CAPÍTULO 31 MATTEO
Yelena llevaba media hora encerrada en el baño y empezaba a preocuparme. Miré la hora en el móvil a mi lado. Eran las tres de la madrugada. No me había dormido aun cuando sentí que se levantaba, corrió descalza al cuarto de baño y se encerró.
Estaba a punto de levantarme cuando la puerta se abrió y Yelena volvió a la cama, deslizándose entre las sábanas con sumo cuidado, como si temiera despertarme.
—¿Dónde estabas? —pregunté, atrayéndola de nuevo hacia mí. Dio un respingo. Había sido poco tiempo, pero joder, ya la echaba de menos.
—Solo he ido al baño —susurró.
La abracé más fuerte, hundiendo la cabeza en el hueco de su cuello y aspirando el maldito olor a coco al que me había hecho adicto.
—No vuelvas a irte, no me gusta dormir solo.
Yelena se revolvió en mi brazo hasta quedar de frente. Enredó sus piernas con las mías y apoyó la mejilla en mi pecho.
—Alguien está desarrollando apego ansioso —canturreó.
—No es verdad, pero contigo no he vuelto a tener pesadillas. Al menos, no como antes.
La sentí sonreír contra mi piel.
—Entonces vuelve a dormirte. —Dejó un beso suave sobre mi pectoral. No sé cómo iba a dormirme después de aquello—. Matteo…
—Es culpa tuya, haces que cobre vida —dije, sonriendo contra su cabello mientras presionaba mi erección en su vientre.
La rodeé por la cintura y la incorporé hasta dejarla sentada justo donde quería, sobre mi polla, con las piernas a cada lado de mi cadera.
—Eres insaciable —dijo inclinándose para besarme.
Le devolví el beso con hambre, juntando las cejas al notar el sabor a menta en su boca. No le di más importancia. Le aparté las bragas a un lado y deslicé un dedo entre sus pliegues húmedos, gimiendo en su boca al sentirla tan jodidamente lista para mí.
—Mira quién fue a hablar —susurré en sus labios—. Ahora móntame, principessa, o te pongo a cuatro patas. Tú eliges.
Sus ojos me sostuvieron la mirada con esa chispa desafiante que conocía bien. Sentí sus dedos alrededor de mi polla, guiándola hacia su centro empapado.
—Hoy me toca a mí —murmuró, hundiéndome en ella hasta el fondo.
Me quedé mirando la pantalla del móvil, no había dejado de hacerlo en todo el día. Mis sospechas eran ciertas y, si no dábamos con Vasilyev pronto, iba a volverme loco de verdad.
Ya casi habían pasado tres semanas desde que la había jodido con el hijo de puta de Gianluca.
Por el momento, había estado a los cuidados de Nikolai y sus hombres, lo que no quería decir que no hubiera sufrido más daños.
Estaba convencido de que Boris se había divertido bastante con él.
Pero se trataba de mi esposa, así que Gianluca era mío y quería estar presente cuando ese cabrón abriera la boca.
La voz de Yelena llegó desde la habitación y giré la cabeza justo cuando salía. Se detuvo un instante al llegar al sofá con el teléfono pegado a la oreja. Intercambió un par de palabras más en ruso antes de colgar y se dejó caer a mi lado, acomodándose con las piernas sobre mi regazo.
—¿Qué ha dicho? —inquirí.
Deslicé una mano por su pierna, subiéndole el pantalón para acariciarle la piel.
—Puede hablar… más o menos. —Alargó el brazo para recoger a la rata del suelo, que ya estaba a los pies del sofá pidiendo su atención—. Dice que podríamos ir a cenar un día y de paso acabar el interrogatorio de vuestro hombre.
—Ya no es nuestro hombre —gruñí. Ese hijo de puta había dejado de ser de los nuestros el día que decidió traicionarnos.
Los labios de Yelena se fruncieron antes de hablar.
—Bajaré contigo al sótano —dijo con un deje de preocupación.
—¿Puedes?
—A estas alturas, ya deberías saber que no me voy a desmayar por ver un poco de sangre.
Me pasé la lengua por los dientes. Salir del apartamento por la mañana, en un lugar público y lleno de gente, era una cosa. Pero hacerlo por la noche… No me gustaba la idea de exponer a Yelena de esa forma.
—No ocurrirá nada —me tranquilizó, leyéndome la mente—. Vamos, hablamos con el prisionero, comemos y nos volvemos. Llevaremos escolta si eso ayuda a que dejes de estar paranoico.
—No estoy paranoico —repliqué.
Yelena alzó una ceja. Vale, quizás lo estaba un poco después de que ese comemierda de su ex la encontrase con tanta facilidad nada más poner un pie fuera del apartamento.
Exhalé con fuerza y retiré sus piernas. Yelena me miró confundida. Me puse en pie y me acerqué a la estantería que Yelena había hecho colocar donde antes creo que tenía un cuadro abstracto que ni había elegido.
Ahora tenía estanterías con plantas que sobresalían y libros que ella había ido coleccionando para pasar el tiempo.
También habían mentido con eso de la lectura, pero parecía haber descubierto que los libros con porno entre dragones la entretenían.
A mí me parecía jodidamente sexy. Había acabado por robarle uno para ver de qué iba el tema. Bastante instructivos, la verdad.
Alargué la mano hacia uno de los estantes superiores y agarré la Beretta que le había quitado el día de nuestra boda. Cuando me giré hacia ella, sus ojos se abrieron de par en par y sus labios se separaron.
