CAPÍTULO 29 MATTEO
Me pasé los dedos por los párpados. No recordaba prácticamente nada de lo que ocurrió en el sótano. Solo la sangre, los gritos y el crujido de los huesos. Tenía los nudillos destrozados por los golpes, pero ya no escocían.
Giré la cabeza, observando a Yelena bajo la luz tenue que entraba por las cortinas. Dormía plácidamente con la cabeza encajada bajo mi brazo y una pierna subida sobre la mía.
Ella me había calmado. Otra vez.
Recordaba sus ojos, fijos en mí mientras mi cuerpo se movía sin rumbo, y luego desperté en el sofá de la oficina, tumbado sobre sus piernas. Entonces era ella la que dormía, con sus dedos enredados en mi cabello y la cabeza apoyada sobre su otra mano. Me habría quedado así horas, días incluso.
Bastian apareció poco después y dijo que habíamos pasado la noche allí. Al principio no lo creí, pero cuando salimos del sótano y vi a nuestros hombres limpiar el local tras una noche intensa en Modesta, no podía negarlo.
Besé la parte superior de su cabeza y me levanté de la cama con cuidado para no despertarla; últimamente, Yelena parecía agotada.
La tapé con el edredón rosa y agarré mi ropa del suelo, poniéndomela mientras salía de la habitación.
No había vuelto a tener ninguna pesadilla desde ese momento en el sótano, y de eso hacía una semana.
El apartamento estaba en completo silencio.
La rata dormía a un lado del sofá, en esa cama de princesa, sobrecargada de volantes rosas, que había comprado Yelena.
Un cojín con una corona plateada y otro con la palabra princess, bordada con lentejuelas, brillaban bajo la luz que entraba por el ventanal, muy al estilo de Yelena.
No pude evitar sonreír. Me la podía imaginar el día que decidió cambiar todo mi mundo, buscando la forma de hacer que mi cabeza estallara como venganza.
Me acerqué a la isla de la cocina y abrí el armario donde guardaba las botellas, sirviéndome un par de dedos de whisky.
Di un trago largo, dejando que el ardor descendiera por mi garganta mientras me dirigía al ventanal.
Vaso en mano, deslicé la puerta de cristal y salí al balcón.
Me apoyé en la barandilla y observé la ciudad extendiéndose bajo mis pies.
Bastian había ordenado que trasladaran al maldito traidor a casa de Nikolai para mantenerlo alejado de mí, y yo no podía reprocharle nada; de haberlo visto otra vez, le habría hecho estallar la cabeza con mis propias manos.
Aún iban a necesitar unas semanas para que el hijo de puta pudiera articular una palabra, porque, después de dejarlo ciego, escribir ya no era una opción.
—¿No puedes dormir? —La voz de Yelena se deslizó hasta mí.
Miré por encima del hombro. Su cabello dorado caía en ondas suaves sobre sus hombros y el batín de seda oscuro que llevaba ceñido al cuerpo realzaba la palidez de su piel. Parecía un ángel vengador que había bajado al infierno solo para salvarme.
—¿Te he despertado? —pregunté.
Yelena negó con la cabeza, se abrazó a sí misma y se acercó. Pasé mi brazo por sus hombros, atrayéndola para calentarla. Su cuerpo se amoldó al mío a la perfección. Me rodeó la cintura con los brazos.
—Deberías volver dentro, principessa . Hace frío.
—Solo si entras conmigo.
Suspiré y di otro trago al whisky con los ojos clavados en la ciudad. Quería dar con el maldito Yuri Vasilyev de una jodida vez y olvidarme del peligro que suponía para Yelena salir del apartamento. Quería volver a ir al parque, salir con ella por la noche y llevarla donde quisiera.
—Si me resfrío, será tu culpa —canturreó.
Bajé la vista. Yelena tenía esa sonrisa divertida mal disimulada en su rostro. Ella era la única persona en el puto mundo a la que no podía decirle que no. Me separé de la barandilla y la llevé de vuelta al interior del apartamento.
—¿En qué pensabas? —preguntó.
Di un trago al whisky. No tenía sentido ocultárselo, ni tampoco quería.
—En Yuri. —Golpeé la lengua contra el paladar—. Y en que si no le hubiera roto la puta mandíbula a ese cabrón, ya sabríamos su paradero.
—No te culpes por ello, te provocó. Prefería que lo matases a hablar.
—Lo sé. —Apreté los dedos alrededor del vaso. Si no dábamos con Yuri era por culpa mía, dijeran lo que dijeran.
Los ojos de Yelena me recorrieron con lentitud, leyéndome. Sus labios se fruncieron y se acercó a mí. Alzó la mano despacio, acariciando la herida en mi ceja, donde aún llevaba un par de puntos del cabezazo que le di a Gianluca.
—¿Sabes? Aún me debes un baile —dijo.
La sonrisa reapareció en mi rostro. No sé qué clase de hechizo me habría lanzado Yelena, pero bastaba una palabra suya para dejar de lado todo aquello que me atormentaba.
Y tenía razón. Nunca tuvimos uno. Cuando nos casamos pasé por alto todo el protocolo, porque, en ese momento, todo lo que quería era largarme de ahí antes de perder la cabeza. Pero ahora era diferente.
