetador—. Entendí todo lo que tu padre dijo en la boda.
Alcé los brazos para ayudarlo a deshacerse de mi jersey, usando la distracción de la ropa para evadir su pregunta. Apartó la mano y tiró de la prenda, sacándomela por la cabeza.
—Aunque supongo que mandar a tu padre a la mierda no habría quedado muy bien —añadí.
—Suerte que no lo hiciste, principessa —murmuró contra mi piel. Dejó un beso por debajo de mi ombligo, provocando que me erizara entera y mi espalda se curvara sola en busca de más—. Aunque me habría encantado ver su cara.
Sentí el pantalón ceder y luego deslizarse por mis piernas mientras su boca descendía lentamente, disfrutando de cada gemido que arrancaba de mi garganta.
—¿Alguna cosa más que me ocultes? —preguntó, dejando un beso en mi sexo cubierto aún por las bragas.
«Demasiadas».
—También sé español —respondí tras un jadeo—. Y aprendí lenguaje de señas en la academia. Es útil para las misiones.
—Útil… —Sonrió contra la cara interna de mi muslo—. Y jodidamente sexy.
Matteo se incorporó, lanzando la toalla que lo envolvía al suelo antes de posicionarse entre mis piernas. Hizo mis bragas a un lado con un dedo, esta vez teniendo la decencia de no romperlas, y sentí su erección resbalar entre mis pliegues.
—Matteo…
—¿Ya no quieres esperar? —se burló, presionando contra mi centro.
Tomé aire al sentirlo dentro, estirándome muy lentamente, y negué con la cabeza, desesperada.
—Ni se te ocurra parar ahora.
—¿Yelena? —La voz de mi padre atravesó la puerta.
El pomo comenzó a bajar, despacio. Matteo no se movió o, mejor dicho, sí que lo hizo. Se hundió de una sola estocada.
La cama crujió bajo nosotros, al mismo tiempo que mis uñas se clavaban en sus hombros y un gemido se me escapaba de los labios, traicionándome.
—¡Un segundo! —grité, forcejeando, intentando sacármelo de encima… y de dentro.
Matteo sonrió con ese maldito brillo en los ojos.
—Me has pedido que no parase, principessa . Veamos cómo de rápido puedes correrte.
—Matteo, te voy a… —Salió y volvió a hundirse hasta el fondo, arrancándome un grito que logré silenciar con mi mano—. A matar. Te voy a matar.
Una mueca cruel se le dibujó en la boca. Volvió a arremeter con la misma fuerza de antes, golpeando ese punto que siempre me hacía ver las estrellas.
Mis manos se movieron solas. Clavé los dedos en sus glúteos para evitar que se moviera.
—Yelena, ¿está todo bien? —La voz de mi padre volvió a sonar al otro lado de la puerta.
Matteo salió de mí con lentitud, a pesar de mis intentos para que no lo hiciera. Un brillo divertido cruzó sus ojos y volvió a entrar con una embestida brutal que me arrancó el aire y me arqueó contra el colchón.
—¡Enseguida abro! —grité sin saber si había conseguido contener el gemido.
—¿Soy yo o alguien se está mojando más? —se burló Matteo.
Lo fulminé con la mirada, o al menos lo intenté.
—Te odio.
—No, no lo haces. —Matteo se apretó contra mí hasta volver a alcanzar el fondo, presionando una vez más ese punto que me robaba la capacidad de hablar—. Te pone demasiado saber que está ahí fuera esperando.
Deslizó una mano entre nuestros cuerpos y sus dedos encontraron mi clítoris sin piedad. No me dio margen para respirar ni para pensar. Solo un par de movimientos precisos y sentí como la tensión se cerraba sobre mí, apretándome por dentro hasta romperse.
Me cubrí la boca con ambas manos, mordiendo mis propios nudillos para no gritar mientras mis paredes lo aprisionaban con una fuerza feroz y mi espalda se arqueaba. Matteo gruñó al sentirlo y embistió una vez más, siguiéndome en su propio orgasmo mientras yo perdía la cabeza.
Al abrir los ojos, vi a Matteo observándome con esa sonrisa engreída y satisfecha pintada en la cara.
—No hagamos esperar más a tu padre.
Presionó sus labios contra los míos, y tras darme un beso que me dejó con ganas de más, salió de mí arrancándome un maldito jadeo.
Se inclinó, agarró la toalla y se dirigió al cuarto de baño mientras yo trataba de recomponerme.
Debería haberlo matado por aquello. Por permitir que me enredara cuando mi padre esperaba al otro lado de la puerta.
«Mierda, mi padre».
Me levanté de golpe, buscando mi ropa. Me puse el jersey y me subí los pantalones a toda prisa, pero al girarme la vista se me fue directa a la cama. Era un desastre. ¿Cómo podía ser un desastre en tan poco tiempo?
Fruncí el ceño y estiré el edredón con brusquedad, alisando las arrugas con las manos. Agarré el almohadón que había caído a un lado y me dejé caer sobre el colchón, cruzando las piernas y abrazando el cojín.
—Pasa —dije después de aclararme la garganta.
La puerta se abrió y mi padre asomó la cabeza. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo y luego se dirigieron hacia la puerta del baño por donde salía Matteo con los pantalones que Viktor le había prestado.
Me quedé mirándolo embobada. Era extraño verlo así, vestido como los hombres con los que me he criado, pero, joder, a ninguno de ellos le sentaba tan bien esa ropa. Además, a Matteo aún se le notaba la erección, aunque tratase de disimularla.
—Nikolai —lo saludó Matteo, extendiéndole la mano con una expresión tranquila.
Mi padre le dedicó media sonrisa y le devolvió el apretón.
Matteo no se inmutó, pero incluso desde donde estaba sentada podía notar la fuerza con la que mi padre lo estaba agarrando, marcando territorio como el maldito papá oso en el que se convertía a veces.
Sí, nos había pillado y los tres lo sabíamos.
—Espero que no hayas molestado demasiado a mi niña, Matteo. Es muy frágil, ¿sabes? —dijo con un brillo de advertencia en sus ojos.
Se me escapó una risa seca. Me encantaba ver a mi padre mantener el numerito que habíamos montado desde el primer día, pero algo me hizo mover el culo. Dejé el cojín a un lado, me levanté de la cama y me acerqué a ellos, poniendo una mano sobre el antebrazo de mi padre, que aún agarraba a Matteo.
—Papá, lo sabe. Además… he decidido quedármelo.
Matteo me dirigió una mirada con la ceja levantada.
No fui capaz de decir que lo quería. Ni siquiera estaba segura de poder hacerlo. Lo único que tenía claro era que no quería soltarlo todavía. Con Matteo podía ser yo, simplemente yo y completamente yo. No quería perder eso.
—Déjanos un segundo, malysh . Necesito tener unas palabras con mi… yerno.