Nacidos en sangre CAPÍTULO 21 YELENA
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CAPÍTULO 21 YELENA

Un movimiento brusco en la cama me sobresaltó.

Al abrir los ojos vi a Matteo a mi lado, atrapado en otra de sus pesadillas con la frente perlada de sudor, la mandíbula apretada y las cejas en tensión.

Presioné el botón del reloj para ver la hora.

La pantalla se iluminó y se apagó tras unos segundos.

Hacía tan solo un par de horas que nos habíamos quedado dormidos.

Me incorporé sobre el codo y lo observé en silencio.

No podía dejar de preguntarme con qué estaba soñando, qué era aquello que tanto lo atormentaba.

Hacía tres semanas que Harvey había logrado colarse en los archivos del doctor de los Lombardi, pero no había encontrado nada sobre su insomnio crónico, ni sobre terrores nocturnos, ni mucho menos sobre las pastillas para dormir que había descubierto rebuscando entre sus cosas.

Aunque también podía ser que Matteo le hubiera prohibido dejar constancia sobre ello; después de todo, lo haría ver débil, y eso es algo que en nuestro mundo un hombre no se puede permitir.

Mi mano se fue sola hacia su rostro, pero antes de llegar a tocarlo, sus ojos se abrieron de golpe.

Volví a bajar la mano lentamente, esta vez sin fingir que dormía como las otras veces que me había despertado a mitad de la noche por sus pesadillas.

Matteo parpadeó varias veces; su respiración seguía desbocada, su pecho agitado y todavía parecía atrapado entre dos mundos.

—¿Estás bien? —pregunté sin pensarlo. Hacía solo unas semanas ni se me habría ocurrido hacer eso; me habría dado la vuelta sin más. Pero ahora algo me empujó a hacerlo.

Giró la cabeza en mi dirección, mirándome con el ceño fruncido y una chispa de confusión reflejada en los ojos y algo más que no pude descifrar. No parecía capaz de distinguir si yo era real o una sombra más de su sueño.

Empujó las sábanas a un lado y se sentó en el borde de la cama. Se llevó una mano al rostro, respirando con dificultad. Entonces se levantó de golpe, agarró los bóxeres que habían acabado en el suelo y se los puso para luego salir de la habitación.

Me quedé observando la puerta como una idiota. Su calor aún impregnaba las sábanas y la sensación de su piel todavía ardía contra la mía, tan viva y reciente que parecía no haber pasado ni un maldito segundo desde la última vez que lo había tenido dentro de mí.

Presioné la punta de la lengua contra el interior de mi mejilla, pensativa.

Sabía dónde había ido y qué me encontraría si lo seguía.

Respiré hondo y cerré los ojos un instante.

Podría quedarme ahí y fingir que no me importaba, porque no debería hacerlo.

Que me acostara con él no significaba nada, solo entretenimiento mientras permanecía encerrada a la espera de que dieran con Yuri.

Pero cuando volví a abrir los ojos, ya estaba sentándome al borde de la cama.

Me incliné hacia delante, recogí del suelo la camisa de Matteo y me la puse.

Caminé descalza por el pasillo, siguiendo el sonido de los golpes que procedía del gimnasio. Me asomé al marco de la puerta. Matteo descargaba contra el saco —ahora rosa— una serie interminable de puñetazos. Sus músculos se contraían con cada impacto, una y otra vez, sin detenerse.

—¿Matteo? —lo llamé desde la puerta. No hubo respuesta, ni un solo indicio de que me hubiera escuchado.

Su respiración era cada vez más áspera, potente, y llenaba la habitación como un eco sofocante.

Sus puños no se detenían. Solté una exhalación y avancé con cautela, como si me acercara a un veterano de guerra atrapado en un bucle del que no sabía salir.

Entré poco a poco en su campo de visión, pero ni siquiera entonces me miró. Seguía golpeando el saco.

Apretaba la mandíbula con fuerza, pero, por lo demás, no había ni un signo de expresión, tan solo un brillo violento y oscuro en sus pupilas.

Mi vista voló a sus manos. No usaba guantes ni un vendaje que lo protegiera de los golpes.

La piel de sus nudillos estaba destrozada, abierta en algunas zonas, con sangre corriendo entre las grietas irregulares que cada puñetazo abría más.

—Deberías usar vendajes al menos.

Se detuvo al instante. El saco osciló una vez más antes de chocar contra su pecho, empujándolo un paso atrás. Su respiración seguía agitada, el sudor le corría por todas partes y los nudillos enrojecidos parecían a un golpe de reventar del todo.

Cuando por fin empezó a calmarse, sus ojos grises se movieron despacio hasta encontrarse con los míos. Y, por primera vez en minutos, pareció verme de verdad.

