CAPÍTULO 22 MATTEO
No tenía idea de qué diablos había pasado ni cómo había logrado sacarme de ese agujero justo cuando empezaba a hundirme del todo.
Todavía podía sentir la sangre, la ira latiendo bajo mi piel, la niebla cerrándose en mi cabeza.
Pero su voz se abrió paso entre todo el caos, arrancándome de esa oscuridad que lo envolvía todo.
La vi ahí, de pie, viva. Y lo más extraño fue que, después de eso, volví a dormirme.
Y, por primera vez en años, no hubo pesadillas.
Me miré los nudillos que Yelena me había curado en el baño antes de llevarme de regreso a la cama.
La idea de que mi cabeza se estuviera jodiendo aún más me inquietaba.
Antes al menos sabía a qué me enfrentaba.
Los recuerdos, la rabia, la sed de sangre, la desconexión…
eran constantes. Ahora había cambiado, por ella, porque se estaba metiendo demasiado bajo mi piel. Y lo extraño es que no me importaba.
—Esto ya está —suspiró María, trayéndome de vuelta.
Bajé la vista. Sus manos sostenían la planta con cuidado, colocándola en el hoyo que había cavado minutos antes.
Al estirar el brazo para acomodarla, la manga del jersey se quedó atrás, dejando ver un moretón en su piel pálida.
Un nudo se formó en mi pecho y los puños se me cerraron con fuerza. Quería matar a ese cabrón.
María alzó la mirada y me dedicó una de sus sonrisas cálidas.
Inspiré despacio, aflojando la tensión de mis manos mientras la observaba; no podía perder la cabeza con ella delante.
Me agaché a por la pala para cubrir las raíces, igual que hacía de crío cuando me escapaba al jardín, aprovechando que mi padre se había ido o estaba demasiado ocupado como para darse cuenta de lo que hacía o no.
Terminó de fijar la tierra con suaves presiones de sus manos, rebuscó algo en la caja de herramientas, sacó dos tijeras de podar y me pasó unas.
Le tendí la mano, ayudándola a incorporarse, y comenzamos a cortar los tallos secos de los rosales que había plantado hacía unos meses.
El sonido del metal quebrando las ramas siempre me ha parecido hipnótico, relajante de alguna manera.
Y estoy convencido de que María lo sabe, por eso siempre me ha pedido ayuda con estas cosas.
—¿En qué piensas? —preguntó sin mirarme, centrada en su trabajo.
—En las plantas —respondí.
—Sabes que a mí no puedes mentirme.
Solté el aire por la nariz y bajé la vista a los tallos que tenía entre las manos, presionando mi dedo índice en una de las espinas hasta que una gota de sangre brotó.
—No duermo mucho últimamente —dije con un encogimiento de hombros; no podía decirle que en lo que en realidad estaba pensando era en mi mujer y en cómo de repente no encontraba la misma necesidad de siempre de destruirlo todo—. Se me pasará.
María no insistió. Sabía que a veces mejoraba y otras empeoraba.
Venir a casa de mi padre siempre me pone tenso, y últimamente no dejaba de llamarme a la espera de que le contara algo sobre Ivanov que pudiera ayudarlo en sus negocios con él.
Mi matrimonio con la principessa de la bratva me había convertido de repente en un peón valioso.
Y no pensaba contarle absolutamente nada que jugara en su favor.
—Tengo algo para ti —dijo, dejando las tijeras en la caja.
La observé alejarse en dirección a la casa. Me quedé allí un momento, luego miré las tijeras en mi mano y me las guardé en el bolsillo antes de seguirla.
Cuando entré en la cocina, María estaba junto a la isla con una maceta en las manos.
—¿Una planta? —Arqueé una ceja y me acerqué, observando la maceta con más desconfianza de la que tendría ante un arma sin seguro. No era la primera vez que María intentaba darme algo para mantener mi mente ocupada.
—Para que tengas algo que hacer cuando no puedas dormir —respondió, girando la maceta entre sus manos—. Mejor que lo que sea que hagas por las noches cuando eso pasa.
«Boxear y torturar gente es una buena terapia. Perderme entre las piernas de mi mujer lo es aún más».
Me guardé el comentario. Desde que dejé la casa de mi padre, María me había regalado libros, puzles…
y ahora una planta. Cuando era pequeño y mis pesadillas llegaban, solía pasar las noches en la cocina con ella, siguiendo sus recetas hasta que el sueño volvía y me acompañaba a la cama.
A veces me dormía, otras no, pero al menos me calmaba.
—Mejor que no lo vea mi padre… o quizás sí… —murmuré con una sonrisa retorcida, dándole una vuelta a la maceta.
—Ni se te ocurra usar las tijeras con otra cosa que no sea esta planta —advirtió María.
La miré de reojo, dejando que una sonrisa más amplia se extendiera por mis labios.
—¿Cómo lo has sabido?
