Nacidos en sangre CAPÍTULO 23 YELENA
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CAPÍTULO 23 YELENA

Mis pulmones ardían y el suelo del gimnasio estaba frío bajo mi espalda, pero ni eso lograba bajar la temperatura que me recorría por culpa de Matteo.

Él seguía de pie, mirándome desde arriba con el pecho agitado, una gota de sudor deslizándose por su frente y esa sonrisa cansada, orgullosa y arrogante en los labios. Porque sí, me había tumbado otra vez.

—Eres un tramposo —escupí.

Apoyó las manos en las caderas sin dejar de observarme; como si vencerme con sus tácticas rastreras fuera el mejor momento del día.

—No es mi culpa si eres incapaz de resistirte a mí —respondió entre jadeos, con esa voz grave que siempre parecía demasiado cerca de mi oído—. Aunque reconozco que me lo has puesto difícil.

Solté un bufido.

«Maldito engreído».

Respiré hondo por la nariz para calmarme.

Casi lo tenía; y le habría ganado si no me hubiera metido la mano en las bragas mientras lo tenía atrapado por el cuello.

Y si no me hubiera mordido el lóbulo de la oreja y me hubiera susurrado al oído que se la estaba poniendo dura.

Aunque, si nos poníamos a hacer trampas, aún podía ganar.

Estiré la pierna con un movimiento rápido y lo golpeé con fuerza detrás de la rodilla. Matteo no lo vio venir y cayó hacia atrás como un roble derribado, soltando un quejido cuando impactó contra el suelo a mi lado.

—¡Mierda! —exclamó, no supe si por el golpe o por la sorpresa.

—Ahora estamos empatados —dije con una sonrisa triunfal.

Matteo soltó un resoplido y volvió a clavar la vista en el techo. Nos quedamos así, tendidos boca arriba en mitad del gimnasio, con la respiración entrecortada y las camisetas pegadas al cuerpo por el sudor.

—Tengo curiosidad. —Su voz rasposa me acarició la piel—. ¿Por qué militar?

Volví el rostro hacia él. Sus ojos grises permanecían fijos en los míos, como si intentara leerme.

—Porque fui criada por un montón de brutos con cero tacto para una niña —respondí con media sonrisa.

Matteo soltó una carcajada que me recorrió entera y que mandó un cosquilleo a través de mi columna. Antes de darme cuenta, me descubrí sonriendo también.

—Es cierto que tu padre es algo bruto —murmuró divertido. Desvió la mirada, pensativo por un instante, antes de volver a encontrar la mía—. ¿Fue él quien te enseñó a pelear?

—Más que enseñarme, digamos que jugaba a la lucha libre con él y Viktor.

—Me encogí de hombros—. Con el tiempo aprendí a no acabar siempre en el suelo.

Cuando fui más mayor, me uní a los entrenamientos que Maxim daba a los demás en el jardín.

—Hice una pausa, recordando con una sonrisa la primera vez que me planté allí—.

Tenía diez años. Maxim se negó al principio, así que me acerqué para suplicarle y le solté un cabezazo en la nariz que lo hizo sangrar.

—¿También se la rompiste o eso es nuevo? —preguntó con diversión, refiriéndose a mi episodio con Grace.

—Digamos que ahí le cogí el gusto —bromeé—. A día de hoy, Maxim sigue sin saber que fue mi padre quien sugirió lo del cabezazo. Dijo que a los hombres como Maxim había que ganarles por sorpresa.

—Ahora encajan muchas cosas —resopló con una risa—. ¿Tu madre estuvo de acuerdo?

«Mierda. Me había olvidado de ella».

Carraspeé y me incorporé hasta quedar sentada. Me llevé una mano al hombro y me lo masajeé. Hasta que Polina apareció en la vida de Boris, no tuve ninguna figura femenina a mi alrededor, pero eso no podía decírselo.

—Me voy a la ducha. Estoy cansada.

