CAPÍTULO 32 MATTEO
Gianluca estaba en una de las celdas. Tenía mucho mejor aspecto que la última vez que lo había visto.
Una venda le tapaba los ojos. Nikolai y sus hombres se habían dedicado a cuidarlo como si el cabrón lo mereciera.
En parte podía entenderlo. Tal y como lo dejé, una infección podría haberlo matado, y todavía necesitábamos que hablara.
Nos acercamos a la celda. Lo vi removerse en la silla donde lo tenían atado con los brazos a la espalda. Al menos tenía el oído intacto. Me jodía verlo tan tranquilo. Se llevaría una pequeña sorpresa al descubrir que hoy no iba a recibir ningún cuidado médico… si no a mí.
Le hice un gesto a Viktor para que abriera la celda; no quería que me escuchara antes de tiempo. Yelena apretó mi mano con más fuerza. No lo había dicho abiertamente, pero sabía que le preocupaba que perdiera el control. No lo haría, no mientras ella estuviera cerca.
—Está bien, principessa , puedo manejarlo —le susurré al oído.
Antes de apartarme, le di un beso suave en los labios y entré a la celda con paso tranquilo.
Me incliné hasta que mi boca estuvo cerca del oído de ese cabrón.
—¿Me echabas de menos?
Se apartó con tanta fuerza que, si no llega a ser porque Viktor lo sujetó, tumba la silla.
Ahh… Era tan placentero saber que me había convertido en su peor pesadilla…
Y apenas lo había tocado. Tenía otros planes para él, como amputarle pedazos de sus brazos hasta que solo quedaran muñones en los hombros.
Pero se le ocurrió provocarme y eso lo cambió todo.
Ahora quería amputarle la polla, no cortarla. Es diferente. Quería dársela de comer por aquello que dijo.
Cerré los ojos con fuerza al escuchar el eco del disparo en mi cabeza. Joder, no podía volver a pasar. Necesitaba mantenerlo a raya.
—Matteo. —Sentí la mano de Yelena envolviendo la mía. Cuando abrí los ojos, la vi parada a mi lado.
—Estoy bien —dije.
Yelena asintió y, sin soltar mi mano, se inclinó sobre Gianluca, quedando demasiado cerca de su rostro para mi gusto.
—Tranquilo, he venido a domar a la bestia, así no te matará. Pero hará cosas peores —dijo, y presionó con el dedo índice en una de las cuencas tapadas por la venda—. ¿Te duele?
Gianluca soltó un grito entre dientes y echó la cabeza hacia atrás.
—Lo tomaré como un «sí».
Yelena se enderezó y me miró con una sonrisa angelical capaz de engañar a cualquiera que no la conociera.
Me la había puesto tan dura. Joder, me dieron ganas de sacarla de la celda a rastras y tumbarla sobre la mesa para follármela rodeada de todos esos utensilios de tortura.
Si no lo hice fue porque Viktor seguía ahí. No podía olvidarlo.
—¿Lo sacamos fuera? —inquirió él.
Le dirigí una mirada, dudando de poder dar un paso por culpa de la erección.
—Sí, tengo algo en mente. Espero que tengas hambre, Gianluca.
—Que te jodan —siseó. Creo. También era probable que su mandíbula aún se resintiera.
—Veo que ya puedes hablar; es una gran noticia.
Viktor agarró la silla por detrás y la arrastró fuera de la celda hasta colocarla en el centro de la sala, cerca de la mesa de metal. Lo seguí, aún con la mano de Yelena enredada en la mía.
—¿Por dónde quieres empezar? —preguntó Viktor.
—El cabrón me debe una.
Deslicé mis ojos por las herramientas, buscando algo lo suficientemente afilado y pequeño.
Tenían una buena colección de armas, todo tipo de cuchillos, un soplete, herramientas que usaría un mecánico y no podía faltar el bisturí.
Sonreí. Justo lo que andaba buscando. No había tenido tiempo de utilizarlo como quería en Modesta.
—Bájale los pantalones —dije—. Prohibido mirar, principessa . —Le guiñé un ojo a Yelena. Bajo ningún concepto iba a dejar que viera esa cosa asquerosa; solo la dejaría girarse cuando el hijo de puta se la hubiera tragado toda.
Yelena me miró con una sonrisa torcida y, tras suspirar con teatralidad, se cruzó de brazos y nos dio la espalda.
Viktor obedeció sin un solo comentario. Bajó los pantalones del traidor de un tirón. Gianluca se revolvió en la silla, gimoteando como el cerdo que era. Lo agarré del pelo y le hice alzar la cabeza.
—¿Te acuerdas de lo que dijiste la última vez?
Gianluca se sacudió en la silla y Viktor tuvo que sostener el respaldo para que no se tumbara. No tenía escapatoria.
—Pues ahora vas a gritar de verdad.
Le hundí el codo en el pecho con fuerza para mantenerlo en su sitio y deslicé el bisturí por su ingle.
El filo abrió la piel con un gemido húmedo y asqueroso.
No fui rápido. No. Lo hice despacio, con precisión quirúrgica, arrancando trozos de su dignidad.
Su grito fue tan agudo que rebotó por las paredes, pero yo ya no oía nada. Solo los latidos en mis oídos.
Cuando terminé, tenía su polla en la mano y sangraba como un puto cerdo. El muy cabrón se retorcía con la boca abierta en un grito mudo y la cabeza hacia atrás, como si buscara el aire que no le llegaba.
La levanté entre dos dedos, como si fuera un trofeo, y arrugué la nariz. Era minúscula y patética, y muy asquerosa como para seguir tocando esa cosa.
Me acerqué y le agarré la mandíbula con fuerza, obligándolo a mirarme aunque no tuviera ojos.
—¿No decías que gritaba mucho cuando se corría? —Escupí las palabras con rabia contenida—. A ver si tú también lo haces.
Le metí su propia polla en la boca antes de que pudiera cerrarla.
—Traga, hijo de puta.
El vómito le subió a la garganta, pero le tapé la nariz con la mano libre. Su cuerpo se sacudía en espasmos, pero no aflojé la presión. Lloraba, tosía, se ahogaba con su propia sangre. Pero al final no le quedó otra que tragar.
—Así me gusta —susurré contra su oído—. Una puta hasta el final.
Lo solté de golpe. Cayó hacia un lado, jadeando y convulsionando. No sé si de dolor, de asco o de humillación. Me daba igual. Me limpié las manos en su camiseta hecha jirones.
Tomé una exhalación y me giré hacia Yelena, aún con el bisturí manchado en la mano.
—Ahora puedes mirar, principessa .