Tragué saliva. No tenía idea de qué estaba haciendo ni porqué, pero me moví hacia él y lo tomé de una mano. Estaba caliente, ardiendo más bien, y notaba sus dedos rígidos bajo los míos. Examiné los nudillos con detenimiento. No los había visto tan mal desde que lo conocí el día de nuestra boda.

—Esto necesita atención —murmuré, levantando la vista hacia él.

Parpadeó, como si mis palabras fueran la primera cosa real que escuchaba en horas.

—Hay un botiquín en el baño —dijo con la voz más áspera de lo normal.

Asentí.

Sin soltar su mano, lo saqué del gimnasio y lo llevé de vuelta al cuarto de baño.

Saqué el botiquín y lo puse sobre la encimera.

Revolví su interior hasta encontrar el frasco de antiséptico medio vacío y unos algodones a punto de agotarse.

Por lo menos debía curarse los nudillos tras destrozárselos de esa forma.

Al girarme de nuevo, Matteo ya había levantado una de sus manos, ofreciéndomela con la misma docilidad con la que un perro te ofrece la pata.

Apreté los labios un instante, sintiendo algo apretando mi pecho. Verlo así era extraño, doloroso incluso. No pude evitar preguntarme qué era lo que tanto le atormentaba.

Sacudí la cabeza y apliqué el antiséptico con ayuda de un algodón.

Sus ojos permanecían clavados en mí, en silencio, como si observarme le resultara más importante que el escozor que debía estar sintiendo; porque, aunque no hubiera ninguna reacción por su parte, sus dedos se agitaban cada vez que el líquido tocaba un nudillo abierto.

—Deberías volver a la cama —dije, arrojando los algodones manchados a la basura—. Aún es pronto para levantarse.

Matteo no respondió. Simplemente se giró y se marchó del baño. Cuando salí yo, ya estaba en la cama.

Aún no había acomodado la cabeza sobre la almohada cuando sentí el colchón hundiéndose a mi lado.

Su brazo se enroscó alrededor de mi cintura y me giró hasta que mi espalda chocó contra su pecho.

Al principio pensé que buscaba mi cuerpo para alejarse de lo que fuera que había visto en sus sueños.

Pero Matteo no hizo ningún movimiento. No hubo caricias, ni besos, ni siquiera noté el roce de sus labios; solo el peso de su cabeza hundiéndose en la curva de mi cuello y el calor de su aliento escapando en un suspiro lento.

No me moví, apenas respiré; sentí que, si lo hacía, rompería esa extraña burbuja en la que nos encontrábamos.

Entonces su respiración se volvió más profunda y pausada, y comprendí que se había quedado dormido abrazado a mí.

Cuando desperté, Matteo ya se había marchado. Permanecí un rato tumbada, mirando el techo, con el frío pegado a la espalda donde antes había estado su cuerpo; con esa sensación incómoda aferrada al pecho que no quise pararme a analizar.

Con un suspiro, me incorporé lentamente, desenredando la sábana alrededor de mi cuerpo antes de levantarme.

Me agaché a recoger mis bragas del suelo, chasqueando la lengua al ver que las había vuelto a romper.

Matteo parecía tener algo personal contra mis bragas y había decidido acabar con todas ellas.

A este paso, iba a tener que hacer un segundo pedido de ropa interior, uno mucho más grande que el anterior.

Al salir de la habitación, busqué a Cat con la mirada.

Estaba en el sofá, hecha un ovillo sobre las piernas de César, que le acariciaba la cabeza distraído mientras deslizaba el dedo por la pantalla del móvil.

Al menos alguien parecía apreciar la compañía de la niñera.

No es que César me cayera mal, me había acostumbrado a su presencia y no ponía pegas cuando lo arrastraba al gimnasio, aunque, después de la paliza del primer día, ya solo se limitaba a aguantarme el maldito saco.

Por respeto. Por código. Por eso de no tocar a la mujer de otro hombre de la mafia.

Me pasé la lengua por el labio. Quizás fue Matteo quien le prohibió tocarme. ¿Se volvería loco si supiera que entrenaba con él en serio? Sacudí la cabeza. De todos modos, no necesitaba a nadie que cuidara de mí.

—¿Ya ha paseado? —le pregunté a César, señalando a Cat.

Me acerqué a la cocina y me serví una taza del café que Matteo había dejado preparado antes de marcharse.

Se había convertido en una especie de rutina.

A veces me despertaba por las mañanas y Matteo ya no estaba, otras lo encontraba dirigiéndose al baño antes de ponerse el traje, pero siempre dejaba café listo sobre la vitrocerámica.

—Hace un rato. Son las doce —respondió César.