Me puse en pie o, al menos, lo intenté. Matteo me agarró del brazo antes de que terminara de levantarme y tiró de mí, haciendo que perdiera el equilibrio y cayera encima de él.

El calor de su piel me envolvió de inmediato, y sus brazos se cerraron como una jaula alrededor de mi cintura, impidiéndome escapar.

—¿Qué haces? Suéltame —le exigí.

—No hasta que me lo cuentes, principessa.

—¿Por qué? No tiene nada de interesante. —Intenté sonar lo más aburrida posible para apagar su curiosidad.

—Porque quiero saberlo todo de ti.

Mi corazón dio un vuelco y mi pulso comenzó a latir con intensidad, tanto que casi podía escucharlo. Lo sentía en el pecho, en las muñecas, en la entrepierna; en todas las partes que estaban cerca de él. Que tuviera ese poder sobre mí no era bueno.

Abrí la boca sin saber qué iba a decir, pero las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

—Ella nunca ha formado parte de mi vida.

Matteo inclinó la cabeza y me escudriñó en silencio, sin aflojar el agarre de mi cintura, esperando que continuara. Me pasé la lengua entre los labios, humedeciéndolos.

—Fui un pequeño accidente por culpa del vodka durante el noveno cumpleaños de Viktor.

—Intenté tragar el nudo que se había instalado en mi garganta.

Nunca había compartido esa historia con nadie y mucho menos debería estar haciéndolo con Matteo, pero algo empujaba a ello.

Tampoco es que fuera un secreto en mi familia, aunque nunca lo mencionáramos—.

Mis padres llevaban separados desde que mi hermano tenía cuatro o cinco años —continué—.

Y como no podían divorciarse, ella encontró un amante y se largó a Rusia.

Tragué saliva, llevándome el nudo con ella. No sabía si me dolía más lo que estaba diciendo o el hecho de decirlo en voz alta después de tantos años, porque, por algún motivo, era incapaz de cerrar la maldita boca cuando Matteo me observaba de esa forma.

—Yo nunca dejaré que te marches con otro —respondió él en un susurro ronco que me caló hasta los huesos—. Si alguna vez piensas hacerlo, entonces mejor que me mates antes, porque no pienso permitirlo.

Mi boca se secó y mi pulso se detuvo. De todo lo que podría haber dicho Matteo, no esperé que fuera algo como aquello. Necesitaba frenarlo antes de que fuera a más, de que todo se complicara más. No podía olvidar la verdadera razón por la que estaba allí.

Quise levantarme, largarme antes de decir algo que no quería, pero mi cuerpo seguía anclado ahí, entre sus brazos, incapaz de moverse y aumentando de temperatura a una velocidad vertiginosa. Tenía que cambiar de tema cuanto antes.

—¿Y qué hay de tu madre? —inquirí con el tono de voz más natural que logré. La otra opción era preguntar por sus pesadillas, pero, ya puestos a hablar sobre padres, quise indagar—. Y no me refiero a María.

Noté cómo el cuerpo de Matteo se tensaba y cómo su mandíbula se apretaba, marcándole el músculo. Según Harvey, su madre había muerto por una bala enemiga. Trágico, aunque nada sorprendente.

—Se largó también —respondió y, con un movimiento rápido, giró sobre sí mismo, llevándome con él hasta que mi espalda chocó contra el suelo, arrancándome un jadeo—. Ahora quiero mi premio por haberte ganado —murmuró, con esa mirada hambrienta clavada en mis ojos.

—No me has ganado —bufé, empujándolo del pecho sin intención de apartarlo—. Llevas haciendo trampas desde que pusimos un pie aquí.

—Nadie dijo que tuviera que ser una pelea justa —susurró, descansando un instante su frente contra la mía.

Su nariz descendió por mi piel con una lentitud cruel, rozándome hasta detenerse a la altura del cuello. Aspiraba con suavidad y dejaba que su aliento me acariciara.

—¿Sabes? —murmuré, ladeando la cabeza para darle más espacio—. Podría ayudarte a encontrar a Yuri si me dejaras.

