CAPÍTULO 25 MATTEO
La vi alejarse, incapaz de mover un solo pie. Dejé que fuera uno de los chicos el que la persiguiera esta vez.
No sé en qué momento me di cuenta de que lo que sentía por Yelena iba más allá de una pequeña obsesión por mi mujer.
Puede que fuera cuando apareció ese cabrón de su ex, o la otra noche en el gimnasio cuando mencionó al hijo de puta de Vasilyev.
Pero a su ex… Lo reconocí nada más verlo, ¿cómo no iba a hacerlo?
Tenía la foto con Yelena guardada en el móvil.
Ya soñaba con arrancarle la tráquea cuando aún cabía la posibilidad de que ese cabrón no fuera el profesor del que me había hablado el día de nuestra boda. O, por lo visto, teniente o lo que sea.
Si no hubiéramos estado en el jodido parque a plena luz del día, me habría divertido arrancándole cada uno de los dientes con mis propias manos.
Ya cuando apareció quise destrozarle las jodidas piernas por acercarse a ella y aplastarle los ojos por atreverse a mirarla de esa forma.
En realidad, lo habría hecho si Yelena no me hubiera frenado; ella era la única capaz de recordarme dónde estaba en ese momento.
Como también fue la única que había hecho que mis pesadillas tardaran más en llegar de lo que solían.
Mi móvil vibró en el bolsillo con un mensaje. Cerré los ojos un segundo, tratando de aclarar la mente antes de sacarlo del bolsillo y ver quién era.
César: Está en tu casa.
Suspiré y volví a ponerme de pie.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, vi a César sentado en el sofá. Esta vez no se movió.
—Se ha encerrado en la habitación —dijo.
Asentí.
—¿Ha dicho algo?
César negó con la cabeza.
—La he alcanzado antes de que subiera al ascensor. En cuanto las puertas se han abierto, ha salido corriendo hacia la habitación. —Sus cejas se juntaron—. ¿Qué ha pasado?
Mi mandíbula se tensó. No podía explicar nada de lo que había pasado sin sonar jodidamente patético. Le dices a la persona que se ha metido en tu piel hasta un punto que duele que la quieres y ella sale corriendo. ¿En qué lugar me dejaba aquello?
—Puedes irte, tengo una charla pendiente —respondí.
César tardó un instante en reaccionar. Luego asintió y se levantó con esa calma suya. Antes de marcharse, echó una última mirada de reojo hacia la habitación.
Esperé a que el ascensor terminara de cerrarse por completo antes de ponerme en movimiento.
La rata olisqueaba la parte baja de la puerta, como si quisiera entrar también a salvarla de mí.
La hice a un lado con el pie, ignorando sus gruñidos y, al entrar, volví a cerrar la puerta para que no me siguiera.
No había rastro de Yelena, salvo un sonido apagado que llegaba desde el baño. Me acerqué despacio y apoyé la mano en la puerta antes de llamar con cuidado, conteniendo el impulso de cruzar sin permiso.
—¿Yelena?
Un golpe sordo seguido de arcadas me atravesó desde el otro lado de la puerta. Mi mano voló al pomo, pero no se abrió.
—¡Yelena! —Sacudí la maldita puerta con fuerza—. Yelena, ¿estás bien?
—Márchate. —Su voz atravesó la madera, amortiguada.
—No me voy a marchar —gruñí. Me eché hacia atrás y arremetí contra la puerta con todas mis fuerzas. La madera crujió, pero no se abrió.
—¡No entres, Matteo!
Escuché el grifo del lavabo abrirse, aun así no me detuve. Volví a golpear y esta vez cedió. Yelena se sobresaltó y se giró en el lavabo con el cepillo de dientes en la mano. Tenía las mejillas rojas y los ojos vidriosos.
—¿Estás bien? —pregunté, acercándome a ella. ¿Había estado… llorando?
