CAPÍTULO 24 YELENA #2
Miré a Matteo de reojo, sintiendo cómo se me formaba un nudo en la garganta.
—¿Graves? —logré decir. Alcé una mano frente a Matteo, frenándolo antes de que le volara la cabeza allí mismo, delante de familias y niños—. ¿Se puede saber qué haces aquí?
—¿Así que era cierto? —preguntó, sin molestarse en ocultar su desprecio—. ¿Ni siquiera tuviste los cojones de decirme a la cara que te casabas? ¿Un puto mensaje y ya?
Abrí la boca para replicar.
—¿Y tú quién coño eres? —La voz de Matteo me heló la sangre. No por la pregunta en sí, sino por ese tono tranquilo y estable, demasiado controlado para él.
Ladeé la cabeza en su dirección; estaba sonriendo. Una sonrisa oscura que me recorrió entera como un latigazo.
Graves giró el rostro hacia Matteo, clavándole la mirada.
—Teniente coronel Ethan Graves —escupió, inflando el pecho—. ¿Y tú?
Quise reír. De verdad. ¿En serio estaba haciendo esto?
¿Delante de Matteo? Solté el aire por la nariz.
No recordaba que Graves fuera tan estúpido como para querer marcar territorio de esa forma.
Estaba cavando su propia tumba como un imbécil, porque él sabía perfectamente en qué tipo de mundo vivía yo; incluso si no le había contado que me casaba con un miembro de la mafia, al menos debería haberlo intuido.
Pero ahí estaba, midiéndose con un hombre que no necesitaba uniforme ni insignias para mandar a alguien al infierno.
—El marido .
Matteo sacó la mano de la sudadera con un gesto lento, desarmado. Sentí cómo la piel de mi nuca se erizaba y la tensión bajaba en oleadas hasta la base de mi espalda. No sé qué era peor, ver lo malditamente tranquilo que parecía o que hubiera dejado el arma a un lado.
Graves le echó una mirada de desprecio de arriba abajo y dejó escapar una risa baja, volviendo a clavar los ojos en mí.
—¿Él? ¿En serio? Pensaba que tenías mejor criterio.
—Por eso mismo estoy con él y no contigo —respondí, cruzando los brazos sobre el pecho.
Graves soltó una risa seca, vacía. Tuve que volver a alzar una mano para detener a Matteo, que ya había dado un paso hacia él.
—No sé por qué coño he venido. Supongo que necesitaba verlo con mis propios ojos —espetó, apartando la mirada un segundo para luego volver a mí—. En el fondo me das pena, Yelena. Siempre has sido una jodida insensible sin corazón.
El puño de Matteo impactó en la mandíbula de Graves con un crujido sordo, derribándolo al instante.
—¡Matteo!
Lo agarré del brazo con ambas manos antes de que se iniciase una pelea en mitad del parque.
Podía sentir sus tendones duros bajo mi piel y el pulso golpeando a través de sus músculos.
No me hizo falta mirar a mi alrededor para saber que no estábamos solos.
César, Bruno y Enzo estaban allí, alerta, pero no se acercaron.
Matteo se inclinó sobre Graves, tanto como le permitió mi agarre.
—Tienes exactamente diez segundos para desaparecer antes de que te arranque la lengua y te la meta por el culo por hablarle así a mi mujer —lo amenazó, con un tono pausado y oscuro.
Graves escupió sangre en el suelo y se llevó la mano a la mandíbula con la mirada fija en Matteo, fría, desafiante, con ese maldito brillo de superioridad que adoptaba cada vez que se creía por encima del resto por llevar galones en la manga.
—¿Cómo me has encontrado? —inquirí. Mis dedos seguían aferrados a Matteo. No me fiaba, ni de uno ni del otro, y por eso no podía soltarlo mientras Graves estuviera ahí, pero necesitaba saberlo.
Matteo se enderezó sin ceder terreno y Graves se levantó con movimientos bruscos, sacudiéndose la tierra de los codos.
—Siempre sé dónde te encuentras —escupió, dirigiéndome una mirada fría.
—Pues aprende a olvidarlo —repuso Matteo—. Y ya han pasado cinco segundos. Yo que tú, correría.
Graves dio un paso atrás, luego otro. Pero no se fue sin antes dejar el veneno.
—Que te aproveche, está vacía por dentro; no esperes nada por su parte, porque no lo hay.
No necesitaba mirar a Matteo para saber que, si le soltaba el brazo ahora, Graves no se iba a ir caminando, sino en una ambulancia o dentro de un ataúd.
Todo el aire que había contenido salió de mí en cuanto lo perdimos de vista. Solté a Matteo y lo escuché mascullar algo, pero no lo procesé; todavía tenía la vista clavada en el camino por el que Graves se había largado.
Me giré de golpe y empecé a andar, ignorando por completo la voz de Matteo detrás de mí. Necesitaba poner distancia.
Quizás no debí decirle por un mensaje que me casaba y luego desaparecer del mapa, pero no sé qué esperaba conseguir apareciéndo por sorpresa. Está bien, lo reconozco, quise joderle con ese mensaje, y vi que lo conseguí. Era normal que estuviera despechado. Bien, pues que le aproveche.
—¡Yelena! —La voz de Matteo sonó más cerca esta vez, y un segundo después sentí cómo tiraba de mi brazo, deteniéndome.
Me giré hacia él y me encontré con sus ojos grises. Una línea tensa surcaba su frente y los músculos de la mandíbula palpitan bajo la piel.
—¿Qué quieres, Matteo? —Me solté de un tirón, pero el calor que me dejó en la piel no se apagó al apartarme.
—Era él, ¿no?
La presión me cerró el pecho y apreté los dientes hasta que me dolieron.
—Yelena.
—Quiero volver a casa —murmuré.
Matteo tiró de mí, obligándome a volverme del todo hacia él. Me sentía incapaz de mirarlo a la cara. Supongo que es normal cuando tu ex y tu… marido se encuentran cara a cara.
—No pienso permitir que nadie vuelva a hablarte así.
Nadie. —Mi corazón retumbó contra mis costillas—.
Si vuelve a aparecer, no solo le arrancaré la puta lengua.
Haré que pague por cada una de las palabras que salgan de su boca y por creer que tiene derecho a tratarte de esa manera.
—Sus dedos se detuvieron bajo mi barbilla y me hizo alzarla—. ¿Me oyes?
Mis ojos se encontraron con los suyos. No podía respirar.
Me estaba ahogando. Alcé las manos, sosteniéndome de sus brazos antes de empujarlo sin fuerzas.
La confusión en su mirada me destrozó por dentro de una forma que no creía capaz.
Di un paso atrás, pero mis manos no se movieron; seguían aferradas a sus brazos.
—¿Por qué? —logré preguntar.
—Te lo dije, principessa. Eres mía, y yo cuido lo que es mío. No voy a permitir que nadie te haga daño.
—¿Crees que sus palabras me han dolido? —espeté.
Matteo ladeó la cabeza, entrecerrando esos malditos ojos grises que tanto me quemaban—.
Graves tiene razón. No sé cómo querer a alguien.
Nunca lo he sabido y no creo que sea capaz de hacerlo.
No logro conectar emocionalmente con nadie.
Supongo que es normal. La gente a mi alrededor no se quiere.
¿O acaso en nuestro mundo existen cosas como el amor?
Hay complicidad, camaradería… Pero ¿amor?
Eso es tan… —La imagen de mis padres juntos vino a mi mente—. Tan…
«Es tan doloroso».
—Yo te quiero, Yelena.