CAPÍTULO 27 MATTEO
Entré en la sala y fui directo al hombre que había sentado en el centro.
Tenía las manos atadas con bridas a los reposabrazos y un labio partido, cortesía de alguno de los presentes.
Era uno de los jodidos hombres de mi padre, uno de los que me apuntaron con el arma cuando casi pierdo la cabeza en su casa el día que me enteré de mi boda con Yelena.
Ahora iba a disfrutar torturándolo hasta que no quedara nada de él.
Lo agarré del cuello de la camisa y lo levanté hasta que nuestras caras quedaran a escasos centímetros y su asqueroso aliento me golpeó el rostro.
—Hola, Matteo —saludó el imbécil, con una sonrisa torcida que me dio ganas de partirle todos los jodidos dientes.
—¿Dónde está Vasilyev?
—¿Así de directo? —Soltó una carcajada ronca; la sangre se le asomaba entre los dientes. El puñetazo debía de ser reciente—. Tenía entendido que te gustaba jugar con tus víctimas. Ya veo que esa perra rusa te ha domesticado.
Me rechinaron los dientes. Lo solté con un empujón. La silla se volcó hacia atrás y fue a dar contra el suelo con un golpe sordo. Bruno se acercó y lo levantó de nuevo.
Volví a acercarme.
—Estoy de buen humor, pero más te vale no tentar a la suerte.
Di media vuelta y me acerqué a la mesa donde teníamos desplegados los instrumentos.
Él se lo había buscado. Primero empezaría lento, me tomaría mi tiempo dibujando sobre su cuerpo con algo pequeño y afilado.
Deslicé mi vista por nuestra colección y agarré un bisturí que ni siquiera recordaba de dónde lo habíamos sacado; seguramente lo habría robado alguien del quirófano de Doc en algún momento.
Lo giré entre los dedos, haciendo brillar la hoja bajo la luz amarillenta de la habitación.
—Nada como un poco de arte para abrir la conversación.
El filo se deslizó desde la sien hasta la barbilla en un trazo limpio, algo superficial y lento. Muy, muy lento.
El cabrón trató de apartarse, y esta vez fue Enzo quien le sujetó la cabeza con ambas manos para que no se moviera.
—Venga, Gianluca, pensábamos que eras más fuerte —dijo Enzo con sorna.
Su mandíbula se apretó, resistiéndose a soltar un quejido.
—¿Por qué Vasilyev? —pregunté al terminar el corte, acercándome tanto que sentía su respiración irregular chocando contra mi mejilla—. ¿Qué te prometió para que valiera la pena traicionar a la famiglia ? ¿Dinero? ¿Poder?
—No es nada personal —dijo jadeando entre dientes—. Solo negocios.
—Perfecto. —Mis labios se curvaron despacio—. Entonces no te importará si lo hacemos profesionalmente .
Le clavé hasta la empuñadura el bisturí en el muslo. Un grito vibró en su garganta, pero fue capaz de contenerlo. Lo dejé ahí clavado, palpitando, para que lo sintiera cada vez que se atreviera a moverse.
Me volví hacia la mesa y agarré unas tenazas pequeñas. Le agarré una mano y pincé la uña del dedo corazón. El cabrón intentó apartarse, pero Bruno lo mantenía clavado por los hombros y Enzo le inmovilizaba el brazo. No tenía escapatoria, solo el final que yo eligiera.
—No necesito tus respuestas —dije—. Esto lo hago por diversión. Las preguntas —hice un gesto con la cabeza hacia Bastian—, las hace él. —Y tiré.
El grito me golpeó de lleno, brutal y sincero. La uña salió de raíz con un sonido húmedo y la sangre brotó enseguida, corriendo caliente por su dedo hasta mancharme la muñeca. El tipo creía que podía aguantar, que iba a negociar, y yo solo acababa de empezar.
Le saqué la segunda sin darle tiempo a recomponerse, y después la tercera.
Para cuando le arranqué la quinta, sus gritos se habían convertido en gemidos inhumanos.
No me detuve y pasé a la siguiente mano.
Esta vez no me molesté en usar las tenazas.
Le doblé las uñas hacia atrás con mis propios dedos, una por una, despacio, hasta sentir el crujido seco.
