Nacidos en sangre CAPÍTULO 20 MATTEO
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CAPÍTULO 20 MATTEO

Volví a mirar a la rata.

Sus ojos saltones me devolvían la mirada; profundos, oscuros y brillantes como dos cuentas de vidrio a punto de desbordarse de su cráneo minúsculo.

Un par de orejas puntiagudas, desproporcionadas para su cabeza diminuta, se alzaban en estado de alerta.

Toda ella era un temblor constante, un espasmo nervioso que la sacudía de forma errática.

Cada pocos segundos, levantaba una pata ridículamente delgada y huesuda.

Otro gruñido salió de su minúscula boca, mostrando unos dientes absurdamente pequeños que no infundían miedo a nadie, aunque claramente ella creía que sí.

Parpadeé. Porque eso era todo lo que mi cerebro podía procesar en ese momento.

La rata seguía ahí.

El rosa seguía ahí.

Mis ojos recorrieron poco a poco el salón, intentando procesar la escena que tenía delante.

Todo rastro de sobriedad, elegancia y masculinidad había sido devorado por una pesadilla en tonos pastel, muebles blancos con detalles dorados, alfombras mullidas y pufs gigantes de pelo largo que ocupaban cada rincón…

Y, para rematar, mi cómodo sofá de cuero había sido reemplazado por una monstruosidad de peluche blanco coronado con cojines a juego.

Daba la impresión de que un algodón de azúcar había explotado en medio del salón.

«Rosa. Todo es jodidamente rosa».

—¿Por qué hay una rata en mi salón? —pregunté, aún procesando el horror.

La cosa temblorosa frente a mí emitió otro gruñido agudo, como si entendiera que me refería a ella y se hubiera ofendido.

—¿Y por qué mi salón es rosa?

Yelena cruzó las piernas con calma, sin molestarse en ocultar la sonrisa de satisfacción de su rostro.

—Dijiste que me buscara un hobby . —Se encogió de hombros con esa inocencia que tanto le gustaba fingir—. Esa es Cat.

Mi mirada volvió a deslizarse con lentitud hacia la escuálida bola de pelo.

—¿ La rata es Cat?

Al oír su nombre, el bicho emitió un ladrido. Un sonido agudo, histérico, más propio de un muñeco de goma con silbato que de un ser vivo.

Me quedé en blanco. La puta rata me ladró. Mi salón ahora era rosa y había una criatura temblorosa, plantándome cara como si yo fuera el intruso en mi propia casa. Y para colmo, la jodida cosa no dejaba de ladrarme.

«Mi salón es rosa. Rosa. ¿Qué más hay rosa? ¿Y la rata? ¿Por qué hay una rata ladrándome?».

—Creo que lo has roto —comentó César, divertidísimo, a mi izquierda.

—¿Tú crees? —respondió Yelena, reclinada en mi nuevo sofá de peluche.

—Es la primera vez que lo veo así.

—Pues espérate a que entre a la habitación o al gimnasio. Le va a dar algo.

«¿Mi gimnasio es rosa?».

La rata volvió a ladrar. Se impulsó sobre esas patitas endebles, lista para saltarme al cuello dándolo todo, aunque dudaba que tuviera la fuerza suficiente para hacerlo sin partirse en dos… o simplemente para intentarlo.

—Suerte. —César me dio una palmada en el hombro y, con eso, el cabrón se metió en el ascensor y se largó riendo, dejándome con el salón rosa y la rata ladrándome.

Mis sienes latieron con violencia mientras se repetía en mi mente el último comentario que había soltado Yelena.

—¿La habitación también es rosa? —Por fin pude mirarla directamente. Ella se puso en pie y se acercó a mí, inclinándose para recoger a la rata del suelo.

Mi mirada se deslizó desde la bola de pelo temblorosa hasta la mujer que la sujetaba con superioridad evidente, disfrutando cada segundo de mi confusión.

La rata se acomodó contra su pecho, pero no dejó de gruñirme, convencida de que era alguna clase de peligro para su dueña.

Como si de verdad creyera que tenía alguna autoridad sobre mí.

Carraspeé, volviendo en mí por fin. Cuando el banco me llamó para informarme de que alguien estaba vaciando mi cuenta, supe de inmediato que Yelena se estaba vengando por soltarle lo del hobby .

Admito que me sorprendió. Pensé que se fundiría el dinero en ropa, zapatos y maquillaje, como habría hecho cualquier mujer de la mafia; pero mi principessa no era como ellas, y eso la hacía aún más especial.

Sabía que se había gastado el dinero en muebles, en ONG y en más tonterías solo para provocarme.

Pero no esperaba llegar a casa y que todo fuera jodidamente rosa. Y menos aún me esperaba a la rata.

—¿Sabes? Se parece a ti. —Dibujé media sonrisa—. Pequeña… —Puse una mano en la cabeza de Yelena. Sus labios se fruncieron al instante y sus cejas bajaron, pero no apartó la cabeza—. Y gruñona.

