Nacidos en sangre CAPÍTULO 30 YELENA
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CAPÍTULO 30 YELENA

Estornudé de nuevo y sentí que el pitido en mi sien se extendía por mis oídos.

Estaba hecha una mierda, en el peor momento posible.

Nunca pensé que acabaría enferma por haber pasado dos malditos minutos en el balcón con una bata de seda.

Tampoco es que estuviéramos horas. Pero ahí estaba, envuelta en una manta gruesa con la nariz taponada, el cuerpo destrozado y la garganta ardiendo como si me hubiera tragado una bengala de rescate.

Eché otro vistazo a Matteo, a mi derecha.

Cuando dijo que sabía cocinar, no creí que fuera en serio.

Y aunque me encontraba fatal para hacer cualquier cosa, no había podido apartar los ojos de él mientras se movía por la cocina con total soltura.

Era condenadamente sexy verlo cortar verduras, remover, probar el caldo con la cuchara de madera.

Definitivamente, debía haber algo mal en mi cabeza.

Había visto a Boris y al resto ayudar a Polina cientos de veces y nunca me había llamado la atención en absoluto.

Pero con Matteo era diferente. O puede que fuera por la fiebre.

El pitido de la vitrocerámica me taladró la cabeza y, un par de minutos después, Matteo se sentó a mi lado en el sofá, dejando la bandeja con la comida en la mesa de centro frente a nosotros.

—Me estoy muriendo por tu culpa —me quejé, enterrándome más en la manta.

—No deberías haber salido con tan poca ropa.

Se inclinó hacia delante, tomó el cuenco de sopa humeante y me lo acercó. El aroma me envolvió y mis tripas se removieron. Olía malditamente bien.

—Me encuentro tan mal que no tengo ni fuerzas para responderte a eso —dije, intentando agarrar el cuenco.

Matteo lo alejó de mí antes de que lo rozara siquiera. Lo miré confundida un instante, hasta que lo vi agarrar la cuchara y llenarla. Me habría enfadado de no ser porque estaba demasiado ocupada mirando sus labios, soplando la sopa antes de acercármela a la boca.

—Abre. —Alzó una ceja, desafiándome.

Obedecí sin rechistar, dejando que me alimentara porque, para ser sincera, estaba tan agotada que la idea de llevarme la cuchara a la boca por mí misma me parecía un esfuerzo descomunal.

—¿Quién te enseñó a cocinar? —inquirí, tomando otra cucharada.

—María. Cuando volvíamos del internado y no podía dormir, pasaba las noches con ella en la cocina.

—Polina siempre intentó enseñarme, decía que no podía vivir de platos precocinados. —Sonreí de lado—. Suerte que en el cuartel no tenía que preocuparme de eso.

—César dijo que te ha visto carbonizar tostadas en tiempo récord.

—Es mi especialidad. —Me pasé la lengua por los labios, observando a Matteo tomar otra cucharada.

Me la acercó a la boca y la tomé antes de continuar—.

Se te daría genial ser padre, eso de dar de comer lo tienes controlado —bromeé, aunque muy dentro de mí sabía que no iba en broma. Lo estaba tanteando.

Matteo me sostuvo la mirada con otra cucharada de sopa en el aire. Esperaba alguna reacción a mi comentario. Nada. No hubo absolutamente nada. Ni un maldito pestañeo. Apreté los labios con sutileza y luego abrí la boca.

A mitad del plato no podía más; la sopa comenzó a revolverme el estómago.

No digo que estuviera mala, de hecho me sorprendió lo bien que se le da a Matteo cocinar.

Pero lo que de verdad me apetecía en ese momento era algo cargado de grasa.

Algo frito, crujiente y lleno de salsa. Me habría comido un perrito caliente de esos del parque que no llegué a probar.

O algo dulce, c remoso, cargado de azúcar, como un pedazo de tarta, quizás, o un muffin .

También habría matado por unas fresas con nata o un helado de vainilla bañado en chocolate derretido.

Pero lo único que tenía delante era caldo de pollo.

Matteo llevó otra cucharada hasta mis labios, pero esta vez levanté la mano y le detuve la muñeca en el aire antes de que pudiera acercármela. Empezaba a sentir náuseas otra vez, y solo por el olor a pollo; no sabía cuánto tiempo iba a poder ocultárselas.

—No puedo más.

—Aún te queda la mitad, apenas has comido.