Que María siempre estuviera al tanto de lo que ocurría era para considerar seriamente llevarla con nosotros a los interrogatorios. Quizás solo con mirar al desgraciado que tuviéramos atado averiguaría lo que nosotros no lográbamos sacarle a punta de cuchillo.
—Te conozco como si te hubiera parido, Matteo.
Era la única que podía decir esas cosas sin una mala reacción por mi parte.
Tal vez porque siempre me había tratado como a un hijo.
Aun así, la idea que tenía para esas tijeras distaba mucho del cuidado de una planta que, conociéndome, se me moriría en cuestión de días.
Ah, pero ya sabía a quién podría interesarle la planta.
—Matteo, nos vamos. —La voz de Bastian resonó desde la entrada de la cocina.
—Recuerdos a tu esposa —dijo María, acariciándome la mejilla.
—No se los daré —respondí, sonriendo.
María chasqueó la lengua, disgustada, pero no dijo nada. Me incliné y dejé que me besara la mejilla antes de enderezarme de nuevo.
Dejé a Bastian atrás mientras se despedía de María y me dirigí a la entrada.
Me detuve en el hall , mirando hacia el pasillo que llevaba al despacho de mi padre. Ni siquiera se molestó en salir a despedirse. Una lástima. Me habría encantado que viera cómo me largaba de su casa con una jodida maceta bajo el brazo.
Al verme llegar al coche, Salva arqueó una ceja y dejó de mover el mechero.
—¿Y esa planta? —preguntó, guardándolo de nuevo sin encender nada.
—Había pensado ponerla en nuestra sala de interrogatorios. Un poco de color nunca viene mal —bromeé, acariciando una de las hojas.
—Eso no entra ahí —gruñó Bastian detrás de mí.
Salva resopló con una media sonrisa y entró al coche, negando con la cabeza.
—Eres un aburrido, hermano. —Abrí la puerta con la mano libre y me dejé caer en el asiento del copiloto, acomodando la planta sobre mi regazo. Esperé a que entrara y me giré hacia él con una sonrisa—. Quizás debería llevarla a tu apartamento. Dicen que hablar con las plantas es terapéutico.
—Y por eso te la ha dado María —murmuró, apartando la mirada hacia la ventanilla.
Lo fulminé con la mirada.
—No necesito una planta para dormir. Para eso tengo a Yelena. —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Jodidamente instintivas. Solo cuando el silencio se hizo más pesado en el coche, me di cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Bastian no reaccionó. Ni lo haría; no era su estilo. Pero Salva… puso el coche en marcha con una sonrisa de comemierda grabada en la cara. Iba a recordarme eso el resto de la semana, o de mi vida. Seguro que pensaba compartirlo con el resto nada más verlos.
—Déjame en casa antes de volver a Modesta —gruñí, girando la cabeza hacia la ventana.
—¿Tan pronto? —inquirió Salva sin borrar la puta sonrisa.
—Si lo prefieres, para en la tuya y te dejo la planta. Quedaría de lujo sobre ese piano que tienes acumulando polvo.
—No uses la planta como excusa. Cada vez vuelves antes a casa, y todos sabemos por qué.
Le lancé una mirada que podría matarlo, pero el cabrón solo se rio más. Giré la cabeza hacia atrás, echando un vistazo a Bastian. No dijo nada, pero no hacía falta; el brillo que cruzó sus ojos hablaba por sí solo.
Mientras subía en el ascensor con la planta en una mano, me preguntaba en qué momento había decidido que aquello era una buena idea.
Me sentía como un idiota. No debería importarme tanto su reacción y, sin embargo, ahí estaba, imaginando la expresión de Yelena al verla, preguntándome si sonreiría o me la tiraría a la cabeza.
Las puertas del ascensor se abrieron y crucé el umbral del apartamento.
César alzó las cejas y me echó una mirada cargada de diversión al verme llegar con la planta.
Era un puto cuadro, lo sabía. No dijo nada, porque a esas alturas ninguno de mis disparates le sorprendía.
Subió al ascensor y se largó, dejándome solo con mi esposa y mi estupidez.
Yelena estaba tumbada en el sofá, absorta en la pantalla del móvil y con la rata tumbada sobre su vientre. No me miró enseguida, pero, cuando lo hizo, sus cejas bajaron de golpe.
—¿Y esa planta? —inquirió con recelo, incorporándose en el sofá mientras con una mano dejaba a la rata en el suelo. Se quedó sentada, apoyando los antebrazos sobre las rodillas como si no terminara de fiarse de mí ni de la maceta. Hacía bien.
Me acerqué con media sonrisa y se la ofrecí, ignorando el gruñido de bienvenida de la rata.
—Un regalo.
Su ceño se frunció aún más.
—¿Por qué? —preguntó, tomándola con una mezcla de sospecha y curiosidad.