Casi se me sale el café por la nariz. ¿Las doce? Ni siquiera me había dado cuenta de lo tarde que era. Aunque, bueno, tampoco noté cuando se fue Matteo. Supongo que últimamente me dejaba demasiado agotada. No es que me queje.

Me apoyé en la encimera, observando a César desde la distancia, enfrascado en su móvil como siempre.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —inquirí dando otro sorbo al café.

César alzó una ceja, pero no apartó los ojos de la pantalla.

—Adelante.

—¿Desde hace cuánto conoces a Matteo?

Ahí sí me miró. Me observó en silencio, midiendo la respuesta antes de abrir la boca.

—De toda la vida —contestó, dejando el teléfono a un lado—. Entró en mi instituto después de que lo echaran del internado.

Asentí y le di otro sorbo al café. Quizás César se pensaba que ya sabía esos datos, pero lo cierto es que mis conversaciones con Matteo habían sido más bien pocas.

Para ser exactos, cualquier interacción entre nosotros siempre parecía tener el mismo final: en la cama, en el sofá, en la ducha…

Joder, incluso sobre el suelo del salón, tras una pelea de la que ni siquiera recordaba el motivo.

Las cosas que sabía sobre él eran triviales, cotidianas.

Como que prefería las palomitas de mantequilla a las saladas, que había visto alguna que otra comedia romántica por su cuenta o que su afición por las motos iba más allá de la colección que tenía en el garaje.

Eso último lo descubrí cuando subió lleno de aceite tras reparar el desastre de cables que hice con su moto y, de alguna manera, acabamos haciéndolo en la ducha después de que me dejara pringada de grasa sobre la mesa del comedor.

También tenía una lealtad feroz a su hermano Bastian y odiaba el picante, aunque se tragaba lo que le pedía a Valentina con tal de acompañarme.

Y poco más. Por desgracia, Harvey no había encontrado nada relevante sobre él cuando buscó información; solo una ligera alergia a las nueces. Nada grave.

—¿Sabes lo de sus pesadillas? —pregunté, dejando la taza sobre la encimera. Había algo raro en ese café. No sabía si era el sabor o el regusto que me dejaba en la lengua.

César tomó una inhalación lenta y se quitó a Cat de encima para acercarse a la isla de la cocina.

—Pensaba que ya no las tenía. —Parecía más preocupado de lo que dejaba ver, aunque eso tampoco era ninguna novedad.

Esas últimas semanas había aprendido un par de cosas sobre ellos.

César era el mejor amigo de Matteo, aunque eran dos polos opuestos.

Él era tranquilo, reservado, siempre parecía estar midiendo sus palabras antes de abrir la boca.

En cambio, Matteo siempre tenía algo que decir, una sonrisa medio irritante en los labios y la mayoría de las veces era bastante impulsivo.

Sin embargo, cuanto más lo observaba, más sospechaba que lo suyo era pura fachada.

Y lo peor es que todo eso lo hacía mucho más… No sé, entretenido, tal vez.

—Las tiene, pero ahora no son tan intensas.

Puede que lo de follar como conejos toda la noche lo agotara lo suficiente como para espantar a sus demonios. Aunque a veces me parecía que no llegaba a dormirse después de dejarme desmayada en la cama.

—Eso es bueno —asintió. Rodeó la isla de la cocina y abrió la nevera. Sacó uno de los tuppers que Valentina había dejado preparados y lo metió en el microondas.

Lo seguí con la mirada, sintiéndome una intrusa en una conversación de una sola persona.

—¿Y ya está?

—No sé qué más quieres —dijo, programando el microondas.

—Eres su amigo. Pensé que eso implicaba, no sé, hablar de vez en cuando.

César resopló, cogió un plato y esperó pacientemente a que el microondas terminara.

—Lo que Matteo y yo hablemos no es de tu incumbencia.

—Técnicamente, es mi marido, no el tuyo. ¿No debería saberlo todo de él?

No respondió. Ni siquiera me miró.

El microondas pitó, se sirvió la comida en el plato y volvió a rodear la isla de la cocina hasta sentarse en el taburete rosa frente a mí.

Puse los ojos en blanco; estaba claro que no iba a sacar nada de él. Podría haber ido al vestidor a por un arma y amenazarlo con dispararle, pero habría sido exagerar.

—¿Sabes qué? Eres un aburrido y me caes mal —le espeté.

—Y tú eres igual que él —murmuró antes de llevarse el tenedor a la boca.

—Te he oído. Y no nos parecemos en nada —mascullé.

Una sonrisa le curvó los labios, pero la ocultó tras otro bocado.

«Idiota».

Golpeé la lengua contra el paladar y me giré hacia el fregadero. Tiré el café y fui a lavarme los dientes para quitarme el maldito sabor amargo que me había dejado aquel último comentario.