—Te he dicho que no entraras. —Me puso una mano en el pecho para detenerme—. Espera ahí.
Volvió a girarse, y no me acerqué. La observé a través del espejo mientras se lavaba los dientes y luego se tiraba agua a la cara. Esperé hasta que por fin se dio la vuelta; se quedó apoyada en el borde del lavabo. Su pecho subía y bajaba en respiraciones entrecortadas.
—¿Te encuentras bien?
Desvió la mirada y asintió.
—Sí, solo ha sido… —Se quedó callada—. ¿Qué quieres, Matteo?
Mis puños se cerraron con fuerza. De acuerdo, ella no quería hablar de lo que acababa de pasar ahí, eso se lo concedía, pero nada más.
—Lo que he dicho en el parque iba en serio —dije.
Su labio tembló y sus manos se aferraron con más fuerza al mármol. Di un paso hacia ella, notando cómo su cuerpo se tensaba, y volví a dar otro. Acaricié su barbilla con un dedo antes de alzarle el mentón para que me mirara, pero sus ojos no se levantaron.
—Mírame.
Sacudió la cabeza.
—Por favor, principessa .
Soltó un suspiro tembloroso y su garganta se movió con violencia.
—Solo quiero hablar.
—Fóllame —me cortó.
Mis labios se apretaron y el músculo de mi mandíbula se contrajo. La tomé de la nuca y la acerqué a mí.
—No hasta que hables conmigo.
—No quiero hablar, Matteo —murmuró.
—¿Por qué?
—¡Porque no quiero hablar de esto!
—¿No quieres o no puedes?
—¿Qué más da? ¡No puedo! —Tomó aire con dificultad—. No sé… —Tragó saliva. Se pasó la lengua por el labio inferior, como si buscara palabras y no las encontrara, y luego cerró los ojos con fuerza—. Hazlo y ya está.
Tomé aire, sintiendo cómo mi respiración se volvía más pesada.
Odiaba que me evitase de esa forma. Que después de decirle esas palabras en el parque, me ofreciera su cuerpo como una salida fácil.
Me enfurecía. Cerré los ojos un instante.
De acuerdo. Si era lo único que estaba dispuesta a darme ahora, lo aceptaría.
Pero no iba a fingir que no sabía lo que estaba haciendo.
Cuando volví a mirarla, seguía con la vista clavada en el suelo, esperando.
—Pero esta vez te toca a ti —murmuré, pasando el pulgar por sus labios.
Me desanudé el cordón del pantalón del chándal y lo bajé sin apartar la mirada de ella.
Yelena se arrodilló sin pensarlo dos veces, haciendo que me pusiera duro casi al instante.
Liberé mi erección despacio, acariciándola con la mano bajo la atenta mirada de Yelena mientras crecía.
Luego la llevé a su boca sin prisa. Sus labios se abrieron, recibiéndome sin oponer resistencia.
Un gemido profundo brotó de mi garganta al sentir la calidez de su boca rodeándome.
Enredé los dedos en su pelo y empecé a mover las caderas, empujando dentro de su boca, saliendo y entrando cada vez más hondo.
—Así, muy bien, principessa —gruñí—. Tómala entera.
Mi polla rozaba las paredes de su garganta con cada embestida. Me follé su boca sin cuidado, escuchando como tragaba y viendo como sus ojos se llenaban de lágrimas cada vez que me hundía demasiado en ella. Joder, la boca de Yelena alrededor de mi polla era la mejor puta sensación de mi vida.
Sus manos se cerraron alrededor de mis piernas, presionando los dedos cuando aceleré el ritmo. El placer llegaba en oleadas, cada una más intensa que la anterior, hasta que el mundo se redujo a su respiración, a sus uñas clavándose contra mi piel y mis caderas perdiendo el control.
