CAPÍTULO 24 YELENA
Arrugué la nariz por tercera vez y solté un quejido bajo.
Algo me hacía cosquillas, interrumpiéndome el sueño sin despertarme del todo.
Me rasqué con torpeza esperando que el maldito picor desapareciera, pero en lugar de calmarse se trasladó a mi oreja.
Fruncí el ceño aún medio dormida y abrí los ojos de golpe cuando el cosquilleo se repitió.
Me encontré con el rostro de Matteo a escasos centímetros del mío, con esa sonrisa perfecta que mostraba sus dientes. Di un gritito por el sobresalto que me produjo y, sin pensarlo dos veces, le estampé la almohada en la cara, con fuerza suficiente como para desequilibrarlo hacia un lado.
—¡Me has dado un susto de muerte! —bufé, volviendo a hundirme en el colchón con el corazón disparado.
Matteo soltó una carcajada ronca, de esas que me recorrían entera.
Se incorporó y se inclinó hacia mí para recuperar el mechón de mi pelo que había usado como instrumento de tortura y lo enroscó en el dedo sin borrar la sonrisa de su rostro.
No puedo negar que le sienta bien cuando sonríe de esa manera, tan despreocupado y con ese brillo en los ojos, como si no llevara dentro los demonios que tan bien oculta.
—Por fin despiertas, bella durmiente.
Su boca se estrelló contra la mía, arrancándome un gemido. Deslizó la lengua entre mis labios, abriéndome, acariciándome por dentro con una ternura posesiva que me hizo temblar entera.
Mis dedos se enredaron en su cabello y dejé escapar otro gemido ahogado; necesitaba más.
Y cuando por fin se apartó, lo hizo tan despacio, tan malditamente despacio, que mis labios lo siguieron negándose a dejarlo ir.
Me dejó jadeando, con el corazón a punto de salirme por la garganta y una necesidad urgente quemándome bajo la piel.
—Buenos días —murmuró con esa sonrisa de cabrón satisfecho.
—¿Qué haces aquí aún? —inquirí suave, todavía con el corazón acelerado y la falta de aire en el pecho. No sé qué diablos me había hecho, pero jamás me había sentido tan afectada por un beso.
Matteo se limitó a sonreír y me pasó el mechón tras la oreja antes de bajarse de la cama. Entonces me di cuenta de que iba vestido con ropa de deporte. Sudadera negra, camiseta ajustada debajo y esos pantalones de chándal que le quedaban demasiado bien.
—¿Vamos al gimnasio? —pregunté con la voz aún pastosa. Creo que… quitando el día después de nuestra boda, era la primera vez que me despertaba y Matteo seguía en casa, porque el sexo matutino no cuenta.
—Mejor —dijo, con un brillo travieso en los ojos—. Vamos a salir a correr.
—¿En serio? —me incorporé de golpe y el mundo giró un instante. Tuve que apoyar la mano en el colchón antes de sacudirme el aturdimiento.
Matteo asintió con calma. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose descaradamente en la curva de mis pechos, cubiertos solo por el encaje del camisón de seda negro con el que había dormido.
El calor se acumuló en mi vientre y tuve que centrarme por un momento.
No quería perder la oportunidad de respirar aire fresco por fin; el balcón no cuenta.
—Pero primero… —añadió, con esa media sonrisa que ya conocía demasiado bien—. A la ducha.
—Sabes que la gente se ducha después de correr, no antes, ¿verdad? —respondí con sorna.
—¿Quién ha dicho que la ducha sea para eso? —repuso, sin despegar esa sonrisa pervertida del rostro.
Puse los ojos en blanco y me bajé de la cama arrastrando los pies. Mierda. Estaba agotada. Tampoco es que nos acostáramos muy tarde la noche anterior; aun así, me sentía como si me hubiera pasado por encima un camión. Mierda, me estaba malacostumbrando.
Matteo me siguió al baño. Me giré en el último segundo, levantando una mano frente a su pecho antes de que cruzara el umbral.
—Ni lo sueñes —solté, cerrándole la puerta en las narices con una sonrisa burlona.
—Te espero en la cocina —dijo al otro lado.
Me tomé mi tiempo para asearme y luego me dirigí al vestidor a ponerme ropa adecuada para entrenar. Si Matteo había decidido que saliéramos esa mañana, significaba que había accedido a tenderle una trampa a Yuri, pero no estaba tan segura de que me dejase llevar un arma.
Me asomé por la puerta para asegurarme de que Matteo no estuviera rondando y, cuando confirmé que la habitación estaba despejada, me dirigí a la parte del armario de Matteo.
Empujé la ropa a un lado, tanteando con los dedos hasta que sentí el clic apenas perceptible del botón oculto.
El compartimento donde guardaba las armas se abrió.
Tomé la P365, ligera y compacta; perfecta para esconderla en uno de los bolsillos de mis pantalones tácticos.
Antes de guardármela, comprobé la munición y el seguro.
Al salir, el olor a café recién hecho me golpeó de lleno y mi estómago dio un vuelco tan brusco que me revolvió las tripas.
«Definitivamente, se acabó el café».
Matteo estaba en la encimera sirviéndose una taza. Al oírme, se giró y una sonrisa se le dibujó en los labios. Se acercó y me rodeó la cintura.
—Va a ser muy difícil correr con estas vistas —murmuró.