—¿Y puedo saber cómo?

Sus dedos encontraron el borde de mi camiseta y tiraron de ella hacia arriba.

Levanté los brazos sin oponer resistencia, estremeciéndome cuando el suelo rozó mi piel expuesta.

Matteo se inclinó sobre mí y fue besando un camino, empezando por mi cuello, pasando por mi clavícula y deteniéndose en mis pechos desnudos.

Su boca se cerró alrededor de uno de mis pezones, rodeándolo lentamente con la lengua.

—¿No iba a por mí? —jadeé, logrando hablar a duras penas—. Dejemos que me encuentre. Seguro que tiene hombres vigilando los alrededores.

Sus dientes atraparon el pezón, tirando con una presión medida que me arrancó un grito ahogado.

El ardor fue inmediato, pero lo calmó enseguida con la lengua, lamiendo con una lentitud casi reverente.

Mi espalda se arqueó sola, perdida entre el dolor punzante y el alivio cálido que su lengua dejaba a su paso.

Matteo soltó una risa grave contra mi piel, una de esas que me hacían vibrar por dentro, antes de separarse.

—Parece que alguien está muy necesitada hoy —susurró con una sonrisa burlona. Deslizó una mano por mi vientre con lentitud y la coló entre mis bragas—. ¿Estabas así de mojada mientras te ganaba?

—Has hecho trampa —lo corregí.

Un jadeo tembloroso escapó de mis labios al notar su dedo hundiéndose entre mis pliegues. Acarició justo donde más me dolía, y perdí la capacidad de hablar por un instante.

—Puede, pero eso no quita que te haya ganado —se regodeó, sin dejar de trazar círculos perezosos alrededor de mi clítoris.

—No me cambies de tema.

Anclé los talones en su cintura y lo atraje hacia mí. Sentí su erección rozarme y un nuevo escalofrío me recorrió entera y fue directo a mi centro.

—Lo digo en serio, Matteo.

—No voy a dejar que salgas —me cortó, enterrando un dedo en mi interior. Un gemido escapó de mis labios y acerqué la cadera, buscando más.

Mis manos bajaron por su abdomen, rozando la piel cálida hasta dar con el elástico de sus pantalones de chándal. Me colé dentro y encontré su erección palpitante; la rodeé con la mano y deslicé los dedos despacio mientras sentía cómo se tensaba contra mí.

Matteo gruñó en mis labios, empujando con las caderas, buscando más contacto.

—Sabes que vendrá a por mí en cuanto ponga un pie fuera —murmuré entre jadeos.

—Lo sé. —Hundió un segundo dedo y los movió más rápido, más profundo, tocándome justo donde sabía que me desarmaba.

—Entonces déjame salir —le rogué temblando. Apreté más mi agarre, moviéndolo al mismo ritmo con el que él me tocaba, jadeando al unísono.

Sus dedos se deslizaron fuera de mí y me sentí vacía al instante.

Con un gruñido, apartó mi mano y empujó hacia abajo el pantalón lo justo para liberarse, frotando su erección contra mi centro hasta arrancarme un gemido ronco.

Alineó la punta con mi entrada, pero no se movió.

Me sostuvo la mirada, conteniéndose solo para volverme loca.

—Es peligroso. —Se hundió de una sola estocada y vi las estrellas.

Mi cuerpo se arqueó con fuerza, empujado por ese golpe seco que me recorrió por dentro en una oleada de puro placer.

Me quedé sin aire, aferrándome a sus hombros mientras sus caderas volvían a batirse contra las mías a un ritmo lento, acariciando cada una de mis terminaciones nerviosas.

—Puedo con él —murmuré, tragándome un gemido cuando presionó con fuerza—. Seguro que él no hará trampas metiéndome mano.

La mirada de Matteo se volvió oscura, peligrosamente oscura, y dejó de moverse. Intenté espolearlo con los talones, impaciente, pero fue como tratar de tumbar una maldita montaña.

—Repite eso —ordenó con rudeza.

