CAPÍTULO 28 YELENA
Las dos rayitas aparecieron antes de lo que esperaba. Muy marcadas. Innegables.
No podía ser.
El primer vómito vino cuando salía del parque, y fue César el que me compró el maldito test porque yo era incapaz de contener el desayuno en el estómago, agarrada a una maldita papelera de la calle.
Por suerte, no le había dicho nada a Matteo, aunque él casi me pilla en el lavabo mientras esperaba el resultado del test. Esa mañana me hice otro, y otro más. Siempre daba positivo.
Tragué saliva y me obligué a levantarme del borde de la bañera a pesar de que me temblaban las piernas.
El corazón no dejaba de latirme a la altura de la garganta, golpeando con fuerza.
Eso no debería estar pasando. Tiré los test a la papelera, los tapé con papel, y luego agarré el cuarto para repetirme la prueba. Tenía que ser un error.
—¡Yelena! —La voz de César sonó al otro lado de la puerta, seca, urgente.
Giré la cabeza en su dirección con el ceño fruncido y el pulso aún acelerado.
—¿Qué ocurre? —pregunté cuando abrí, tratando de sostenerme en el umbral como si no acabara de temblarme el suelo por el maldito resultado.
—Es Matteo.
Mi corazón dio un vuelco, pero esta vez no tuvo nada que ver con las náuseas o el test.
—Necesito que vengas conmigo a Modesta —añadió.
Descendimos las escaleras del sótano. Los gritos resonaban en las paredes, sordos y lejanos al principio, más nítidos a cada paso.
César me guio por el pasillo hasta una habitación tras doblar la esquina.
Tecleó un número en el panel de la entrada y la puerta se abrió con un pitido que desapareció entre los gritos y los golpes que salían del interior.
El estómago se me encogió y la bilis me subió por la garganta.
Nunca he sido una persona escrupulosa y he visto sangre en numerosas ocasiones, pero esto estaba a otro nivel.
El hombre contra el que Matteo arremetía a duras penas gemía en el suelo.
Tenía los dedos de la mano en una posición imposible, los ojos reventados, la mandíbula fuera de sitio y la cara tan deformada que ya no parecía humano.
Enzo trataba de cubrirlo de los golpes de Matteo y los demás intentaban separarlo sin mucho éxito. Mierda, ¿cuánto tiempo llevarían así?
—¡Matteo! —Alcé la voz por encima de los gritos, pero no me escuchó.
Miré a mi alrededor, sin saber qué hacer.
—Mierda.
Me lancé corriendo y me arrodillé a la altura de su rostro, acercándome lo suficiente para que pudiera enfocarme.
—Matteo. —Repetí su nombre con firmeza, sin apartar la mirada.
Sus ojos se encontraron con los míos y su puño quedó suspendido en el aire. El suspiro generalizado rebotó en la habitación. Trataron de alejarlo, pero Matteo seguía ahí clavado, con una mano aferrada al hombre del suelo y la otra suspendida a mitad de golpe.
Me moví lentamente, separando la mano que se apretaba contra la garganta del hombre, y me levanté con él. Me estaba viendo, pero tenía ese brillo confuso en la mirada, como aquella noche en el gimnasio cuando no parecía distinguir si yo era real o parte de su sueño.
Lo llevé conmigo fuera de la habitación.
Respiraba con pesadez, con los músculos tensos bajo mi mano.
César cerró la puerta tras nosotros y me guio de vuelta por el pasillo hasta detenerse frente a otra puerta.
Lo escuché teclear el número, pero no me atreví a mirar.
Temía que, si lo hacía, el hechizo, o lo que fuera que veía Matteo en mis ojos, se rompiese.
—Hay un sofá a tu izquierda —murmuró César, y luego salió de la oficina dejándome a solas con él.
Alargué la mano buscando el sofá, y cuando lo encontré me senté con cuidado, tirando de Matteo para que hiciera lo mismo. Lo atraje hacia mí. Su cabeza cayó en mi regazo con un peso extraño, rendido, como si le hubieran arrancado el alma.
Matteo cerró los ojos y soltó un suspiro tan bajo que apenas lo escuché. Hundí los dedos en su cabello y solté por fin el aire que retenía en el pecho.
—Estoy aquí —susurré, acariciando su cabeza—. Sea lo que sea que ves… no es real.
Seguí deslizando los dedos despacio por su pelo.
La mano se me fue llenando de lo que supuse que eran los restos de sangre de aquel tipo.
Lo inspeccioné con cuidado, temerosa de que él también hubiera salido herido mientras intentaban detenerlo.
Cuando acabé, solté un suspiro. No había ni un rasguño.
Al cabo de un rato, la puerta de la oficina se abrió y Bastian apareció en el umbral, con una pinta horrible y un moratón comenzando a dibujarse en su pómulo.
—¿Está bien? —preguntó sin llegar a entrar.
Asentí y eché un vistazo a Matteo. Su respiración se había calmado y ahora era más profunda.
—Se ha dormido —murmuré. Me pasé la lengua por los labios, incapaz de apartar la mirada del rostro de Matteo, ahora tranquilo. No sabía qué me dolía más, haberlo visto en ese estado, o ahora, confiando tanto en mí cuando no debería—. ¿Cómo has sabido que se calmaría?
—Porque ha cambiado desde que apareciste.