CAPÍTULO 26 MATTEO
Acaricié su espalda con el pulgar de arriba abajo. La cabeza de Yelena descansaba sobre mi pecho y su mano recorría perezosamente mi brazo.
—Aún estoy esperando —murmuré.
La sentí tragar. Pero no cedería esta vez.
—¿Y bien? —insistí.
Yelena intentó apartarse, pero cerré mi brazo con más fuerza alrededor de su cintura; no iba a dejar que volviera a enredarme ni mucho menos a huir de mí. Yelena dejó escapar el aire en un suspiro pesado y sentí todo el peso de su cabeza descansar por fin en mí.
—¿Sabes cuántas veces he visto a mi madre en toda mi vida? —Su voz sonó baja, rasposa.
Negué con la cabeza.
—Veinticuatro veces. Una vez al año por mi cumpleaños, tres de ellas a través de una pantalla.
—Hizo una pausa y el movimiento de su mano se detuvo—.
De pequeña no entendía por qué mi madre no vivía con nosotros.
Y cuando crecí, no entendía por qué no me había llevado con ella cuando mi padre le dijo que podía hacerlo.
Luego entendí que no nos quería, ni a Viktor ni a mí, porque ella solo se quiere a sí misma.
—Tú no eres como ella. —Casi me reí por lo que acababa de decir. No hacía tanto que Bastian me había dicho lo mismo sobre nuestro padre, justo antes de casarme con Yelena.
—No estoy tan segura de ello.
—Yo sí —murmuré.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo sabes?
Sonreí ante su tono desafiante; lo había echado de menos aunque hubieran sido solo unas horas.
—Te dije que tu padre habla mucho cuando está borracho. Y tu hermano es peor aún.
Yelena se incorporó, mirándome con los ojos muy abiertos.
—¿Qué coño te han contado?
—¿Aparte de que te acostabas con Aleksei por joder a tu padre?
—Sonreí por la expresión que le cruzó la cara.
Cuando Viktor soltó aquello entre risas, estuve a punto de arrancarle la cabeza.
Si el cabrón de Aleksei seguía con vida era de milagro; le habría cortado la polla y se la habría hecho tragar.
Si César no hubiera estado conmigo para frenarme, joder, probablemente lo habría hecho.
—Sí, aparte de eso —murmuró.
—Que hasta los diez años tenía que ponerse auriculares para tener reuniones tranquilas porque te negabas a bajar de sus rodillas cuando estaba en el despacho.
—Yelena desvió la mirada y volvió a tumbarse lentamente sobre mi pecho, visiblemente avergonzada—.
O que tuvo que tener una conversación seria con sus hombres de confianza cuando se enteró de que, por el Día del Padre, le dabas regalos a cada uno de ellos.
—Acabaron con la cara morada.
Solté una risa baja. Me lo podía imaginar.
—También que le partiste la nariz a una novia de tu hermano al verla con otro que resultó ser su propio hermano.
—Creía que le ponía los cuernos. Una pena que después de eso lo dejara.
—Tu padre te quiere; más bien diría que te tiene en un pedestal. Nunca he visto a un hombre de nuestro mundo hablar así de su hija ni defenderla de esa forma. Incluso pidió tu permiso para casarte conmigo.
Yelena se tensó. No sé quién estaba más sorprendido, si ella de que lo supiera o yo por el hecho de que lo aceptara.
—No habrías hecho esas cosas si no sintieras nada por los que te rodean —dije.
—Supongo que no.
El teléfono comenzó a sonar bajo una montaña de ropa desde algún punto de la habitación.
Me incorporé a regañadientes y me levanté sin dejar de observar a Yelena en la cama, desnuda, con las sábanas enredadas alrededor del cuerpo y el cabello dorado alborotado tras nuestra sesión intensiva de sexo.
Tampoco aparté la mirada para ver quién narices llamaba cuando descolgué el móvil.
—Matteo, tenemos al traidor.