—No tenemos música —dije.
Yelena se encogió de hombros con una media sonrisa.
—¿Eso importa?
Mi sonrisa se ensanchó.
—Supongo que no.
Me separé de ella y me acerqué hasta la mesa del comedor para dejar el vaso sobre la superficie. Cuando volví a girarme, ella ya estaba esperándome, con la cabeza inclinada a un lado y esa sonrisa torcida que me volvía jodidamente loco.
Le tendí una mano con teatralidad y ella me devolvió el gesto con una pequeña reverencia, sujetándose la bata de un lado. Sus ojos brillaron al avanzar hacia mí.
Cuando su palma tocó la mía, cerré la mano despacio, saboreando el contacto de su piel contra la mía, y tiré de ella hasta que nuestros cuerpos entraron en contacto.
Sus manos se deslizaron por mi pecho, lentas, subiendo hasta rodear mi cuello.
Sentí el calor de su piel colarse a través de la tela y me invadió esa necesidad absurda de arrancarle la ropa.
Pero no lo hice. No esta vez. En su lugar llevé la mano a su espalda y apreté para atraerle, hasta notar cada una de sus curvas amoldándose a mí.
Seguía sin entender qué coño tenía Yelena que me hacía sentir en paz.
Hundí la nariz en su cabello. No podía ser solo su olor a coco, aunque ese maldito aroma me perseguía incluso cuando no estaba cerca. Tenía que haber algo más. Tal vez eran sus ojos. Bastaba una sola mirada para que todo el ruido en mi cabeza se apagara.
¿Su sabor, tal vez?
Incliné la cabeza hasta rozar sus labios con los míos. Su respiración se aceleró, acariciando mi rostro. La besé, abriéndome paso entre sus labios, saboreando ese dulzor de su boca y llenándome de ella. La idea de que este baile no hubiera ocurrido antes me pareció sencillamente imperdonable.
—Si hubiéramos bailado en la boda —murmuré contra sus labios—, ¿me habrías dejado besarte así?
—Seguramente te habría lanzado el cuchillo de la tarta a la cabeza —susurró con esa maldita sonrisa desafiante que tanto me gustaba—. Y la tarta.
Resoplé una risa. Por esas cosas, Yelena era perfecta para mí.
Nos movimos despacio, un balanceo suave en mitad del salón, sin más sonido que el de nuestras respiraciones y el latido constante de su corazón contra el mío.
—Estoy planteándome una nueva regla —murmuré, notando cómo sus pezones se ponían duros bajo el roce de la tela contra mi pecho.
Yelena inclinó la cabeza hacia atrás con una ceja arqueada.
—No sé qué te hace pensar que la seguiré.
Joder, la adoraba.
—Ni siquiera la has oído.
—Está bien, a ver qué perla me sueltas ahora.
—Te quiero siempre desnuda en casa. —Le agarré una nalga por debajo de la bata.
Yelena soltó una carcajada y negó con la cabeza antes de apoyar la mejilla en mi pecho.
—No pienso hacerlo —dijo, haciéndome sonreír por su negativa—. Además, te recuerdo que, cuando sales por esa puerta, tengo a mi niñera pegada a mí las veinticuatro horas del día. ¿Es que quieres que me vea desnuda?
—No —gruñí. Teníamos que dar con Yuri para que pudiera echar a César de mi casa.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —murmuró.
Asentí con suavidad.
—¿Con qué sueñas cada noche?
El balanceo en el que nos manteníamos se detuvo.
Era cuestión de tiempo que me preguntara por mis pesadillas, lo sabía, y esa era una de las razones por las que detestaba la idea de casarme, porque era imposible ocultar esa parte de mí a la persona con la que compartiría cama.
Tragué con dificultad, con la mirada fija en un punto cualquiera del salón, buscando perderme en el espacio en lugar de en el recuerdo. No podía decírselo. Creería que estaba loco.
—¿Matteo?
Cerré los ojos. El disparo volvió a estallar en mi cabeza, tan nítido que casi podía oler la pólvora.
—Siempre sueño con la muerte de mi madre. —Mi voz salió más ronca de lo que esperaba—. Pero últimamente eras tú la que aparecía en esos sueños.
Yelena se separó un poco de mí para mirarme mejor y reafirmé mi agarre sobre su cintura para impedírselo.
Ella había puesto sus reglas cuando me habló de su familia. Yo también tenía las mías, y necesitaba sentirla del mismo modo que ella me necesitó a mí. Hundí el rostro en el hueco de su cuello, dejando que el dulce aroma a coco me envolviera.
—¿Qué le ocurrió? —Su voz fue suave, cargada de una preocupación imposible de ocultar.
Tomé aire, llenando mis pulmones con esfuerzo.
—La maté. —Sentí el cuerpo de Yelena tensarse bajo mi agarre. Intentó moverse de nuevo, separarse de mí, pero se lo volví a impedir—. ¿Recuerdas el perro del que te hablé?
Yelena asintió, un movimiento casi imperceptible.
—Bastian y yo lo encontramos en la calle.