Me encogí de hombros, disfrutando de su desconcierto.
—Dijiste que querías salir…, así que te he traído un pedacito del exterior. —Le guiñé un ojo.
Puso los ojos en blanco. Dios, cómo me gustaba cuando hacía eso.
—Muy gracioso. En vez de traerme una planta, podrías dejarme salir.
—Es peligroso —repuse, más serio—. Todavía no sabemos dónde se esconde Vasilyev.
Chasqueó la lengua.
—Venga ya. Sé defenderme sola. ¿O se te ha olvidado? Solo dame un arma. —Su mirada brilló con ese orgullo testarudo que me enloquecía.
Solté una risa baja y negué con la cabeza.
—¿Y arriesgarme a que intentes dispararme mientras duermo?
No, gracias. —Me incliné hacia ella, le aparté un mechón de la cara y rocé su mejilla con los dedos.
Tras lo de Modesta, había sido cuidadoso con mis armas; ni siquiera había vuelto a dormir con una pistola bajo la almohada por si ella la descubría.
Vi cómo la rabia le subía por el cuello hasta encenderle las mejillas. Jodidamente tentadora.
—Tú y tu planta os podéis ir al diablo —espetó, estampándomela contra el pecho antes de levantarse de un salto—. Me voy a la ducha. Y ni sueñes con seguirme, estoy enfadada.
—No tan rápido, principessa . —La atrapé por la cintura y la atraje contra mí antes de que escapara.
Su cuerpo chocó con el mío y sus manos se alzaron de inmediato, intentando poner distancia entre ambos—.
Es un regalo importante. —Me incliné, asegurándome de rozarle el oído al hablar—. Y lo vas a aceptar.
Sentí el calor de su cuerpo elevarse entre mis brazos. Incliné la cabeza, observándola con una sonrisa ladeada, esperando su respuesta.
—Entonces tendré que conformarme con ver cómo decoras mi cautiverio —murmuró al fin. Luego carraspeó suavemente y apartó la mirada.
—Un «gracias» no te mataría.
—¿Gracias por una maceta de consolación porque tú y los tuyos no sois capaces de encontrar a Yuri y matarlo de una vez? —Me clavó los ojos con saña.
—No parece estar en Nueva York, y sus hombres no dejan de tocarnos los cojones interceptando nuestros cargamentos —respondí sin aflojar mi agarre de su cintura.
—¿Y no habéis capturado a ninguno?
—Lo hemos intentado. Se quitan la vida antes de que los atrapemos.
Soltó un suspiro pesado, relajándose en mis brazos.
—Por supuesto. Yuri solo buscaría a otros locos como él —murmuró, y luego echó un vistazo a la planta—. ¿De dónde la has sacado?
—Me la ha dado María.
Sus cejas se alzaron.
—¿Tu madrastra?
Asentí. ¿Tan raro era que María me hiciera un regalo?
Yelena se la acercó al rostro y aspiró su aroma.
—Huele muy fuerte, ¿qué es?
—Romero —respondí, soltándola al fin. La seguí con la mirada mientras caminaba hasta la mesa del salón con la planta en las manos—. Se usa en la cocina, por si no lo sabes, principessa .
Me miró por encima del hombro con una sonrisa torcida.
—¿Acaso tú sabes de cocina?
—Más de lo que imaginas. —Me encogí de hombros—. Otra cosa es que no me veas con delantal.
—¿Entonces por qué tener aquí a Valentina cuando podrías cocinar para mí cada día?
Una sonrisa tiró de mis labios. La seguí y, en cuanto dejó la maceta sobre el cristal, apoyé las manos a un lado y a otro de ella, dejándola acorralada.
—¿Te gustaría?
La escuché tomar aire y vi cómo la piel de su cuello se erizaba.
—Quiero verte con delantal —respondió casi en un susurro.
Mi sonrisa se ensanchó.
—Trato hecho. Ahora a la ducha, principessa —murmuré contra su cuello, dejando un beso justo donde sabía que su piel era más sensible—. Prometí entretenerte.
Contuvo la respiración un instante antes de girarse, intentando apartarme con las manos apoyadas en mi pecho. Gruñí bajo, aferrándola de la cintura para atraerla de nuevo contra mí. Me encanta cuando se resiste, creo que no es consciente de lo dura que me la pone.
—Tengo otra idea mejor —susurró, levantando el mentón con ese brillo desafiante que me hacía querer atarla a la cama.
Incliné la cabeza, intrigado. Últimamente tenía ideas muy interesantes, y me da que era cosa de esos libros que había empezado a comprar.
—¿Ah, sí?
Asintió con esa sonrisa dulce que en realidad era puro veneno; sabía exactamente cómo tentarme.
—Pongamos a prueba tus habilidades de autodefensa. Si gano, me dejas salir. Si pierdo… —Se encogió de hombros con fingida inocencia—. Ya se me ocurrirá algo.