Incliné la cabeza y miré hacia abajo. Una risa se me escapó al ver el bulto tensando la tela de sus pantalones.
—Tranquilo. —Le pasé los dedos por encima, despacio, disfrutando de cómo se le escapaba un gruñido ronco—. Te bajará pronto.
—¡ Cazzo ! —saltó de golpe, apartando el pie con brusquedad y mirando hacia abajo. Alcé las cejas y seguí su mirada hasta encontrarme con Cat a nuestros pies, con los colmillos medio asomados, como siempre que Matteo estaba cerca—. ¡Me acaba de mear encima!
—Necesita salir.
—Ya, claro, ese bicho me odia. —Se sacudió la zapatilla con una mueca de asco.
—No es un bicho —la defendí, recogiendo a Cat en brazos y acariciándola hasta que dejó de gruñir—. ¿Verdad que no, mi niña?
—Cierto, es una rata —bufó Matteo antes de perderse por la puerta del dormitorio.
La risa se me escapó sin remedio mientras Cat movía la cola entre mis brazos.
No podía creer lo que veían mis ojos. Mi mirada saltó de César a Bruno y luego al otro que solo recordaba de la boda, todos en chándal con los brazos cruzados y expresiones que gritaban «Odio cada segundo de esto». César me lanzó una mueca de pura resignación que no necesitó traducción.
—Matteo… —Me giré despacio hacia él, entornando los ojos—. ¿Qué es esto?
—Nuestra escolta —respondió con una sonrisa.
Mis cejas subieron tan alto que por poco se me despegan de la frente. Los miré a los tres otra vez y volví a mirar a Matteo.
—De acuerdo —asentí—. Os vais a cagar. —Me acerqué a César y le pasé a Cat sin pestañear—. Te ha tocado.
Corrimos durante más de una hora dando vueltas por el parque.
No bajé el ritmo cuando escuché a César maldecir entre dientes ni cuando Enzo casi se tropieza por mirar el reloj por cuarta vez, y menos aún cuando Bruno le gritó a Matteo que «domara a su mujer de una jodida vez».
Sólo paré cuando vi a Matteo detenerse, doblado sobre las rodillas.
Aflojé la marcha, volví sobre mis pasos al trote y pasé a su lado con una sonrisa que apenas pude sostener por el ardor en mis piernas. Mi respiración también iba desbocada, y el cansancio me golpeaba con intensidad, pero verlo así me daba fuerzas para continuar.
—¿Tanto gimnasio para esto, Matteo? Qué decepción.
—Te estás vengando por vencerte anoche —dijo sin dejar de jadear ni alzar la cabeza.
—Mmh, puede. Y no me venciste, hiciste trampas —respondí, echando un vistazo a mi alrededor.
Habíamos perdido al resto del escuadrón, aunque podía ver a lo lejos a César, tirado en un banco con Cat a sus pies.
Era el que más había aguantado después de Matteo; eso o llevaba una vuelta menos que nosotros—.
Volvamos atrás, antes he olido un puesto de perritos y me muero de hambre.
Matteo se incorporó despacio, tratando de ocultar lo mucho que le costaba mantenerse erguido, y asintió.
—Pero nos sentamos. Se me van a salir las tripas por la boca.
Solté una carcajada, disfrutando cada maldito segundo de mi venganza.
Al pasar junto al banco, Matteo le lanzó una mirada fugaz a César, que alzó el pulgar sin levantar la cabeza del asiento.
Había algo muy satisfactorio en acabar con ellos de esta forma, sobre todo después de que pensaran que podían mantenerme encerrada en un apartamento.
No iba a dejar que lo olvidaran tan fácilmente.
De camino al puesto, aproveché para inspeccionar los alrededores. No había ni rastro de los hombres de Yuri, y eso no era normal. Me fijé en las caras de cada una de las personas que nos cruzábamos; nadie tenía pinta de trabajar para una b ratva .
—Cuidado.
Matteo me agarró de la mano y tiró hacia él, pero choqué con otra persona por ir mirando hacia atrás.
—Disculpe —le dije a la mujer a la que había golpeado sin querer con una sonrisa.
—No se preocupe —respondió de manera educada.
La mujer se alejó y continuamos nuestro camino.
—Lo estamos buscando —dijo Matteo—. Le he pedido a Bastian que me prestara a los novatos a su cargo y avisé a tu hermano esta mañana. Están vigilando los alrededores.
Le miré sorprendida.
—¿Me has… escuchado?
Una sonrisa tiró de la comisura de sus labios.
—Siempre te escucho, principessa .
La sensación molesta en mi pecho volvió, seguida de un latido demasiado rápido.
Nos detuvimos en el puesto y pedí mi perrito sin mostaza; siempre me ha parecido un sabor un poco rancio, no la soporto. Matteo solo pidió una botella de agua que prácticamente se acabó de un trago mientras el hombre terminaba de preparar mi perrito.
—¡Yelena!
El grito me atravesó como una bala perdida. Matteo tardó exactamente dos segundos en reaccionar. Su mano fue directa al interior de su sudadera, donde sabía que escondía el arma.
Giré la cabeza por encima del hombro, despacio. El aire se me quedó atascado en la garganta al ver a Graves caminando hacia nosotros, con los puños apretados y la mandíbula tan tensa que parecía que se le iba a partir de un momento a otro.
«No. Puede. Ser».