Yo siempre había querido uno y no era grande, así que creí que podríamos ocultárselo a mi padre.
Convencí a Bastian para esconderlo en el cobertizo.
—Hice una pausa, recordando ese día—. Éramos unos niños, no conocíamos el mundo en el que vivíamos, y menos aún sabíamos lo que escondía mi padre ahí.
—Mi mano se deslizó por su espalda con un movimiento lento, intentando que el contacto pudiera impedir que las imágenes volvieran con la misma brutalidad de siempre—.
Uno de los hombres de mi padre colgaba del techo.
Bastian comprendió todo al verlo, pero yo no.
Salí corriendo e irrumpí en su despacho.
Me quedé callado. Ese día también aprendí que no debía volver a pisar su despacho sin su permiso.
—¿Te hizo algo? —susurró Yelena.
—Siempre hace algo —respondí—. Pero no fue en ese momento, sino después. Primero fue al cobertizo; intenté frenarlo cuando agarró al perro y lo mató frente a nosotros. Bastian fue más listo, se mantuvo al margen y solo observó.
—Debió ayudarte a detenerlo. —Yelena intentó apartarse de nuevo y resopló cuando no la dejé.
—Hizo lo que debía —dije—. Mi padre me azotó con su cinturón en mitad del jardín para darme una lección. Si Bastian hubiera intervenido, el castigo habría sido peor que unos azotes, porque habría pagado yo por los dos.
—Tu padre es un cabronazo.
Me arrancó una sonrisa.
—Lo es —asentí—. Esa noche me escapé y no volví hasta tres días después.
Mi madre se puso histérica; ahora sé que solo tenía miedo.
—Cerré los ojos con fuerza, reviviendo el momento en mi mente.
Los gritos, Valentina, el disparo, la sangre, la alfombra…
—. Mi padre me estaba esperando. Al verme, me dio una paliza tan fuerte que casi no podía levantar la cabeza.
Hundí más el rostro contra su piel, sintiendo como su pecho se tensaba entre mis brazos al coger aire.
—Si mi madre no hubiera intervenido, podría haberme matado. —Mi voz ahora sonaba plana, vacía. Sentí los dedos de Yelena clavándose en mi nuca, como si esas palabras le hubieran atravesado el pecho—. Valentina me arrastró a la cocina mientras discutían, pero en un descuido volví al salón.
Las imágenes volvieron con demasiada nitidez. El arma en la mano temblorosa de mi madre. El sonido del disparo. El cuerpo desplomándose. La alfombra manchada de sangre.
—No me escucharon llegar, al menos no mi madre. Apretó el gatillo cuando crucé el umbral.
El estruendo de la detonación retumbó en mi cabeza con la misma claridad que hacía veinte años. Aquel día aprendí algo más; algunas cosas no se olvidan. No importa con cuántas mujeres te acuestes, ni cuánto whisky bebas. No importa cuántos hombres mates. Siempre está ahí. Siempre vuelve.
—¿Tu padre…? —Yelena no terminó la frase.
Tragué en seco, reprimiendo el impulso de reírme.
—Ni siquiera se movió. —Había pasado noches enteras preguntándome qué clase de hombre se quedaba ahí de pie, con los brazos cruzados, viendo cómo su esposa se volaba la cabeza sin mover un puto dedo—.
Lo único que dijo al verme fue que estaríamos mejor sin esa puta y que lo que había ocurrido era todo culpa mía.
—Matteo…
—Ni siquiera nos dejó ir al funeral. —Solté una risa seca—.
Desde aquello, mi padre comenzó a tratarme como a un loco.
No podía dejar que la gente supiera la verdad, y yo lo odiaba demasiado como para callarme.
Así que empezó a tratarme como un loco. Se inventó que mi madre había recibido una bala enemiga por la calle.
Pero Bastian sabía que era mentira. Y no porque yo se la contara, sino porque la llevaba escrita en los huesos.
Solo era cuestión de tiempo que se enterase.
El resto lo intuían, pero no necesitaban detalles.
Lo leían en mis silencios, en mis desconexiones, en la rabia que nunca desaparecía.
Jamás me hizo falta explicarles nada. Es más fácil cuando todos creen que estás jodido de la cabeza y actúas en consecuencia.
Porque así nadie pregunta, nadie intenta entenderte.
Sentí cómo Yelena contenía el aliento. Yelena… Ella era distinta. Porque con ella, por primera vez, quería que lo supiera.
—Sé que César te dijo lo del internado. Tras tu intento de sacarle información a Valentina, quería saber si eras de fiar.
Pero no indagaste. —Esta vez dejé que me mirara—.
¿Quieres saber por qué me echaron? Porque tres idiotas decidieron que era buena idea insultar a mi madre muerta.
Los habría matado a golpes si Bruno, Salva y Bastian no me hubieran detenido.
La mano de Yelena acunó mi mejilla, como si al tocarme pudiera cargar con parte del peso que yo llevaba dentro.
—Nada de lo que ocurrió fue culpa tuya, Matteo. Dijera lo que dijera tu padre, fue solo cosa suya.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió. Permanecimos así, abrazados en medio del salón.
Sin música.