—Joder —maldije sintiendo lo cerca que estaba, hundiéndome aún más profundo. Yelena tosió, mandando una vibración a mis pelotas que me hizo estallar en su dulce boca con un gruñido. La sostuve con firmeza, impidiendo que se apartara ni un milímetro mientras me vaciaba.
Una vez que terminé, tiré de su pelo con suavidad, guiándola hacia atrás con lentitud hasta que sus labios me liberaron. El calor todavía me recorría cuando vi que mantenía la vista clavada en el suelo, evitándome. Una punzada de furia me recorrió.
Apreté mi agarre en su pelo, obligándola a mirarme. Sus ojos estaban vidriosos y sus pupilas, dilatadas. Pasé un pulgar por sus labios, abriéndoselos mientras observaba cómo el semen resbalaba por la comisura de sus labios antes de que tragara.
Gemí al verla hacer eso. Era lo más sexy que había visto nunca.
—Ahora me toca a mí.
No le di tiempo a moverse. La agarré por debajo de los brazos y la alcé hasta sentarla en el lavabo.
Le bajé los pantalones de un tirón y me detuve al ver sus bragas.
Dejé escapar una sonrisa antes de hacer lo que estaba a punto de hacer.
Las rasgué hasta quitárselas, ignorando la mirada de reproche que me lanzó Yelena. Me daba igual.
Atrapé su boca con la mía y probé mi propio sabor en sus labios.
Jamás en mi vida había hecho algo como aquello, pero su esencia mezclada con la mía y ese toque a menta me puso tan duro que no lo creía posible.
Abrí su boca y empujé la lengua, explorándola hambriento mientras llevaba mis dedos a su entrepierna y me abría paso en su interior.
Estaba caliente y más que lista para mí.
Un gemido vibró en su garganta y su pelvis rotó en mi dirección.
—Voy a follarte muy fuerte, Yelena —susurré contra sus labios—. Y después vas a hablar.
Curvé los dedos, presionando el punto que sabía que le gustaba, impidiendo de esa forma que se negara de nuevo a hablarme.
Me arrodillé entre sus piernas, sustituyendo los dedos por la lengua.
La hundí en su interior, entrando y saliendo lentamente, acariciando su clítoris en tortuosos círculos antes de volver a penetrarla con ella.
Esperé a que su cuerpo comenzara a convulsionar y sustituí de nuevo la lengua por los dedos, prolongando su orgasmo mientras me ponía en pie.
No le di tiempo a recuperarse. Me hundí en ella de una estocada, arrancándole un grito profundo. La tomé de las caderas y tiré con fuerza hasta que quedó apoyada contra el borde del lavabo, obligándola a sujetarse a mis hombros. Y mientras yo me movía con violencia, batiendo sin detenerme.
—¿Esto es lo que querías? —la embestí hasta el fondo, quedándome allí, inmóvil.
—Sí —jadeó con la voz ronca, clavándome las uñas.
—Bien, ahora sé una buena chica y córrete para mí, principessa. Y asegúrate de decir mi nombre cuando lo hagas.
Volví a embestir, asegurándome de llegar hasta el fondo en cada movimiento.
Mis dedos se clavaban en su piel con fuerza, marcando su cuerpo con cada estocada.
Sabía que le dejaría señales, y esa idea me encendía aún más, pero me contuve, manteniendo ese ritmo lento y duro que le hacía arquear la espalda cada vez que alcanzaba su punto de placer.
—¡Matteo!
Sus paredes se estrecharon con fuerza a mi alrededor, y su cabeza cayó hacia atrás dejando escapar un grito desde lo más profundo de su pecho. Seguí empujando despacio, golpeando con ese ritmo firme mientras se deshacía en mis brazos entre temblores y mientras mi propia liberación la llenaba.
Apoyé mi frente contra la suya, jadeando, notando como mi polla palpitaba en su interior y como sus músculos seguía cerrándose alrededor en leves espasmos que la mantenían temblorosa.
—Ahora sí vamos a hablar.