Yelena sonrió cuando la rata volvió a ladrar y me hizo apartar la mano con rapidez. Mi cerebro se quedó de nuevo en blanco. La puta rata me seguía ladrando, y juraría que acababa de intentar morderme.

—¿He dicho «gruñona»? —me corregí, arrastrando las siguientes palabras con malicia—. Quería decir «violenta».

Sus ojos se entrecerraron con una chispa asesina.

—Me da igual lo que digas. Se va a quedar. —Levantó la barbilla con esa altivez suya.

—Ya tuve perro de pequeño. No me importa. Aunque… —Ladeé la cabeza, observando a ese engendro del diablo—. A eso no lo llamaría «perro».

Yelena inclinó la cabeza con una chispa de curiosidad brillando en su mirada.

—¿De verdad tuviste un perro?

—Unos días. Mi padre lo estranguló frente a nosotros cuando lo descubrió. Nunca volvimos a tener uno.

Yelena hizo una mueca y susurró algo en ruso que, por supuesto, no entendí. Pero por el tono me pareció un insulto.

—Lo que sí me importa —continué, dejando mi mirada recorrer el salón con una mezcla de incredulidad y fastidio— es saber qué demonios le ha pasado a mi salón.

—Querrás decir nuestro salón —me corrigió con una sonrisa de suficiencia, saboreando cada palabra. Cierto, ahora era nuestro salón . Mi polla palpitó al pensarlo—. Necesitaba una reforma. Era demasiado lúgubre. Además, ¿qué más te da, si casi nunca estás aquí?

Ah. Así que se trataba de eso.

Una sonrisa se formó en mi rostro. Mis manos encontraron su cintura con naturalidad y se deslizaron bajo la tela del jersey fino, acariciando su piel caliente antes de tirar en mi dirección para apretarla entre mis brazos.

—Y tú quieres que esté aquí —susurré contra su oído con la voz áspera.

No se apartó. No necesitó hacerlo, porque la rata se revolvió de nuevo y me ladró con la fuerza de una puta comadreja histérica, como si de verdad pudiera hacerme retroceder.

Mi mandíbula se tensó y fulminé a la rata con la mirada. Ella me la devolvió con más gruñidos.

«Puta rata».

—Parece que no le caes bien —canturreó Yelena, sin molestarse en ocultar lo mucho que disfrutaba del espectáculo—. Con lo rápido que ha congeniado con César…

El golpe no venía por la perra. Me incliné despacio, bajando la voz hasta convertirla en un roce apenas audible contra su piel.

—Cambiará de parecer. —Deslicé los dedos por su espalda, suave, pausado—. Solo necesita tiempo.

Su sonrisa se mantuvo intacta.

—Tal vez, si nos dejaras salir, no estaría tan enfadada.

—¿Quién? ¿La perra o tú?

Yelena entrecerró los ojos, separándose unos centímetros para mirarme bien.

—¿Hasta cuándo piensas tenerme encerrada? —preguntó sin rodeos.

—Mientras sigas en el punto de mira de Yuri Vasilyev, no vas a poner un pie fuera, principessa . Todavía lo estamos buscando, y podría estar vigilando el apartamento desde cualquier punto.

—Sabes que puedo salir si me da la gana, ¿verdad? Antes he machacado a tu amigo en el gimnasio. Y ahora tengo la tarjeta del ascensor. Podría dejártelo atado como un regalo de Navidad y salir a dar una vuelta.

—Lo sé —afirmé—. Pero aquí estás más segura.

Y si no has salido ya, imagino que no soy el único que quiere que permanezcas aquí.

Quieres mi permiso, ¿para qué? ¿Para desobedecer a tu padre, quizás?

—Su garganta se movió con fuerza al tragar.

Había dado en el blanco. No le di margen a protestar—. Prometo que te mantendré entretenida.

—No voy a dejar que me pongas una mano encima hasta que me dejes salir —replicó de golpe.

Solté una carcajada baja, ronca. Mi mujer era testaruda como una mala resaca.

—Permite que lo dude. Aunque hay otras formas de entretenernos.

—¿Ah, sí? —Alzó una ceja—. ¿Y qué se supone que haremos?

¿Ver pelis y comer palomitas como una pareja normal?

Porque te recuerdo que no lo som… —la interrumpí estrellando mis labios contra los suyos.

Hundí la lengua en su boca, impidiéndole decir una sola palabra más.

Un gemido ahogado vibró en su garganta y fue directo a mi polla.

Solo me detuve al notar que dejó de resistirse y se rindió con un suspiro que me acarició el pecho.

—Por ejemplo —murmuré contra sus labios.

Yelena frunció el ceño, todavía con la mirada algo nublada.

No me creía ni una palabra, y no la culpaba; yo tampoco habría apostado por ello hacía unas semanas.

Pero ahí estaba, mirándola en mitad de un salón que ya no reconocía como mío, con cojines rosas por todas partes y un intento de perro que había tomado posesión de mi casa.

—No hay palomitas, habría que pedir que traigan —murmuró—. Y me gustan las películas bélicas.

—Me lo imaginaba.