—Está insípida —me quejé, dejando caer la cabeza contra el respaldo del sofá. No lo estaba, el problema era que tenía demasiado sabor de repente, un sabor que mi cuerpo había decidido que ya no quería.

Matteo resopló con ese aire de resignación que tenía cada vez que lidiaba con mis quejas de enferma.

—No es cierto —replicó ofendido—. Lo que pasa es que tienes el sentido del gusto alterado.

—Pues eso, insípida —bufé con el entrecejo fruncido—. Creo que he aborrecido el pollo, quiero una hamburguesa con queso. ¿Pedimos una pizza?

—Dos cucharadas más y te tomas la medicación —insistió.

Resoplé, enderezando la cabeza, que ya me daba vueltas, y tomé las siguientes cucharadas que me dio.

Al final fueron tres más, porque Matteo es un tramposo, y luego tomé la medicación que me trajo.

Dejó el cuenco en la mesa, se acomodó en el sofá y me atrajo contra su pecho para que me tumbara. No protesté. Me sentía demasiado cómoda envuelta en su calor como para pelear por mantenerme erguida.

—¿No tienes que ir a ningún sitio? —pregunté con la voz amortiguada contra su camiseta.

Era raro verlo sin una de sus camisas. No es que Matteo fuera un fanático del traje impecable, al menos no al nivel de los hombres de la mafia que parecían nacer con uno puesto y dormir con l a corbata bien ajustada.

Pero, incluso cuando vestía con menos formalidad, nunca daba la impresión de estar desaliñado.

Siempre tenía ese aire de descuido calculado, esa habilidad de quitarse la chaqueta y seguir dominando la habitación con solo existir.

Por eso, verlo ahora con una de esas camisetas básicas que encontré en su armario al llegar era… extraño. Parecía que alguien le hubiera arrancado parte de su armadura y, por primera vez, me dejaran ver a un Matteo que no muchos conocían.

—Puede que más tarde, pero no me iré hasta que te duermas —respondió, trazando círculos suaves con el pulgar sobre mi mejilla—. César vendrá por si necesitas algo mientras no estoy.

—Mentiroso, César viene esté enferma o no. Además, llevo toda la mañana durmiendo; dudo que vuelva a quedarme dormida.

La mano de Matteo descendió por mi brazo en una caricia distraída.

—¿Es que no quieres que me vaya?

—No. Quiero que te quedes aquí para contagiarte el resfriado —murmuré, con la voz pastosa por la congestión.

Su pecho vibró con una risa baja y ahogada que se instaló en mi pecho.

—Siempre tan amorosa.

Matteo se inclinó sin soltarme y alargó la mano para tomar el mando de la mesa de cristal.

—¿Quieres ver algo?

Encogí los hombros con pereza. Lo único que quería en ese momento era estar así en sus brazos, envuelta en el calor de su cuerpo. Definitivamente, había perdido la cabeza.

Encendió la televisión y empezó a hacer zapping .

—Espera, vuelve atrás —dije, notando la sonrisa que tiraba de mis labios.

Matteo arqueó una ceja y retrocedió. Al ver en la pantalla el icónico título de Goodfellas , ladeó la cabeza hacia mí y entrecerró los ojos.

—¿Te estás burlando de mí?

Sonreí con suficiencia.

—¿Qué? Así me documento.

—¿Eso significa que tengo que verme Anna Karenina ? Podemos ponerla después si quieres.

Le lancé una mirada asesina, o al menos lo intenté, porque mi nariz congestionada y mis ojos llorosos probablemente arruinaron el efecto.

—¿A que suena ridículo? —dijo con ese tono de victoria insoportable—. Pues lo mismo con Goodfellas .

—Pero ¿la has visto? —murmuré.

—Pues claro que la he visto.

Hice un ruidito de satisfacción y Matteo siguió pasando canales hasta detenerse en un thriller .

No llegamos ni a los cinco minutos de película antes de que mis párpados comenzaran a pesarme y mi cuerpo se hundiera más contra el suyo. Lo último que sentí antes de quedarme dormida fue la caricia de su mano en mi espalda y el sonido pausado de su respiración.

Cuando desperté, la película ya era otra y Matteo seguía ahí, dormido, con el brazo aún envolviéndome. No había tenido intención de moverse en ningún momento. Cerré los ojos de nuevo con una sonrisa, dejando que el sueño volviera a hacer su trabajo.