—¿El qué?

Salió de mí arrancándome un jadeo. En menos de un segundo, mi espalda dejó de tocar el suelo, mis rodillas chocaron contra el suelo y mis palmas se estamparon frente a mí. Sentí su pecho pegado a mi espalda y una mano aferrándose a mi cadera.

—¿Yuri metiéndote mano? —Me embistió con una estocada tan profunda que me robó el aire—. No me hagas reír, principes sa . Le arrancaré la mano antes de que te roce un puto pelo. A él —otra embestida— o a cualquiera —y otra más—. ¿Ha quedado claro? —Se detuvo, empujando a fondo.

—Sí —jadeé.

—Así me gusta. Ahora córrete para mí, principessa , quiero sentirte.

Sus dedos se clavaron en mis caderas mientras empujaba una y otra vez sin darme tregua.

Me aferré al suelo con los dedos, tratando de anclarme a algo mientras mi cuerpo se rendía a su ritmo frenético.

Sus dedos volvieron a deslizarse por mi clítoris y lo frotaron al ritmo de sus embestidas, llevando mi cuerpo al límite sin piedad.

El orgasmo me desgarró de dentro hacia afuera, arrancándome un gemido profundo mientras cada músculo de mi cuerpo se estremecía con una violencia dulce y devastadora.

Matteo gruñó contra mi cuello, un sonido bajo y salvaje que me hizo temblar justo antes de tensarse y derramarse dentro de mí con un empuje final que me dejó sin aliento. Sentí su liberación llenarme mientras mi espalda se arqueaba contra él, completamente agotada, completamente suya .

—No vuelvas a imaginarlo —murmuró en mi oído con la respiración entrecortada.

—Has sido tú el que lo ha hecho, no yo —murmuré, medio ahogada por el temblor que aún me recorría.

Matteo salió de mí con lentitud, arrancándome un último gemido, y se dejó caer a mi lado, guiándome con él. Mi cuerpo cedió sin resistencia. Me tumbé sobre su pecho, descansando la mejilla sobre su piel húmeda, escuchando su respiración agitada y el golpeteo de su corazón.

Su brazo se enroscó alrededor de mi cintura, atrayéndome más cerca hasta que mi cuerpo quedó encajado contra el suyo.

Un silencio cómodo se instaló entre nosotros, roto únicamente por el sonido de nuestras respiraciones acompasándose.

Mis párpados comenzaron a pesar y se rindieron al agotamiento, pero no podía dejarlo estar.

Me daba igual lo que me dijera; necesitaba salir.

Si lo hacía, quizás lograría que Yuri asomara la cabeza y acabaríamos con él.

Y entonces, todo esto que tenía con Matteo acabaría.

Una parte de mí necesitaba que acabara; tenía que alejarme antes de que fuera demasiado tarde.

Y otra parte de mí… No. Ni siquiera quería pensarlo.

—¿Entonces? —pregunté, apoyando la barbilla en su pectoral.

Matteo me echó una mirada de reojo y hundió los dedos en su cabello, dejando escapar un suspiro.

—Lo pensaré.

Puse los ojos en blanco.

—Eres un cabezota.

Me incorporé, sintiendo que mis músculos aún temblaban agotados. Recogí la camiseta del suelo y luego miré las bragas… o lo que quedaba de ellas. Solté un resoplido, entre resignada y frustrada.

—¿Vas a romperlas todas? —inquirí, lanzándole una mirada de reproche por encima del hombro.

Matteo me observó apoyado en un codo, con esa sonrisa arrogante y desvergonzada que ya no sabía si me irritaba o me volvía malditamente adicta.

—Ese es el plan —respondió—. Romperlas todas hasta que no te quede más remedio que pasearte por la casa sin bragas, principessa . Y, créeme —su mirada me recorrió con descaro—, pienso disfrutar cada segundo de ello.

—Seguro que César opina lo mismo. —Sonreí con malicia, girando sobre mis talones, y eché a correr hacia el baño antes de que me alcanzara.