—¿Ha estado delante de mí todo este tiempo?
—Al principio la dejé en la parte de arriba de la nevera; sabía que no alcanzarías a verla. —Yelena me lanzó una mirada asesina al ver mi sonrisa—. Por suerte, César pudo cogerla cuando se llevaron mi magnífica nevera de dos puertas, antes de que la hicieras cambiar por la otra.
—Sigue teniendo dos puertas, solo que ahora es metalizada. Así que deja de quejarte. Va mejor con la decoración.
—La otra era metalizada.
—¡Era negra!
Solté una risa baja. No podía dejar de recriminarle lo que había hecho con nuestro apartamento, me encanta ver como lo defiende indignada.
—Quiero que la lleves contigo. Me quedaré más tranquilo si sé que tienes algo con lo que defenderte —dije entregándosela.
Yelena esbozó una sonrisa amplia y la tomó de mi mano sin moverse del sofá.
—¿No temes que intente matarte otra vez? —inquirió con un tono entre desafiante y sensual. Mi polla respondió al instante. Cada vez que usa ese tono soy incapaz de no ponerme duro por su culpa.
Apoyé las manos en el respaldo del sofá, inclinándome sobre ella. Yelena retrocedió hasta que su espalda tocó el cojín, siguiendo mi movimiento.
—Descuida. Me he asegurado de que no quieras hacerlo —susurré en sus labios. La respiración de Yelena vaciló, dándome la razón—. Y si es lo que quieres, principessa , hazlo. Porque prefiero que me mates a saber que no quieres estar conmigo.
Apresé su boca con la mía sin darle oportunidad a responder.
Los labios de Yelena se abrieron con un gemido ahogado, dejándome entrar en ella y saborearla.
Mi lengua recorrió su boca, deslizándose por sus dientes, acariciando su paladar y enredándose con su lengua.
Había comido algo dulce hacía poco, y me encantaba esa mezcla de sabor con el suyo.
Un gruñido agudo nos interrumpió. Separé los labios apenas un segundo y giré la cabeza hacia el regazo de Yelena. La jodida rata me sacaba esos colmillos ridículos, chillando como si quisiera partirme el cuello.
—Quita a ese bicho de ahí —murmuré, entrecerrando los ojos hacia el animal. La otra opción era tirarlo por la ventana.
Yelena sonrió, divertida, bajando al perro al suelo con cuidado antes de volver a enredar sus brazos en mi cuello.
Volví a atrapar sus labios, esta vez sin testigos molestos.
Aún tenía el arma en la mano y sabía que podía usarla en cualquier momento.
Pero lo que dije iba en serio. Y si en algún momento decidía acabar con mi vida, entonces dejaría que lo hiciera.
Yelena le había dado sentido a todo. Antes de ella estaba vacío, solo mataba, torturaba y seguía órdenes porque era todo lo que me habían enseñado.
Pero quererla a ella era todo lo contrario a lo que se esperaba de mí. Lo único que tenía sentido.
Hundí la rodilla en el sofá, guiándola hasta que quedó tumbada conmigo encima. La necesitaba. La necesitaba en todo momento y estaba convencido de que nunca tendría suficiente.
—Te quiero —susurré en sus labios.
Yelena me miró a través de las pestañas. Sus pupilas ya estaban dilatadas y su pecho subía y bajaba a un ritmo acelerado.
—No tienes por qué responder.
Noté sus brazos tensarse alrededor de mi cuello. Estaba agarrando el arma con más fuerza, no necesitaba mirar para saberlo. Una sonrisa curvó mis labios. Si Yelena decidía disparar, no había mejor final que morir en sus brazos. Cerré los ojos y esperé.
Uno de sus brazos abandonó mi cuello y me preparé para la detonación. Lo único que escuché fue un golpe metálico contra el suelo, y luego sentí sus labios presionando los míos.
Abrí los ojos lentamente, encontrándome con la mirada avellana de Yelena. Tenía un brillo suave, diferente.
—Encontré las armas que escondes en el armario, pero gracias igualmente.
Fruncí el ceño, contrariado.
—¿Y no intentaste matarme?
Negó con la cabeza.
—Deberías buscar otro escondite. El vestidor es demasiado obvio. Fue lo primero que miré.
Dejé escapar una risa seca. Por supuesto que lo hizo.
—Podrías haberme pegado un tiro en Modesta ese día. Tenía la guardia baja por tu culpa.
—¿Y llenarlo todo de sangre? No quería estropear mi jersey; las manchas de sangre en la lana salen muy mal.
Una risa vibró en mi garganta. Me daba igual que no sintiera lo mismo que yo por ella. Haría que me amara, costara lo que costase. Porque no podía soportar que me abandonase nunca.
Miré la Beretta en el suelo y una sonrisa tiró de mis labios. Alargué la mano para agarrarla y luego se la tendí, quitándole el seguro. Yelena la tomó, mirándome con las cejas fruncidas.
—Te toca apuntarme, principessa .
Me deslicé hacia abajo, llevándome los pantalones y arrancándole las bragas.
El cañón de la pistola tocó con suavidad contra mi cabeza y alcé los ojos, cruzándome con los de Yelena.
Una mezcla de satisfacción y peligro bailó en sus pupilas y sus labios se curvaron con una sonrisa maliciosa que me la puso tan dura que creí que explotaría.
—No he dicho que pares —dijo.
Gemí, hundiendo mi cabeza entre sus piernas y apresé su coño con la boca. Me iba a volver loco, más de lo que ya estaba.