Cuando las tuve todas, cubiertas de sangre y carne, se las metí en la boca y se la tapé con la mano para que no pudiera escupirlas.
—Traga, hijo de puta.
Se atragantó. Tosió. Alguna logró pasar y otras no. No me importaba. Se iba a ahogar en su propia mierda si era necesario.
Me volví hacia la mesa y agarré el sacabocados. Lo hice girar en mi mano, escogiendo dónde clavarlo.
—¿Pasamos a la boca? —pregunté sin mirar a nadie, solo concentrado en el cabrón que ya temblaba como una hoja podrida.
—Matteo. —La voz de Bastian llegó a mi espalda—. Necesitamos que hable.
—Aún no has gritado de verdad —murmuré, ignorando a Bastian—. Pero lo vas a hacer.
Avancé hacia él. Le abrí la boca a la fuerza y clavé el metal en la mejilla, abriendo un agujero en la carne.
Sin soltarlo, empujé el mango del sacabocados sobre una de sus muelas del fondo. Sentí que la encía cedía y un borbotón oscuro le inundó la garganta. El grito que soltó me explotó en los oídos y la saliva mezclada con sangre me salpicó la cara. No tardó en atragantarse. Pero seguía vivo.
—Matteo, basta. —Bastian me agarró por detrás, tirando con fuerza—. Deja que hable.
Me zafé de un empujón y tomé aire por la nariz. Puede que me hubiera excedido un poco, pero el cabrón había insultado a Yelena. Si Bastian no se hubiera metido, lo habría destrozado ahí mismo.
Regresé a la mesa de los instrumentos para poner distancia.
—¿Sabes? —La voz de Gianluca salió rasposa—.
Me han contado que tu mujer se abría de piernas para cualquiera—.
Alcé la cabeza de golpe; un latigazo helado me recorrió la columna como si me hubieran clavado una aguja de hielo entre las vértebras—.
Ni siquiera mataste al imbécil ese que se presentó en el par…
No escuché el final de la frase. Salté sobre él sin darle tiempo a terminar la jodida frase y estrellé los nudillos contra su mandíbula con una fuerza que me recorrió el brazo entero.
El crujido del hueso fue música para mis oídos.
No le di tiempo a recuperar el aliento. Lo agarré del cuello y lo estrellé contra el respaldo de la silla una y otra vez hasta que se partió.
—¡Matteo! —Salva y Bastian se lanzaron sobre mí, uno a cada brazo, tirando con todo lo que tenían, alejándome de él.
El cabrón rio. Una risa baja, burbujeante de sangre.
—Tu madre era igual, ¿lo sabías? —Dejé de forcejear, clavándole la mirada al hijo de puta—. Pobrecilla… estaba tan vacía por dentro, pero, joder, cómo gritaba cuando se corría.
El maldito disparo retumbó en mi cabeza. Los gritos, la sangre esparciéndose sobre la alfombra… Todo se volvió rojo y el mundo se apagó en un zumbido sordo mientras algo se soltaba dentro de mí.
Me zafé como un animal rabioso. Mi frente chocó contra el estómago de Salva, y Bastian apenas tuvo tiempo de bloquearme antes de que mi codo encontrara sus costillas.
Enzo me atrapó por detrás, pero lo giré, le retorcí el brazo y lo estampé contra la pared, quitándomelo de encima. Solo lo veía a él.
Me lancé sobre el hijo de puta estrellando mis nudillos contra su rostro, cayendo una y otra vez, desfigurándole la cara. La sangre me manchaba la ropa, las manos, las pestañas. Y no me importaba.
Hundí la frente contra su cara con tanta fuerza que sentí cómo mi ceja se abría, pero me daba igual. Le metí los dedos en la boca y tiré en ambas direcciones hasta que su mandíbula crujió. Luego presioné los pulgares contra sus ojos, empujando con todo el peso de mi furia.
—¡Matteo, basta ya, joder! —gritó Bastian, entrando otra vez con Bruno y Salva detrás mientras Enzo trataba de alejar al hijo de puta al que intentaba descuartizar con mis propias manos.
—¡Te está provocando, quiere que lo mates!
—¡Matteo!
—¡Matteo, basta!
—¡TRAED A YELENA! ¡YA!